La Batalla de Arsuf

        La batalla de Arsuf, el 7 de septiembre de 1191, supuso el mayor enfrentamiento de la Tercera Cruzada, logrando imponer el ejército cruzado, al mando de Ricardo Corazón de León, su victoria a las fuerzas de Saladino, y lográndose posteriormente mediante gestiones diplomáticas que la paz volviera a la región.

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        ANTECEDENTES

        La derrota de los ejércitos cruzados en Hattin a manos de Saladino supuso un golpe mortal para los estados que se habían edificado en Tierra Santa. Así, el Sultán logró recomponer a los seguidores de la media luna y se impuso a los invasores, aplastándolos primero en el campo de batalla y, una vez derrotados sus ejércitos, en la ocupación de los territorios. En el año 1187, Jerusalén volvía a estar en poder del Islam, y la Verdadera Cruz, la más preciada reliquia de la Cristiandad, había caido en poder de los infieles.

        Ante esta situación, el Papa Clemente III proclamó inmediatamente una Tercera Cruzada, que fue respondida en el acto por Federico Barbarroja. La partida se iniciaría en 1189, pero por desgracia, fallecería en el camino, al igual que parte de sus numerosas huestes, y apenas un millar de guerreros alcanzaron Palestina, una fuerza totalmente insuficiente para restaurar los reinos cristianos. La situación era dramática, ya que dos de las principales naciones europeas, Inglaterra y Francia, estaban en guerra, mientras que en la Península Ibérica, los reinos tenían sus propios problemas reconquistando territorios.

        Por fortuna para la causa cruzada, tanto Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra, como su rival, Felipe Augusto de Francia, decidieron aparcar sus diferencias y firmar un tratado de paz, que les permitió partir juntos a la causa cristiana al frente de sus ejércitos el 4 de julio de 1190. La ruta francesa fue bastante más rápida que la del rey Ricardo, ya que este decidió aprovechar el viaje para conquistar Mesina y Chipre, bastiones que en el futuro serían escenario de cruentas batallas contra los turcos, aunque esa ya es otra historia de otra época...

        LA LLEGADA A TIERRA SANTA

        El 8 de junio de 1191, Ricardo Corazón de León arribaba a Palestina, para encontrarse que los líderes cruzados se encontraban vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. En efecto, antes siquiera de recuperar los reinos cruzados, los antiguos dirigentes se encontraban enzarzados en quien habría de gobernarlos. La Batalla de Tiberíades había supuesto la captura de Guido de Lusignan, quien además había perdido Jerusalén, pero dado que era vasallo de Inglaterra, esperaba que Ricardo le apoyara en sus reivindicaciones. Sin embargo, Conrado de Montferrat, que había sido quien había salvado lo poco que se había podido tras Tiberíades, consideraba que era él quien debía asumir el control de los territorios conquistados, y era apoyado por el rey de Francia.

        Todas estas discusiones, por otro lado, se mantenían a los pies de San Juan de Acre, el principal puerto que utilizarían los cruzados en su campaña, pero que todavía estaba en manos de las huestes de Saladino.  Este, por su parte, organizó varias expediciones para intentar romper el asedio, pero los ejércitos cristianos, de unos 15.000 hombres, lograron evitarlo. El 12 de julio de 1191, la guarnición  se rendía, con la promesa de que sería respetada su vida. El acuerdo obligaba además a liberar a 1500 cautivos cristianos, a restituir la Verdadera Cruz de nuevo a manos de los cruzados, y al pago de un rescate.

        La ocupación de la ciudad fue pacífica y tranquila, mientras los reyes se reunían a departir sobre el futuro. Así, se acordó que Guido de Lusignan sería de nuevo rey, pero a cambio de que, a su fallecimiento, Conrado de Montferrat fuera nombrado su sucesor. Una vez logrado el acuerdo, Felipe Augusto decidió retornar a Francia, dejando a Ricardo al mando de la Cruzada, y al Duque de Borgoña al cargo de las huestes francesas.

        LA MASACRE DE SAN JUAN DE ACRE

        Los términos de la rendición de la guarnición de San Juan de Acre, ahora ocupada por los ejércitos cruzados, fueron remitidos a Saladino, único líder musulmán con potestad para concederlos, pero este decidió que eran demasiado elevados, y se enturbiaron las negociaciones. En medio de este proceso, Ricardo Corazón de León decidió que proseguiría su Cruzada, y que recuperaría la ciudad de Jerusalén y la Verdadera Cruz por la fuerza de las armas.

        Sin embargo, en medio de ese choque de criterios, se encontraban los ahora prisioneros de San Juan de Acre, que se habían rendido a los cristianos a cambio de que fuera respetada su vida. Ricardo decidió que, como quiera que Saladino no quería ceder a todas sus exigencias y condiciones, el acuerdo no tendría validez, y haría con la guarnición y con las familias de San Juan de Acre lo que creyese más oportuno. Como quiera que las intenciones del rey eran iniciar operaciones ofensivas contra los musulmanes, su criterio fue iniciarlas directamente contra los propios prisioneros de San Juan de Acre.

        En total, alrededor de 2500 prisioneros, gran parte de ellos, mujeres y niños, fueron pasados por la espada por los soldados cristianos, inundando las calles de la ciudad de gritos y sangre. Sin hacer distinciones, cumpliendo las órdenes de Ricardo, los cruzados degollaron a sus prisioneros, y la noticia de la masacre corrió como la pólvora por todo el mundo musulmán, generando un odio que desembocaría en venganza con los prisioneros que las huestes de Saladino hicieran en adelante.

        LA MARCHA HACIA LA BATALLA   

        El 22 de agosto de 1191, el ejército cruzado partía de San Juan de Acre. Totalizaban unos 14.000 hombres, entre caballería e infantería, en contingentes alternos. Encabezados por Ricardo, los caballeros cristianos se dirigieron hacia el Sur, en dirección a la ciudad de Jaffa, desde la cual los generales pretendían avanzar hasta la Ciudad Santa de Jerusalén, verdadero objetivo de la campaña. Tan pronto como iniciaron la marcha, quedó claro para los guerreros que la tarea no sería fácil. El sofocante calor era un obstáculo tan peligroso como los propios defensores de la Media Luna, ya que las pesadas armaduras de los cruzados no estaban pensadas para tan altas temperaturas. Además, Saladino envió a sus tropas de caballería ligera a hostigar a la columna, de tal modo que fueran diezmándola poco a poco, minando así la moral y buscando arrastrar a Ricardo a una batalla que favoreciera la causa islámica.

        Por su parte, Corazón de León, conocedor del arte de la guerra, sabía que las tácticas musulmanas solían buscar una carga cristiana, de modo que la caballería pesada se agotara en el intento de perseguir a los más ágiles jinetes de Saladino, para a continuación rodearlos y aplastarlos. Para contrarrestar esa táctica, Ricardo ordenó que el ejército marchara junto al mar, de modo que uno de sus flancos quedara cubierto, mientras que el otro flanco lo constituía una pantalla de infantería, que refrenaría así la carga de los caballeros hasta que llegara el momento oportuno. Detrás de esa pantalla de infantes, hasta doce formaciones de caballeros marchaban abriendo la marcha, seguidos de una caravana de impedimenta de varios kilómetros.

        Las tropas de Saladino enviaron diversos contingentes a lo largo de toda la ruta, buscando dispersar a parte del ejército cruzado. Cada cristiano que caía enfermo, herido o agotado por el calor y se separaba del resto del ejército, era degollado rápidamente por los perseguidores, que no habían olvidado la masacre de San Juan de Acre y aprovechaban para llevar a cabo su venganza.

        COMIENZA LA BATALLA

        El 7 de septiembre de 1191, el despliegue de Saladino ocupó los bosques de la zona de Arsuf, a unos tres kilómetros de la línea del mar, amenazando el flanco de Ricardo. La batalla era inevitable, y el rey inglés desplegó a su ejército para la ocasión, según el orden de marcha, que simplemente giró hacia tierra adentro, de modo que la marcha se convirtió de inmediato en la línea de batalla. Las órdenes de Ricardo, a fin de evitar la dispersión, eran que nadie cargara hasta recibir la orden, de tal modo que la acción fuera coordinada.

        Por detrás de una línea de infantes y arqueros, una docena de grupos de caballeros se alienaban para la batalla, con las órdenes militares en los flancos. Así, los Templarios ocuparon la derecha y los Hospitalarios la izquierda, mientras que el resto de jinetes, una mezcla de alemanes, franceses, flamencos e ingleses, bajo el mando del propio Ricardo, ocupaban el centro. Desde el bosque, grupos de jinetes sarracenos, armados con arcos, se adelantaban para hostigar a los caballeros y trataban de provocar la carga.

        Serían los Caballeros de la Orden de los Hospitalarios los primeros en romper la formación, después de haber aguantado un largo espacio de tiempo el hostigamiento de la caballería de Saladino. En efecto, dos caballeros, seguidos rápidamente por el resto de sus hermanos de armas, iniciaron la carga, haciéndose a un lado la infantería cristiana y permitiendo la carga. A fin de que el ejército no se dispersara, Ricardo ordenó rápidamente una carga general, que rápidamente atravesó los huecos que la infantería fue dejando, y penetrando profundamente en las líneas sarracenas, que tras su ruptura fueron puestas en fuga y se retiraron en desorden.

        LAS CONSECUENCIAS

        La batalla de Arsuf y la derrota del ejército de Saladino constituyó el principal enfrentamiento de la Tercera Cruzada. Después del combate, ambos bandos buscaron una solución diplomática, que aunque no incluyó la toma de Jerusalén, trajo estabilidad a la región, restableciéndose los principados cristianos en la zona de la costa, y permitiéndose a los peregrinos de nuevo el acceso a Tierra Santa. Además, como consecuencias añadidas, abrió el comercio entre Oriente y Occidente como nunca antes se había hecho, introduciéndose productos de manufactura árabe en Europa, así como frutas y alimentos diversos. Además, conocimientos que ampliaron los que ya existían en Occidente, como la astronomía, se abrieron paso en las escuelas europeas. Fue con diferencia la Cruzada que más éxito obtuvo de todas, con excepción de la Primera, que se enfrentó no contra un imperio musulmán unido, sino contra diversos territorios con gobiernos diferentes.