Exposición con la Brigada Paracaidista

        El pasado mes de febrero de 2011, entre el 8 y el 31 del referido mes, tuvo lugar el certamen que todos los años organiza la Brigada Paracaidista "Almogávares VI" como conmemoración de la realización del primer salto de la historia aerotransportada española. Para esta ocasión, la BRIPAC solicitó ayuda a la Unidad de Estrategia y Operaciones para exponer diversos dioramas sobre Grandes Batallas de la Historia de la Humanidad, a fin de completar la exposición.

        NOTA: Queda prohibida la reproducción total o parcial de las imágenes o del texto expuestos en el siguiente artículo sin la autorización expresa de la administración del presente espacio web.

        INTRODUCCIÓN

        Desde hace ya varios años, la Brigada Paracaidista del Ejército de Tierra, "Almogávares VI", realiza en la Casa de la Entrevista, en Alcalá de Henares, una exposición de miniaturismo relacionada con temática militar, como parte de los actos conmemorativos del primer salto paracaidista del Ejército Español, en 1957. Esta muestra, que según las diferentes ediciones ha adoptado la forma de concurso, o de simple exposición, en función de las circunstancias de cada uno de los años sucesivos en que se ha realizado, se ha convertido ya en toda una tradición tanto de la unidad militar como de la propia ciudad de Alcalá de Henares.

        A raíz de la colaboración en la edición del año 2010 de la Real Liga Naval Española, la Unidad de Estrategia y Operaciones entró en contacto con los organizadores de la exposición, Juan Carlos Garralón y el Subteniente Bejarano, encargado del Museo de la Brigada Paracaidista.

        Así, se decidió por parte de la Brigada Paracaidista que la edición del año siguiente, 2011, se enfocaría de un modo diferente a los anteriores, y con la colaboración de la UEO, en lugar de exponer la tradicional agrupación de pequeños pero muy detallados dioramas, la muestra se centraría en las grandes batallas de la historia de la humanidad, que se completaría con el tradicional certámen.

        LA PLANIFICACIÓN

        Montar una exposición de las dimensiones requeridas por la Brigada Paracaidista supone un esfuerzo logístico que a primera vista podría superar los recursos de nuestra entidad. Sin embargo, por fortuna, gracias al buen hacer del Subteniente Bejarano y del Cabo Mayor Osete, ello no supuso ningún problema, ya que, a pesar de que el propio Museo de la Brigada Paracaidista se encontraba en trámites de traslado desde la Base de Primo de Rivera, en Alcalá de Henares, a su nueva sede en las instalaciones de Paracuellos del Jarama, ambos suboficiales se las ingeniaron para poder colaborar con nuestra organización.

        El primer paso, naturalmente, fue realizar una reunión inicial, a la que además de los militares, asistieron representantes del Corte Inglés, así como el propio Garralón, a fin de determinar qué batallas deberían representarse, y como debería completarse la muestra.

        Se decidió rápidamente que el listado de batallas debería incluir dos temas principales. El primero de ellos sería la temática general, en orden cronológico, de las grandes batallas de la historia de la humanidad, que deberían marcar los elementos más representativos de cada uno de los períodos históricos, a fin de que el visitante pudiera salir con una idea aproximada de la evolución de la tecnología bélica a través de nombres y escenas que pudiera haber visto antes a través de películas o medios de difusión no especializados. En el caso del segundo campo, la idea era similar a la del primero, pero ya especializada en el campo español.

        Así, en el caso de la Península Ibérica, el elemento más antiguo a introducir sería el Imperio Romano, y por ello el periplo del visitante se iniciaría en ese período histórico, y cubriría hasta la Segunda Guerra Mundial. El toque actual lo daría la propia Brigada Paracaidista, con sus misiones en el extranjero bajo el mandato de los organismos internacionales, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

        A fin de completar la muestra y de hacerla más atractiva, se decidió que los dioramas de las grandes batallas se completarían con material de la época, uniformes de los ejércitos implicados y reproducciones de las banderas de los contendientes, así como con los correspondientes paneles explicativos.

        EL MONTAJE

        Durante los días anteriores a su apertura al público, y una vez analizadas las conclusiones de la reunión previa de planificación, el equipo de la Brigada Paracaidista, al mando del Subteniente Bejarano, se puso manos a la obra con el montaje de la exposición. Un evento de las dimensiones y la entidad del Certámen que todos los años realiza la BRIPAC es por definición un desafío logístico, pero se contaba con sólo con los medios aportados por la Brigada y por la UEO, sino que además colaboró con el desarrollo tanto el Ayuntamiento de Alcalá de Henares como el Corte Inglés de dicha localidad, gracias a cuya labor se emplazaron determinados complementos, como los soportes de los dioramas, o la alfombra roja que dio el toque de distinción para la exposición.

        Uno de los elementos más importantes en cualquier exposición son los paneles explicativos a los que acude el visitante para comprender la muestra que contempla, por lo que era fundamental que su aspecto fuera atractivo y de fácil lectura. Rápidamente, el Subteniente Bejarano sugirió que desde la Unidad de Estrategia y Operaciones se escribieran los diferentes textos sobre las batallas y el material expuesto, y que posteriormente, el Corte Inglés los colocara sobre paneles, con la decoración apropiada, que adoptó el aspecto de pergamino. Además, aprovechando esa circunstancia, se añadieron diversas láminas e imágenes de las temáticas de los dioramas, de modo que sirvieran como complemento de los dioramas de las batallas.

        Se decidió que la exposición se montaría en dos partes principales, una de ellas relativa a la misión de la Bripac en Afganistán, y una segunda, en la sala principal, dedicada a las grandes batallas de la historia de la humanidad. La organización de esta última sala se realizaría por orden cronológico, alternándose uniformes con dioramas, banderas y otros elementos complementarios. El recorrido sería marcado mediante una moqueta de color rojo.

        LA EXPOSICIÓN

        La Misión en Afganistán: Como ya se ha descrito anteriormente, la exposición se dividía en dos zonas claramente diferenciadas. La primera de ellas, dedicada a la participación de la Brigada Paracaidista en Afganistán, tenía un elemento fundamental, que era un pequeño altar que servía de homenaje a la memoria de los tres miembros de la Brigada fallecidos en la misión, con la bandera que se arrió en su funeral, que como era bajo mando norteamericano, incluía las barras y estrellas.

        Cuentan las tradiciones militares que es costumbre que, cuando una bandera es arriada en una ceremonia funeraria en la que se rinde homenaje a los caídos, esta bandera no volverá a izarse nunca, quedando así como recuerdo a quien ha dado la vida por su patria, y el caso de las enseñas de la vitrina no eran una excepción a esa norma.

        Sobre ella, y alrededor de ella, se encontraban diversas fotografías, mapas y miniaturas relacionadas con las misiones de la unidad, incluyendo un llamativo poste de señales que marcaba diferentes distancias y direcciones, una vieja tradición de las misiones en el extranjero, para recordar el hogar. Aunque el poste no era exactamente el mismo que el de la misión, y los letreros no estaban colocados exactamente igual, lo cierto es que parte del mismo si fue el que estuvo en Afganistán, a la entrada de la base española.

        Además, completando la muestra habían varios maniquíes con el uniforme completo utilizado por la unidad en el teatro de operaciones, el conocido como uniforme desértico "de cinco colores", debido a la combinación de hasta cinco tonos diferentes que posteriormente se comprobó que no daban un camuflaje apropiado, siendo sustituido en la actualidad por el llamado "pixelado desértico", que se utiliza en la mayor parte de países de la OTAN. Como complemento, junto a los maniquíes con los uniformes españoles, se exhibía otro de mujer ataviada con el tradicional "burka" islámico, utilizado por las habitantes de Afganistán.

        En referencia a los dioramas, destacaba especialmente el premiado en una edición anterior. Es costumbre desde la Bripac que la exposición se complete con un Certamen de Miniaturismo, cediéndose las piezas ganadoras, y todas aquellas que quieran donarse, al Museo de la Brigada Paracaidista, que actualmente se encuentra dentro de la Base de Paracuellos del Jarama. En el caso al que se hace referencia, se trataba de una reconstrucción de una patrulla motorizada que se encuentra inspeccionando en un paso de montaña un vehículo civil destruido.

        Una vez concluida la parte destinada a la misión en Afganistán, el visitante se adentraba en la siguiente sala, que le permitía un recorrido cronológico por la historia...

        Ataque a campamento romano: Las Campañas de César en las Galias, 52 antes de Cristo: De las más famosas gestas militares de Julio César, ha sido la de las Galias una de las más representativas, tanto del propio personaje histórico como de su tiempo y del tiempo de las legiones romanas. Dirigiendo un programado sistema de expansión militar, el ejército romano de tiempos de la República se expandió por toda Europa, conquistándola.

          La llamada Campaña de Las Galias, en particular, alcanzó su punto culminante en el asedio de Alesia, donde el líder Vercingetórix se atrincheró junto con unos 80.000 hombres (aunque las cifras varían según la fuente, es esta la que más se repite), esperando que las legiones romanas asaltaran la plaza. Lejos de caer en la estrategia enemiga, Julio César decidió sitiar a sus enemigos, para lo que construyó uno de los mayores campos fortificados de la historia de la ingeniería militar.

 

             Los romanos eran expertos en las labores de zapa, y crearon un sistema de empalizadas, torres y baluartes que rodearon completamente a los celtas, fortificados a su vez en sus propias defensas, levantando por un lado una muralla de troncos frente a la de sus enemigos y por el otro una segunda empalizada desde la que repeler posibles refuerzos que trataran de romper el cerco.

             Los acontecimientos que se desarrollaron a lo largo de todo el asedio fueron dramáticos, ya que rechazadas todas las fuerzas de socorro que los aliados de Vercingetórix mandaron para ayudarles, los galos se dieron cuenta de su situación. Su resistencia fue tenaz, y el líder galo expulsó a las mujeres y los niños fuera de la ciudad, esperando que los romanos se ocuparan de ellos o les permitieran salir del cerco. Sin embargo, lejos de ello, no se permitió a los no combatientes salir de la zona rodeada por la empalizada romana, de tal modo que quedaron entre los dos ejércitos y sus trincheras, donde poco a poco el hambre pudo con ellos, como más tarde podría con los defensores, dando a Roma una victoria aplastante sobre sus adversarios.

             Sobre la organización de las legiones, el sistema de combate romano establecía una serie de unidades, denominadas cohortes, colocadas de forma ajedrezada, formando líneas unas detrás de otras, de tal modo que cuando las primeras unidades del sistema comenzaran a acusar la fatiga, se replegaran, siendo sustituidas por la segunda línea. 

            El primer grupo de soldados consistía en los denominados Velites, tropas hostigadoras ligeramente armadas con jabalinas y escudos, y casi sin ninguna armadura, debido a que su función era la de desorganizar a las fuerzas enemigas que asaltaran la formación romana. Una vez cumplida dicha función, se replegaban detrás del resto de líneas, compuestas por los llamados Hastati, Triarii y Princeps, cuyo armamento y armadura superaba con mucho al de los Velites y formaba el cuerpo de combatientes de la legión, siendo los que llevarían el peso de los combates cuerpo a cuerpo. El sistema implicaba que las unidades de retaguardia serían las más acorazadas, manteniéndose frescas hasta que llegara el momento decisivo de dar el golpe mortal al ejército enemigo.

             Además, la costumbre en tiempos de la República era marchar con un número aproximado de legiones propias como de aliados, siempre que fuera posible. Así, se dieron muchos casos de marchas de ejércitos compuestos de dos legiones de la propia Roma y otras dos de sus aliados, reclutados ad hoc para la campaña.

             Aunque el sistema de lucha y armamento romano varió según la época, en especial tras la llamada “Reforma de Mario”, no es ese el objeto de nuestro estudio y por ello queda para otra ocasión su análisis. 

             En referencia a los campamentos, una de las principales características de su tiempo de las legiones fue su capacidad de establecer bases permanentes o temporales a lo largo de sus recorridos hacia la batalla. En terreno hostil, los legionarios dedicaban gran parte de la tarde a levantar fortificaciones tras las que poder descansar con tranquilidad, siendo las legiones totalmente autosuficientes en lo que a mano de obra e ingenieros se refiere.

             Por definición, el campamento se rodeaba de un foso, en el que se colocaban estacas, y con cuya tierra extraída se levantaba un parapeto, en el que se clavaban troncos, dando una empalizada de considerable altura que cualquier invasor tendría que escalar para asaltar el interior, donde se alineaban las tiendas.

             Como si de ciudades se tratara, los campamentos incluían vías principales entre las puertas, que podían ser dos ó cuatro, según el tamaño y las necesidades. Estas calles se encontraban en el foro, donde se hallaba la tienda del General y los estandartes de la legión. Tal fue la organización y estabilidad de algunos de estos campamentos, que a largo plazo se convertirían en verdaderas ciudades, como fue el caso de León.

            El diorama representaba un ataque galo contra un campamento romano en los prolegómenos de la campaña, con un asalto clásico de caballería e infantería que cargan como masas de guerreros contra una disciplinada formación romana que aguarda la acometida.          

             El mayor problema para una legión era ser cogida en orden de marcha o si rompiera la formación, para lo que la disciplina de la época era draconiana.

            La bandera de Cristóbal Colón: El primer estandarte expuesto al visitante era una réplica del que llevó Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo, en el que se descubriría América. Se trataba de un estandarte blanco, con la simbología en color verde, que incluía la Cruz de la cristiandad, protegida en ambos flancos por los Reyes Católicos, con sus respectivas coronas. La Y de "Ysabel" de Castilla y la F de "Fernando" de Aragón.

            La batalla de Borodino, 7 de septiembre de 1812: La Batalla de Borodino tuvo lugar el 7 de septiembre de 1812. Es también conocida como la Batalla del río Moscova, por los franceses y, de hecho, fue una sangrienta batalla de las Guerras Napoleónicas, que marcó un punto de inflexión en la cruzada del Emperador Napoleón por Europa.

            Esta batalla enfrentó a la Grande Armée francesa (el famoso ejército de las veinte naciones) bajo el mando de Napoleón I de Francia y que englobaba en sus filas, además de soldados franceses, muchos otros de otros países como polacos, westfalianos, bávaros, italianos e incluso españoles; con el ejército de Alejandro I de Rusia, al mando del general Kutusov, en un terreno cercano a la aldea de Borodino.

             La batalla, a pesar de que los rusos abandonaran el campo, no tuvo un claro vencedor, debido a que ninguno de los contendientes logró el objetivo propuesto. La forma en que Napoleón dirigió sus fuerzas, además de ser criticada en cierto momento crucial de la lucha por algunos de sus mariscales, comenzó a mostrar que la chispa del antaño general Bonaparte no tenía la intensidad de tiempos pasados. Algunos historiadores argumentan que el Emperador se encontraba indispuesto, exactamente lo que le ocurriría en 1815, en su envite final.

            El ejército francés se había adentrado en las tierras del Emperador Alejandro en junio de 1812. Las fuerzas rusas que se encontraban guarneciendo la frontera occidental del Imperio con Polonia, comenzaron a seguir una estrategia de retirada progresiva, según las órdenes del comandante ruso, Barclay de Tolly, para forzar a que los franceses y sus aliados se adentrasen cada vez más en la inhóspita y hostil tierra rusa.  Esta estrategia de retirada ante el enemigo le costó a Barclay su relevo en el mando. Su sustituto, Kutusov, tampoco estaba convencido de que plantar cara a los invasores fuera la decisión más acertada, pero, la presión del alto mando ruso y del propio Zar y, especialmente, la proximidad de los franceses a Moscú, le llevó a buscar un terreno óptimo para presentar una batalla defensiva, y se decantó por la zona existente en los alrededores de Borodino.

            El estado mayor ruso calculaba que su ejército desplegado en la zona totalizaba unos  115.000 hombres, aunque se considera que en realidad habría presentes unos 130.000 soldados rusos. En principio la ventaja numérica era suya, ya que los franceses tenían unos 120.000 en total. Además, sus posiciones fortificadas debidamente preparadas y su ventaja en artillería desplegada (640 piezas contra 584 francesas) desplazaban la balanza hacia el lado ruso.

            El 7 de septiembre de 1812, cuando Napoleón pudo ver los reductos enemigos, no preparó ninguno de sus geniales planes de batalla, simplemente ordenó a sus ejércitos que se lanzasen contra las posiciones enemigas para conquistarlas. Los encargados de abrir las hostilidades fueron los polacos, que, en el flanco derecho de los aliados, comenzaron a avanzar hacia el enemigo. El ataque inicial francés fue exitoso, aunque a un elevado coste.

            Tras dura lucha y muchas bajas por ambos bandos, una carga de coraceros ordenada por el Emperador Napoleón logró conquistar el reducto Rayevski desequilibrando la batalla y haciendo que el general Kutusov comenzara a plantarse seriamente un repliegue estratégico. Una muestra de la dureza de los enfrentamientos es que, en un momento del combate, el propio Rey de Nápoles, Joachim Murat, comandante de caballería de gran renombre por su bravura y arrojo, tuvo que coger el mosquete de un soldado caído y convencer a un grupo de dubitativos soldados alemanes para que se reorganizasen en uno de los reductos recién conquistados y trataran de repeler el contraataque ruso que se aproximaba.

            Finalmente, cuando los rusos decidieron que ya habían tenido bastante, comenzaron a abandonar el campo de batalla, momento en el cual la retaguardia encargada de proteger el repliegue, permaneció formada aguantando estoicamente un durísimo castigo de la artillería francesa. La disciplina y el temple de los soldados rusos merecieron muestras de sincera admiración en sus enemigos.

            El número de bajas sufridas por cada uno de los bandos difiere mucho según la fuente consultada. Generalmente, se considera que los franceses perdieron unos 30.000 hombres entre muertos y heridos y los rusos unos 45.000. Esas son las cifras que se manejan para una sangrienta batalla en la que Napoleón no pudo lograr su objetivo de destruir al principal ejército enemigo.

 

         

            Tras este duro enfrentamiento, la situación se restableció en el frente y el ejército de las veinte naciones siguiendo avanzando, lenta pero inexorablemente, y con sus líneas de abastecimiento cada vez más forzadas, tras los pasos del general Kutusov hacia Moscú.

              NOTA: El texto del presente diorama fue escrito por Miguel Abellán Gutiérrez.

            Uniforme de la Guardia Real Británica: El primero de los uniformes que se encontraban a disposición del público para su observación era el de la Guardia Real Británica, en concreto el de un músico de los "Coldstream Guards", con la tradicional casaca roja por la que desde siempre se ha conocido al ejército de Su Majestad.

            La Batalla de Quatre Bras, 16 de junio de 1815: La derrota de Napoleón Bonaparte en la llamada Batalla de las Naciones y su definitivo exilio volvieron a colocar a la monarquía borbónica en el trono de Francia, restableciendo el orden y la calma en el continente. O eso fue lo que pensaron el resto de naciones europeas.

             Pero Napoleón Bonaparte, un hombre excepcional que había conquistado el Viejo Mundo, no se resignó a su exilio en la isla de Elba, en el que contaba con hasta un regimiento de Guardia propio a su servicio, sino que su ambición pudo con él y escapó burlando el control de la Royal Navy.

             Una serie de sucesos audaces y valerosos, muy arriesgados, llevaron al Emperador a recuperar rápidamente el control del ejército, descontento éste con la gestión borbónica y deseoso de recuperar la gloria que su General les había dado en el pasado. Así, una vez más, Luis XVIII se veía obligado a escapar de Paris, mientras un Bonaparte triunfante recuperaba su posición de Emperador, y las naciones europeas contemplaban horrorizadas como el conflicto volvía a estallar de nuevo.

             Una nueva coalición declaró rápidamente la guerra no ya a Francia, sino a la persona de Napoleón Bonaparte, mientras este contemplaba los mapas buscando el modo de eliminar a sus adversarios. Su enemigo más inmediato lo constituían los ejércitos británico, al mando de Wellington, y prusiano, bajo el control de Blücher, ambos en Bélgica, y el Emperador decidió acabar con ellos los primeros.

             Por su parte, ambos comandantes aliados se enteraron de los movimientos enemigos, y se prepararon para unir sus fuerzas, pero antes de que pudieran, la Grande Armée francesa se colocó entre los dos y se preparó para la batalla. Los planes de Napoleón incluían batir un ejército enemigo mientras que una parte de sus propias fuerzas distraían al otro. Así, el 16 de junio de 1815, el propio Bonapoarte se enfrentaba a Blücher en Ligny, mientras que el Mariscal Ney hacía lo propio con Wellington en la Batalla de Quatre Bras.

            El despliegue de Ney formó al grueso de su ejército para realizar un ataque frontal, que con cierto empeño culminó con ocupar las posiciones defendidas por los aliados de Wellington, una amalgama de tropas belgas, holandesas, brünswicknianas y finalmente británicas, que fueron derrotadas en la zona de los Bosques de Bossu, mientras que el cuerpo principal atacaba el centro enemigo, siendo rechazados por las casacas rojas. En uno de los enfrentamientos, en un intento de detener a la caballería enemiga, moriría el Duque de Brünswick al frente de sus jinetes. 

            Por su parte, con el rechazo de las tropas del centro, Ney preparó una carga masiva de caballería con los recién llegados coraceros del General Kellerman, quien acató la orden a regañadientes, lanzándose al frente de sus hombres contra los cuadros británicos.

             La carga de Kellerman, de hecho, logró llegar al cruce que dio nombre a la batalla, esto es Quatre Bras, pero fue deshecha al no poder mantener la posición por no contar con el apoyo de la infantería. Ney esperaba haber ganado tiempo para que llegara unos refuerzos que le habían prometido y que nunca llegaron, y su incapacidad táctica no le permitió adaptarse a la nueva situación.

             La retirada de los coraceros franceses coincidió con la llegada de los refuerzos británicos, y tras rechazar un nuevo ataque, fue Wellington quien decidió pasar a la ofensiva. Sin embargo, la noche comenzaba a caer, y aunque los británicos quedaron dueños del campo, no pudieron acudir en ayuda de Blücher en Ligny, donde Napoleón en persona aplastó con dureza a los prusianos.

             La derrota de Blücher hizo que el ejército prusiano se retirara, perseguido por una parte del ejército francés, produciéndose una nueva batalla. Sin embargo, los sucesos definitivos de la campaña se produjeron en la famosa batalla de Waterloo, poco después, donde las tropas de Wellington aguantaron las acometidas de Bonaparte hasta que la llegada prusiana impuso finalmente la batalla del lado de los aliados, obligando una vez más al Emperador a terminar exiliado, esta vez en Santa Elena, donde moriría tiempo después.

                La Batalla de La Albuera, 16 de mayo de 1811: Lord Beresford desplegó a sus tropas ocupando las alturas que se desarrollan desde La Albuera hacia el Sur, teniendo detrás la ribera de Valdesevilla y delante de la Chicapierna, dando frente al camino de Sevilla. Situó el ala izquierda y el centro detrás del pueblo, siguiendo un arco que partía de la ribera de La Albuera y extendiendo el ala derecha por las alturas de Grajera en dirección a Capela.

                El centro de la línea de batalla aliada estaba formada por la División de Steward, en la que combatían también tropas portuguesas del teniente general A. Luiz Fonseca. El pueblo de La Albuera quedó ocupado por la brigada ligera de Charles von Alten, perteneciente a la KGL. A Alten se le encargó la tarea de mantener la defensa de los puentes, misión para la que estaría apoyado por la caballería portuguesa al mando de Olwav, que formó a su retaguardia, así como por unas piezas artilleras, emplazadas detrás de la iglesia.

    El ala izquierda la constituían la División portugesa de Hamilton y la División de Cole, que llegaría al campo de batalla procedente del Sitio de Badajoz. El ala derecha, dando frente al camino real de Sevilla, estaba formada por las tropas españolas bajo el mando de Blake. Se desplegó en primera línea a la división de Ballesteros y a continuación la de Lardizábal. Detrás se situó en segunda línea la división de Zayas. A las tropas de Blake se unieron la de Castaños, mandados por el general Carlos de España, que se situaron a sus flancos.

    Al extremo del ala derecha se colocó la caballería española, también en dos líneas: la primera la de Castaños, al mando de Penne-Villemur, y la segunda la de Blake, a las órdenes del brigadier Loy y el coronel Manon. Al extremo del ala izquierda se desplegó la caballería británica bajo el mando del general William Lumley. Por último, de la División portuguesa de Hamilton se separó una brigada para formar la reserva del dispositivo aliado.

     El día 13 de mayo, se entrevistan en Valverde de Leganés el capitán del 5º Ejército Español, Castaños, y el general Beresford, del cuerpo angloportugués, para acordar un plan de batalla conjunto ante el avance de las tropas francesas del mariscal Soult en Extremadura; unos 20.000 infantes, 4.500 jinetes y 40 cañones.

     Los aliados acuerdan que Beresford será quien lidere su ejército al declinar el honor Castaños, por aportar este más tropas, en total reunen en La Albuera a 30.000 soldados, de los cuales 14.600 son españoles, y 3.600 jinetes, de ellos 1.700 anglolusos no han podido llegar, y 32 piezas de artillería de campaña.

     Los aliados toman posiciones, formando a la derecha, en el Almendral, las tropas hispanas del general Blake apoyadas por caballería. Los angloportugueses forman a la izquierda, entre los caminos de Valverde y Badajoz, con parte de su caballería. En el centro forman dos divisiones en primera línea y otra detrás, con la artillería. El pueblo de La Albuera, en el flanco derecho, es defendido por un destacamento inglés.

    La madrugada del día 16, los franceses avanzan a La Albuera, emplazando ya Soult una división de infantería, dos regimientos de dragones, y una batería de artillería ligera con la que cañonean el centro y la izquierda aliada, mientras la infantería carga entre los matorrales del río Nogales contra la derecha pretendiendo envolver a los aliados. Los aliados se percatan de la táctica y deciden maniobrar para reforzar su ala derecha, posicionándose allí las tropas españolas de Blake, entablándo una cruenta lucha contra las dos divisiones francesas, a cuyo apoyo Soult manda otra de reserva y la caballería mandada por Latour-Maubourg.

Tras una intensa lucha, Castaños envía al frente a todas las divisiones españolas, y un par de batallones, al mando del general Ballesteros, tratan de envolver a los franceses por su derecha, obligando a Soult a enviar allí el resto de sus reservas. Mientras, el ala derecha aliada, defendida por los españoles de Blake, comienza a ceder a los sucesivos asaltos franceses, quienes logran ocupar las lomas haciéndoles retroceder. Beresford envía en socorro de los hispanos a las divisones anglolusas de los generales Steward y Cole, contienen a los franceses, e inician un contraataque.

 Los lanceros polacos y los húsares franceses, aprovechando la densa humareda proveniente de las descargas de artillería y fusilería, logran rebasar el flanco derecho aliado y atacar la retaguardia de Steward, dispersando su división, apresando 800 soldados, su artillería y 3 banderas; una brigada británica sufrió un 80 % de bajas.

 El contraataque aliado es detenido, pero una parte de los jinetes franceses, eufóricos por su éxito, cargan contra las dos líneas aliadas del centro, siendo aniquilados por la infantería, y el resto es dispersado por la caballería española de Penne-Villemur. Soult ordena un segundo ataque, aproximándose ambos ejércitos hasta fusilarse apenas a 20 pasos de distancia. Beresford envía más fuerzas al frente, al negarse los hispanos a enviar más tropas, y los franceses vuelven a mandar todas sus reservas. Pero superados en número, los galos comienzan a ceder al ser diezmados.

 Finalmente, las brigadas de caballería de Harvey y Myers cargan contra el flanco enemigo, mientras la división española del general Zayas lo hace contra el centro. Los franceses se retiran en desbandada colina abajo, pero su caballería y artilllería impiden a los aliados perseguirles, terminando así la lucha tras cuatro horas de combate.

         

     Los aliados sufren en total 6.000 bajas, 4.300 de ellas inglesas y 1.400 españolas; entre ellos resultaron muertos los generales hispanos Velarde y Párraga, quedando heridos otros dos ingleses y un español. Los franceses tienen 8.000 bajas, entre ellas resultaron muertos los generales Pepin y Werlé, quedando heridos otros tres.

             Al día siguiente, 17 de mayo, ambos ejércitos permanecen uno frente a otro, pero al llegar la noche será Soult quien emprenda la retirada, llegando el 23 a Llerena, donde espera recibir refuerzos; la cruenta batalla de La Albuera no ha sido decisiva, aunque Wellington pedirá a Beresford que informe a Inglaterra como hubiera sido un triunfo.

            NOTA: El texto del anterior diorama fue realizado por don Miguel Abellán Gutiérrez.

            Trafalgar: A principios del siglo XIX, las monarquías europeas contemplaron con horror cómo la muchedumbre francesa se alzaba contra la Corona y decapitaba a su titular. Una serie de revoluciones culminaron con la llegada al poder de Napoleón Bonaparte, quien rápidamente cosechó una serie de victorias militares que desembocaron en las llamadas Guerras Napoleónicas. Varias coaliciones, formadas por el resto de países europeos, se enfrentaron al todopoderoso ejército francés al mando de su hábil Emperador, siendo derrotados una vez tras otra. Asentados sus dominios europeos, Napoleón Bonaparte giró su vista hacia el enemigo más invulnerable debido a la barrera natural que le ofrecía el Canal de la Mancha: Inglaterra.

 La Armada Real Británica o Royal Navy, principal baluarte en la defensa de la isla, era de las mejores, por no decir la mejor, de la época. Se regía por el sano principio de que en caso de duda siempre tendría la razón el oficial que dirigiera la proa de su navío contra el enemigo, y sus hombres eran duros y buenos navegantes. Además, contaba con destacamentos de Infantería de Marina que eran determinantes en los abordajes, y contaba con hábiles y diligentes mandos, como el famoso Horatio Nelson.

 Por su parte, la flota francesa era incapaz por número y preparación de enfrentarse en solitario a tamaño enemigo, por lo que Napoleón Bonaparte pospuso la búsqueda del enfrentamiento hasta que las condiciones fueran más favorables. Sin embargo, la influencia francesa en España ofreció la posibilidad que desde Paris se buscaba. Enemiga también tradicional de Inglaterra, la Armada Real Española se componía de una flota de gran tamaño construida con maderas del Arsenal de La Habana, y se conformaba de tripulantes adiestrados y una oficialidad competente, aunque no así por desgracia algunos de sus almirantes. Sea como fuere, como el mando de la escuadra recayó en manos francesas, poco importaría la capacidad o incapacidad de los oficiales de la Armada Real.

 

            Existían básicamente dos sistemas de entablar batalla haciendo uso de la artillería. El primero de ellos era aprovechar el balanceo provocado por el oleaje y esperar a que el costado del buque permitiera un ángulo de disparo que dirigiera la andanada contra el velamen del adversario. Cuando esto ocurría, se disparaba la batería entera y se procuraba destruir su arboladura, con el fin de inmovilizarlo y de ese modo hacerse con él. En ocasiones se lograba romper incluso alguno de los principales palos, que caían sobre la cubierta y al agua, deteniendo en seco el barco atacado y dejándole a merced de su adversario.

     Por el contra, el segundo sistema era bastante más convencional. Consistía en abrir fuego directamente contra el casco del buque enemigo, con la intención de abrirle una vía de agua y hundirlo. Era esta una tarea complicada, debido al grosor que alcanzaban los costados de los barcos de la época, que en ocasiones eran apenas astillados por el disparo de las piezas de menor calibre. El desarrollo posterior de artillería de mayor tamaño permitió el desarrollo en mayor medida de este sistema a largo plazo, pero ello sería bastante más adelante, y pocos barcos de la época se perdieron de este modo.

     Por supuesto, además del intercambio de bocas de fuego, existía un sistema bastante más primitivo y convencional para entablar batalla: el abordaje. Aunque efectivo, un abordaje era una maniobra arriesgada, no sólo por el hecho de que ambos buques debían aproximarse mucho y aprehenderse mediante cabos, sino que además podía darse el caso de que la fuerza atacante fracasara en su misión y pasara a ser defensora. Además, existía el caso de que al hundirse el buque abordado arrastrase con él al atacante, aunque se solían tener hachas preparadas para cortar los cabos en caso de producirse esa eventualidad.

 El abordaje comenzaba con una andanada de baterías que barría la cubierta del buque enemigo, con el fin de mermar su fuerza y obligarle a enfrentarse en posición de inferioridad. El fuego era combinado con el uso de carronadas, pequeños cañones diseñados para disparar desde posiciones ventajosas contra el adversario, al tiempo que la infantería de marina, si la había por tenerla el país en conflicto, cubría la operación con disparos de mosquete. A continuación, las partidas de abordaje se lanzaban al asalto aprovechando el uso de garfios con los que enganchaban el buque asaltado y se entablaba un duro combate cuerpo a cuerpo hasta que uno de los dos bandos se imponía al otro. Se capturaron multitud de barcos con este sangriento sistema.

 El diorama en sí refleja un enfrentamiento ambientado en una parte de la famosa batalla de Trafalgar.

Representa un segmento de la escuadra franco española con varios navíos de dos puentes y algunas fragatas, a los que se une el famoso “Santísima Trinidad”, el mayor navío de la época, con 136 cañones y cuatro cubiertas (la cuarta es discutible según la fuente, ya que es una “sobrecubierta” un tanto especial, y el dato de la artillería en otras fuentes data de 120 cañones), que se enfrenta a una homóloga británica.

 En lo referente a la escuadra inglesa, el mayor buque representado es un navío de tres puentes, el “Victory”, de larga tradición en la Royal Navy. Junto a él navegan otros navíos de línea de dos puentes y varias fragatas, manteniendo la formación en línea característica de la época y de la guerra naval en general, de modo que se facilite el mantenimiento de la formación y las comunicaciones.

 Durante el enfrentamiento de la mencionada Batalla de Trafalgar, la flota británica, comandada por el almirante Nelson, realizó una agresiva maniobra, aprovechando su mayor maniobrabilidad y la ventaja del viento, cortando en dos la fuerza franco española, parte de la cuál trató de escapar, con resultados infructuosos, del enfrentamiento, logrando los ingleses una ventajosa victoria que les dio el dominio definitivo de los mares.

La Batalla de Wad-Ras, 23 de marzo de 1860:

                “Soldados, vamos a cumplir una noble y gloriosa misión. El pabellón español ha sido ultrajado por los marroquíes, y la Reina y la Patria confían a vuestra labor el hacer conocer a ese pueblo semibárbaro que no se ofende impunemente a la nación española.”

                                                                                              Leopoldo O´Donnell, Presidente del Gobierno.

         El 10 de agosto de 1859 se producía el incidente del ataque de Santa Clara, en el que un grupo de marroquíes de la Cábila de Anyera asaltarían un puesto defensivo que protegía las obras de construcción del perímetro de Ceuta, destruyendo varios postes con el escudo del Reino de España y defecando en ellos. Aunque la piratería berberisca y los continuos hostigamientos por parte de las cábilas circundantes de Ceuta contra la propia ciudad fueron los principales causantes de la intervención española en el Norte de África, lo cierto es que tradicionalmente se considera este incidente en el puesto de Santa Clara como el detonante de la guerra.

             Las gestiones diplomáticas se demostraron infructuosas al no llegar ambos países a un acuerdo, y finalmente la paciencia española acabó por torcerse e imponer al Señor de los Creyentes (título ostentado por el Sultán de Marruecos) un ultimátum en el que se pedían compensaciones por la ofensa sufrida por la actuación de los de Anyera. El plazo expiró el día 22 de octubre, y finalmente el Congreso de los Diputados votó unánimemente la declaración del Estado de Guerra con el Imperio Alauita. Dos días después dicha declaración se hacía oficial para el gobierno del Sultán.

                                “¡Soldados! ¡Vosotros podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras, pero no podéis abandonar esta bandera porque es de la Patria! Yo voy meterme con ella en las filas  enemigas. ¿Dejaréis que este estandarte de España caiga en poder del enemigo?¿Dejaréis morir solo a vuestro general?”

                                                                                                               General Prim, batalla de Los Castillejos.

             En noviembre desembarcaban en Ceuta las primeras unidades del cuerpo expedicionario como tal, aunque varios regimientos llevaban tiempo emplazándose en previsión de la ruptura de las hostilidades y para proteger la ciudad, que había estado sufriendo asaltos mientras se llevaban a cabo las gestiones diplomáticas, y bajo el mando del General Prim.

             Los avances dieron como resultado los primeros enfrentamientos serios en Sierra Bullones, donde las fuerzas locales marroquíes fueron derrotadas, mientras que en Ceuta seguían desembarcando refuerzos. Por su parte, Muley-el-Abbas, general en jefe marroquí, y hermano del Sultán, desplazaba a sus fuerzas hacia Ceuta y se preparaba para atacar.

         

             Varios ataques de las fuerzas alauitas fueron rechazados, mientras los ingenieros terminaban de preparar la carretera de avance a Tetuán y terminaba de desembarcar el ejército español, sufriendo varias epidemias. A primeros de 1860, se iniciaba el avance en territorio marroquí.

             Los avances españoles implicaron varias batallas, todas ellas victorias sobre un enemigo feroz y combativo, pero que no pudo superar la disciplina europea, de las que las más famosas fueron Guad El Jelú o Río Martín, donde el Regimiento de Cantabria destacó por su disciplina aguantando en solitario varios ataques enemigos en masa, o la de los Castillejos, donde se puso en fuga al enemigo tras una serie de choques cerrados. El día 4 de febrero 40.000 marroquíes se lanzaban contra las tropas de la Reina y eran rechazados delante de Tetuán, rindiéndose la plaza y quedando en manos españolas el día 6 de febrero de 1860.      

            “Nunca hemos visto tantos moros juntos: nunca se han presentado masas tan numerosas y tan compactas: nunca han combatido con tanto valor, nunca con tanta inteligencia.”

                                                                Pedro Antonio de Alarcón, Diario de un Testigo de la Guerra de África

             El 23 de marzo de 1860, las fuerzas españolas reanudaban el avance cuando se recibió el fuego de los hostigadores enemigos. Daba comienzo la batalla de Wad-Ras. Rápidamente, el General Ríos ordenaba un ataque contra las alturas de Samsá, asaltando después el monte que daría nombre a la batalla, el propio Wad-Ras. Un contraataque enemigo que pretendía dividir las tropas españolas fue rechazado con fuertes pérdidas para los atacantes, mientras que las fuerzas alauitas se reagrupaban y trataban ahora de envolver los flancos, adoptando una formación de media luna y desplegando abundante caballería, al tiempo que los Voluntarios Catalanes cruzaban el río y casi eran aplastados debido al alto número de bajas en cuerpo a cuerpo, hasta que fueron auxiliados por el General Hediger y se aseguró la posición.

             Para las dos de la tarde, el frente se había estabilizado y se recuperaban formaciones y avances, cruzando el río el segundo Cuerpo de Ejército. Prim y sus fuerzas ocuparon el aduar de Amsal, incendiándolo y desalojando al enemigo, pero las tropas marroquíes, también reagrupadas, volvieron a la carga, intentando aislar a las unidades de Prim. Serían rechazados por las tropas de Ros de Olano, y de nuevo quedó estabilizado el frente, circunstancia que aprovechó el General O´Donnell (quien además era el Presidente del Gobierno) para ordenar un ataque general, que culminó con la desbandada marroquí.

             Cuando el humo se dispersó, los cuerpos de 137 muertos yacían dispersos por el campo de batalla. Otros 1125 estaban heridos. Por su parte, las bajas de los seguidores del Sultán se contaban por centenares, contabilizando más de mil. Los heridos superaban con creces esas cifras. La capacidad combativa de los marroquíes había dejado de existir, y poco después se firmaría la rendición.

             Como gesto de victoria, las victoriosas tropas españolas entregaron las piezas de artillería capturadas en la batalla a la fundición de Sevilla, que en 1872 las convertiría en los leones que actualmente custodian la puerta principal del Congreso de los Diputados, bajo el nombre de Daoiz y Velarde, en honor a los oficiales de artillería que el dos de mayo de 1808 suministraron armas al pueblo de Madrid en su lucha contra los invasores de la Francia Napoleónica.

            El estandarte de los Reyes Católicos: Aunque en este caso se rompía el orden cronológico por cuestiones de espacio, el siguiente elemento que podía observar el visitante era el Estandarte de los Reyes Católicos, símbolo de la unificación española y primera vez que todo el territorio de lo que hoy se considera España se encontraba unido bajo un mismo gobierno, aunque Isabel seguía siendo reina de Castilla y Fernando era rey de Aragón, conservando cada uno de los reinos sus propias instituciones, aunque reconociendo el poder de cada rey consorte en cada uno de los territorios. Así, por ejemplo, Cristóbal Colón descubre América en nombre de Castilla, mientras que las guerras de Italia son en nombre de Aragón, aunque en ambos casos los dos reinos sean partícipes. También de esta época es la creación de la Santa Hermandad, el origen de la policía española, que fue la primera institución con poderes policiales en todo el territorio de ambos reinos.

            En lo que a la simbología se refiere, los castillos representan al Reino de Castilla, mientras que los leones representan al Reino de León. En ambos casos la corona se unificaba en Isabel la Católica. En el otro apartado, por un lado tenemos las barras doradas y rojas del Reino de Aragón (que no de Cataluña), símbolo cuyo origen procede de un regalo pontificio a la monarquía aragonesa, y que fue ya utilizado en su día en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, mientras que la otra parte del estandarte, con las águilas, representa al reino de las Dos Sicilias, del que Fernando el Católico ya era rey antes de casarse con Isabel, quien por aquél entonces sólo era Princesa de Asturias, como heredera de la Corona de Castilla.

            Batalla de Vicksburg, 1863: La Campaña de Vicksburg fue una serie de batallas y maniobras de la Guerra de Secesión realizadas contra dicha ciudad, una fortaleza que dominaba parte del y que se encontraba en poder de las tropas sudistas.

            El Ejército del Tennessee, bajo el mando del General Ulysses S. Grant debía capturar la fortaleza, enfrentándose a los aguerridos soldados del teniente general John Pemberton para así poder hacerse con el control del río.

La campaña conllevó una serie de acciones navales de relativa importancia, intentos de asalto fallidos y once batallas que tuvieron lugar entre el 26 de diciembre de 1862 y el 4 de julio de 1863.

El General Grant era consciente de que debía conseguir mantener a los sudistas aferrados a su terreno, y así evitar que retomasen la iniciativa en la guerra presionándolos con ataques federales en su frente. La consecuencia directa de esta forma de actuar fue la campaña de Vicksburg. Esta era una ciudad fortificada con un gran valor estratégico, ya que permitía controlar una parte crucial del río junto al que se había erigido. Precisamente, esta cercanía del Missisipi a la ciudad, permitió que diversas unidades navales tomasen parte en las operaciones militares. 

Vicksburg tenía una gran importancia para el ejército del Sur. En un momento en el que la guerra no marchaba especialmente bien para los soldados de gris, se antojaba fundamental para su supervivencia mantener la ciudad fortaleza. De hecho, era un punto de equilibrio para las posiciones confederadas, si se perdía, podía desestabilizarse todo el frente en la zona. El asedio a la ciudad fue una campaña dura y de desgaste. En los últimos días de 1862 Sherman ya se había estrellado contra sus muros, en gran medida debido a que los confederados cortaron su línea de abastecimiento y el asedio se volvió imposible para los nordistas.

Una de las ventajas que presentaba la ciudad para su defensa, además del hecho de estar fortificada, era que el río, en la zona en la que bordeaba con la ciudad, presentaba un meandro en forma de herradura que delimitaba una zona de media milla de superficie, lo que dificultaba en gran medida el acceso a la misma. Junto a ello, la orografía del terreno, con pendientes muy pronunciadas, favorecía en gran medida la colocación de baterías de artillería que cubrieran una gran extensión de terreno con sus letales descargas.

El 26 de junio de 1863, Grant decidió enviar una nada despreciable flota con más de treinta navíos de toda clase a bombardear la ciudad para tratar de afectar a sus defensas. Durante dos días, los cañones que defendían la ciudad estuvieron respondiendo al fuego de las embarcaciones nordistas. Por fin, estas debieron ceder y retirarse sin lograr su objetivo, Vicksburg todavía tenía mucho que decir.

A pesar de las bajas que seguían sufriendo, los defensores no se daban por vencidos y luchaban con uñas y dientes. Por su parte, Grant veía que el asedio estaba saliendo muy caro en términos de bajas y material y empezaba a impacientarse. Por ello, tomó la determinación de asestar el golpe de gracia a la fortaleza. Tras ocupar Jackson, a 30 millas de Vicksburg (unos 50 kilómetros), Grant se apoderó de la única vía férrea que llegaba al bastión del Mississippi, evitando así que los confederados enviasen refuerzos a la maltrecha guarnición.

A mediados de mayo de 1863 Grant decidió, quizás de forma demasiado impulsiva, lanzar una serie de cargas contra la línea de trincheras sudista que fueron recibidas con un nutrido fuego de mosquetería. Incluso el propio Grant estuvo a punto de ser alcanzado por las descargas de los defensores. Tras esta impetuosa acción por parte de los soldados de azul, la situación se fue estabilizando poco a poco, y los nordistas empezaron a ganar, palmo a palmo, solo con mucho sudor y derramamiento de mucha sangre, el terreno que rodeaba la ciudad.

El 3 de julio, tras cerca de 60 días de combates ininterrumpidos, con los defensores cada vez más debilitados por las bajas, el hambre y la deserción de muchos de sus efectivos, Pemberton, que contaba todavía con casi 40.000 hombres en sus filas, si bien no todos en condiciones de seguir combatiendo, decidió negociar la rendición de la plaza.

Un día después, cumpliendo el acuerdo rubricado por los comandantes de ambos contingentes, los supervivientes confederados abandonaban la ciudad tras ser desarmados. Vicksburg había caído. Además de la inyección de moral en todo el Norte y de la satisfacción personal por la victoria, Grant logró capturar cerca de 170 piezas de artillería y más de 50.000 fusiles que pasarían a engrosar el arsenal del ejército federal.

Sin duda, la de Vicksburg fue una cruenta campaña en la que ambos bandos mostraron tenacidad y arrojo, y que demostró una vez más que, a pesar de la fiereza y determinación de los defensores, una fortaleza asediada de forma adecuada tarde o temprano acaba siendo conquistada.

NOTA: El texto explicativo del anterior diorama fue escrito por don Miguel Abellán Gutiérrez.

Uniforme del Ejército Federal: Junto al diorama sobre la Guerra de Secesión se exponía una reproducción de un uniforme de oficial del Ejército Federal o de la Unión (el bando del Norte, antiesclavista), cuya característica principal es el color azul, mientras que sus homólogos de la Confederación o sudistas vestían en general de gris. Los oficiales vestían guerreras con doble abotonadura, mientras que la tropa usaba una sola fila de botones para su uniforme.

La Guerra Zulú de 1879: Batalla de Ulundi, 4 de julio de 1879: En 1877, Sir Henry Bartle Edward Frere, el recién nombrado Gobernador de la Colonia del Cabo, llegaba a la propia Ciudad del Cabo con una nueva idea de expansión para los dominios británicos en la zona, promocionada a través de la Secretaría de Estado para las Colonias, consistente en la creación de una Confederación de Estados en la zona de Sudáfrica que, por supuesto, serían todos leales a la Gran Bretaña.

    

Hacia noviembre de 1878, los preparativos británicos avanzaban a buen ritmo, pero seguía siendo necesaria una excusa de carácter grave para involucrar una autorización, al menos tácita, de la metrópoli, por lo que Frere se valió de cruces ilegales que los zulúes hacían a lo largo de la frontera (en ocasiones por razones como pudiera ser perseguir a delincuentes y fugitivos, pero Londres jamás fue informado de las circunstancias), y el día 11 de diciembre presentó un ultimátum al Rey Zulú Cetshwayo, que no se cumplió.

Los zulúes, por su parte, habían partido de Ulundi tras escuchar las palabras de su rey, y se aproximaban hacia la posición de Chelmsford. El 21 de enero, un grupo de reconocimiento del NNC, se encontró en la Garganta de Mangeni con una fuerza enemiga de unos 1.000 guerreros que obstaculizaban su avance, y lo comunicó de inmediato a su superior.

Chelmsford dirigió una fuerza de apoyo en la mañana del día 22, al tiempo que ordenaba a Durnford que acudiera a Isandlwana a apoyar a las fuerzas que quedaban allí estacionadas. Quedaba, pues, la columna británica, ajena a la tormenta que se avecinaba.

El campamento de Isandlwana quedó bajo el mando del Coronel Pulleine, totalizando más de 1700 hombres las tropas agrupadas en el campamento. Cuando una patrulla de caballería se topó con los zulúes, estos se lanzaron a atacar. De los 1700 hombres que había en el campamento sólo sobrevivieron 60 blancos (ni uno de ellos del 24º Regimiento) y 400 negros. Posteriormente los zulúes tratarían de tomar la misión de Rorke´s Drift, pero la guarnición logró defender la posición.

Mientras todos esos acontecimientos se desarrollaban en el campamento de la Columna Central, había tenido lugar horas antes la primera batalla seria de la guerra, la cción de Nyezane, donde el coronel Pearson logró vencer un impi de 6000 guerreros.

Los acontecimientos sucedidos en la batalla de Isandlwana se expandieron rápidamente a toda la población de Natal, y una oleada de pánico se apoderó de la sociedad colonia, que buscó refugio en los mayores ciudades de la zona. Londres por su parte envió refuerzos. A las unidades desplegadas en Sudáfrica se les unieron seis batallones de infantería, dos regimientos de caballería y varias baterías de artillería, entre ellas una dotada con ametralladoras Gatling. Pero todo ello tardaría en llegar, y mientras tanto las dos columnas restantes aguardaban. La del Coronel Pearson se fortificó en la misión de Eshowe, donde esperó un ataque que nunca se produjo, puesto que los zulúes decidieron asediar la posición.

Por su parte, las noticias de la derrota británica también recorrieron el Transvaal (República Bóer bajo control británico), y las noticias de movimiento secesionistas tuvieron como consecuencia inmediata el envío de parte de la columna del Coronel Rowlands, una de las dos de reserva, a asegurar la supremacía del control británico. Se dejó una guarnición del 80º Regimientos de Infantería y se enviaron tropas montadas a reforzar la columna de Wood. El 12 de marzo de 1879 una compañía del 80º Regimiento había acampado junto a un vado del río Ntombe cuando fue asaltada por la noche por un millar de guerreros zulúes, quienes aplastaron el campamento, y un ataque de Wood con caballería contra el monte Hlobane también terminó en desastre.

Los sucesos acontecidos en Hlobane pusieron en alerta a Wood, quien inmediatamente terminó de fortificar su campamento en Khambula. Poco después de desayunar, el 29 de marzo por la mañana, se presentaban los 20.000 guerreros del impi, reforzados con gran cantidad de guerreros Qulusi locales. Wood hizo salir a Buller y a sus hombres para que abrieran fuego contra una parte del ejército zulú, y de ese modo evitar que le asaltaran a la vez los cuernos y el pecho. El resultado fue  que el primero de los cuernos fue rechazado con fuertes pérdidas, y el otro cuerno y el pecho no lograron atacar a tiempo, de modo que Wood pudo desmantelar un asalto tras otro.

Lord Chelmsford, por su parte, dispuso un contingente que partió desde el Sur, con la intención de liberar la columna de Pearson, que todavía continuaba sitiada en Eshowe. Los zulúes que sitiaban la posición no iban a permitir semejante  operación sin presentar batalla, y así, el 2 de abril atacaban a la columna de rescate, que se atrincheró en el reducto de Gingindlovu, donde rechazó los ataques de unos 10 ó 12.000 guerreros enemigos, derrotándoles y liberando a los hombres de Pearson al día siguiente.

Liberada la posición de Eshowe, y derrotado el ejército zulú en dos ocasiones, Lord Chelmsford decidió reiniciar las operaciones y reemprender la conquista del país de Cetshwayo. El rey zulú, por su parte, había enviado emisarios de paz, pero una victoria diplomática no era una opción para el mando británico. Reiniciada la ofensiva, en una emboscada falleció el príncipe imperial francés en el exilio, Luis Napoleón, heredero del trono de los Bonaparte, que estaba agregado como observador en la campaña. Este suceso provocó un nuevo cisma contra Lord Chelmsford por las repercusiones internacionales y de desprestigio que tuvo el lamentable suceso.

La decisiva batalla buscada por Lord Chelmsford tendría lugar el 4 de julio de 1879, cuando la Segunda División (que seguía la ruta de la antigua columna central y de hecho integraba parte de ella) y la Columna Volante (la antigua columna de Wood, reforzada con parte del 80º Regimiento y con los dos regimientos de caballería, el 17º de Lanceros y el 1º de Guardias de Dragones, así como con  la batería 11/7 de ametralladoras Gatling) se unieron camino de Ulundi y emprendieron rumbo a la capital zulú. Tras pasar la noche en un campamento fortificado junto al río, ambas fuerzas cruzaron hacia el kraal principal y fueron atacadas por lo que quedaba del impi zulú. Más de 20.000 guerreros, venidos de todo el reino para la última batalla, acudieron a inmolar sus vidas ante el disciplinado fuego de fusilería británico y el atronador estruendo de cañones y ametralladoras. Poco después, los zulúes en desbandada eran perseguidos por el 17º de Lanceros, poniendo final a la campaña zulú.

Uniforme del 17º de Lanceros: El 17º de Lanceros (del Duque de Cambridge) fue uno de los regimientos de caballería más famosos de las unidades montadas británicas, en especial en la época colonial, donde destacó durante la Campaña Zulú. Concebido originalmente como Regimiento de Dragones Ligeros, pasadas las Guerras Napoléonicas se les equipó con lanzas, participando así durante la famosa Carga de la Brigada Ligera, durante la Batalla de Balaclava, en 1854, en que lució su pechera de color blanco. Posteriormente, durante las guerras coloniales, se utilizó la tunic de media gala, pero con la pechera vuelta, llevando todo el uniforme de color azul, y posteriormente pasaría al color caqui, en su unificación con el 21º de Lanceros, tras la batalla de Omdurmán.

Uniforme de los Royal Marines: Era costumbre en las guerras coloniales del siglo XIX que los buques de guerra que se encontraran en los teatros de operaciones desembarcaran pequeños contingentes de marinería, a los que se unía la propia Infantería de Marina, recibiendo el pomposo nombre de "Brigadas Navales". Por supuesto, en la mayoría de ocasiones, estos contingentes operaban en las zonas costeras de las campañas, aunque a veces se adentraban en el territorio enemigo. Las Guerras Zulúes no fueron una excepción al respecto, y aparte de emplazarse en posiciones defensivas a lo largo de la frontera, un contingente se unió a la Columna de Pearson, combatiendo en la batalla de Nyezane, donde su ametralladora Gatling fue decisiva, y otro contingente participó en la batalla de Gingindlovu, con la acción destacada de sus tubos lanzacohetes.

        La Batalla de Santiago de Cuba, 1898: Los sucesos desencadenados alrededor de la fortaleza de Santiago y la Batalla de San Juan, en que las tropas norteamericanas tomaron las alturas que rodean la ciudad cubana, instaron a Cervera, vistas las noticias de que la fortaleza caería pronto, a levar anclas y a tratar de forzar el bloqueo. En efecto, serían las 08:00 de la mañana cuando se ordenó zafarrancho de combate, y las dotaciones, vestidas de uniforme de gala, formaron para escuchar las palabras de su almirante, las siguientes:

     “¡Dotaciones de mi escuadra!

     Ha llegado el momento solemne de lanzarse a la pelea. Así nos lo exige el sagrado nombre de España y el honor de su bandera gloriosa. He querido que asistáis conmigo a esta cita con el enemigo luciendo el uniforme de gala.

    Sé que os extraña esta orden, porque es impropia en combate, pero es la ropa que vestimos los marinos de España en las grandes solemnidades, y no creo que haya momento más solemne en la vida de un soldado que aquél en que se muere por la Patria.

    El enemigo codicia nuestros viejos y gloriosos cascos. Para ello ha enviado contra nosotros todo el poderío de su joven escuadra. Pero sólo las astillas de nuestras naves podrá tomar, y sólo podrá arrebatarnos nuestras armas cuando, cadáveres ya, flotemos en esta agua, que han sido y son de España.

 

         

    ¡Hijos míos! El enemigo nos aventaja en fuerzas, pero no nos iguala en valor.

    ¡Clavad la bandera y ni un solo navío prisionero!

    Dotación de mi escuadra: ¡Viva siempre España!

    ¡Zafarrancho de combate y que el Señor acoja nuestra almas!”

     Poco después, la flota española, con el buque insignia, el Crucero Acorazado Infanta Maria Teresa en cabeza, ponía rumbo a la salida de la bahía, donde la moderna flota norteamericana aguardaba. Ésta, de hecho, había realizado su relevo en el bloqueo hacía poco, de modo que una parte de la escuadra se encontraba de camino a su base, en Cayo Hueso. Sin embargo, ante la noticia de la salida española, pronto darían media vuelta para unirse al combate.

     Por su parte, el Infanta María Teresa puso rumbo hacia el primero de los acorazados americanos, con la intención de embestirle si era posible y sobre todo de atraer sobre sí todo el fuego enemigo, de modo que el resto de la escuadra tuviese una oportunidad de escapar. Pronto la superioridad de las armas americanas se impuso y la insignia española fue desmantelada, iniciándose la persecución del resto de la escuadra.

     Uno a uno, los buques españoles eran alcanzados por las modernas baterías americanas, mientras que el resto de su escuadra se unía a la persecución y cazaba al Cristóbal Colón, el último de la escuadra en ser destruido, un crucero acorazado que ni tan siquiera tenía instalado su armamento principal, y que casi logró escapar, hasta que el uso de cabrón de mala calidad retrasó su velocidad y fue alcanzado por sus perseguidores.

     El precio para la US Navy por destruir la flota española fue de dos muertos.

        Los Dioramas del Museo de la Brigada Paracaidista: A continuación, el visitante podía contemplar una muestra de los dioramas que en anteriores ediciones fueron donadas por parte de algunos de los participantes de los certámenes en fechas previas, y que incluían diversas escenas de operaciones de la Brigada Paracaidista a lo largo de su historia, destacando especialmente la de la Guardia del Cristo, un espectacular diorama que se entregó el propio año en que la Unidad de Estrategia y Operaciones realizó la exposición.

        Completaba la parte de la exposición de la propia Brigada Paracaidista incluía su tradicional símbolo, el águila con las alas semiextendidas, así como varios dioramas que exponían trajes de salto, uno de ellos especialmente espectacular que era el de Salto de Altura. Además, se añadían diversos guiones y banderines, y el propio estandarte de la Brigada Paracaidista.

        Ofensiva alemana de 1918: Batalla de Amiens, 8 de agosto a 3 de septiembre de 1918:  La entrada de los Estados Unidos de América en la I Guerra Mundial tras el hundimiento del “Lusitania” supuso para la Alemania del Káiser la necesidad de un cambio de estrategia. En efecto, aunque faltas de experiencia, las fuerzas armadas norteamericanas y el poder industrial de aquella nación suponían un desequilibrio completo en el Frente Occidental, por lo que el Alto Mando germánico planeó una ofensiva que lograr minar la moral de los aliados y lograr así unas condiciones de paz ciertamente más ventajosas para el Imperio.

            Esta nueva ofensiva penetró profundamente en varios puntos del frente, a medida que la sorpresa permitía a los alemanes ganar posiciones. Sin embargo, los norteamericanos pusieron rápidamente en acción alrededor de un millón de hombres, que aunque sin experiencia en combate servían para cubrir los huecos dejados por los agotados aliados occidentales de la Entente Cordial.

             El parón realizado finalmente en las ofensivas enemigas acabó por llevar a la conclusión lógica de iniciar los consiguientes contraataques en los diferentes sectores ocupados, y uno de ellos fue el área de Amiens.

         La batalla fue la segunda ofensiva de los aliados en 1918, planeada para recuperar el terreno que los alemanes habían ganado hacia Amiens con la gran ofensiva de marzo, y desde el cuál podían bombardear la línea de ferrocarril hacia Paris.

             El ataque principal correría a cargo del 4º Ejército del General Rawlins, compuesto por 17 Divisiones que incluían estadounidenses, canadienses, australianos y, por supuesto, británicos. El 8 de agosto se iniciaban las operaciones sobre un frente de avance de 16 kilómetros, encontrándose con las defensas que formaban las exhaustas 20 divisiones alemanas de Von der Marwitz y de Von Hujier, que apenas ofrecieron resistencia, por lo que en unas dos horas se habían hecho 16.000 prisioneros. Al anochecer, habían penetrado 15 kilómetros en el área enemiga.

             Los combates de mayor intensidad comenzaron por darse en el sector de Villiers Brettoneux, donde los australianos llevaron el peso de la ofensiva. Sin embargo, para el 10 de agosto el Ejército Francés de Humbert se unía desde el Sur, mientras que los 1º y 3º Ejércitos Británicos hacían lo propio 11 días después. 

            Las fuerzas de Ludendorff se vieron obligadas a retirarse a la Línea Hindenburg el 3 de septiembre, con unas 75.000 bajas a cambio de 46.000 causadas al enemigo.

        Uniforme del Ejército Británico: Aunque no pertenecía expresamente a la época tratada por el diorama, esto es, la Gran Guerra, el uniforme del ejército británico varió poco en especial en lo que a la coloración, siendo su principal modificación la apertura del cuello de la guerrera, siendo en la I Guerra Mundial de cuello cerrado, y en la Segunda Guerra Mundial, de cuello abierto con corbata.

        El ejército británico, uno de los más profesionales y con más tradición del mundo, se caracterizó por la importancia y simbología en los emblemas de los diferentes regimientos que lo componían. Aunque varios de estos regimientos fueron unificados, los símbolos de los mismos en la abotonadura, por ejemplo, se mantuvo, así como el nombre tradicional de las unidades en cuestión. El clásico cinturón Sam-Brown con correaje cruzado que se empezó a utilizar a principios del siglo XX, en las postrimerías de las guerras coloniales, y que fue utilizado por gran cantidad de ejércitos del mundo (norteamericano, español...), se mantuvo hasta pasada la Segunda Guerra Mundial, siendo uno de los símbolos de la uniformidad británica.

        Túnez, 1943: Noviembre de 1942-Junio de 1943: La llegada de nuevas fuerzas americanas con el General Patton, unidas a la victoria británica en El Alamein, dieron como resultado en el Norte de África una filosofía de retirarse y “salvar lo que se pueda” por parte de los mandos del Afrika Korps. A ello se unía la falta total de suministros gracias al esfuerzo británico en Malta , cuya población aguantó lo indecible por mantener operativa la isla.

             El 11 de noviembre, mientras Rommel se retiraba tras El Alamein, tropas británicas, americanas y de la Francia Libre, bajo el mando conjunto del General Eisenhower, habían desembarcado en la zona francesa de África del Noroeste. Así, alemanes e italianos se propusieron ocupar en seguida Túnez para proteger la retaguardia de Rommel y frustrar las ambiciones aliadas en el Norte de África. 

            El alemán Von Arnim y el comandante en jefe, al menos de forma nominal, del Eje en Túnez, el General italiano Messe, reunieron rápidamente una gran fuerza, preparándose para la acometida enemiga, que llegaba en forma del 1º Ejército Británico, bajo el mando del General Anderson, que cuando estaba a 20 kilómetros de la capital que da nombre a la región fue rechazado por un contundente contraataque el 28 de noviembre.

             A primeros de febrero de 1943, Rommel y el resto del Afrika Korps se replegaron hasta la Línea Mareth, desde donde el 14 de febrero volvían a adoptar una actitud agresiva y lanzaban un ataque en Kasserine Pass, donde barrieron una fuerza norteamericana, matando a más de 5000 soldados enemigos. Sin embargo, para el 22 de febrero Rommel volvía a estar en retirada, y para el 26 de marzo, Montgomery  y su famoso VIII Ejército rompía la línea Mareth, conectando en abril ambas fuerzas desembarcadas y asumiendo el control del Norte de África el General Británico Alexander.

             Desde ese momento, la ofensiva pasó a manos aliadas, atacando el VIII Ejército Sfax el 10 de abril, para continuar dos días después con Susa, mientras que el XI Cuerpo de Ejército estadounidense, bajo el mando del General Bradley, tomaba Bizerta el 7 de mayo.

             La toma de Túnez en mayo de 1943 por la 7º División Blindada Británica supuso, unida a la superioridad aérea aliada, el embolsamiento de las últimas unidades del Eje en el Norte de África, terminando la batalla el 13 de mayo, con 40.000 bajas y más de 267.000 prisioneros entre alemanes e italianos, a costa de unas 50.000 bajas aliados.

             Desmoralizados por los continuos e impunes ataques aliados, el resto de guarniciones del Eje se fueron rindiendo entre el 30 de mayo y el 13 de junio, poniéndose fin a la campaña.

         Uniforme de la Wehrmacht: Las fuerzas armadas que lucharon en defensa del III Reich de Adolf Hitler se componía de tres elementos principales: La Kriegsmarine era la flota de guerra, la Luftwaffe era la fuerza aérea y la Wehrmacht era el ejército de tierra. Además de esas fuerzas armadas, la elite y las unidades más famosas y políticas eran las llamadas SS.

        El uniforme de la Wehrmacht terminó variando en función del año del conflicto y del teatro de operaciones, aunque la versión más famosa siempre fue el color gris, que era el que se exponía.

 

         

        Campaña del Pacífico: Preparación de Asalto Anfibio aliado, 1944: La disyuntiva Nimitz-Mac Arthur: Tras la derrota japonesa a manos de la US Navy en la Batalla de Midway y los combates que rodearon la zona de Guadalcanal y las islas Salomón, se impuso en el Alto Mando Norteamericano una discusión sobre el mejor modo de continuar las operaciones y reemprender la ofensiva contra el Japón.

            La primera de las teorías provenía del General Douglas Mac Arthur, quien abogaba por la idea de ir “saltando” de isla en isla, desde Nueva Guinea a las Filipinas y desde allí al propio Japón. Existía en el corazón de este hombre un motivo personal de reconquistar cuanto antes las Filipinas, y era la famosa promesa que hizo cuando tuvo que evacuarlas: “Volveré”.

            De mentalidad bastante más práctica y menos sentimentalista, el artífice de Midway, el almirante Chester W. Nimitz, abogaba por un ataque directo contra las islas Marianas, de modo que se avanzara hasta el corazón mismo del Imperio del Sol Naciente. Sin embargo, la influencia de Mac Arthur fue superior, e inicialmente se decidió el ataque de isla por isla.

            La lentitud y el elevado conste en vidas del plan de Mac Arthur acabaron por dar al traste con sus operaciones, y después de la Batalla del Golfo de Leyte, en que el general americano pudo cumplir su promesa, el Presidente Truman decidió seguir el plan de Nimitz y atacar las Marianas, donde una inmensa fuerza de KAMIKAZES (aviones suicidas japoneses) fue derribada en la que se conoce como la “Gran Cacería de Patos de Las Marianas”.

            La batalla de las Marianas supuso el fin de la Flota Imperial Japonesa (Rengo Katai), y desde entonces las unidades aliadas operaron con total impunidad, construyendo bases de bombarderos B-29 con los que poder bombardear al propio Japón. 

            Ambientado en la época entre el Golfo de Leyte y la Batalla de las Marinas, refleja el despliegue típico de bombardeo naval previo al desembarco. Navegando cerca de la costa se encuentra una línea de destructores que realizarán un tiro de precisión contra las defensas enemigas, y que cuando se boten las lanchas de desembarco se ocuparán cada uno de proteger un grupo de ellas.

            El bombardeo principal se ejerce por los acorazados, que incluyen tanto unidades reflotadas de Peral Harbor como modernos acorazados como el Washington, con cañones de entre 356 milímetros y 406 en el caso de los más modernos.

            Finalmente, el grupo de protección, formado por los portaviones y submarinos, no debería aparecer en el diorama, por encontrarse a millas de distancia dando cobertura lejana contra un posible ataque de la flota nipona, pero se añade por dar visión de conjunto. Un hidroavión PBY-5 Catalina sobrevuela el área corrigiendo el tiro.

            Uniforme de la US Navy: Durante el período de entreguerras, la totalidad de las fuerzas armadas estadounidenses adoptaron el color caqui o beige para sus uniformes, y la oficialidad de la US Navy no fue una excepción. Este uniforme es, con algunas modificaciones, el que utiliza la marina de los Estados Unidos en la actualidad.

        Uniforme de los US Marines: El Cuerpo de Marines de los Estados Unidos fue creado inmediatamente antes de la reunión del Consejo Continental, por lo que es anterior a la propia existencia de la nación a la que pertenece, una ironía que se da pocas veces en la historia, y que de hecho convirtió a este Cuerpo en todo un icono del país. El uniforme que se utiliza en la actualidad fue introducido, con sus modificaciones pertinentes, en el siglo XIX, y es todo un símbolo de la tradición americana.

        Batalla de las Árdenas: Diciembre 1944-Enero 1945: A finales de 1944 parecía claro que la II Guerra Mundial estaba próxima a su fin, y desde el Alto Mando Alemán se buscaban formas de lograr una paz que permitiera seguir luchando contra los soviéticos, pactando con los aliados. A tal efecto, Hitler diseñó una ofensiva que, al igual que en la I Guerra Mundial, pudiera favorecer sus planes, logrando una paz con los aliados occidentales.

El ataque implicaría a todas las reservas acorazadas alemanas, y tendría como objetivo final Amberes, en Holanda, rompiendo el frente aliado y ganando así tiempo. Con la ventaja de la sorpresa y de la climatología, las columnas blindadas alemanas penetraron rápida y fácilmente a lo largo de toda la línea en la zona de Bélgica, obligando a retroceder en desorden a varias divisiones aliadas y asilando otras. Una de ellas fue la 101º División Aerotransportada Norteamericana.

 El 19 de diciembre las tropas acorazadas alemanas del General Von Luttwitz se desplegaban para cercar las posiciones americanas en la zona de Bastogne. Contaba el general alemán con tres divisiones, contra los 18.000 hombres de la 101 Aerotransportada del General Mac Auliffe. Una serie de ataques iniciales fueron rápidamente rechazados en feroces combates cerrados a corta distancia, logrando imponerse las tropas aliadas gracias a la ventaja de la posición.

Para el 22 de diciembre la situación se había tornado crítica, al desplegar los alemanes sus carros de combate y bombardear continuamente las defensas americanas. A las 11 de la mañana, Von Luttwitz, seguro de haber quebrantado la moral de los defensores, envió a cuatro oficiales con una bandera blanca para “acordar una honorable capitulación”, de modo que “se ahorre de ese modo la inevitable pérdida de vidas humanas que seguiría al ataque”. Von Luttwitz esperaba una inmediata rendición americana, o de lo contrario atacaría.

Sin embargo, el testarudo y tenaz Mac Auliffe no estaba dispuesto a pasar a la historia de los paracaidistas como el primer general americano al mando de ellos en rendirse. Indignado por la propuesta alemana, tomó una cuartilla de uno de sus asistentes de Estado Mayor y escribió en ella la palabra “Nuts!” (textualmente “nueces”, pero con un significado similiar  a nuestra expresión popular “¡narices!”). La respuesta dejó perplejos a los cuatro oficiales alemanes, y como quiera que uno de ellos solicitara cortésmente una aclaración, el ayudante de Mac Auliffe le contestó “Diga a sus superiores que Nuts! Significa algo así como Go to Hell! (¡váyase al infierno!)”.

 Ante la dificultad de los acontecimientos, se ordenó al más agresivo de los Comandantes aliados, el General George S. Patton, avanzar hacia Bastogne y romper el cerco, enlazando con los sitiados paracaidistas. El general americano no se hizo esperar, y sus tropas iniciaron un avance a marchas forzadas a toda la velocidad que le permitían sus vehículos (una frase famosa que refleja el carácter del general fue “mis hombres pueden comerse sus cinturones, pero mis tanques necesitan gasolina”).

La 4º División Blindada, perteneciente al III Ejército, recibió la orden de encabezar el avance y romper el cerco. Los combates a que se vio sometida fueron durísimos. En total, se perdieron 150 tanques y gran cantidad de vehículos de transporte como semiorugas y camiones de suministros. La necesidad de las circunstancias obligó a realizar avances y combates nocturnos, en enfrentamientos acorazados cerrados a cortas distancias, dándose varios de los combates más encarnizados de la campaña.

La agresiva respuesta del General Norteamericano Mac Auliffe, unida a la llegada de refuerzos alemanes a las posiciones alrededor del cerco, hizo redoblar los esfuerzos por romper las defensas aliadas, pero una vez más los paracaidistas americanos se aferraron al terreno y lograron mantener sus posiciones, aunque a un alto precio. La noche del 22 al 23 de diciembre fue una de las más frías, sino la que más, de las que ambos bandos tuvieron que soportar, si bien los sitiadores pudieron calentarse y descansar con la calma del que sabe que no será atacado.

La gélida mañana del 23 de diciembre dejó entrever tímidamente los rayos del sol, pero ello bastó para que la Fuerza Aérea Norteamericana hiciera despegar a sus C-47 de transporte para poder lanzar suministros sobre los sitiados. Como un regalo celestial, los paracaidistas lograron conseguir municiones y suministros, dándoles una renovada esperanza en la victoria. En total, 241 aviones de transporte C-47 del Comando de Transporte de Tropas lanzaron 544 kilogramos de suministros cada uno sobre las sitiadas fuerzas aliadas, lanzándolos en un intervalo de cuatro horas, lo que supuso un respiro para las acosadas tropas de Mac Auliffe.

 El día 3, espoleados por la ofensiva de Patton, elementos del II Cuerpo norteamericano se unían a la ofensiva, mientras que el propio Patton, con su III, abría brecha en la dirección de las posiciones de la 101º, con el fin de romper el cerco, mientras que en la sitiada población se lograba resistir el ataque de hasta ocho divisiones SS.

 Las cosas comenzaban a torcerse para el Reich, máxime cuando llegaron noticias de que las fuerzas de la Unión Soviética en el frente Oriental estaban maniobrando para preparar una ofensiva. Ante esta nueva noticia, varias unidades blindadas del VI Ejército SS Panzer del General Dietrich fueron retiradas de la zona para ser redesplegadas en el frente Oriental. Un flaco consuelo a los soldados germanos que se retiraban de un infierno para caer en otro peor.

Las tropas de Patton entraron definitivamente en la ciudad cercada el día 5 de enero, tras una infernal carrera contra reloj en la oscuridad de las largas noches de invierno del Norte de Bélgica. Habían llegado a tiempo, y la 101º se había salvado. Lo más importante es que con ella se había salvado el frente.

Uniforme de paracadista norteamericano: Como complemento del diorama sobre la Batalla de las Árdenas, se incluía también un uniforme de paracaidista de la 101º División Aerotransportada norteamericana, que participó en la batalla en cuestión.

 

 

         

CONCLUSIÓN

A lo largo de los 15 días que duró la exposición, acudieron a visitarla 2.000 personas, que incluyeron público en general, militares y mandos de la Brigada Paracaidista, autoridades del Ayuntamiento de Alcalá de Henares, etc.

Junto al material que se expuso, consistente en dioramas, uniformes y otros elementos militares e históricos, se incluyeron diversas proyecciones que incluyeron vídeos promocionales de varias unidades de las Fuerzas Armadas Españolas, entre las que se encontraba un documental que explicaba la historia de la Brigada Paracaidista, con su fundación, sus primeras intervenciones en África y sus últimos adelantos. Además, también se proyectaron varias películas relacionadas con las batallas históricas que se recreaban en miniatura.

La seguridad a cargo del evento corrió a cargo de la Brigada Paracaidista, aportando cada jornada personal de las distintas unidades de la Bripac, junto a efectivos fijos de la Policía Militar, que prestaron servicio con el uniforme de paseo, y que estuvieron supervisados por el Director del Museo de la Brigada Paracaidista, el Subteniente Bejarano. Por supuesto, junto a ellos estuvo presente todo el tiempo personal de la Unidad de Estrategia y Operaciones, que realizó visitas guiadas a los colegios que asistieron a la muestra.

El propio Director del Museo de la Bripac estuvo presente en la inauguración, junto con varios mandos y representantes de la unidad militar, entre los que se incluyó el mismo General de la misma, el General de Brigada Gómez de Salazar, quien en la ceremonia agradeció a la UEO su colaboración en la exposición, y a la que también asistió el alcalde de Alcalá de Henares.