Los viajes de Cristóbal Colón

El 12 de octubre de 1492 se produciría uno de los hechos más relevantes de la historia de la humanidad: el descubrimiento de América. Un nuevo continente que cambiaría el equilibrio de poderes y el concepto del mundo, y que demostraría las teorías de un hombre de gran coraje que se enfrentó a las creencias de la época a fin de demostrar que tenía razón: Cristóbal Colón.

 

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       Primer viaje: El descubrimiento de América

        Aunque no se trate de un hecho de armas en si, ni mucho menos, las circunstancias que dieron como resultado el descubrimiento de América obligan a su tratamiento, por una mera cuestión de justicia, en todo estudio de la historia de la humanidad que se haga, y desde aquí no se pretende ser una excepción. Un hombre y su pasión y fe en sus ideas, en su concepto del mundo, fue el responsable de lograrlo, el genovés Cristóbal Colón. Embarcado con un puñado de hombres en unos barcos que apenas sí merecen el nombre, atravesaron un mar agresivo y totalmente desconocido, logrando lo que nadie había logrado antes. Esta es su historia.

 

    CRISTÓBAL COLÓN

    Aunque sus orígenes han sido reclamados desde los más pintorescos lugares, en especial por el desconocimiento oficial de su lugar de nacimiento, la teoría más aceptada en la actualidad es que el navegante nació en Génova, en el año 1451. Hijo de un maestro tejedor, recibió poca educación escolar, pero las circunstancias del lugar en el que nació, el puerto de Génova, influyeron profundamente en él y en su interés por el mar. Ello le llevó a trabajar con uno de sus hermanos, Bartolomé, en Lisboa, donde se dedicó a realizar obras de cartografía, tras sobrevivir a un naufragio frente a las costas de Portugal en 1476. Se casó y tuvo un hijo, navegando hasta Islandia y las costas africanas, bajo los auspicios portugueses, hasta que, tras el fallecimiento de su esposa, se dedicó, desde 1483, al proyecto personal por el que pasaría a la historia: la empresa de las Indias.

    La experiencia de Cristóbal Colón en su navegación, junto con los estudios que realizó sobre filósofos de la época y de las anteriores, le llevaron a la conclusión de que la Tierra no era plana, como decían los antiguos, sino redonda. La observación de los navíos en la navegación, y de cómo la última parte que desaparecía de la vista era la más alta, esto es, los palos y el velamen, fue uno de los argumentos de sus teorías, que se veían confirmadas con el hecho de que los portugueses abrían rutas por el Cabo de Buena Esperanza, llegando más allá del "fin del mundo". Uno de los documentos en los que se apoyó fue el mapa de Toscanelli, un filósofo que pensaba como él, que la ruta hacia el Oeste, a Cipango (nombre que se daba entonces al Japón y el Este de China) era más corta que el largo recorrido descubierto por los portugueses. El siguiente paso era demostrarlo.

    BUSCANDO PROTECTORES: LOS REYES CATÓLICOS

    En 1484, el tenaz Cristóbal Colón llegaba a conseguir audiencia con Juan II, Rey de Portugal, quien sometió su propuesta de viaje de descubrimiento de nuevas rutas a una comisión. La distancia estimada por el navegante entre Lisboa y Cipango eran unos 4000 kilómetros (cuando en realidad son 17000, pero debe tenerse en cuenta que en aquella época se desconocía la existencia de América y del Océano Pacífico, se pensaba que sólo existía el Atlántico), lo que rechazaron de plano desde la corte portuguesa, primeramente porque la ruta a las Indias estaba abierta por el Cabo de Nueva Esperanza y en segundo lugar porque se consideró que Colón había exagerado minimizando las distancias.

    Decepcionado por la actitud de la corona portuguesa, Colón se encaminó al reino vecino, lo que algún día se llamaría España, pero que por aquél entonces eran los reinos de Castilla y Aragón, gobernados por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. En mayo de 1486 había logrado contactar con los monarcas, e Isabel, Reina de Castilla, mostró un interés personal en la propuesta, en especial debido a los esfuerzos e influencias de su confesor, quien rápidamente vio las posibilidades que la propuesta ofrecía. Los reyes sometieron la propuesta a una comisión, pero por aquél entonces ambos reinos estaban implicados en la Reconquista, con los asedios primero de Málaga y posteriormente de Granada, que se encontraban en fase preparatoria, lo que desviaba la financiación de las arcas reales. Así, en 1488 todavía no se le había dado respuesta, aunque se intentaba por todos los medios transmitirle ánimos e indicarle que tuviera paciencia, sobre todo por parte de Fray Juan Pérez, que fue elemento clave en la moral de Colón. Hastiado por la lentitud, hizo gestiones con las coronas francesa e inglesa, además de un nuevo intento con Juan II de Portugal, pero fueron un fracaso, y el marino tuvo que quedarse a la espera de noticias de la corte de Isabel y Fernando. Finalmente, en 1490, la comisión decidió que el viaje no era viable, lo que provocó el derrumbe moral de Colón. Ayudado de nuevo por el confesor de la reina, en 1491 volvió a intentarlo, y esta vez, bajo la influencia de Isabel, logró que la comisión apoyara su propuesta, exigiendo unas condiciones como nunca antes se habían pedido a unos reyes. Colón exigía la Dignidad de Almirante, el Virreinato y gobierno de todas las tierras descubiertas y de las que quedaren por descubrir, así como la décima parte de los bienes y riquezas que fueran encontrados. La indignación en la corte estuvo a punto de dar al traste de nuevo con el proyecto, pero por fortuna, Luis de Santángel, tesorero privado, medió a favor del descubridor, y el 17 de abril de 1492 se firmó el documento en el que se accedían a las demandas de Colón, las Capitulaciones de Santa Fe. Cuenta la tradición que la implicación de la reina Isabel de Castilla fue tal que incluso empeñó sus joyas para financiar el viaje. No se arrepentiría.

      LA FLOTA DE COLÓN

    Una vez determinada la situación, los Reyes Católicos ordenaron disponer la necesaria flota que llevaría a cabo la expedición. Así, se publicó el siguiente documento dando la orden de proporcionar dos carabelas al ahora almirante:

Real Provisión de los Reyes Católicos
DIRIGIDA A CIERTOS VECINOS DE PALOS PARA QUE ENTREGUEN A CRISTÓBAL COLÓN DOS CARABELAS
Granada, 30 de Abril de 1492.
Vien sabedes como por algunas cosas fechas e cometidas por vosotros en desserbicio nuestro, por los del nuestro Consejo fuistes condenados a que fuésedes obligados a nos servir dos meses con dos carabelas armadas a vuestras propias costas e espensas cada e quando e doquier que por nos vos fuese mandado so ciertas penas, segund que todo más largamente en la dicha sentencia que contra vosotros fue dada se contiene. E agora, por quanto nos avemos mandado a Christoval Colón que vaya con tres carabelas de armada, como nuestro capitán de las dichas tres carabelas, para ciertas partes de la mar océana sobre algunas cosas que cunplen a nuestro servicio e nos queremos que llebe consigo las dichas dos carabelas con que asy nos aveis de servir...
 

    La capitana de Colón sería la Nao "Santa María", un navío "poco marinero", en palabras de su almirante, y que se había utilizado previamente como mercante. Pertenecía a Juan de la Cosa, y fue construida en el Norte de España, siendo su nombre anterior "Galatea". Contaba con una cámara a popa, que hacía las veces del camarote del almirante, siendo su eslora 27,80 metros y su manga 7,90. Tenía un calado de 1,90, y un arqueo de 105 toneles.

    Por su parte, las otras dos naves de la expedición serían la "Pinta" y la "Niña", ambas carabelas, y la segunda de ellas portando aparejo latino hasta las Islas Canarias. La carabela era un tipo de buque ampliamente utilizado por los navegantes portugueses, que combinaba un bajo calado con un tipo de casco que permitía, por un lado una rápida navegación y por otro la posibilidad de acercarse mucho a la costa, permitiendo incluso atar por los palos el barco a árboles de la costa para inclinarlo y poder calafatearlo. Estos buques, junto con sus avezadas tripulaciones, fueron los grandes héroes de la etapa de los descubrimientos.

    En lo que se refiere a la tripulación, junto con el almirante y el correspondiente séquito real (mayordomo del Rey, intérprete, etc) se embarcaron Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, propietarios y capitanes de las dos carabelas, mientras que el propio Colón tomaba el mando personal de la "Santa María". Unos 40 hombres tripulaban la Nao, mientras que las carabelas, de menor porte, llevarían cada una unos 25 tripulantes, totalizando la expedición alrededor de 90 hombres. Todo un desafío de cifras, teniendo en cuenta la misión a la que se enfrentaban. El armamento de los buques eran pequeños cañones pedreros en cubierta, y lombardas en el casco, pocos en número, dada la misión y el tamaño de los barcos, junto con algunas ballestas, espadas y otras armas de cuerpo a cuerpo. Junto a las armas, se embarcó un cargamento de bagatelas, cuentas de colores y demás mercadería barata, con la que se esperaba comerciar a cambio de oro en Cipango.

    EL VIAJE

    El 3 de agosto de 1492, antes de amanecer, el almirante subió a bordo de su nave capitana, y se dio la orden de levar anclas. Con la marea baja, los tres barcos se dejaron caer por el Río Tinto al Puerto de Palos, desde donde dio comienzo el apasionante viaje. Recibieron las bendiciones, y se izaron las correspondientes enseñas: El escudo de armas de los Reyes Católicos, las armas de Castilla y León (pues el matrimonio de Fernando e Isabel respetaban los territorios de cada uno de los reinos, y Colón partió en nombre del Reino de Castilla, aunque fuera amparado por ambos reyes) y la propia enseña del almirante, una bandera de fondo blanco, con la cruz de la cristiandad y las letras F e Y, en nombre de sus soberanos, en color verde.

    La primera parada tendría lugar, tras nueve días de travesía, en las Islas Canarias, donde el Gobernador insular no fue precisamente amable ni colaborador. Sin embargo, los permisos Reales eran claros y Colón pudo realizar las reparaciones oportunas en las naves. La principal afectada fue la "Niña", ya que se le cambió el velamen latino (velas triangulares que aunque aprovechaban vientos incluso casi en contra debido a que el barco era capaz de navegar de costado cambiando la orientación del velamen) por uno tradicional de tipo cuadrado, en especial porque el latino requería una tripulación superior a la que dotaba a la carabela en el viaje. Se habla de un posible romance del descubridor con la Gobernadora de La Gomera, doña Beatriz de Peraza y Bobadilla, que fue otro elemento de discordia con las autoridades insulares, pero el 6 de septiembre los tres barcos dejaban las paradisíacas islas.

    Empujados por los Vientos Alisios, pronto perdieron de vista las cumbres más altas de las Canarias, logrando hacer 150 millas en sólo 24 horas. Como quiera que no sabía la distancia real que lo separaba de su objetivo, el almirante decidió llevar una doble contabilidad de la distancia recorrida, una que era la que transmitía a su tripulación, y otra, sólo conocida por él, que era la que calculaba como la real. El otro gran aliado de Colón era la rutina de la actividad marinera, aunque por desgracia, no era lo suficiente como para tener la mente ocupada demasiado tiempo. Pasadas unas semanas, los barcos se adentraron en una zona de plantas flotantes, donde el viento perdió fuerza y los barcos velocidad: el Mar de los Sargazos. La rutina a bordo también se hizo más lenta, dividida en turnos de cuatro horas, tras las cuáles, la inactividad daba demasiado tiempo para pensar. Sin embargo, el 25 de septiembre, Martín Alonso Pinzón descubrió desde la "Pinta" lo que parecía ser tierra, pero que al día siguiente se comprobó, con gran decepción para todos, que eran las simples nubes, que engañaban a la vista.

    EL FIN DEL TRAYECTO

    La situación pasó a convertirse en dramática ante el desánimo que cundió entre la tripulación, que comenzó no sólo a murmurar que ninguno volvería con vida, sino que se empezaron a plantear teorías sobre arrojar al almirante por la borda y volver al puerto. Sin embargo, una combinación de la fortaleza de los hermanos Pinzones y las pequeñas dosis de esperanza que iba transmitiendo el navegante, lograron posponer los motines. Primeramente se encontró la flota con una bandada de pájaros que debían estar emigrando, y que sirvieron para ganar unos días hasta el 7 de octubre, cuando hubo otro falso avistamiento de tierra. De nuevo al borde del motín, la Providencia vino esta vez en forma de ramas y cañas, lo que calmó los ánimos. En un esfuerzo supremo, Colón informó a sus hombres de que sus Majestades Católicas habían prometido una recompensa de 10.000 maravedíes al primero que fuera el que avistara tierra, y el entusiasmo embargó los corazones de los marinos. Esa misma noche, el propio almirante vio en el horizonte una pequeña luz, a eso de las 22:00 horas, y los buques pusieron rumbo en esa dirección. A las 2 de la mañana del 12 de octubre de 1492, Juan Rodriguez Bermejo, más conocido por la historia como Rodrigo de Triana, gritó la esperada "¡Tierra!" (aunque Colón retuvo la recompensa para sí mismo, argumentando que el primero en ver la luz en el horizonte había sido él), y el que quizás haya sido el viaje más famoso e importante de la historia de la humanidad llegó a su destino. Habían descubierto el Nuevo Mundo.

    EL NUEVO MUNDO

    Toda la tripulación festejó el maravilloso encuentro con las nuevas tierras con las que se habían encontrado, una de las islas Bahamas a la que Colón bautizó con el nombre de San Salvador. Como mandaban las tradiciones del momento, una comitiva compuesta por el Escriba, los testigos, oficiales y marineros, partió en diversos botes a fin de tomar posesión de las islas recién descubiertas, sin duda aquellas que debían rodear la hermosa tierra de Cipango. El paisaje era paradisíaco, con aguas cristalinas y corales, verde y exhuberante vegetación, y un sol brillante sobre un cielo azul. Portando los Estandartes Reales y el suyo propio, los europeos se dejaron llevar remando a través de las olas, hasta que el almirante puso pie en tierra y tomó posesión de aquél lugar, encontrándose con los primeros y amistosos nativos que salieron a su encuentro sonrientes, hospitalarios y como su madre los trajo al mundo. Pertenecían a la tribu de los Arahuacos, y serían a su vez los primeros habitantes del nuevo continente en contactar con los españoles.

    Muy pronto quedó claro que ninguna de las lenguas aprendidas o utilizadas por el intérprete de la expedición valdría de mucho, y así, el primer contacto entre ambas culturas, fue a base de gestos e intercambio de regalos. A cambio de algunas bagatelas, los expedicionarios lograron hacerse con comida, agua, algodón, papagayos y lo más importante: los pendientes de oro que adornaban a los nativos arahuacos. Las noticias de que un gran señor de otra isla tenía gran cantidad de oro, y que alrededor de donde se encontraban había muchas otras islas de diversos tamaños, convencieron a Colón de que habían arribado a los alrededores de Cipango, por lo que resolvió buscar ese "gran señor" que tanto oro tenía, embarcando a seis arahuacos para que le hicieran de guía, y poniendo rumbo al Suroeste, hacia Coiba (o Cuba).

    Entre las costumbres que los españoles pudieron comprobar entre los nativos se encontraban las de inhalar humo de una planta (tabaco), o la de utilizar unas "camas colgantes" (hamacas), que pronto fueron adaptadas y utilizadas por los tripulantes de los tres barcos. Además, probaron gran cantidad de productos locales, como batatas, cacao y otros. Pero no encontraron las grandes cantidades de oro que esperaban, ni siquiera cuando Martín Alonso Pinzón se separó de la flota con la "Pinta", siguiendo una de las leyendas arahuacas sobre la riqueza de un lugar llamado Babeque. A donde si arribaron fue a La Española, que es el nombre que se le dio a Santo Domingo (o Haití), y que junto con Cuba, demostraron la existencia de islas mucho más grandes de lo que esperaban.

        EL FUERTE DE NAVIDAD

        La primera colonia que se asentó en las islas americanas no estaba ni mucho menos prevista. La Nochebuena de 1492, mientras se celebraba la festividad católica a bordo de las naves, el timón quedó a cargo de un tripulante con poca experiencia, con tan mala fortuna que la "Santa María" terminó por encallar en un arrecife de coral, abriendo una vía de agua y desgarrando el casco con tal gravedad que la nave capitana hubo de ser abandonada, trasladándose todo lo aprovechable a la "Niña". Ante tan desgraciado suceso, los supervivientes llegaron a la aldea de Guacanagari, donde fueron acogidos por nativos amistosos que además les proporcionaron oro procedente de un lugar llamado Cibao, y que Colón determinó que debía ser Cipango.

        Las conclusiones del almirante, la hospitalidad de los nativos y las necesidades de logística y espacio, determinaron finalmente que se fundara el Fuerte de Navidad, donde quedarían unos 40 españoles como primer asentamiento en el Nuevo Mundo, con órdenes de recolectar oro y mantener la colonia hasta la llegada de una nueva expedición. El 4 de enero de 1493, el almirante decidía poner rumbo de nuevo a Europa, encontrándose con la "Pinta" dos días después, y agrupándose ambos navíos de nuevo para la larga travesía. Todos los reproches de Colón a Pinzón quedaron acallados con la noticia de que el capitán había logrado encontrar una mina en La Española, lo que alegró de sobremanera el corazón del almirante.

 

         EL VIAJE DE REGRESO

        Una semana después de partir de la nueva tierra descubierta, los buques perdieron de vista las cumbres más altas, adentrándose de nuevo en el Océano Atlántico y aprovechando los Vientos Alisios, que los empujaron con fuerza de nuevo hacia el Viejo Mundo. A la altura de las islas Azores, un fuerte vendaval separó ambos barcos, y el 4 de marzo de 1493 Colón llegaba a Lisboa, donde mostró sus logros al rey Juan de Portugal, haciéndole ver lo que había perdido por no escucharle. Finalmente, el 15 de marzo de 1493, el almirante pisaba suelo de Castilla en el Río Tinto, y un triunfante Cristóbal Colón era llamado a la Corte, que se encontraba en Barcelona. Había cambiado el destino del mundo.

        El recibimiento de Colón en la Corte fue revestido de toda la pompa que tan importante acontecimiento merecía. Así, recibido por sus Majestades Católicas, el Almirante de la Mar Océana presentó el oro recogido, los exóticos animales y plantas traídas del lejano mundo y nuevos productos que revolucionarían Europa: el tabaco, la patata y el cacao. Además, causaron gran conmoción un grupo de indios arahuacos que Colón trajo desde el Nuevo Mundo. Los asombrados monarcas rápidamente se deshicieron en halagos por su gran valor, y a quienes alguna vez osaron decirle que cualquiera podría haberlo hecho, Colón, una vez probado su "juego del huevo" (consistía en intentar poner un huevo en pie sin romperlo. Una vez se demostraba que nadie era capaz, el almirante golpeaba suavemente la parte baja con un golpe seco, sin romperlo, y lo dejaba liso, de modo que lograba sostenerlo en pie), replicaba "por supuesto, es muy fácil hacerlo todo cuando alguien ya lo ha hecho antes." Y no le faltó razón a un hombre que luchó contra el mundo por demostrar que tenía razón y que cambio la historial mundial.