La toma de la isla de Trinidad

        La última gran campaña en la zona del Caribe por parte de los incursores británicos fue la Campaña de Puerto Rico de 1797, en la llamada "Batalla por las Antillas". En ella, el gobierno de Londres pretendía aumentar sus posiciones estratégicas y reforzar así su enclave de Jamaica, creando una zona de influencia que dominaría los mares mediante el control de Trinidad y Puerto Rico, que unido al dominio de la antes mencionada isla daría a los ingleses el dominio de la región.

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        EL PERÍODO REVOLUCIONARIO Y EL PANORAMA ESTRATÉGICO

        A finales del siglo XVIII tuvieron lugar en Francia una serie de sucesos que desembocarían primero en la Revolución Francesa y posteriormente en las Guerras Napoleónicas. En efecto, la caída de la monarquía borbónica rápidamente degeneró en un terror que se expandía por el país, y que se contagió a las naciones vecinas, que establecieron una serie de cordones sanitarios a su alrededor y que reaccionaron con una serie de coaliciones contra el nuevo régimen de Paris.

        El Reino de España, por supuesto, no fue una excepción, y rápidamente se estableció una "zona de cuarentena" a través de los Pirineos, cortando toda relación con la anterior influencia gala (el llamada "pánico de Floridablanca") y uniéndose a la coalición en 1793. La subida al trono de Carlos IV trajo consigo la llegada del tristemente célebre Godoy, que adquiriría su máxima inoperancia años después en las Guerras Napoleónicas, pero eso ya es otra historia.

        Volviendo al período que nos ocupa, la reacción francesa a la entrada española en la coalición no se hizo esperar, y las tropas revolucionarias cruzaron los Pirineos e invadieron el Norte de la Península, ocupando enclaves como Figueras, Irún, Fuenterrabía y San Sebastián en 1794. Derrotadas las tropas españolas en una serie de acciones, en 1795 le tocaba el turno de ser conquistadas a Bilbao y a Vitoria.

        Toda esta situación llevó a Godoy a convencer a Carlos IV de que era necesario firmar la paz. Los ejércitos españoles habían demostrado su incapacidad de vencer al enemigo, el pueblo estaba descontento y los costes militares hacían crecer la inestabilidad en el país, sin dar los beneficios estabilizadores que proporcionan las victorias sobre el campo de batalla. Así, el 22 de julio de 1795 se firmaba la Paz de Basilea, por la que Francia devolvería sus conquistas peninsulares a cambio de la isla de Santo Domingo, al tiempo que España pasaba a reabrir las viejas alianzas con Francia que en su día había establecido los Pactos de Familia. El 18 de agosto de 1796 se firmaba el Tratado de San Ildefonso, y los dos países acordaban una política común y de defensa mutua frente a la odiada Inglaterra, cambiando así el sistema de alianzas y desertando España de la Coalición.

        Por supuesto, la respuesta británica no se hizo esperar, y desde el Almirantazgo se planeó una campaña para aprovechar la ocasión y obtener nuevos dominios en la zona de las Antillas. El plan era realizar operaciones conjuntas de la Royal Navy con una expedición terrestre, al mando de Abercrombie. que conquistara las islas de Trinidad y Puerto Rico, que unidas a la ya actual posesión británica de Jamaica, crearía un triángulo estratégico que daría a Londres el control de las Antillas y del Caribe.

        En previsión de los sucesos que comenzaban a tener lugar en Europa, con las derrotas españolas, los previsores británicos ya habían empezado a trabajar en la eventualidad de que España se convirtiera en enemiga, y así, los mandos del Almirantzgo habían estado trabajando en un plan de ataque, cuya fuerza necesaria se estimaba que sería necesaria en más de 5000 soldados y una flota considerable. La derrota británica de Cartagena de Indias ante Blas de Lezo en la Guerra de Asiento no quedaba tan lejana en el tiempo, y los ingleses eran conscientes de que otro descalabro similar supondría un golpe irreparable para su prestigio.

     

        Por su parte, desde el lado español también se había considerado la importancia de Trinidad, pero por desgracia, el estado de las cuentas de la Corona no permitía grandes dilipendios para el mantenimiento de las tropas. Así, se optó por continuar por la estrategia de grandes fortificaciones poderosamente artilladas, pero con pequeños contingentes de infantería para guarnecerlas. Para 1790 ya se habían creado nuevas fortalezas y baterías, y para cuando se acercaba el estallido del conflicto, una escuadra española, al mando del Marqués del Socorro, había partido con tropas para reforzar la guarnición. Su salida de Cádiz fue el 4 de agosto de 1796, comenzando a moverse así las piezas por el tablero.

        LAS FUERZAS OPUESTAS

        -Las defensas españolas: La isla de Trinidad constituye un excepcional enclave defensivo, ya que sólo se pueden hacer operaciones de desembarco en el lado Oeste, que es donde se encontraban los puertos de Carenero y Chaguaramas. Sin embargo, los problemas económicos reducían la guarnición permanente al tristemente reducido número de 70 soldados, una fuerza a todas luces escasa para un conflicto. Así, al enrarecerse el panorama político, se fortificó con varias fortalezas y baterías el puerto de Chaguaramas, pero por desgracia no así el de Carenero, al tiempo que se envió una fuerza de 700 hombres de infantería para reforzar la guarnición. Ese abandono del segundo de los puertos de la isla pasaría factura posteriormente en el conflicto.

        Ante el estallido del conflicto y la firma de los nuevos tratados, el gobernador francés de la isla de Guadalupe ofreció al gobernador Chacón, al cargo de Trinidad, el envío de un millar de soldados galos como refuerzo, pero esta ayuda fue imprudentemente rechazada. Se armaron algunas milicias, y los propios franceses residentes en Trinidad formaron dos compañías con un total de 280 hombres para reforzar a los españoles. Así, el contingente de defensa se componía de menos de un millar de soldados regulares (unos 700), algunos miles de voluntarios organizados en milicias (alrededor de 2000) y los casi 300 voluntarios franceses. Además estaban las milicias formadas por soldados negros, que reforzaban a la guarnición antes mencionada. Todo ello quedaba al mando del propio Gobernador Chacón.

        -La flota española: El contingente naval español partió de Cádiz en 1796, y era una de las escuadras más importantes que se enviaba a un conflicto con los británicos, mucho mayor, desde luego, que el de la Guerra de Asiento varias décadas antes. De esa enorme flota, que estaba mandada por el Marqués del Socorro, el grueso fue enviado a La Habana, mientras que una división se asignaba directamente a la defensa de Trinidad. Estaba al mando de Sebastián Ruiz de Apodaca, y se componía de los navíos de dos puentes San Vicente, de 80 cañones, San Dámaso, Arrogante y Gallardo, todos de 74 cañones, y la fragata Santa Cecilia, con 34 bocas de fuego. En esta ocasión, los barcos españoles sí que habían recibido un adecuado mantenimiento, no como en anteriores conflictos, aunque había tenido que sufrir los fragores del largo viaje a través del Océano Atlántico (algo que también tuvieron que soportar los buques de la escuadra británica de invasión del Almirante Harvey, por otra parte).

        -La fuerza de invasión británica: Bajo el mando del General Sir Ralph Abercrombie, las tropas de invasión británicas consistían en diversos contingentes, incluyendo tropas reclutadas en Alemania (Infantería Ligera de Hompsech y Chasseurs de Loewestein), fuerzas regulares del ejército británico (infantería y artillería), unidades de la Royal Navy (infantería de marina, con su propia artillería) y milicias, que además incluían contingentes negros. Totalizaban más de 3.000 hombres, y eran una parte del enorme ejército que se había enviado a conquistar las Antillas, y que sumaba casi 10.000 efectivos, aunque el grueso iría destinado a la invasión de Puerto Rico.

        -La Royal Navy: Al igual que en el caso español, sólo una parte de la enorme flota que los británicos enviaron al Caribe participó en las operaciones de Trinidad. El mando sobre las fuerzas navales lo ejercía el Almirante Sir Henry Harvey, y las unidades separadas de la flota para el ataque a Trinidad incluían cinco navíos, dos fragatas (incluyendo la HMS Alarm, de 40 cañones, que ya llevaba un tiempo operando en la zona), tres bergantines (incluyendo al HMS Victorious, de 16 cañones, que junto al Alarm también operaba desde antes en la zona), una bombarda y hasta 30 buques de transporte, dos de ellos mayores y el resto goletas. Los navíos británicos eran de 74 y 68 cañones los de dos puentes, y 100 la insignia de tres puentes, y la flota destinada las Antillas incluía una treintena de barcos de guerra y otra treintena de transportes.

     

        -El reconocimiento previo británico: Antes de abandonar el apartado de las fuerzas enfrentadas, es necesario mencionar la cuestión defensiva española. Al ser las fortificaciones de reciente construcción, y por lo tanto desconocidas totalmente para el enemigo, constituía un verdadero problema para Harvey y Abercrombie enfrentarse a las fortalezas de Chacón, al no tener clara la fuerza ni disposición de las baterías. Por desgracia, el Gobernador Chacón, en un alarde de incompetencia supina, había permitido a la fragata HMS Alarm rondar la zona, e incluso había comido con el capitán inglés, a pesar de las crecientes tensiones del momento. Peor aún, ya en pleno conflicto, dos meses después de la declaración de guerra, Chacón permitió al HMS Victorious entrar en Chaguaramas, y al declarar el capitán inglés que no era consciente de estar en guerra, dejó partir al buque. Por supuesto, el capitán inglés aprovechó la circunstancia e inmediatamente apresó de un bergantín español.

        LA CAMPAÑA

        El 16 de febrero de 1797 apareció la escuadra inglesa casi llegado el mediodía. Los tambores tocaron a formación, y los hombres ocuparon sus puestos junto a los cañones, mientras los jefes de ambos bandos trataban de evaluar la fuerza de su adversario.

        En previsión de zonas de combates, y mientras Harvey realizaba un reconocimiento de la costa Norte de Trinidad, el gobernador Chacón ordenaba que las poblaciones de Puerto España y Mariquipo, siendo ocupadas las desiertas calles por las tropas defensoras del Comandante Noel, a las que se unieron los hombres de la guarnición de la isla Gaspar Grande, a fin de unificar fuerzas.

        Una vez reconocida la costa, Abercrombie y Harvey decidieron iniciar las operaciones de desembarco el 17 por la mañana, soltándose los botes desde los transportes y embarcando las tropas. La aparición de la multitud de botes y de lanchas, repletas de tropas, unidas a la inactividad de los barcos españoles, hicieron cundir el pánico entre los milicianos, que desertaron llevándose las armas consigo, y rompiendo la estructura defensiva española. Y es que los barcos españoles de Ruiz de Apodaca habían sido embotellados por la superior habilidad inglesa, impidiéndolos maniobrar.

        El almirante español, a la vista de las circunstancias, decidió que prefería ver arder sus barcos que verlos en manos del enemigo, y ordenó prenderles fuego, y que las tripulaciones se unieran a los defensores. En un acto de total inoperancia de los mandos, la marinería se dispersó por la isla, al no estar coordinada la operación. Algunos de ellos se unieron a los contingentes franceses, otros se internaron en la isla y otros cayeron prisioneros. Peor aún, Ruiz de Apodaca no fue capaz siquiera de incendiar sus barcos en condiciones, y los ingleses lograron hacerse con el San Dámaso, uniéndolo a su flota.

        Siguiendo con la línea de incompetencia, y sobrepasado por la deserción de sus milicias, el Gobernador Chacón ordenó a las tropas replegarse a la fortaleza, y no interferir en los desembarcos de las tropas de Abercrombie. Las escasas acciones de resistencia, dirigidas por el propio Chacón, habían resultado inútiles, y las tropas británicas ya estaban en tierra cuando al amanecer del día siguiente entró la flota de Harvey a la bahía y comenzó a bombardear  las vacías zonas de desembarco, aprestándose los soldados británicos a avanzar en dos columnas encabezadas por el propio general inglés. El Camino Real se convirtió en el eje de avance, y pronto la artillería de campo inglesa abrió fuego de contrabatería contra la española, que disparaba desde las fortificaciones.

        A las 20:00 horas, el mayor Brunell se acercó con bandera blanca ante las defensas españolas y pidió hablar con el Gobernador Chacón. Abercrombie solicitaba su rendición para evitar más derramamiento de sangre. El día 18 de febrero, apenas unas horas después del inicio de la batalla, el pabellón inglés se alzaba sobre la isla de Trinidad, y el Imperio Británico se alzaba exitoso sobre un nuevo territorio conquistado. El siguiente paso sería atacar la isla de Puerto Rico, donde habría una nueva batalla, pero esa ya es otra historia...