La Batalla de los Castillejos

        La batalla de los Castillejos fue la primera gran batalla de la llamada "Guerra Romántica", siendo la primera acción ofensiva emprendida por el ejército español, tras los combates defensivos en los alrededores de Ceuta. Fue un enfrentamiento en el que el valor de los combatientes brilló en todo su esplendor, lleno de gestas heroicas, que le valió el sobrenombre de "romántico" al conflicto, y cuyo legado permanece en nuestros días en la forma de los leones del Congreso de los Diputados en Madrid.

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        EL CONFLICTO CON MARRUECOS

        La guerra que había estallado contra el entonces Imperio Alauita tuvo su detonante en el llamado "incidente de Santa Clara", pero sus orígenes eran bastante más remotos. Diversos roces fronterizos con las cábilas vecinas a la zona de Ceuta, en especial la de Anyera, habían generado a lo largo de los años tiroteos y escaramuzas rutinarias, unidas a la piratería berberisca, que acechaba la zona del Mediterráneo. La ausencia de resultados en las gestiones diplomáticas dieron como resultado que comenzaran a construirse una serie de fortificaciones que cubrieran los accesos a Ceuta, y en el transcurso de dichas construcciones, una noche, los cabileños de Anyera asaltaron un puesto de centinela denominado Santa Clara, derribando los escudos nacionales españoles y defecando sobre ellos. Poco tiempo después, se declaraba la guerra.

        Como quiera que ningún área de la costa marroquí ofrecía las debidas garantías para poder realizar un desembarco en seguridad, el Mariscal O´Donnell decidió utilizar el puerto de Ceuta, y llevar a cabo la campaña partiendo de dicha plaza. Ello no supuso en absoluto un decaimiento de los ataques de las cábilas, y una serie de batallas tuvieron lugar en los alrededores de la ciudad, consiguiendo las tropas españolas siempre la victoria, y agrandando el área de operaciones conforme iban llegando más fuerzas a lo largo de los meses.

        Finalmente, tras desembarcar el grueso del ejército español, el día de año nuevo de 1860, las tropas salían de Ceuta y se adentraban en territorio marroquí, con la intención de derrotar a las fuerzas de Muley el Abbas, que mandaba las fuerzas marroquíes del "Señor de los Creyentes". El plan de O´Donnell era ocupar la ciudad de Tetuán, la llamada "Ciudad Blanca", con la esperanza de obtener una paz ventajosa. En caso de no lograrse, las operaciones de conquista continuarían hacia la zona de Tánger.

        LAS FUERZAS OPUESTAS

        Por parte del ejército marroquí, Muley el Abbas comandaba una fuerza de más de 20.000 guerreros, que incluían un contingente principal del ejército del Sultán. Esta fuerza conformaba varios contingentes de caballería, y además agrupaba a la famosa Guardia Negra, la elite del "Señor de los Creyentes", que hacía las veces de cuerpo principal. A esta fuerza se unían numerosos guerreros de las cábilas locales, algunas de las cuáles llevaban batallando contra las tropas españolas desde hacía muchos meses. La forma de combatir del ejército marroquí era buscar el choque cercano, donde hacían uso de sus espingardas (primitivas armas de fuego), para a continuación buscar el cuerpo a cuerpo, mediante gumías y otros tipos de armas cortantes, como espadas y cuchillos. Las formaciones solían adoptar la forma de la media luna, de modo que las unidades más rápidas se encontraran en los extremos, y rodearan al enemigo, impidiéndole así escapar y aniquilándolo.

            En el otro bando, las fuerzas desplegadas por el Mariscal O´Donnell incluían en vanguardia la llamada División de Reserva, al mando del General Prim, junto con varias baterías de artillería como apoyo y dos escuadrones de caballería del Regimiento de Húsares de la Princesa. Por detrás, a distancia y saliendo de los campamentos de Ceuta, al avanzar el día se unirían fuerzas del Segundo Cuerpo de Ejército, al mando del General Zabala, participando en los últimos combates del día.

            Junto a estas fuerzas, la Armada proporcionaría un destacamento de desembarco, formado por infantería de marina, y además participaría proporcionando apoyo naval con los buques Piles, que era un vapor de ruedas, Ceres, que era una goleta de hélice, un falucho de nombre Veloz y, finalmente, cuatro pequeñas cañoneras, apoyados todos ellos por barcos de transporte, incluyendo el Panhope, donde se encontraba el Capitán de Fragata Miguel Lobo, al mando de la flotilla.

            LAS PRIMERAS OPERACIONES

            El principal problema al que se enfrentaba el ejército español era que el camino hacia Tetuán, objetivo de la campaña, era un simple sendero de pequeñas dimensiones y carente de puentes para sortear los ríos, lo que impedía el avance de la artillería y los carros de suministros. Para solventar estos trances, los ingenieros se dedicaron a ensanchar la senda, tender puentes y, en general, convertir un sendero en una carretera transitable. Sin embargo, era este un trabajo lento, y obligaba a asegurar las zonas de trabajo previamente.

            El 1 de enero de 1860, después de pasar una gélida Nochevieja, las fuerzas de Prim iniciaron su ruta, a lo largo de los diez kilómetros de carretera que ya estaban terminados, y que desembocaba en el Valle de Los Castillejos, un paraje hasta la fecha desconocido. Tan pronto como las tropas españolas iniciaron su avance, los vigías marroquíes informaron de ello, y una hueste mahometana comenzó a seguir su ruta en paralelo, por las cumbres, con la clara intención de presentar batalla, aunque guardando las distancias para poder juntar el suficiente número de guerreros.

            Prim, por su parte, continuó su avance, desplegando sendos batallones para proteger el flanco, mientras las piezas de los buques de la Armada abrían fuego para dispersar a la multitud, e impedir así un ataque coordinado. A las 08:00 de la mañana, las unidades españolas desplegaban en el extremo del Valle de los Castillejos, y se iniciaban operaciones ofensivas.

            Un primer grupo de unos mil guerreros fue rápidamente desalojado a la bayoneta por los batallones del Príncipe y de Vergara, asegurando así el flanco y penetrando las tropas peninsulares en el valle, hacia la llamada Casa del Morabito, una de las pocas construcciones que se alzaban en la zona, y que pronto se convirtió en objetivo para los soldados españoles. Las baterías españolas se emplazaron en lo alto de las cumbres y abrieron fuego contra la masa de guerreros que defendían el edificio y sus alrededores, y los restantes batallones calaron bayonetas e iniciaron su avance, pero los defensores del Islam se mantuvieron firmes contra el avance español, dispuestos al combate.

            Sin embargo, desde la costa, el Capitán de Fragata Lobo encabezó un desembarco de varias compañías de Infantería de Marina, que atraparon a los guerreros enemigos entre dos fuegos, provocando la retirada y ocupando la Casa del Morabito y la Casa de la Condesa, la segunda de las construcciones importantes en la zona.

            Rápidamente, Prim decidió aprovechar la retirada enemiga para asegurar la zona y prepararse para el contraataque marroquí. Detrás de la primera de sus brigadas de infantería formó la segunda, que se componía de ingenieros y una fuerza de artilleros a pie, que aún no habían recibido sus cañones y actuaban como infantería. Junto a ellos, los dos escuadrones de Húsares de la Princesa formaron sus equinos, mientras que el Segundo Cuerpo, con los batallones del Regimiento de Córdoba en vanguardia, aún marchaban por la carretera, camino a los Castillejos.

            LA CARGA DE LOS HÚSARES DE LA PRINCESA

            Mientras Prim reorganizaba a sus fuerzas y desplegaba la totalidad de su División, su homólogo marroquí, Muley el Abbas, hacía lo propio, acumulando fuerzas y sumando al contingente del ejército del Sultán gran cantidad de guerreros de las cábilas locales, rondando unos 20.000 hombres, que pronto se enfrentaron con las primeras líneas españolas, desplegadas en orden abierto o guerrillas, a fin de dispersar al enemigo. El fuego de artillería, proporcionado desde las cumbres, desorganizaba aún más el avance de los marroquíes.

            Había llegado el momento para la caballería, y desde tiempos inmemoriales, las fuerzas musulmanas a caballo siempre utilizaban la misma táctica: amagaban ataques, para después retirarse, perseguidos por el enemigo, hasta arrastrarles a una emboscada. Así, varios cientos de jinetes comenzaron a hostigar a las tropas españolas, abriendo fuego disperso y siendo respondidos por varias descargas de fusilería, que rápidamente desbarataron el ataque. Según la doctrina europea, era el momento de cargar contra un enemigo en retirada para convertir su huida en desbandada, y el Coronel García Tasara ordenó a los dos escuadrones de Húsares de la Princesa iniciar la persecución.

            Sorprendidos por la agresiva reacción de la caballería española, los marroquíes dieron la vuelta a su montura y comenzaron a huir ladera arriba, perseguidos de cerca por los elegantes jinetes, que pronto chocaron con las tropas a pie de Muley el Abbas, que no pudo retirarse a tiempo. La carga penetró profundamente en las líneas marroquíes, aplastando varios grupos de guerreros a pie y obligando al resto a huir desordenadamente, hasta que los húsares se adentraron en el barranco del río, desde donde pudieron ver a lo lejos el campamento marroquí.

            El Coronel García Tasara ordenó formar de nuevo y cerrar filas, y los cornetas tocaron de nuevo a la carga, dirigiéndose contra el campamento enemigo, donde toda la impedimenta constituía un tentador objetivo, que haría pasar a la historia la carga del regimiento. Sin embargo, la realidad pronto hizo desaparecer las ilusiones de los húsares, cuando el suelo se abrió a sus pies.

            La trampa se había cerrado, y los marroquíes habían logrado arrastrar a los hombres de García Tasara hasta la emboscada, donde una zanja disimulada hizo caer a los jinetes españoles. Cientos de guerreros se abalanzaron sobre ellos, y pronto cada hombre se encontró luchando individualmente por su vida. Otro grupo de jinetes logró saltar la zanja y asaltar el campamento marroquí, pero eran pocos, muy pocos, y cada vez más y más guerreros se unían a la batalla.

            En medio del combate, el cabo Mur se encontró frente a frente con un elegante jinete enemigo, que enarbolaba un estandarte de color verde. Rápidamente, se lanzó a combatir contra él, y tras una dura lucha, logró arrebatarle la bandera, tras ensartarle con el sable, y se unió al resto del regimiento, que ya preparaba la retirada. Por aquella acción le fue concedida la Cruz de San Fernando.

            La caballería reagrupó sus fuerzas y se retiró, siendo ahora la perseguida por las tropas marroquíes, hasta que se encontraron con los batallones de Vergara y Luchana, que habían avanzado su línea para intentar apoyar la carga. Una serie de cerrada de descargas de fusilería lograron dispersar el contraataque marroquí, y los Húsares de la Princesa se reagruparon en la seguridad de la retaguardia española.

            UN CENTAURO LLAMADO PRIM

            Mientras todos esos acontecimientos se desarrollaban en Los Castillejos, en el resto de la línea de batalla, el combate continuaba. Las fuerzas marroquíes arremetían contra las defensas españolas, que rechazaron los ataques mediante una combinación de descargas de fusilería y cargas a la bayoneta, hasta ocupar unas alturas desde las que se podía observar el campamento de Muley el Abbas. Rápidamente, los guerreros islámicos consideraron la posición como una gran amenaza, y todas las cargas se dirigieron contra ese punto, comenzando a acumularse los cuerpos sin vida de ambos bandos.

            A las 15:00 horas, los batallones de la División de Reserva de Prim apenas eran capaces de mantener sus posiciones ante la fuerza de la avalancha marroquí. La llegada de la vanguardia del Segundo Cuerpo, bajo el mando del General Zabala, con los batallones del Regimiento de Córdoba a la cabeza, que rápidamente se unieron al combate allí donde las líneas de la infantería española estaba a punto de desintegrarse.

            Cuando los hombres de los batallones de Córdoba llegaron a la zona de la batalla, los hombres recibieron la orden de quitarse las mochilas para facilitar el combate, librándose de pesos innecesarios, y su impedimenta quedó amontonada en retaguardia. Se calaron las bayonetas, y se dio la orden de paso ligero y de carga, hasta que ocuparon la primera posición en la línea del frente. Lejos de dejarse intimidar, la marea de guerreros se lanzó de nuevo contra las delgadas defensas españolas, que acusó el empuje y comenzó a retroceder. Era el momento cumbre de la batalla, y los generales de Muley el Abbas lo sabían, por lo que nuevos grupos de moros del rey se unieron al combate, apoyados por tropas de las cábilas, mientras que los españoles procuraban retirarse en buen orden, acumulando bajas.

            Los hombres del Regimiento de Córdoba retrocedieron hasta más allá de donde un tiempo antes habían dejado sus mochilas, y Prim comprendió que era el momento decisivo. Si los marroquíes conseguían romper la línea, se perdería la batalla y con ella, la guerra.

            En ese momento, el General español, montado a caballo, se adelantó hasta la posición donde el portaestandarte del Regimiento de Córdoba hacía ondear la bandera, y arrebatándosela, se giró a sus hombres y les gritó:

            "¡Soldados, podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras, pero no podéis abandonar esta bandera, porque es de la Patria!"

            Acto seguido, en solitario, cargó contra la masa de guerreros que se aproximaban hacia los agotados soldados españoles, que sorprendida, comenzó a hacer fuego contra un único jinete que se lanzaba sobre ellos. Los hombres de Córdoba contemplaron estupefactos cómo su estandarte, a manos de su General, se lanzaba en solitario contra el enemigo, inmune a los disparos marroquíes, que milagrosamente erraron el tiro, y movidos por una fuerza interior que cada hombre buscó en su interior, pero que se contagió por todo el Regimiento, se reagruparon y cargaron contra la hueste de Muley el Abbas.

            La carga de Prim fue el punto de inflexión de la Batalla de los Castillejos. Las exhaustas pero reagrupadas líneas españolas recibieron por fin refuerzos, y el General Zabala, con el Segundo Cuerpo al completo, desplegó sus fuerzas por todo el valle. Los batallones de Arapiles, Saboya, León y Simancas ocuparon la primera línea, sustituyendo a los diezmados hombres de Prim, que habían agotado sus municiones.

            LOS ÚLTIMOS COMBATES

            Una vez recuperadas las posiciones, se reordenaron las líneas, pero los marroquíes no querían dar la batalla por perdida. Así, Muley el Abbas ordenó un nuevo ataque, que se cruzó con los guerreros que se retiraban y que fueron obligados a volver al combate. Así, millares de hombres se lanzaban de nuevo contra la línea de bayonetas, y las descargas de fusilería trataban de evitar la acometida. El propio Mariscal O´Donnell abandonó su posición junto a la Casa del Morabito, desde la que contemplaba el desarrollo de los acontecimientos, e inspirado por el anterior ejemplo de Prim, se acercó a la primera línea con su estado mayor, pero fue el propio Prim el que le obligó a volver a la retaguardia, diciéndole:

            "Mi general, este no es el sitio de usted. Su vida no le pertenece, y aquí se expone inútilmente"

            Curiosas palabras de quien había cargado en solitario estandarte en mano momentos antes, pero debe recordarse que O´Donnell no solo era el mariscal del ejército, sino también el Presidente del Consejo de Ministros.

            La oscuridad del Crepúsculo comenzó a invadir el campo de batalla, y los marroquíes decidieron por dar por terminado el combate, replegándose sobre sus posiciones de origen. La lucha les había costado miles de bajas (se calcula que unas 2.000), aunque, siguiendo sus costumbres, al retirarse se llevaron con ellos su muertos y sus heridos. Por parte española, se sumaron 70 muertos y 550 heridos, y se hicieron cinco prisioneros enemigos, que dieron detalles sobre las dimensiones de la fuerza enemiga. La primera gran batalla de la Guerra Romántica había finalizado, pero serían muchas todavía las que habría que librar antes de dar por terminado el conflicto...