La batalla de Crécy

        Encuadrada dentro de la Guerra de los 100 Años, la batalla de Crécy supuso sobre todo la demostración de la superioridad de una táctica basada en combate a distancia sobre la doctrina tradicional del feudalismo, cuya esencia eran ataques de caballeros fuertemente acorazados, apoyados por hombres de armas que combatían principalmente como infantería. A raíz del combate, quedó demostrada la superioridad de los arqueros ingleses.

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        LA GUERRA DE LOS 100 AÑOS

        Desde que los ingleses tuvieran posiciones en la Normandía francesa (ya Guillermo, Duque de Normandía, se había convertido en rey de Inglaterra tras la batalla de Hastings, en 1066), diversos conflictos habían enfrentado a ambos reinos. La ocupación del trono inglés por parte de Guillermo había introducido el sistema feudal en la isla, pero lo cierto es que la experiencia inglesa con los arcos había generado fuerzas permanentes al servicio de la nobleza, los yeomen, introduciendo un tipo de tropa despreciado en otras partes de Europa, pero mezclando así una doctrina militar que permitía el adiestramiento permanente y letal de una fuerza que podía derrotar al adversario a distancia.

        A lo largo de los años, el Canal de la Mancha había sido objeto de encuentros entre navíos ingleses y franceses, en conflictos menores, pero los apoyos que Francia daba a las guerras escocesas generaban grandes rencores en la corte inglesa. Todo ello cristalizó cuando, en 1328, murió Carlos IV de Francia sin heredero, abriendo el conflicto de la sucesión al trono. Felipe de Valois fue coronado monarca de Francia, y reclamó el reconocimiento de Eduardo III, rey de Inglaterra, quien como quiera que también tenía aspiraciones al trono, rechazó la reclamación y encontró el deseado pretexto para declarar la guerra.

        Eduardo III decidió que iniciaría las operaciones en territorio favorable, y decidió que Saint-Vaast, en la Península de Contentin (cerca de Cherburgo, donde siglos más tarde desembarcarían tropas norteamericanas en el Desembarco de Normandía), reunía las condiciones apropiadas. El 12 de julio de 1346, venido desde Porstmouth, desembarcaba en suelo galo, acompañado de sus huestes, y preparó un avance hacia Saint-Lo, mientras continuaban llegando tropas y suministros por mar. Con una fuerza de unos 10.000 hombres, Eduardo III pretendía llegar a Flandes, provincia amiga a la corona inglesa, para desde allí recibir refuerzos y suministros.

        Por su parte, Felipe de Valois (ahora Felipe IV de Francia) tenía unos planes muy diferentes. Con una fuerza muy superior en número, y según lo que él creía en calidad, su idea era impedir a Eduardo llegar a Flandes y aplastarlo en una decisiva batalla en la que la caballería feudal francesa aplastaría sin mayores problemas el inferior contingente inglés. Ordenó cortar la mayoría de los puentes, de modo que los ingleses tuvieran que pasar por puntos donde las tropas de Felipe les esperarían para combatir en terreno de su elección, pero por desgracia para los franceses, el oro inglés sirvió para que Eduardo de Inglaterra convenciera a un traidor, Gobin Agache, que guió al ejército invasor al vado de Blanque Taque, donde cruzaron el río y acamparon en Crécy-en-Ponthieu, una elevación a unos 16 kilómetros del río Somme. Allí, los arqueros podrían aprovecharse del terreno contra los caballeros franceses.

        EL EJÉRCITO INGLÉS

        La introducción del sistema feudal tras la batalla de Hastings en Inglaterra supuso, como cabe suponer, una verdadera remodelación del sistema social en la isla. Además, como quiera que ese sistema social afectaba directamente al aspecto militar del momento, introdujo también una nueva filosofía de guerra en el reino. Sin embargo, las circunstancias del propio territorio, entre ellas la economía, dieron como resultado que se produjera un cambio de doctrina solo parcial, ya que la nobleza gastó parte del sostenimiento de los ejércitos (6 peniques diarios por hombre, una cifra con la que un campesino apenas soñaba) a especializar a sus arqueros, los yeomen, que se convertirían en un verdadero símbolo no sólo del potencial militar de Inglaterra, sino del país en sí.

        Introducido por Eduardo I, y de invención galesa, el arco largo medía casi dos metros, estando hecho de madera de tejo u olmo. Era capaz de lanzar, en manos expertas, una flecha de un metro de longitud a una distancia de 260 metros, aunque la ausencia de precisión a esas distancias hacía que la táctica fuera lanzar "nubes" de proyectiles contra una masa enemiga. Un hombre adiestrado era capaz de lanzar hasta diez flechas por minuto, una cifra aterradora si se tiene en cuenta la distancia a recorrer por un enemigo hasta poder atacar al arquero. Además, para proteger a la formación de tiradores, cada hombre portaba una estaca, reforzada a veces con punta de hierro, que clavaba delante suyo, a fin de protegerle de las cargas de caballería.

        Junto a los arqueros, y a nivel anecdótico, cabe destacar la presencia de hasta tres cañones ingleses que Eduardo III llevó a la campaña y desplegó junto a sus arqueros. Lejos de ser las móviles y flexibles piezas de artillería de campaña que se verían en los campos de batalla del futuro, eran armatostes poco manejables, normalmente usados para asedios y para atacar portones y torres de castillos. Sin embargo, al encontrarse en la columna que marchaba hacia Flandes, con el resto del ejército, el monarca inglés decidió emplearlos.

        El despliegue del ejército inglés se realizó en lo alto de una colina, aprovechando la pendiente como elemento defensivo. La primera línea la conformaban un bloque de infantería de 1800 hombres, el ala derecha (a las órdenes del Príncipe de Gales, de 17 años de edad), a cuyo flanco se desplegaban otros 800, el ala izquierda. Dispuestos en saliente, a fin de poder aprovechar el flanco de un enemigo que cargara contra estos dos bloques, hasta 1000 arqueros en cada costado protegían la formación, dando a la misma una especie de aspecto de W. Una serie de estacas y zanjas encauzarían a la caballería francesa para que cargara contra el centro.

        Justo detrás de esta formación, una reserva de otros 700 hombres de armas, con unos 2000 arqueros en cada flanco, constituían la segunda línea de batalla de Eduardo III, que se encontraba en el centro de la misma con su estado mayor.

        EL EJÉRCITO FRANCÉS

        Al contrario que el caso inglés, el ejército de Felipe IV era una fuerza tradicional de la Europa Feudal. Su principal baza era la masa de caballeros, que constituían la flor y nata de la nobleza, junto con algunos afortunados soldados que conformaban la elite de las huestes feudales (tanto es así, que Eduardo III dio órdenes de no rematar a los jinetes heridos, para poder pedir rescate por ellos). El equipamiento de cada jinete dependía en esencia de la riqueza del mismo, superponiéndose varias capas protectoras que podían incluir cuero, cota de malla, finalmente, placas, todas ellas decoradas con la heráldica y la sobrevesta del escudo de armas del caballero. Además, la decoración se prolongaba en las bardas de los caballos, que no sólo añadían esplendor a la imagen del guerrero, sino que también proporcionaban protección a los equinos.

        La caballería francesa estaba apoyada por bloques de infantería de hombres de armas, pero por desgracia, la filosofía del feudalismo despreciaba especialmente a las clases bajas como combatientes, y ello supuso que tanto su armamento como su adiestramiento fueran totalmente deficientes. El desprecio de las clases superiores de la sociedad, unida al miedo de proporcionar a la gleba armamento como los arcos, que podrían usarse contra sus nobles señores, supuso que estas deficiencias no fueran corregidas, y la superioridad en armas de proyectiles estaba claramente a favor de los ingleses.

        Felipe IV esperaba compensar a los arqueros de Eduardo III gracias a la participación de ballesteros genoveses, financiados con los fondos de la Corona. La ballesta era un arma de mayor alcance que el arco largo, pudiendo llegar a los 320 metros, y gozaba de mayor precisión. Pero al contrario que las armas de sus rivales, los ballesteros debían rearmar su arma antes de poder colocar el siguiente dardo, teniendo una tasa de fuego muy inferior a la del yeomen (sólo eran capaces de lanzar un dardo por cada 10 flechas de sus rivales en un  minuto).

        SE INICIA LA BATALLA

        El 26 de agosto de 1346, la línea de batalla de Eduardo III estaba formada en lo alto de la colina. Los carros de suministros y demás pertrechos habían sido llevados a la retaguardia, junto a un bosque, a fin de poder refugiarse entre los árboles en caso de necesidad, mientras que una pertinaz llovizna embarraba el que sería el campo de batalla. La llegada del ejército de Felipe IV fue anunciada por un vigía que oteaba el horizonte desde lo alto de un molino situado en el otero, y pronto los nerviosos soldados ingleses contemplaron la magnitud y el esplendor del ejército francés, encabezado por sus elegantes caballeros.

        Los planes del rey de Francia no incluían combatir ese día, pero la visión de la formación inglesa fue una afrenta para los nobles, que no fueron capaces de contenerse. Una primera carga, confiada y segura de la victoria, se produjo colina arriba, pero pronto la cruda realidad se impondría sobre los arrogantes galos, que fueron rechazados para su sorpresa por una tremenda lluvia de proyectiles.

        Felipe IV intentó entonces contrarrestar a los arqueros de Eduardo con sus propias armas a distancia, y envió a los ballesteros genoveses a devolver el fuego. La idea del monarca se basaba en la confianza en el superior alcance de las ballestas de sus hombres, pero por desgracia no contó con la velocidad de disparo de sus adversarios, que pronto se impusieron en el duelo de proyectiles. Los yeomen adelantaron un poco sus posiciones para compensar la distancia, y pronto los ballesteros genoveses tuvieron que retirarse en desorden, con fuertes bajas, y formando una masa desorganizada que impedía cargar a la caballería francesa.

        La siguiente andanada de flechas inglesas fue dirigida contra la masa de caballeros franceses, que aguardaban una oportunidad para cargar. Encolerizados por el ataque de los yeomen, con sus caballos encabritados, y no dispuestos a tolerar ser el blanco del enemigo sin responder, los jinetes galos espolearon a sus monturas, aplastando a muchos de los genoveses que todavía se encontraban en retirada, y cargaron contra las defensas de Eduardo. Sin embargo, una acumulación de disparos enemigos, unido al barro, los cadáveres y los ballesteros en pánico (muchos de los cuáles fueron ensartados por los propios franceses para abrirse paso), llevaron a otra inevitable acometida fallida, y los caballeros hubieron de retirarse de nuevo en desorden.

        Por su parte, viendo que los ataques se concentraban contra el centro y el flanco derecho de la formación inglesa, los soldados del lado izquierdo avanzaron para poder disparar por el costado a la siguiente carga, al tiempo que algunos galeses aprovechaban para rematar a muchos de los caballeros heridos. Esta práctica se trató de reprimir por parte de los mandos ingleses, ya que Eduardo III había dado la orden de capturar a cuantos más caballeros vivos, para pedir posteriormente rescate por ellos.

        Comenzaba a caer la noche cuando los franceses lanzaron su última tentativa. Desde que comenzara la batalla, a las 18:00 horas, se habían producido 14 cargas, todas ellas con la posición del sol en contra, es decir, cegando a los hombres de Felipe IV. Al igual que en el caso anterior, esta última intentona se vio obstaculizada por la multitud de cadáveres que cubría el campo de batalla, hombres y caballos, a lo que se sumaba el agotamiento de las largas horas de combate, que pasaban factura en ambos ejércitos. En un último y masivo ataque, los soldados galos fueron rechazados, y comenzó la desbandada.

        Habían dejado sobre el campo más de 1500 caballeros, incluyendo a Juan de Luxemburgo (rey de Bohemia), que quedó casi ciego, al Duque de Lorena y a diez Condes, gran parte de la clase política del momento. Además, entre genoveses y hombres de armas galos, había varios miles de muertos (algunas cifras hablan de hasta 10.000), mientras que Eduardo III sólo había sufrido pocos centenares de bajas. La batalla había sido una aplastante derrota francesa.

        CONCLUSIÓN

        Cuando Eduardo III y sus capitanes descendieron de la colina, en medio de los agonizantes heridos, el propio rey inglés quedó asombrado por la magnitud de la victoria. Sin duda, Inglaterra había demostrado su capacidad como nación guerrera, y la fe depositada en el arco y en el adiestramiento de los yeomen había dado sus frutos. Esta nueva doctrina revolucionaría los campos de batalla en gran medida.

        Un año después, el victorioso ejército inglés tomaba la plaza de Calais, que permanecería en manos inglesas hasta 1558, pero por el momento, lo único que estaba claro es que los hombres de Eduardo habían mostrado su valor al mundo y a sí mismos, y que la Guerra de los Cien Años acababa de empezar...