El Ejército Español en África en el Protectorado

        Los conflictos españoles en el Norte del continente africano marcaron la carrera de varios importantes personajes históricos del siglo XX, y en ellos se escribieron algunas de las páginas más trágicas y también más gloriosas de las armas españolas. Durante la primera mitad del siglo XX, junto con estos conflictos, la Guerra Civil supuso un cambio en la doctrina y la uniformidad militar, con una serie de criterios que permanecerían en el Ejército español hasta la actualidad.

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        LOS CONFLICTOS DEL NORTE DE ÁFRICA

        Desde la llegada de las primeras tropas europeas al Norte de África, y la derrota del ejército portugués en la batalla de Alcazarquivir, lo que luego se convertiría en Marruecos fue el origen de una sangrienta serie de conflictos que forjaron algunas de las leyendas más heroicas de las armas españolas. A lo largo de varios siglos, mucho antes de la existencia del mismo reino de Marruecos, dos poblaciones, Ceuta y Melilla, se convirtieron en iconos de la presencia española en el Norte de África.

        A lo largo del siglo XIX, varias incursiones de las kábilas (tribus) que rodeaban ambas ciudades obligaron a que en 1859 se lanzara una importante ofensiva, la llamada Guerra Romántica o Guerra de África, a fin de imponer al Sultán de Marruecos, el llamado "Señor de los Creyentes", reconociera la soberanía española y se compensaran los saqueos y destrozos de las propias kábilas, ya que en teoría respondían ante el soberano marroquí, aunque en la práctica cada una de ellas hiciera su voluntad.

        La Guerra Romántica fue una de las mayores operaciones que se realizaron en Marruecos, restableciendo el orden en la región hasta el conflicto de Melilla de 1893. Esta campaña, en la que la política española demostró una vez más su ineficacia, se realizó con el famoso uniforme de rayadillo que posteriormente se haría famoso en Cuba (en realidad, el rayadillo africano era de una tonalidad diferente al del usado en los uniformes en Cuba, pero en esencia el uniforme era el mismo), y que sería utilizado en posteriores campañas a principios del siglo XX, hasta su sustitución por el uniforme verde oliva o caqui (este último nombre se refiere a un color verdoso, mientras que en la nomenclatura anglosajona se aplica a un color marrón claro).

        Los combates de las diferentes campañas de principios de siglo XX fueron llevadas a cabo por las tropas españolas con la referida uniformidad de rayadillo incluyeron los famosos combates del Barranco del Lobo o las tres cargas del General Cavalcanti en Taxdirt, hasta que en 1914, con el Reglamento del mismo año, se comenzó a introducir el uniforme de color caqui para la totalidad del ejército, si bien las cuestiones logísticas impidieron que se cumpliera la normativa. Así, en la desastrosa campaña del Desastre de Annual, en 1921, algunas unidades ya vistieron el nuevo uniforme, mientras que otros regimientos mantenían los antiguos modelos. Por supuesto, al margen de los batallones peninsulares, las tropas de Regulares vistieron su propia uniformidad, más acorde a sus orígenes étnicos.

        EL REGLAMENTO DE 1926

        El llamado Desastre de Annual y la posterior masacre de Monte Arruit, junto con el asedio de Melilla hasta su liberación por el recién creado Tercio de la Legión, que liberó poco después al mando del entonces Comandante Franco la ciudad, fueron decisivos para la reconstitución del ejército español. La llegada del gobierno del Directorio del General Primo de Rivera, que sostuvo la monarquía borbónica unos años más, trajo consigo una fuerte inversión en gasto militar, a fin de lavar el honor patrio, vengar las masacres sufridas por las guarniciones españolas y restablecer el orden en el Norte de África. Entre las reformas que las nuevas inversiones incluirían se encontraban la modernización de medios, incluyendo carros de combate y armamento diverso, y una nueva modificación de la uniformidad, el Reglamento de 1926, que terminaría de introducir el color caqui verdoso para todo el ejército español.

     

        La introducción del nuevo uniforme de 1926 generalizó finalmente de forma homogénea a todo el ejército, con una implantación más rápida de lo normal, debido a las inversiones que el Directorio realizó para modernizar el estamento castrense. Existían dos modalidades de guerreras para los oficiales, las primeras de las cuáles mantenían la línea anterior de cuello cerrado, pero vuelto y acabado en pico, en lugar del modelo de 1914. El segundo de los modelos, que añadía modernidad al uniforme, ya incluía la modalidad de cuello abierto, que se vestía con corbata del mismo color que la guerrera. En lo que a las divisas se refiere, se conservaría su uso en puños, si bien pocos años después se iniciaría el sistema de hombreras que hoy en día está presente en el modelo actual.

        Con respecto al pantalón, según el servicio se vestía un modelo recto o, más comúnmente, dado que los ejército de la época eran hipomóviles, se incluía la opción del calzón o del "breeches" con botas de montar (en el caso de la tropa se calzaban las tradicionales alpargatas), que en el caso de la uniformidad de 1926 todavía eran marrones, a juego con los guantes y con el cinturón, que era del modelo llamado "Sam Browne", de origen británico. El tocado de las tropas, que anteriormente había incluido salacot, fue sustituido por el gorrillo cuartelero o por el modelo flexible, o en el caso de los oficiales por la gorra de plato, que no incluiría el águila actual hasta años después, ya que en la época todavía lucía la corona borbónica.

        Con respecto a distintivos y divisas, tropa y suboficiales conservaron los numerales regimentales, siendo progresivamente sustituidos, mientras que los oficiales ya comenzaban a lucir las ramas, armas, cuerpos y especialidades, luciendo los suboficiales sus distintivos de rango en las hombreras del uniforme. Esencialmente, esta sería la uniformidad lucida por las tropas españolas cuando en 1936 estalló la Guerra Civil.

        De entre las medidas de modernización que se introdujeron para el desembarco de Alhucemas, y que se mantendrían hasta la llegada de la sublevación africanista contra la República, se incluyeron tácticas pioneras que incluyeron asalto anfibio (fue la primera vez que se utilizaron carros de combate desembarcando al combate), coordinaciones de operaciones aéreas y armamento acorde a las mismas (se emplearon dirigibles e hidroaviones desde el primer modelo español de portaaeronaves, el "Dédalo").

        Además, junto a ellos, se dotó de un mayor número de armas automáticas (ametralladoras) y tácticas para su uso a unidades de elite, como la Legión, que destacaron en su nuevo uso, y la coordinación de las operaciones entre fuerzas propias y aliadas (la flota francesa proporcionó apoyo, y se lanzaron ataques de tropas de aquél país en otros puntos de Marruecos) fue superior a los casos anteriores.

        EL REGLAMENTO DE 1943

        La Guerra Civil supuso un aumento masivo de los ejércitos españoles, que pasaron a encuadrar de una fuerza de unas 7 divisiones a varios millones de combatientes. La uniformidad a lo largo del conflicto fue todo lo laxa que podía esperarse, combinándose uniformes oficiales con prendas civiles o de fabricación casera, procedentes de modificar las de otros ejércitos.

        Sin embargo, una vez finalizado el conflicto, el victorioso Régimen Franquista volvió a homogeneizar los criterios, con la reglamentación de 1943, que incluía un corte en la uniformidad similar del de 1926, aunque con las apropiadas modificaciones del nuevo modelo. Los distintivos de Arma se conservaron en el cuello, aunque fueron incluidos en los nuevos rombos de color, mientras que los antiguos complementos de color marrón, como cintos, botas y demás pasaban al color negro para la gala y a cinturones de tela para el servicio.

        Para las tropas de África se empleó la llamada "sahariana", una guerrera más acorde a los climas cálidos, que era vestida de forma más irregular por los veteranos con todavía las tradiciones y formalidades propias de los africanistas, hasta que finalmente, y poco a poco, terminó por homogeneizarse como el resto de la uniformidad del resto del ejército.

        Todas estas modalidades serían poco a poco sustituidas por modelos más modernos e inspirados en el resto de ejércitos europeos y sobre todo americanos, que incluyeron la guerrera abierta con corbata, o las boinas para las unidades especiales, como las tropas paracaidistas, que no obstante conservaron sus propias señas de identidad en sus uniformes, como fue el caso de la Legión, que empleaba camisa de cuello abierto con la guerrera, o los pañuelos de las unidades de montaña y del resto de regimientos, que se conservan en la actualidad.