LAS CAMPAÑAS DEL SUDÁN (1884-1899)

 

 

 

Khartoum

NOTA: El presente documento fue publicado en su día en la revista Wargames: Soldados y Estrategia. Su reproducción en este espacio se ha realizado con el permiso de su autor, Raúl Matarranz del Amo.

Se dice que cuando al Primer Ministro Gladstone le comunicaron la muerte del General Gordon en Jartum, dijo: “todas las crisis son iguales”. Esto era especialmente cierto en el caso del Sudán.

 

ANTECEDENTES: EL SUDÁN A FINALES DEL SIGLO XIX

 

            Desde comienzos de la década de 1.880, una crisis tras otra azotaban tanto al Sudán como a su dueño y señor, la vecina Egipto. Tras la derrota del rebelde Bajá Arabi, en 1.882, por fuerzas británicas, y el restablecimiento de una relativa calma en su propio territorio, el ejército egipcio había tratado en repetidas ocasiones de detener la revuelta que a principios de 1.881 había iniciado en la remota isla de Abbas, Nilo arriba, el líder religioso Mohammed Ibn Ahmed el Sayyid Abdullah, autoproclamado Mahdí de la fe islámica, pero su esfuerzo se había visto truncado en todas ellas. A la incompetencia de las autoridades egipcias en la región se unía una total falta de medios adiestrados (ser destinado al Sudán era en muchas ocasiones un castigo militar) y una corrupción extrema, manteniendo a duras penas el orden por la fuerza de los 40.000 soldados desplegados en las mayores ciudades.

            Fue necesaria la caída del Obeid, la capital de Kordofán (la región más rica del Sudán), para que el gobierno egipcio enviase una fuerza de envergadura a sofocar la finalmente abierta rebelión mahdista. No obstante, como quiera que el ejército egipcio del Sudán se formaba con los peores elementos que el gobierno del Khedive podía ofrecer, las tropas de dicha expedición no constituyeron excepción alguna. Las impresionantes cifras de casi 10.000 hombres, 14 cañones y 6 ametralladoras daban una falsa imagen de fuerza, máxime por el hecho de que alrededor de 2.000 de ellos eran antiguos amotinados de la época de Arabi. Al mando de la expedición se puso a un oficial británico, el Coronel William Hicks, un valiente soldado pero un inexperto oficial, apto para ganar una batalla, pero no una campaña de la envergadura de la que tenía enfrente, en un inmenso territorio hostil e implacable, como es el desierto sudanés. El 5 de noviembre de 1.883, tras 2 meses de lentas penurias y sin línea posible de retirada, las fuerzas del Mahdí ( 50.000 guerreros, 7.000 fusileros y 4.000 jinetes) cayeron sobre el agotado cuadrado egipcio, aniquilando a todos los hombres. A la feroz lucha cuerpo a cuerpo se unió el hecho de que Hicks no había previsto línea de suministros ni, por tanto, posibilidad de evacuación, por lo que no hubo supervivientes.

            La derrota del Ejército de Hicks proporcionó al Mahdí la posibilidad de acceder a gran cantidad de armas modernas, y al mismo tiempo demostró tanto a su pueblo como a sus enemigos y al gobierno británico que ni el mayor de los ejércitos egipcios sería capaz nunca de detener la rebelión sin ayuda exterior. No obstante, Gladstone no era partidario de embarcarse en una guerra de las dimensiones que la causa exigía, y optó por evitar el envío de fuerzas británicas por el momento, limitándose a agrupar efectivos para una acción limitada en la costa del Mar Rojo. Esta medida obligó al gobierno egipcio a llevar a cabo su último y limitado intento de controlar al menos la franja costera para facilitar esa intervención, liberando la ciudad sitiada de Tokar. La misión sería asignada al Bajá Valentine Baker, jefe de la Gendarmería.

            Si las condiciones del ejército de Hicks fueron malas, las del de Baker fueron nefastas. Su columna se formó sobre todo a base de gendarmes, gentes que habían entrado en ese cuerpo en su mayoría por evitar la guerra, y por lo tanto con un adiestramiento excesivamente limitado. El 4 de febrero de 1.884, la fuerza fue destruida de forma humillante por las fuerzas de Osman Digma, el líder del Mahdí en la franja costera del Mar Rojo, lo que provocó la rendición de la mayoría de las ciudades egipcias que daban al mar o la muerte de aquellos que trataron de romper el cerco, como fue el caso de Sinkat, donde la guarnición trató de evacuar a la población marchando en cuadro hasta que finalmente fueron aniquilados a pocos kilómetros del punto de partida.

 

UNA SOLUCIÓN SIN COMPROMISOS: EL GENERAL GORDON

 

            A cientos de kilómetros de Egipto, la fría mañana del 15 de enero de 1.884, se requirió a Charles George Gordon para que se reuniera con el general Sir Garnet Wolseley, con el fin de establecer los parámetros y las estrategias a seguir para acometer la crisis que se había gestado en el Sudán. El gabinete del Primer Ministro Gladstone no era partidario en absoluto del envío de una fuerza militar de envergadura a la zona, pero se vio obligado a realizar una política de gestos de cara a Su Majestad y a la opinión pública, mas partidaria de la intervención. Uno de dichos gestos fue el envío de tropas británicas a la franja costera del Sudán en el Mar Rojo, para llevar a cabo una campaña limitada con el fin de liberar Tokar y las demás ciudades asediadas, bajo el mando del General Sir Gerald Graham. El otro fue enviar a Gordon a Egipto, como asesor, para que ayudase a llevar a cabo la propuesta del gobierno para evacuar el Sudán.

            Nacido en Woolwich, en 1.833, Gordon era un ferviente creyente que basaba gran parte de su vida en la lectura de la Biblia y en las creencias religiosas. Gozaba de gran ascendencia entre los miembros de la iglesia, debido a su gran caridad y esfuerzos de ayuda hacia los desamparados, y era muy respetado como militar por su amplia experiencia por todo el mundo. Estuvo en la Guerra de Crimea (1.854-1.855) y participó en 1.860 en la expedición británica a China, sirviendo posteriormente al Emperador en su lucha contra la Rebelión Taiping,  donde se ganó el apodo de Gordon “el Chino”. En 1.874 entró al servicio del gobierno egipcio, siendo nombrado Gobernador General de las provincias ecuatoriales del Sudán, donde luchó ferozmente contra la esclavitud, ganándose así el respeto y el afecto del pueblo. Tenía pues una considerable experiencia sobre la región y los distintos pueblos que la habitaban, incluidas sus costumbres y, más importante aún, sus formas de hacer la guerra, adquirida sobre todo durante la revuelta de Darfur. Trasladado tras su dimisión en 1.880, fue destinado a lugares de todo el mundo como Isla Mauricio, Ciudad del Cabo y Palestina, hasta que se le ofreció ejercer el gobierno del Congo justo cuando fue llamado por el gobierno de Gladstone para que ayudara a evacuar el Sudán.

            Así pues, Gordon parecía ser el hombre ideal para solventar el problema del Mahdí. Quien no compartía esta opinión era Sir Evelyn Baring, el Comisionado Británico en El Cairo, quien consideraba al general inadecuado para acometer una crisis que, en el fondo, era una revuelta islámica. A ello hay que añadir que Gordon era un hombre muy pasional, para lo bueno y para lo malo. Esto significaba que el general era valiente y emprendía todo lo que hacía con gran energía, pero era impetuoso y en muchas ocasiones muy imprudente.

            Gordon por su parte no perdió el tiempo y se propuso averiguar las intenciones de sus enemigos, y ver a qué clase de hombre se enfrentaba, tratando de llegar a algún acuerdo con él. Uno de sus primeros intentos de convencer a su enemigo para evitar el enfrentamiento fue enviar al Mahdí un vestido rojo y un fez, con un ofrecimiento para que aceptara el sultanato de Kordofán. La respuesta del Mahdí fue equivalente: Gordon recibió un jibbah mahdista y un ofrecimiento de convertirse a la verdadera fe. Esto le reveló que se encontraba frente a un adversario que realmente creía en su causa, y que por lo tanto no cabría negociación posible

            25 días después de la derrota del ejército de Baker y tras las primeras e infructuosas gestiones de Gordon en el Sudán, en las que intentó restablecer a antiguos jefes de tribus para minar el poder del Mahdí, el Gobierno decidió que había llegado el momento de llevar a cabo una acción militar en la zona costera para liberar a los supervivientes que quedaran en Tokar. Mientras Gordon aún tomaba conciencia de la dificultad de evacuar el Sudán, las tropas británicas de Graham lanzaron un ataque sobre una posición fortificada conocida como El Teb, cerca de donde fue derrotado Baker, aplastando la resistencia de los 6.000 mahdistas allí atrincherados con la artillería de la derrotada fuerza egipcia. Tras un duro pero breve combate a corta distancia, quedó patente la superioridad de las fuerzas británicas con respecto a los ejércitos anteriores a los que se habían enfrentado los mahdistas, siendo estos obligados a retirarse con numerosas bajas. La marcha continuó hasta Tokar, donde se evacuó a aquellos que aún continuaban con vida en la ciudad, y las tropas volvieron al punto de partida en Suakim.

            La respuesta mahdista a esta acción no se hizo esperar, y el 10 de marzo partía de nuevo la columna británica para destruir una concentración de ansares en el campamento enemigo de Tamai. La batalla volvió a desarrollarse en un violento combate de descargas cerradas de fusilería a corta distancia, pero en esta ocasión degeneró en un sangriento cuerpo a cuerpo hasta que finalmente un segundo cuadrado de tropas británicas al mando del general británico Redvers Buller, héroe de las guerras zulúes, logró salvar la situación y se derrotó a los casi 12.000 guerreros allí concentrados.

            Entretanto, en el interior del país, las cosas no marchaban tan aparentemente bien. El 13 de marzo se cortó el telégrafo que unía Jartum con El Cairo. Mientras los británicos se dedicaban a entablar victoriosas pero inútiles batallas en la costa, el Mahdí prefería sublevar y asediar la zona de alrededor de la capital sudanesa. Rodeado por todas partes, y con un cerco que se estrechaba cada vez más, Gordon razonó que sólo había dos posibles soluciones. O derrotaba él sólo al Mahdí, o trataba de resistir hasta que el gobierno de Gladstone cediera a las presiones y enviara una fuerza de socorro. Como las tropas a su disposición eran muy limitadas, tuvo que optar por la segunda opción.

 

            FALSAS ESPERANZAS

 

            Con una población de 50.000 personas (30.000 de las cuales eran esclavas), la ciudad de Jartum hacía las veces de capital del Sudán. Estaba dirigida, además de por los funcionarios egipcios y por los cónsules británico y francés, por una variedad de mercaderes tanto europeos como africanos. El cónsul británico, Frank Power, además ejercía de corresponsal para el diario británico “The Times”. La ciudad se extendía a lo largo de la unión del Nilo Blanco con el Nilo Azul, estando ambos ríos unidos por una muralla. La guarnición de la ciudad la componían 2.500 soldados de las fuerzas regulares egipcias, armadas con fusiles Remington, 23 piezas de artillería y varias ametralladoras. Tan pronto como tomó conciencia de la situación, Gordon ordenó el reclutamiento de todos los hombres aptos, consiguiendo reclutar a casi 5.000 combatientes con un adiestramiento limitado pero no obstante efectivo, dadas las funciones únicamente defensivas que pretendía realizar.

            Sin embargo, la suerte no les acompañaba. A mediados de abril, mientras se adiestraba a los nuevos reclutas, se supo que las tropas británicas de Graham se habían embarcado el día 3, volviendo a Egipto. Esto significaba que Gladstone estaba más que decidido a no intervenir en la contienda, y que por lo tanto tendrían que enfrentarse solos al Mahdí.

            La muralla que el antiguo gobernador Abd el Kader había empezado a construir se terminó lo más rápidamente posible, mientras los mahdistas seguían tomando posiciones en torno a la ciudad. Estaba a mucha distancia de la población (casi 1 milla), lo que la hacía muy complicada de defender, pero la población de Jartum se esforzó y se logró establecer una defensa efectiva bajo la dirección de Gordon. Contaba con 3 puertas ( Burri,  Massalamieh y Kalakala, que daba a una aldea que tenía su nombre y que se componía de grupos de casas diseminados entre la puerta y el Nilo Blanco), que fueron reforzadas y apuntaladas para evitar la entrada del enemigo por ellas. Se minaron los accesos a la ciudad con campos de minas improvisados (a base de enterrar los proyectiles de los dos cañones Krupp de 20 libras que había en la guarnición, rodeados de metralla), se profundizó el foso que había al pie de la muralla y se alargó hasta poder inundarlo, y se reforzó la propia muralla, añadiendo un parapeto en las zonas más destrozadas. La Iglesia fue transformada en el polvorín principal, y se reforzó el Fuerte Mukram, a este lado del Nilo Blanco, para prevenir un desembarco desde esa ribera si caía Fuerte Omdurman. Además, se reforzó también el Fuerte Burri, que protegía la puerta de la ciudad del mismo nombre y que daba a otro pequeño asentamiento de casas. Asimismo, se construyeron hasta cuatro bastiones a lo largo del muro, de modo que las tropas pudieran responder de forma inmediata a un ataque, en lugar de tener que moverse desde la ciudad, y se distribuyeron las piezas de artillería del modo más eficaz posible, superponiendo sus líneas de fuego. Al otro lado del Nilo Blanco, se aumentó la guarnición de Fuerte Omdurman, para evitar que se colocara artillería enemiga en esa ribera y que se bombardease la ciudad. Un segundo fuerte, el del Norte, protegía el otro lado del Nilo Azul, y se estableció una batería de artillería en las islas que se formaban en la confluencia de ambos ríos, de modo que pudiera cubrir todo el frente y además proteger a la ciudad de un ataque a través del mismo Nilo.

            Mientras tanto, el gobierno de Londres continuaba oponiéndose a acudir en socorro de Gordon. Las críticas hechas por la opinión pública y  las noticias que cada día indicaban que a Jartum se le iba estrechando el cerco no parecían ejercer efecto alguno en Gladstone, quien seguía decidido a no actuar. A medida que pasaban las semanas la opinión pública y la prensa aireaban más el asunto, haciendo cada vez mas presión, pero fue inútil. Gladstone no cedió en su postura.

            En Jartum, Gordon trató de mantener la moral a base de realizar salidas de hostigamiento contra los sitiadores, pero cada una de esas salidas amenazaba con convertirse en desastre si se caía en una emboscada. La población temió al principio un asalto a la ciudad, pero las defensas de Jartum estaban demasiado bien planeadas como para que fuera viable semejante ataque. Retirados los efectivos británicos de la costa en abril, el Mahdí decidió que no tenía prisa y se contentó con ponerle sitio a la ciudad. 30.000 hombres esperaban la orden para saquear y exterminar a los infieles que habían osado desafiar al Islam. El asedio continuó durante los meses de mayo hasta agosto, estrechando cada vez más el cerco y haciendo cada vez más peligrosas las salidas. Finalmente, a primeros de septiembre llegó lo inevitable, cuando en una de esas salidas una columna al mando de Muhamad Alí Pasha Husayn fue emboscada en al Aylafuh, sufriendo enormes bajas. Esto constituyó un serio revés para Gordon y sobre todo para la moral de la ciudad, que vio desvanecerse sus últimas posibilidades de derrotar a los sitiadores por si mismos. Había quedado claro que sólo con ayuda británica conseguirían salvarse, pero por desgracia también había quedado claro que dicha ayuda no llegaría. El ejército egipcio se había demostrado en demasiadas ocasiones incapaz de vencer a las hordas del Mahdí, y aunque lo hubieran podido hacer, ya no tenían nada que pudieran enviar a romper el cerco de Jartum. La única esperanza era que se produjera un milagro que convenciera a Gladstone de que debía salvarles. La noticia de ese milagro se supo en la ciudad el 20 de septiembre.

 

            LA AYUDA EN CAMINO: EL GENERAL WOLSELEY

 

            La presión sobre el gobierno alcanzó su punto álgido en julio de 1.884, con manifestaciones masivas a favor de la intervención para salvar a Gordon ante la puerta del propio Parlamento. Finalmente, el 5 de agosto, Gladstone cedió y la Cámara autorizó los fondos para financiar una expedición de socorro a cuyo mando estaría el general Sir Garnet Wolseley, uno de los más brillantes militares británicos de la época y un amigo personal de Gordon, junto a quien había combatido en varias ocasiones. Dada la urgencia de la situación, el ejército británico enviado a la zona se trajo desde todos los rincones del Imperio. Había tropas tanto irlandesas como escocesas, de la India, de la propia Inglaterra y de las guarniciones de Malta y Gibraltar. El 9 de septiembre, en El Cairo, Wolseley comenzaba a organizar a sus tropas. El clima resultó un problema, así como la falta de costumbre de los soldados con los camellos, pues la mayoría de ellos no había visto uno en su vida. No obstante, el tiempo apremiaba, por lo que se envió cuanto antes a Korti a varios regimientos para establecer una base avanzada desde la que partir hacia Jartum.

            Dado el tamaño de ejército británico (unos 7.000 hombres) y el hecho de que el Nilo era la única vía adecuada para moverse con cierta velocidad, los vapores que hacían la ruta desde Egipto hasta Korti pronto quedaron colapsados. Sin embargo, Wolseley no era hombre que se dejara vencer por la adversidad, e hizo fabricar varios cientos de botes balleneros tripulados por hombres de Canadá (los Viajeros Canadienses), que trasladaron al ejército hasta su destino. Una vez allí, se hizo una reunión y se decidió que el ejército se dividiría en dos columnas. El plan era que Sir Herbert Stewart, y los coroneles Fred Burnaby (que pidió permiso por enfermedad para poder dejar su puesto en Inglaterra e ir así a la guerra en el desierto) y Sir Charles Wilson, del Servicio de Inteligencia avanzaran con la Columna del Desierto (unos 1.500 hombres) ocupando los oasis hasta la ciudad de Metammeh y la tomaran, reuniéndose allí con la Columna del Río, mucho mayor y por lo tanto menos maniobrable, que llegaría hasta allí siguiendo el Nilo. Montados en camellos, los hombres de Stewart partieron hacia su destino el 30 de diciembre, ocupando los primeros pozos el 2 de enero de 1.885, a 100 millas de distancia, en un espectacular avance. Tras ocupar la posición, se esperó la llegada de refuerzos y suministros y se retomó la marcha.

            Todos estos acontecimientos no pasaban inadvertidos, ni para el Mahdí ni para los habitantes de Jartum, que veían con renovadas esperanzas una posibilidad de sobrevivir. Por fin los británicos habían tomado la dirección adecuada, ya no era una campaña secundaria en la costa. Si los ansares no conseguían detenerlos, pronto serían liberados. Gordon intentó agilizar los trámites enviando a su ayudante, el Teniente Coronel J. D. H. Stewart, del 11º de Húsares, y al Cónsul Británico, Frank Power, para que trataran de convencer a Wolseley de que se diera mas prisa, a bordo del vapor Abbas. Se preparó el vapor y se embarcó a cuanta gente se pudo a bordo, en un intento de salvarles por si el socorro no llegaba. Tras pasar Metammeh, recibieron fuego desde las orillas en Berber, pero la respuesta de los hombres del Abbas fue eficaz y llegaron hasta mas allá de Abu Hamed. No obstante, fue capturado Nilo abajo antes de llegar a Merowe, siendo asesinados los hombres y mujeres que iban a bordo. El intento de acelerar el avance británico fracasó.

            Por supuesto, al contrario que en los de Gordon, estaba en los planes del Mahdí retrasar el avance de las tropas británicas. El lugar elegido para intentarlo fueron los pozos de Abu Klea, y la fecha el 16 de enero. Stewart trató al principio de atraer a la horda de casi 12.000 guerreros a su posición fortificada (zareba), pero los ansares no mordieron el anzuelo. Sabiendo que tenía que salir a combatir, pues escaseaba el agua, los hombres de Stewart formaron en cuadro y tras una durísima pero breve batalla rechazaron en repetidas ocasiones a la marea negra que se abalanzó sobre ellos. Se construyó una nueva zareba junto a los pozos de Abu Kru, a 4 millas de los anteriores, de donde se salió a buscar de nuevo batalla el 19 de enero, pues no había bastante agua. Marchando hacia el río se produjo otro gran enfrentamiento con los ansares, que fueron derrotados de nuevo en un combate desesperado y agotador. Finalmente, los hombres llegaron al río y pudieron por fin descansar, pero las dos batallas habían costado la vida de los dos jefes de la columna, el General Stewart y el Coronel Burnaby. Sir Charles Wilson tuvo que asumir el mando, aunque, dada su condición de oficial de inteligencia, no tenía experiencia alguna en el arte de dirigir. Así, fue incapaz de ocupar Metammeh, teniendo que conformarse con mantener Gubat, que también daba al río. Desde allí, comenzó a planear cómo salvar a Gordon si la Columna del Río no llegaba a tiempo.

 

            DEMASIADO TARDE, DEMASIADO POCOS

 

            Los temores de Wilson no eran infundados. La Columna del Río, al contrario que la del Desierto, se movía lentamente a través del Nilo, remontando con dificultad las cataratas. En Jartum, con la llegada del verano, el nivel del río bajaba poco a poco, dejando al descubierto un tramo de terreno que no había podido ser minado y que, por supuesto, no estaba amurallado. El mayor temor de Gordon era que los derviches decidieran atacar por ese punto, pero por desgracia, tras meses de asedio, la debilitada población no estaba en condiciones de fortificarlo. La moral había caído a niveles muy bajos e incluso en el propio Gobernador General se abría paso la desesperanza. Pasaba las horas en el tejado del palacio, desde donde se dedicaba a observar el Nilo, con la esperanza de ver llegar a los esperados refuerzos británicos.

            En enero, los derviches decidieron estrangular la resistencia de Fuerte Omdurman e hicieron presión, logrando su captura. Con la toma de las defensas de la ribera del Nilo que protegía el fuerte, el Mahdí estuvo en disposición de emplazar la artillería capturada a los egipcios, y se inició un bombardeo diario sobre la ciudad que los cañones de Gordon, emplazados en la lejana muralla tierra adentro, no podían contrarrestar. Al hambre y a la agonía se unió ahora la incertidumbre de que en cualquier momento se podía morir por un impacto fortuito de los cañones de los ansares.

            Preocupado por las noticias que se recibían de Jartum, Sir Charles Wilson decidió actuar sin esperar refuerzos. El último mensaje de Gordon, en el que decía que podría resistir sólo 10 días mas, se había recibido a finales de septiembre. Aunque las noticias decían que Jartum todavía aguantaba, también decían que se aceleraban los preparativos para el ataque final.. Si no podía salvar Jartum, al menos salvaría a Gordon. Se buscaron los vapores y las tripulaciones disponibles y durante tres días se les preparó para la violenta y peligrosa travesía. Se blindaron las barandillas, se subieron a bordo cañones y ametralladoras Gardner y se embarcó a todos los hombres que se pudiera, 240 egipcios y 20 soldados del Regimiento de Reales de Sussex, estos últimos llevando la clásica casaca roja en lugar de los tonos grises que se habían utilizado durante la campaña, todo ello bajo el mando del propio Wilson. El plan era remontar el Nilo desde Gubat y sacar a Gordon de Jartum. Si se podía hacer algo por la moral de la ciudad y por sus habitantes, ya se vería. A tal efecto se cargaron también algunas toneladas de grano para alimentar a quien se pudiera. Al amanecer del día 24 de enero, mientras los muezzines del Mahdí alentaban a las hordas derviches en Jartum, los vapores Bordein y Telahwiya zarpaban de Gubat a toda velocidad, en una carrera contra reloj para lograr lo imposible: salvar a Gordon y a Jartum. El viaje era peligroso, no sólo por el fuego que se recibía de ambas orillas a medida que avanzaban Nilo arriba, sino también porque era la época de aguas bajas, lo que provocaba que encallaran continuamente en los bajos del río. Pero si estaba bajo en el camino desde Gubat, también lo estaría en Jartum. No había más remedio que arriesgarse. Las únicas paradas que se hacían era para conseguir madera con la que alimentar las forzadas calderas de los dos pequeños vapores. El más pequeño retraso significaría el fin de Gordon y de las 50.000 personas de Jartum.

            Una vez mas, el Mahdí no permaneció ajeno a los movimientos británicos. Sabía que si esperaba mas, toda la campaña habría sido inútil. Era preciso atacar Jartum. El momento elegido sería la noche del 26 de enero. Con un bombardeo masivo desde todas las posiciones, a medianoche se inició un ataque general que logró penetrar la muralla por dos puntos, la Puerta de Massalamieh, que fue tomada por el asalto principal al mando de Al Nujumi, y la zona que había quedado al descubierto con la bajada del nivel del agua del Nilo, que tenía como objetivo eliminar las defensas exteriores y la artillería. La caída de esos dos puntos hizo inútil el resto de la muralla, y las tropas de Gordon se retiraron como pudieron al interior de la ciudad, intentando ganar tiempo en determinados puntos que eran mas defendibles, tales como el palacio del propio Gordon. A medida que ocupaban los distintos barrios de la desgraciada ciudad, las  hordas mahdistas se dedicaban a la matanza y al saqueo de todo cuanto encontraban. Llevaban demasiado tiempo esperando el momento de ocupar la ciudad y castigar a sus defensores por su tenaz resistencia. Finalmente, llegaron al Palacio del Gobernador, donde los hombres de Gordon intentaron su último desafío. Según se cuenta, el propio Gordon recibió a sus enemigos desde lo alto de las escaleras del Palacio. La visión de aquél hombre, que se había atrevido a desafiar a su líder y que durante meses les había tenido en jaque, sobrecogió por un instante a las hordas sudanesas, hasta que finalmente le acuchillaron hasta matarle. Su cabeza fue cortada y enviada al Mahdí, quien esperaba en el campamento la noticia de su muerte. Los vapores de Sir Charles llegaron el 28 de enero a la ciudad, a tiempo de ver cómo los mahdistas celebraban su victoria. Tras recibir el fuego de la artillería derviche, comenzaron el lento regreso a Gubat. Habían llegado tarde.

            La caída de Jartum y la muerte de Gordon significaron un largo período de agonía para el Sudán. El Mahdí murió meses después, probablemente de tifus o alguna enfermedad análoga, y su sucesor, el Califa, creó un Estado Mahdista, trasladando la capital desde Jartum al otro lado del Nilo, en el antiguo Fuerte Omdurman, desde donde continuó la guerra contra Egipto, y contra los italianos en Abisinia. Finalmente fue necesaria una campaña militar de envergadura, tal y como Gordon había advertido, que llevó a cabo el General Kitchener a finales de siglo, derrotando al Estado Mahdista al conquistar su propia capital, en la batalla de Omdurmán.

 

 

 

 

El día después. El Sudán tras la muerte de Gordon.

             NOTA: El presente documento fue publicado en su día en la revista Wargames: Soldados y Estrategia. Su reproducción en este espacio se ha realizado con el permiso de su autor, Raúl Matarranz del Amo.

            “Alá ha infundido el miedo en el corazón de los ingleses, y se han retirado”. Con estas palabras, Osman Digma, el líder del ejército del Mahdí en la zona costera del Sudán, declaraba ante su jefe religioso que había derrotado a sus enemigos los ingleses. Y era cierto. Jartum había caído, y las tropas de socorro se habían retirado. Sin embargo, un general inglés llamado Graham, antiguo adversario de Osman Digma durante la anterior campaña, tenía algo que decir al respecto...

La caída de Jartum y la muerte de Charles George Gordon dejaron en manos de las hordas del Mahdí prácticamente todo el Sudán. La última tentativa de controlar al menos la franja costera la llevó a cabo el ejército británico unos meses después de la muerte del general, en una campaña que se inició en marzo de 1.885 y que finalizó en diciembre del mismo año, al intentar construir una línea de ferrocarril que uniera Suakim, en la costa del Mar Rojo, con Berber, en el Nilo, para tratar de abrir nuevas líneas de suministro al margen del río con las que se pudiera así evitar el largo camino de la navegación a través de una vía fluvial que ahora estaba en manos de los derviches. A tal objeto, se le ordenó al General Sir Gerald Graham que reabriera la ruta entre ambas ciudades y que destruyera a las fuerzas del líder derviche Osman Digma, que era quien dirigía al Ansar (así era como se denominaba al ejército del Mahdí) en la franja costera del Sudán.

No era la primera vez que ambos líderes se enfrentaban. Un ejército al mando de Graham había desembarcado un año antes para destruir esas mismas fuerzas a las que se enfrentaba ahora, y aunque venció a las tribus que comandaba Osman Digma en las batallas del Teb y Tamai, no logró atrapar al escurridizo ejército derviche, que aprovechaba su mejor aclimatación, su mayor movilidad y su mejor conocimiento del terreno para buscar batalla sólo en las circunstancias en que le conviniera. Al fracaso de la anterior campaña se unió la caída de Jartum, lo que fortaleció aún más a las ya de por sí inflamadas hordas del Mahdí.

El plan era que mientras se realizaba dicha operación de búsqueda y destrucción, se iniciaría la construcción del ferrocarril, para ganar así tiempo, pero obligando al ejército a realizar tareas de escolta y patrulla a lo largo de la obra. Esto era peligroso, ya que reduciría significativamente su valor y su efectividad como fuerza de combate, pues habría que dividir a las unidades operativas en guarniciones mas pequeñas si se quería cubrir todas las necesidades. Afortunadamente, el gobierno se tomó más en serio la campaña que la última vez, y Graham dispuso de casi 13.000 hombres para llevar a cabo las operaciones. Aunque gran parte de sus fuerzas se vieran retenidas por tareas de escolta y patrulla, podría concentrar en el campo suficiente potencia de fuego como para derrotar al adversario si medía bien los recursos y las tropas puestas a su disposición. Además, dado que su eje de avance sería a través de un ferrocarril que le seguía, se podría trazar una línea de suministro siguiendo la vía y usar los propios trenes para abastecerse, tal y como haría Kitchener una década mas tarde en su avance hacia Omdurman.

 

A la caza de Osman Digma

 

Se estimaba que el grueso del ejército de las fuerzas opuestas eran alrededor de 10.000 guerreros, quienes al parecer se concentraban en la zona de las aldeas de Hashin y de Tamai. Ante tales noticias, se reunió una fuerza que partía a buscar la batalla el 20 de marzo de 1.885, compuesta por 3 batallones de Guardias (incluía el primer batallón del 49º regimiento de Berkshire (1/49), el 1/53 de Shropshire y el 2/70 de East Surrey, así como otro batallón de la Real Infantería Ligera de Marina) y por otros 3 de infantería de la India (el 15 de Sijs, el 17 de Bengala y el 28 de Bombay), así como por lanceros irlandeses y bengalíes, con tres piezas de artillería como apoyo.

Tras un interminable viaje hacia su destino, no se logró contacto con el enemigo. En lugar de eso, sólo encontraron un reducido grupo de guerreros árabes que huyeron nada más aparecer la columna, sin presentar batalla. Osman Digma atacaría cuando lo decidiera oportuno, no antes. Se montó un campamento alrededor de un pueblo abandonado, y se enviaron patrullas de reconocimiento a buscar a las fuerzas ansares, pero sólo se lograron contactos esporádicos con pequeñas partidas de guerreros que probablemente realizaban las mismas funciones que los grupos de caballería británicos. A pesar de ello, era evidente que esos movimientos implicaban que el grueso del ejército derviche estaba cerca, por lo que no se bajó la guardia.

Graham decidió levantar a sus hombres al amanecer, y a las 5 en punto se tocaba diana y se ordenaba alinearse a las tropas, mientras el ardiente sol del desierto se levantaba sobre la enorme columna británica. Se ordenó formar en dos cuadros, uno de ellos abierto, formado por las tropas indias y los marines, y otro que cubría el lado abierto del anterior, formado por la Brigada de Guardias, mientras Graham y el 2º batallón del 70º regimiento (2/70 de East Surrey) tomaban posiciones en otra serie de colinas a retaguardia, desde donde dominaban la posición del resto de la fuerza y al mismo tiempo mantenían abierta una posible línea de retirada para el caso de que fracasara el asalto.

El enemigo no se hizo esperar, y después de una serie de descargas cerradas se ordenó cargar hacia ellos. Avanzando penosamente a través del bosque de mimosas y otros espinos que rodeaban los pozos, las tropas británicas e indias se vieron enzarzadas en varios avances y combates cerrados contra los derviches, que trataban de utilizar el terreno a su favor. Cubiertos por el fuego de los hombres del 2/70 (East Surrey), que disparaban descargas de fusilería continuamente desde lo alto de las colinas donde se habían emplazado previamente, los marines asaltaron con la ayuda del 1/49 de Berkshire otra superficie elevada, desalojando a los derviches que allí se encontraban, y logrando una posición ventajosa desde la que empezaron a batir al enemigo. Se ordenó a la caballería llevar a cabo varias cargas para evitar flanqueos del enemigo, y aunque lograron en parte su objetivo, sufrieron un duro trato cuando los derviches se lanzaron al suelo, atacando después a las patas de los caballos. Faltos de costumbre contra semejante táctica, y desconocedores absolutos del modo de combatirla, pues no habían participado en acciones o campañas anteriores contra los sudaneses, los oficiales de los lanceros no lograron reaccionar como hubieran deseado, y el ataque principal del enemigo se lanzó desde las colinas contra la infantería de la India, que tuvo que esforzarse en mantener la cohesión y que logró rechazar en el último minuto la horda de fanáticos guerreros que se les echaban encima. Disparando frenéticamente, fue tal la potencia de fuego de la que hicieron gala que disuadieron a una segunda oleada de sus propósitos de tratar de llegar al cuerpo a cuerpo. Por fin, después de 9 horas de dura lucha, los derviches cedieron y se retiraron, dejando unos 500 ó 600 muertos sobre el terreno, mientras que los británicos perdían a 22 muertos y a 43 heridos, quedando además en posesión del terreno.

 

Cambio de estrategia

 

Decidido a no dejar el terreno en manos enemigas, como había sido costumbre hasta el momento, Graham decidió variar el plan. Para controlar la región se construirían una serie de zarebas  o fuertes hechos a partir de mimosa y espino, que serían levantados en las zonas cercanas a los pozos, obligando de este modo al enemigo a atacar posiciones fortificadas y por tanto bastante mas ventajosas para los defensores. Cada fuerte contaría con su propio depósito de agua, para hacer también de fuente de abastecimiento a posteriores columnas de ataque, y distarían entre si entre 6 y 15 millas.

A 6 millas de Suakim, en un lugar llamado Tofrik, se inició la construcción del primero de estos puestos, formado por tres cuadrados, el central, más grande, como base de suministro, y los laterales, saliendo en los extremos opuestos del vértice del anterior, para emplazar las ametralladoras Gatling y Gardner, así como para alojar a las tropas. Mientras la infantería se ocupaba de la laboriosa tarea de construir la zareba, bajo un sol infernal, los lanceros patrullaron en la distancia, para prevenir ataques por sorpresa, pues era de esperar que el enemigo no hubiera digerido bien la derrota del día anterior. El esfuerzo de la batalla de Hashin, hacía menos de 24 horas, unido al calor y a la penosa marcha, había agotado a los hombres, y no estaban en condiciones de acabar la obra en una mañana, ni tan siquiera de cortar la mimosa y los espinos para poder formar así los adecuados campos despejados para el tiro. Los derviches lo sabían, de modo que esperaron a las 14:30 para lanzar su ataque, cuando los agotados infantes comían bajo un sol de justicia. Antes de que pudieran reaccionar y formar adecuadamente, apareció el enemigo y se lanzó al asalto, persiguiendo a los retenes de caballería que trataban de replegarse sobre el campamento. Los hombres del 17 se precipitaron  sobre sus armas, pero apenas tuvieron tiempo de efectuar una descarga cuando el enemigo ya se abalanzaba sobre ellos, de modo que se retiraron lo más ordenadamente que pudieron hacia la inacabada construcción, perseguidos por los exaltados derviches que por fin habían logrado la sorpresa, y que convirtieron la retirada en desbandada.

Los mandos de las tropas metropolitanas británicas trataron de poner orden en aquél caos, pero como los propios oficiales se vieron pronto luchando por sus vidas fue imposible hacerlo. El mismo jefe de la columna, el General Mc Nelly hubo de ser salvado por un grupo de los de Berkshire, que formaron un pequeño cuadrado a su alrededor. A la desbandada de los infantes indios se sumó una estampida de los animales de carga, que se lanzaron sobre los defensores que trataban de reorganizarse. En medio de la confusión, los oficiales ordenaron hacer fuego de descarga cerrada contra lo que se les abalanzara, ya fueran indios, camellos o derviches, pero afortunadamente para ellos, los infantes indios supieron retirarse adecuadamente y se pudo contener el comprometido flanco.

            Mientras tanto, en el otro extremo de la zareba, el resto de tropas de la India reaccionaron mucho mejor y lograron rechazar el asalto del enemigo, que fue incapaz de penetrar su defensa. Gracias a la protección de la propia zareba, las tropas que defendían los otros flancos no se vieron afectados por el feroz combate cuerpo a cuerpo ni por las dramáticas escenas que se vivieron en el interior, pues para presentar un frente mas unido, habían formado fuera de la pared de espinos. Unos escasos 20 minutos después se pudo poner orden en aquél infierno al retirarse el enemigo en medio de una nube de polvo, dejando sobre el terreno gran cantidad de cadáveres.

            Tras recuperar el control y asegurar de nuevo el perímetro con patrullas de caballería, se concluyó la construcción de la zareba, esa y la de Tamai, donde no se encontró ya concentración enemiga alguna: muchos de los seguidores de Osman Digma le habían abandonado, y este se había retirado con sus seguidores hacia el interior, eludiendo la batalla. Sin un enemigo al que batir, y con pocos intereses ya en la zona, el gobierno decidió retirarse no sólo de la franja costera, si no de todo el propio Sudán, para concentrarse así en la defensa de Egipto y, lo que era mas importante para ellos, en el Canal de Suez, dejando así toda la región definitivamente en manos del Califa, el heredero del Mahdí, quien había muerto de tifus en junio de ese mismo año. La construcción del ferrocarril fue suspendida, y se evacuó a las tropas británicas a la frontera con Egipto, donde permanecieron a la espera de un ataque de los ansares. Dicho ataque no se hizo esperar demasiado.

 

            Las últimas Casacas Rojas

 

            Lejos de conformarse con mantener la frontera con Egipto, el Califa era un hombre de afán expansionista. Como su antecesor, consideraba que era su deber expandir la fe de Alá a los confines del mundo, y luchó en todas direcciones para llevar a cabo dicha misión. En el Este se enfrentó a los italianos y a los abisinios, y en el Oeste se tuvo que hacerlo contra la incursión que se trató de llevar a cabo desde el Congo Belga. Al Norte, en la frontera con Egipto, le esperaban las casacas rojas.

            La retirada de las tropas británicas no afectó a la totalidad del contingente. Algunos de los regimientos que llevaban en la región desde el principio de la revuelta derviche seguían en la zona, con la orden de impedir el avance enemigo hacia Egipto. Tal era el caso del regimiento de Berkshire. A finales del mes de diciembre, se recibió la noticia de que el Califa planeaba lanzar una ofensiva contra la frontera, y que a tal efecto estaba concentrando a sus fuerzas del Norte. El general Stephenson recibió la orden de romper dicha concentración y de evitar el ataque que se planeaba. Los informes de inteligencia decían que los derviches se estaban agrupando en las aldeas de Kosheh y de Ginnis, cercanas al Nilo. Al mando de 5 regimientos británicos y 3 egipcios, Stephenson dividió a su fuerza en dos brigadas, la de Butler, con los Berkshires, los West Kents y la Infantería Ligera de Durham, el 3º egipcio, los camelleros y la artillería egipcia, y la de Huyshe, con los de Yorkshire, los Camerons Highlander, el 1º egipcio y el 9º sudanés, con apoyo de la artillería británica. Una brigada de caballería, compuesta por el 20º de Húsares y caballería egipcia, quedaría bajo las órdenes del Coronel Blake.

            El 30 de diciembre de 1.885 comenzó el ataque. La Brigada de Huyshe comenzaba a avanzar para limpiar las casas, mientras que la de Butler realizaba un flanqueo que había iniciado la noche anterior para caer sobre la aldea desde el desierto, apoyado por el flanco por la caballería de Blake. La artillería británica batía la aldea de Kosheh, y Huyshe avanzaba despejando la zona con los Yorkshires a la cabeza y con los sudaneses guardándoles el flanco, asaltando Ginnis tras haber concluido su maniobra envolvente, mientras que los Camerons  se encontraban con fuerte resistencia al despejar casa a casa la aldea. Finalmente, con la ayuda de los soldados egipcios ahogaron la resistencia enemiga y la batalla se extinguió, rompiendo la concentración enemiga y regresando poco después a Egipto, dando por finalizada la campaña. Posteriormente no hubo más intentos del Califa de invadir Egipto, dedicándose los derviches a fortificar el camino del Nilo, para cuando llegara el contraataque angloegipcio. El inevitable suceso llegó con Kitchener en 1.898 con la toma de Omdurman, la capital del nuevo estado mahdista.