La Batalla de Monte Muro

        El siglo XIX español fue una época especialmente convulsa, en la que la Guerra de la Independencia contra los franceses, los conflictos coloniales y las "expediciones de prestigio" se entremezclaron con tres guerras civiles, las llamadas Guerras Carlistas. La tercera de ellas fue el último intento del Pretendiente de llegar al trono de España, y en ella se vieron implicados muchos de los héroes de las guerras anteriores, que habían dado el salto a la política. Uno de ellos, el Marques del Duero, destacaría en las operaciones del Norte y en su intento por tomar Estella, la capital carlista...

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            NOTA (II): Las imágenes incluidas en el siguiente artículo fueron tomadas durante la recreación que la Asociación de Recreación Histórica Imperial Service realizó en San Pedro de Alcántara (Marbella) en Octubre de 2018. Se quiere aprovechar para agradecer su colaboración para la realización del reportaje fotográfico.

        LA TERCERA GUERRA CARLISTA

        Los orígenes de las Guerras Carlistas hay que buscarlos en la cadena de sucesión al Trono del Reino de España, ya que tras la caída de Fernando VII, existían dos posibilidades para ocuparlo, el Infante don Carlos y la Princesa Isabel.

        En España regía por entonces la Ley Sálica, por la cuál se priorizaba el sexo del varón por encima de los otros derechos de la mujer, argumento que empleaban los defensores de don Carlos. Sin embargo, mediante una Pragmática Sanción se había procedido a abolir la Ley Sálica, de modo que los defensores de Isabel, la que sería denominada por el esperanzado pueblo como la "reina niña", actuaron para colocar en el trono a la que desde entonces sería la Reina Isabel II.

        Isabel II comenzó su reinado con una gran popularidad, ya que era una mujer cercana con el pueblo, y querida por el mismo, tras los diferentes vaivenes revolucionarios que había sufrido el país. El primer y más fuerte intento carlista de imponer a su pretendiente tuvo lugar en 1833, pero fue aplastado tras una cruenta guerra, la Primera Guerra Carlista. Un período de estabilidad y recuperación vino con el llamado "Gobierno largo de O´Donnell", donde además se recuperó parte del perdido prestigio español mediante la realización de campañas y expediciones militares.

        El segundo intento carlista fue sensiblemente menor, un simple conato, en comparación con la primera y la tercera guerras carlistas, y fue rápidamente aplastado, pero el descrédito de Isabel II, que se preocupaba más de sus amantes que de su imagen, terminaron por llevarla al exilio, proclamándose una República y un caos institucional, que fue aprovechado por los carlistas para volver a alzarse contra el gobierno.

        En efecto, la caída de Isabel II había abierto de nuevo la cuestión de la sucesión, y en Europa dicha cuestión había dado lugar a la Guerra Franco-Prusiana (ambos países habían presentado sus respectivas apuestas como posibles monarcas), mientras que en Madrid, Prim trataba de buscar un candidato apropiado para sentarse en el trono.

        Su propuesta fue don Amadeo de Saboya, pero, justo cuando este desembarcaba en España, Prim era asesinado en el camino entre el Congreso de los Diputados y el Palacio de Buenavista, por lo que don Amadeo, sin apoyos, terminó retirándose, alzándose los carlistas ya de forma generalizada en Vascongadas y Navarra en el Norte, Valencia y parte de Castilla La Mancha en el Centro, y Cataluña en el Noreste.

        Mientras tanto, Cartagena se declaraba Cantón Independiente en la nueva República Federal, que apenas duró unos meses, hasta que el Príncipe don Alfonso XII retornó a España para ser proclamado Rey.

 

        -El Ejército Carlista: Bajo los tradicionales lemas de "Dios, Patria y Rey" (o "Dios, Patria y Fueros" en algunos casos), el ejército carlista se componía de gente dura de entornos rurales principalmente, muchos de los cuáles habían luchado en las guerras anteriores, como la Guerra Romántica. Los problemas logísticos fueron una constante dificultad, en especial para abastecer y uniformar a las tropas, siendo el principal distintivo de las mismas la boina roja, y combinando uniformidad gubernamental con prendas civiles. Su principal activo era el conocimiento del terreno y sus tropas de infantería, ya que la caballería era un bien limitado y la artillería prácticamente escaso.

     

        -El Ejército Gubernamental: Llamado así porque en un breve período de tiempo lucho por la reina Isabel II, por la República, por la Dictadura de Serrano y por el rey Alfonso XII, los soldados gubernamentales combatían por el ideal de la patria en un sentido genérico, no por un gobierno u otro. Aunque la moral de las tropas era inferior a las carlistas, y su calidad estaba mermada por la falta de disciplina e ideales, la superioridad en recursos era abrumadora, no sólo en cantidad de hombres y equipo, sino en armas como la caballería y sobre todo la artillería, que resultarían decisivas cuando aprendieron a luchar contra los duros defensores de don Carlos. El mayor problema era arrastrar a los carlistas a campo abierto, donde los regimientos a caballo y los cañones pudieron marcar esa diferencia que da la victoria...

        LA CAMPAÑA DEL NORTE Y EL MARQUÉS DEL DUERO

        Las acciones de los partidarios del pretendiente don Carlos habían asentado una franja de territorio en la cuál el monarca había establecido su reinado, con capital en la ciudad de Estella. Básicamente, sus tropas controlaban las zonas de las Provincias Vascongadas y Navarra, habiendo logrado crear por fin una retaguardia en la que poder reabastecer  y recuperar a las unidades de combate al terminar la batalla.

        La situación en Cataluña también era más o menos estable, habiendo logrado crear un ejército orgánico que ya había logrado victorias en auténticas batallas, no en simples escaramuzas de guerrilla, y las unidades ya se habían estructurado en los tradicionales batallones, regimientos y brigadas.

        Donde la rebelión no había tenido tanto éxito había sido en la zona centro, ya que, aunque al principio habían logrado algunos resultados espectaculares, la reacción gubernamental, tras la recuperación de Cartagena, había sido pacificar lo que hoy es Castilla La Mancha, en su camino a los otros teatros de operaciones, incluyendo Valencia. Así, la proximidad geográfica, unida a un menor entusiasmo de sus partidarios en esa parte del Levante, hicieron que la fuerza de don Carlos fuera mucho menor en la zona centro, priorizando así el Norte y Cataluña.

        Por su parte, el General don Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, Marqués del Duero, había iniciado una serie de operaciones militares al objeto de romper el estado carlista, entrando por el Norte y tomando las principales ciudades. El Marqués del Duero era uno de los mandos más capacitados del bando gubernamental, y de hecho estaba llamado a ser uno de los hombres fuertes que gobernaría el país al acabar la guerra, habiendo participado en varias de las acciones políticas que se habían dado a lo largo del siglo. Era un hombre áspero, rígido, pero también de gran prestigio tanto en la política como en la dirección militar.

        De hecho, el General Serrano le había nombrado Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones del Norte en mayo de 1874, habiendo tomado la capital de Vizcaya, para avanzar sobre Durango y tomando Vitoria el 19 de mayo, para a continuación plantear el siguiente paso, que sería la toma de Estella, la capital del estado carlista.

        LA BATALLA DE MONTE MURO

        Las tropas del Marqués del Duero se encaminaron hacia Estella, pero las tropas carlistas, bajo el mando supremo de Dorregaray, habían establecido una línea de trincheras y fortificaciones en el camino, usando la población de Abárzuza, donde el terreno hacía un cuello de botella que eliminaría la ventaja numérica de las tropas gubernamentales.

 

        Al amanecer del día 27 de junio, tras una serie de escaramuzas en las jornadas anteriores, las tropas gubernamentales comenzaron a desplegarse, con la caballería en los flancos, a fin de tratar de cercar y de desbordar al enemigo. Las fuerzas del Marqués del Duero sumaban alrededor de 40.000 hombres, incluyendo 48 batallones de infantería, 12 escuadrones de caballería y 80 cañones, fuerzas muy superiores a las carlistas del General Dorregaray, que apenas sumaban 24.000 efectivos y 3 cañones, apoyados por algunos escuadrones sueltos montados. Sin embargo, los carlistas contaban con las trincheras y la ventaja de la posición.

     

       Tal y como los carlistas habían previsto, el terreno pronto se convirtió en su aliado, al ralentizar el despliegue gubernamental ante la exasperación del General de la Concha, quien pronto descargó su ira sobre sus propias tropas. Además del propio cuello de botella, una serie de edificaciones habían comenzado a arder, bloqueando aún más la ruta, por lo que los ingenieros gubernamentales se embarcaron en la tarea de apagar los incendios, consiguiéndolo sólo temporalmente, ya que las llamas se reavivaron más tarde y el fuego alcanzó grandes proporciones.

        Eran las 10:30 de la mañana, ya con mucho retraso, cuando el General de la Concha ordenó a su artillería abrir un fuego que resultó devastador para la primera línea defensiva carlista. Por fin se había logrado organizar el avance, y tras unas horas de bombardeo preliminar, el Brigadier Blanco recibió la orden de lanzar el primer asalto con una fuerza de infantería que incluía tropas de los batallones de Ciudad Rodrigo, Alcolea, Guadalajara y Zamora, a fin de ocupar Monte Muro.

        Frente a ellos, las trincheras eran defendidas por el 3º, 4º y 6º de Navarra, al mando del General Pérula, apoyados por el 1º y 2º de Castilla y por tropas bilbaínas, que fueron contenidas por sus oficiales para no abrir fuego hasta el último momento. Una descarga certera, a quemarropa, barrió el avance gubernamental, y a la sangre y las bajas se unió la lluvia, que convirtió la pendiente por la que avanzaban los agotados soldados de Blanco en un barrizal, del que finalmente fueron desalojados con una carga a la bayoneta de los carlistas, que pusieron en fuga a toda la brigada.

        Acontecimientos parecidos se produjeron en la derecha del frente, donde el General Molina también fue rechazado y aplastado después tras otra carga a la bayoneta de los defensores carlistas, y la moral subió hasta tal punto entre los defensores del Pretendiente, que Dorregaray ordenó atacar Abárzuza, a fin de romper el centro y la reserva gubernamental, pero en esta ocasión la zona llana de alrededor permitió a De la Concha emplear su caballería, y se estabilizó el frente.

        Exasperado ante los acontecimientos, y ante un nuevo asalto que fracasó, el Marqués del Duero decidió tomar él mismo el mando directo de las operaciones, y se encaminó a la primera línea, seguido por su estado mayor. De nada sirvieron las advertencias que le hizo el General Echagüe, que aunque estaba enfermo y con fiebre, trató de disuadirle en su propósito, y el General en Jefe avanzó entre las columnas de soldados en retirada, reagrupándolos y encaminándolos de nuevo tras las baterías de artillería.

        Sin embargo, la batalla se inclinaba a favor de los carlistas, y el acto de valor del General de La Concha sólo podría servir para tratar de no convertir una retirada en una desbandada. Ya en primera línea, el General se dio cuenta de ello, mientras veía cómo el último intento gubernamental, efectuado por las tropas de reserva al mando del Coronel Castro, eran rechazadas de nuevo, y los victoriosos carlistas perseguían a los soldados de Castro como conejos asustados, a excepción de una zona que cubría la retirada, bajo el mando del Capitán Galbis, y que salvó la situación. De la Concha comprobó con frustración que la batalla estaba perdida, y que debía reagrupar sus fuerzas si quería luchar otro día. Ordenó a su ayudante que trajera su caballo, y se disponía a retirarse con el resto del ejército, cuando fue alcanzado en el pecho por un disparo enemigo, siendo retirado por su estado mayor a una cabaña, donde los médicos trataron inútilmente de salvarle, pero la bala había atravesado un pulmón y había terminado en un riñón. Falleció poco después, y los carlistas prolongarían la guerra todavía durante casi dos años...