Al servicio de la Reina Victoria

        El siglo XIX fue el punto de mayor esplendor para el ejército británico, con un imperio en expansión que abarcaba más de un centenar de teatros de operaciones distintos, distribuidos a lo largo de todo el planeta. Esta circunstancia obligó a unas tropas destinadas a hacer de "policía del mundo" a adaptarse a multitud de diferentes enemigos y superar las viejas doctrinas napoleónicas de orden cerrado y poco a poco daría paso al cambio de uniformes vistosos a otros más operativos, pero ello vendría más adelante.

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        LA ERA VICTORIANA

        Cuando la Reina Victoria pasó a ocupar el trono del Reino Unido se iniciaría el período quizás más famoso para la historia británica, y desde luego para sus ejércitos. Sería una época caracterizada por los elementos comunes al colonialismo, una época romántica en la que Europa se expandió hasta dominar los cinco continentes, bien mediante su control directo, bien mediante su influencia cultural, como sería el caso de América, que también tendría un importante desarrollo.

        La ausencia de materias primas, el desarrollo de la industria y el espectacular aumento de la población, así como asegurarse un prestigio mediante la conquista de nuevos territorios, serían los factores decisivos que llevarían a los gobiernos europeos a expandirse a las tierras vírgenes de fuera del continente, estableciendo una serie de colonias y protectorados, que les permitirían conseguir un rápido desarrollo económico que revitalizaría sus propios países.

        Por supuesto, este desarrollo no estaría exento de conflictos, en especial con los pueblos nativos que habitaban las nuevas tierras. Justificándose en que defendían los valores de la "civilización", las naciones europeas enviaron tropas a los territorios y se desencadenaron multitud de guerras coloniales, en las que pequeños contingentes de soldados europeos aplastaron enormes ejércitos de tropas nativas, pobremente equipadas y organizadas.

        Sin embargo, existirían algunas excepciones, como los derviches del Sudán, los afganos o los zulúes, que se enfrentarían victoriosos en algunas ocasiones a las tropas británicas, aunque su resistencia fuera finalmente aplastada. No obstante, al igual que las campañas de otros países, esas excepciones son dignas de sus propias reseñas, y su mera mención en un artículo general sobre la organización de las tropas británicas será suficiente para rendirles su justa importancia histórica.

        EL EJÉRCITO BRITÁNICO EN LA ÉPOCA VICTORIANA

        En el caso del período que nos atañe, esto es, la segunda mitad del siglo XIX, el ejército de Su Majestad evolucionaría de un sistema heredero de las Guerras Napoleónicas a una fuerza que pasaría a dotar de mayor importancia a la capacidad por encima de los elementos de la nobleza. Por supuesto, este cambio sería progresivo, lento y nunca alcanzaría el grado definitivo, pero el conjunto de generales que conformarían el llamado "círculo de Ashanti" sería un claro ejemplo de oficiales capaces que lograrían grandes éxitos en base a su capacidad, como fue el caso de su más famoso exponente, Sir Garnet Wolseley, un mando que pasaría por multitud de teatros diferentes, resolviendo gran cantidad de conflictos por todo el Imperio.

        De especial importancia fueron las reformas introducidas por el Ministro de la Guerra Cardwell, que reestructuró completamente la maquinaria de guerra británica. Primeramente, se modificó el sistema de reclutamiento, al tiempo que se reorganizaban las unidades existentes. En efecto, los 109 Regimientos de Infantería de Línea fueron agrupados, formándose por dos batallones la primera treintena y de uno solo el resto, aunque esto sería solo durante un tiempo. Las necesidades de un Imperio en expansión obligaron a reformar las propias modificaciones de Cardwell, ya que la doctrina suponía que, en teoría, cada Regimiento enviaría uno de sus batallones a conflictos coloniales, mientras que el otro quedaría para la defensa de la metrópoli. La realidad supuso que cada vez más batallones salieran de las islas británicas para combatir la multitud de conflictos que aumentaban a medida que crecía el propio Imperio.

        La nueva reestructuración de Cardwell y la agrupación de los batallones y regimientos por zonas propugnó también que las respectivas unidades se formaran de hombres pertenecientes a regiones concretas del Reino Unido, como era el caso del famoso 24º Regimiento (2º de Warwickshires), cuya composición incluía gran cantidad de galeses, y que ganaría su triste paso a la historia por los sucesos de la Batalla de Isandlwana, uno de los factores que supuso la caída del gobierno del Primer Ministro Benjamín Disraeli, que sería sustituido por la oposición, encabezada por el nuevo Primer Ministro Gladstone.

         LA ORGANIZACIÓN DE LA INFANTERÍA

        Como ya se ha explicado anteriormente, el elemento básico en el que se basaban las unidades de infantería británica era el batallón. Este se componía de ocho compañías de algo más de un centenar de hombres, a los que había que añadir los mandos, lo que totalizaba casi un millar de efectivos por batallón de infantería de línea, aunque la realidad de las operaciones, las enfermedades y las tareas de guarnición terminaban significando que fuera extraño que alcanzara los 800 efectivos en combate.

        Durante un período de tiempo, la importancia del batallón fue tal, que existían Regimientos de infantería formados por un solo batallón, mientras que los más grandes contaban con dos. Cada uno de ellos contaba con dos banderas, la Bandera de la Reina y la Bandera del Batallón. La primera de ellas era la clásica bandera británica, normalmente con el número del Regimiento bordado en oro y con una Corona Real sobre el mismo, y con un pergamino que rezaba "Segundo Batallón" en el caso de que la unidad en cuestión no fuera el primero del Regimiento. Con respecto al segundo de los estandartes, consistía en la "Union Jack" situada en la esquina superior izquierda, junto al mástil, mientras que el resto de la bandera era del color del Regimiento. Además, en el centro de la misma, se bordaba el número de la unidad, y alrededor, en los extremos, diversos pergaminos indicaban las batallas en las que el Regimiento había participado. Cuando no se desplegaban en combate, las banderas se plegaban y se guardaban en estuches, donde se conservara no sólo la tela, sino también los complicados diseños ornamentales que contaba el mástil en la punta, y que podían incluir desde leones rampantes y coronas a la simple punta afilada.

        Junto a la Infantería de Línea se encontraba la Infantería Ligera, cuya organización era similar, a excepción de que, en teoría, las fuerzas de infantería ligera estaban especializadas en combate de guerrilla y más abierto. En la práctica, enfrentados a masas de enemigos con superioridad numérica que cargaban buscando el cuerpo a cuerpo, los batallones británicos solían agruparse en orden cerrado para poder hacer uso de su superioridad de fuego y rechazar así el asalto.

        Especial relevancia antes de abandonar a la infantería requieren otras unidades aparte de la infantería ligera y de la infantería de línea, y que consistían en lo que podría llamarse las unidades de elite del ejército británico: Los Guardias, los Highlanders y los Rifles.

        Las unidades de la Guardia Real Británica, como los Coldstream Guards, se desplegaron en los teatros de operaciones formando Brigadas propias, de tal modo que quedaran bajo mandos propios y se mantuvieran la cohesión de doctrina y tácticas en combate. Así fue por ejemplo como combatieron en el Sudán, tanto en la campaña de Khartum como en el resto de luchas contra el Mahdi y sus sucesores en los 15 años que duraría el conflicto. El uniforme que portaban en campaña solía ser el mismo que el de la infantería, con la distinción clásica del soldado colonial británico de cuello y puños, en los que se portaban los colores regimentales, y los emblemas propios del mismo, que se llevaban en el cuello en placas metálicas. Posteriormente, con el cambio de uniformidad de la casaca roja del soldado por la de color caqui que se impuso primero en la India y después en todo el ejército imperial, se hizo realmente complicado distinguir a un regimiento de otro en la distancia.

        Los Regimientos de Highlanders, aunque numéricamente hablando estaban incluidos dentro de los mencionados 109 regimientos anteriormente mencionados, constituían una fuerza fácilmente destacable en el campo de batalla. El primer elemento diferenciador era, por supuesto, la propia uniformidad, ya que en la mayoría de campañas, como en la India, Afganistán o el Sudán, las tropas de highlanders combatieron al son de sus gaitas y llevando sus faldas o kilts al combate. Una excepción en la uniformidad serían las tropas desplegadas en Zululand, donde las tropas con orígenes escoceses combatieron vistiendo pantalones del color de las faldas regimentales, a cuadros, a excepción de los gaiteros. El segundo elemento diferenciador era, por supuesto, su ferocidad en combate, en un ejército que normalmente actuaba a la defensiva, proporcionando una fuerza agresiva cuya carga a la bayoneta era verdaderamente temible, como fue en el caso de la Batalla de Tel-El-Kebir, en 1882, donde fueron decisivos para destruir a las fuerzas egipcias al mando de Arabi.

        Finalmente, el tercer tipo de infantería eran los llamados "Rifles", unidades de elite que constituían las fuerzas de guerrilla y hostigamiento por excelencia del ejército imperial. Dos fueron los más famosos Regimientos, el 95º y el 60º.

        Al contrario que sus compañeros de infantería de línea, que vestían sus brillantes casacas rojas, los Rifles, dada su función de combate abierto, utilizaban un uniforme bastante más discreto, de color verde oscuro, con un correaje negro que sustituía al más destacado blanco que usaban el resto de tropas, pero siguiendo el mismo modelo, denominado Valise, y que incluía sendas cartucheras a ambos lados de la hebilla del cinturón, a la que se añadía una "cartuchera de respeto", y que se completaba con una cantimplora y una bolsa, que colgaban de los hombros.

        Las unidades de "Rifles", dada su especial condición, eran muy valoradas por los mandos en las zonas de operaciones, y gozarían de importancia dentro de las reformas. Así, posteriormente, se crearía el Real Cuerpo de Rifles, que supondría la fusión de unidades de esta especialidad.

        LA ORGANIZACIÓN DE LA CABALLERÍA

        La caballería británica en las colonias se componía principalmente de fuerzas que tendían a combatir como infantería montada, aunque hubo notables excepciones. Las unidades de lanceros destacaron especialmente en las Guerras Zulúes (17º de Lanceros) y en las campañas del Sudán, así como la la India, donde los famosos lanceros bengalíes realizaron intervenciones especialmente famosas.

        La lanza en la caballería británica había sido adoptada tras las Guerras Napoleónicas, en base a la experiencia adquirida por la lucha contra las tropas francesas y sus lanceros polacos, que llamaron mucho la atención de la doctrina de la época. En concreto en los teatros de operaciones coloniales se demostraron como armas idóneas para perseguir a las fuerzas nativas, una vez estas fueran desorganizadas por el fuego de la infantería, de modo que se pudiera eliminar al adversario. Fueron tan efectivas que en las campañas del Sudán se usaron las lanzas nativas para convertir a los húsares de las columnas regulares británicas en lanceros.

        Técnicamente, la caballería británica se seguía definiendo conforme al esquema tradicional. Ello implicaba la existencia de Caballería Pesada y Caballería Ligera, siendo la principal diferencia entre ambas el uso dado a las unidades, ya que la pesada se usaba principalmente para el choque, montaba caballos más grandes, y se componía de Dragones Pesados (y en otros países Coraceros), como los famosos Scot Greys, mientras que la ligera se formaba a base de húsares y dragones ligeros (los lanceros se encuadran en este último concepto), y tradicionalmente se utilizaba para labores de exploración y persecución, lo que la hizo especialmente valiosa en la guerra colonial.

        No obstante a lo anterior, como ya se ha indicado, normalmente la caballería tendía a combatir como infantería montada, abriendo fuego con sus carabinas y luego replegándose sobre posiciones protegidas por el resto del ejército. Así se atraía al enemigo al campo de tiro de los batallones de infantería, que junto con el apoyo artillero eran los encargados de destruir las masas de guerreros.

        En referencia a su organización, un Regimiento de Caballería se formaba por cuatro escuadrones, cada uno de ellos con 120 elementos de tropa, sin contar suboficiales. Ello daba una fuerza a la unidad de un total de entre 600 y 700 efectivos, aunque era muy extraña la unidad que alcanzaba esta última cifra. El 17º de Lanceros (del Duque de Cambridge), por ejemplo, en las Guerras Zulúes, estaba formado por 622 efectivos.

        Junto a las tropas de caballería regular fue común que se improvisaran grupos de infantería montada y de unidades de voluntarios a caballo, de modo que se pudieran aumentar las cifras de las escasas tropas a caballo. En ese sentido se debe destacar también que según el teatro de operaciones se hacía uso no sólo de caballos, como fue el caso del célebre Cuerpo de Camelleros que a lo largo de varias campañas combatió en Sudán contra las fuerzas del Mahdí y del Califa, y que se formaba por tropas de los regimientos de infantería montados en camellos, a fin de ganar movilidad en el plano estratégico de la campaña.

        LA ARTILLERÍA

        En general las tropas victorianas en los teatros coloniales no destacaron por el uso de su artillería, ya que en general, a fin de no restar movilidad a las columnas y evitar los problemas logísticos que suponían los escasos y nefastos caminos en las colonias, se solían utilizar pequeñas piezas de artillería de montaña, de 7 libras, u otras un poco mayores y mucho más efectivas, las de 9 libras. Las baterías de artillería estaban formadas por 113 hombres y 6 piezas, que se dividían en tres secciones de dos cañones cada una, aunque lo normal era que la batería actuara en conjunto y fuera asignada a apoyar a un batallón de infantería.

        Por supuesto, existieron situaciones en que la necesidad de utilizar piezas de mayor calibre obligaron a un cambio de filosofía, y la improvisación y adaptabilidad terminó llevando a usar piezas navales, de los buques que operaban en las zonas costeras próximas, que se completaban con pequeños destacamentos de Infantería de Marina y tripulaciones de los propios barcos, que además aportaron otras armas, como lanzacohetes y ametralladoras. De hecho, sólo una batería del ejército británico, la 10/7, estaba dotada de ametralladoras en 1879, consistiendo en dos Gatling del calibre 0,45, en vez del más pesado de 0,65 que usaba la Royal Navy. Esta circunstancia cambió drásticamente cuando se comprobó la efectividad de estas nuevas armas, y pronto aparecieron por todas las campañas coloniales, no sólo las Gatling y las Gardner, sino otros modelos mucho más avanzados y letales, como las Maxim y Nordenfelt.

        En campañas en las que la resistencia enemiga obligaba a desplegar nuevas fuerzas, o en las que las circunstancias superaban a los mandos y las guarniciones eran derrotadas por los nativos, entre los nuevos contingentes se enviaban piezas de mayor calibre, llegando hasta las 24 libras. Estos casos solían darse en la India, donde el tamaño de los ejércitos obligaba a tácticas más propias de ejércitos profesionales y mucho más elaboradas, aunque también se dieron situaciones en África, primero en Tel-el-Kebir y luego en las Guerras Anglo-Bóers.

        TÁCTICAS DE COMBATE

        El objetivo de todo comandante británico era destruir al enemigo con el mínimo de recursos y con la máxima premura, de tal modo que la economía de la región pudiera seguir aportando materias primas al Imperio. A tal efecto, se buscaba una formación defensiva que proporcionara un baluarte contra el que se estrellasen las tropas nativas, y para ello se utilizó una variante del cuadro que en las guerras napoleónicas adoptaba la infantería para rechazar los ataques de la caballería.

        Los batallones de infantería constituían la principal fuerza del cuadro, proporcionando potencia de fuego y formando una línea de bayonetas tras la cual podía colocarse la impedimenta, el hospital de campaña y demás. Cuando se sabía con días de antelación que el enemigo iba a atacar, el cuadro se fortificaba, cavando un foso y formando un parapeto con la tierra extraída y con las cajas de suministros, proporcionando una posición muy difícil de destruir, como fue en el caso de Rorke´s Drift, donde 139 soldados británicos resistieron el ataque de 4500 zulúes.

        En los vértices del cuadro se colocaba la artillería, de modo que su potencia de fuego cubriera el ángulo muerto que formaban los flancos de los batallones, y en caso de que hubiera piezas de artillería sobrantes, se emplazaban entre las compañías de infantería, alternándose unas con otros, de modo que se proporcionara una mayor potencia de fuego.

        A salvo y dentro de la formación, aguardaba la caballería, que podía utilizarse bien para hostigar y atraer al enemigo, o bien para perseguirlo cuando sus cargas fueran disueltas por el fuego de fusilería. Este momento era de especial importancia, ya que supondría la destrucción de los nativos y el fin de la guerra.

        Aunque como puede verse en general las técnicas de combate se basaban en el orden cerrado y en los uniformes vistosos, lo cierto es que la experiencia adquirida en las campañas y sobre todo en las derrotas comenzó a dotar de mayor importancia la individualidad, los primeros comienzos del camuflaje y sobre todo la importancia del orden abierto, aunque harían falta muchas masacres en la Gran Guerra para que se efectuara el cambio de doctrina...

        LOS UNIFORMES DEL ARTÍCULO

        Como sucede en la mayor parte de los artículos que se exponen en la presente web, el objetivo de las imágenes es dar una idea aproximada que complete las ideas aportadas en los textos, por lo que se pueden apreciar diversas inexactitudes en la uniformidad. Ello se debe a que parte del material original se ha completado con diversos elementos que, si bien no son los correspondientes a la época, dan una idea general del aspecto del soldado en campaña.

        En lo que a la uniformidad fotografiada, se tratan de una combinación de unidades que participaron en diversas campañas a lo largo de la Época Victoriana, en concreto en el período anterior a la introducción del color caqui para todas las tropas imperiales. Las escenas en concreto están inspiradas en las Guerras Zulúes, 1879, en la Segunda Invasión.

        Entre los uniformes incluidos, se encuentran primeramente la tradicional casaca roja utilizada por la infantería, si bien en este caso es el de un músico, como queda destacado por las hombreras del uniforme. En campaña, los músicos de la banda regimental eran utilizados como camilleros durante el combate, auxiliando a los heridos y trasladándolos al hospital, y utilizaban indiferentemente el casco colonial o la gorra cuartelera de aspecto escocés.

        En el caso de la caballería, el uniforme del 17º de Lanceros tiene parte original, que es la guerrera, aunque por desgracia no se conserva la abotonadura, habiéndose sustituido por otra contemporánea de la época, pero que no corresponde al Regimiento, sino al período posterior, cuando varios regimientos de lanceros fueron unificados para formar el Real Cuerpo de Lanceros.

        Finalmente, el último de los uniformes incluidos es el de la Infantería de Marina (Royal Marines), que si bien es un original, es posterior al período de las Guerras Zulúes. Las cartucheras, con portacargadores de Mauser, han sido incluidas porque las tropas de la Real Infantería Ligera de Marina eran de color negro, en lugar del tradicional color blanco de la infantería, quedando acorde al arma de las fotografías, que no es la usada por fuerzas británicas.