Ejército español en Filipinas en el período romántico

        La uniformidad española en las colonias ha sido sobradamente conocida a través del famoso "ralladillo" que tanto se utilizó en África, Cuba y Filipinas. Sin embargo, antes de la llegada de esta cómoda y práctica modalidad de uniforme, existían en Filipinas otras clases de vestuario, que convivió con la nueva modalidad llegada de la Península y que siguió utilizándose en actos y ceremonia hasta la pérdida de las islas, con la Guerra de 1898.

            NOTA: Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos expuestos en el presente artículo, tanto en su aspecto escrito como de las imágenes contenidas en él, sin el consentimiento expreso de la administración del presente espacio web.

        EL PERÍODO ROMÁNTICO

        Tras la finalización de la Guerra de la Independencia y las diversas convulsiones sociales y políticas que vivió España, la llegada de la Reina Isabel II trajo pequeños respiros de estabilidad al país, francamente breves, pero que permitieron intentar recuperar el prestigio perdido tras la independencia de los territorios americanos. Así, mientras el país era devastado por tres guerras civiles (las Guerras Carlistas), y los gobiernos se sucedían uno tras otro, se vivieron diversas acciones militares en las posesiones de ultramar que ayudaron a recuperar una parte de la posición española en el panorama internacional. Algunas de ellas se producirían en las islas Filipinas, territorio nacional desde hace cientos de años, y cuya guarnición fue progresivamente reforzada según el crecimiento de la población, aun siendo exiguas las fuerzas encargadas de su defensa.

        Antes de adentrarnos en concreto en el caso de las Filipinas, conviene reseñar brevemente las acciones en las que el ejército y la Armada españoles se vieron implicados en territorios fuera de la Península, a parte de las ya mencionadas Guerras Carlistas, a fin de considerar en su justa medida las circunstancias en las que, pobremente armados y equipados, los españoles lograron salir triunfantes en los diversos y exóticos lugares donde hubieron de defender la enseña patria.

        En 1859, tras varias agresiones sufridas en las costas africanas, el ejército español, aprovechando la estabilidad proporcionada por los 5 años del gobierno de O´Donnell, derrotó a las fuerzas marroquíes en la llamada Guerra Romántica, con acciones tan heroicas como Castillejos, Guad el Jelú, o la propia batalla de Wad Ras, aplastando siempre a sus adversarios. Además, en ese período de tiempo, hubo diversos enfrentamientos en Filipinas (Joló, Balangungui...), se envió una expedición a la Cochinchina (1858), otra a Méjico (1860), hubo que bombardear el Callao (1866) y continuaron los combates en el Norte de África contra Marruecos. Y ello sin contar con la anexión de Puerto Rico y las diversas rebeliones que se sufrieron en Cuba. Todos estos nombres y acciones dan idea de que el desconocido panorama español del siglo XIX fue algo más que el Desastre del 98, y cuyas acciones permanecen en la actualidad en el olvido de gran parte de la población, considerándose el reinado de Isabel II como sólo un período de decadencia, cuando no fue así...

        LA PRESENCIA ESPAÑOLA EN LAS ISLAS FILIPINAS

        Ya en 1521, realizando su famosa vuelta alrededor del mundo, Magallanes arribó a las islas, celebrando una misa en Mindanao, llamando a las nuevas tierras como San Lázaro y encontrando una trágica muerte en combate el 27 de abril del mismo año, siendo continuada su expedición por El Cano. Sin embargo, no sería hasta 1543, con la expedición de Rui López de Villalobos, en que las islas no conocerían su nombre, Filipinas, que se puso en honor del monarca a la isla de Leyte y que luego se extendería a todo el archipiélago.

        El 21 de noviembre de 1564, Miguel López de Legazpi, con 200 soldados, 150 marinos y 5 religiosos, zarpaba de América con órdenes de tomar posesión de las islas en nombre de Felipe II, cosa que hizo el 13 de febrero del mismo año, convirtiéndose rápidamente en un punto importante para el comercio con Oriente, y manteniendo las líneas comerciales gracias al Galeón de Manila, que al venir de América transportaba pobladores y material traído de la metrópoli, y a la vuelta cargaba con mercancías exóticas y riquezas, enlazando en Acapulco con la segunda parte de la ruta, que ya llevaba la carga a la Península Ibérica.

        Ya con Carlos III existía una guarnición formada por el Regimiento de Infantería del Rey, un Escuadrón de Dragones, la Escolta de Alabarderos y una pequeña fuerza de Artillería, fuerzas exiguas si se tiene en cuenta la extensión y población del archipiélago. Estas fuerzas se completaban con milicias de voluntarios y con recluta entre la población indígena, pero aún así las fuerzas disponibles apenas daban para pequeñas campañas con las que aplastar sublevaciones.

        En 1804, se formaron otros dos Regimientos de Infantería, a los que se unieron otros dos en 1823, totalizando cinco la fuerza desplegada, cuyas cifras estaban muy por debajo de lo normal, debido a las enfermedades, de modo que se admitió la recluta de nativos en las tropas de línea. Sería el Marqués de Novaliches, que tomó el mando el 2 de febrero de 1854, el encargado de poner orden en tal maremágnum, y de su época es el Álbum de 1856 en el que se ilustran los uniformes españoles del período.

        El Álbum de 1856 constituye el documento gráfico más importante del período romántico en las islas Filipinas, aunque puede ser completado, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, con la obra pictórica del Cusachs, entre otros artistas, que reflejaron la evolución de las tropas españolas que prestaron servicio en los lejanos territorios, así como en la Exposición de Barcelona y en diversas obras internas del Ministerio de Ultramar y en el de la Guerra.

     

        La uniformidad diaria para las tropas estacionadas en las islas era principalmente de color blanco, más acorde al clima tropical que los tradicionales uniformes peninsulares que, aunque más vistosos, resultaban mucho menos prácticos para labores de guarnición y luchas en zonas selváticas. Sin embargo, para ceremonia, las tropas de infantería disponían de guerreras azules, con decoración regimental de colores en puños, cuellos y vuelas, así como emblemas que diferenciaban las numeraciones de las diferentes unidades, y símbolos para cada una de ellas.

        LA CABALLERÍA

        La caballería española, que es el objeto de la uniformidad del presente artículo, era heredera del antiguo Escuadrón de Dragones de los tiempos de Carlos III. En 1855, recibía el nombre de Regimiento de Lanceros de Luzón, y estaba formado, en teoría, por cuatro escuadrones y una compañía de tiradores, aunque en la práctica, se reducía a 276 hombres, es decir, apenas dos escuadrones en cifras reales. Los uniformes que utilizaba combinaban, según la modalidad, guerrera y pantalón blanco, guerrera azul y pantalón blanco y, finalmente, guerrera blanca y pantalón azul mahón, la modalidad utilizada en las fotografías del artículo.

        En lo que se refiere a la prenda de cabeza, se utilizaba la tradicional schaskas de lanceros (no el casco de la fotografía, que además no pertenece al regimiento en cuestión, y se ha puesto simplemente a modo ilustrativo), aunque la parte superior de la misma, en lugar de ser azul como en el resto de lanceros de la Península, era roja. Posteriormente, y para labores en campaña, se utilizaría el salacot, bastante más acorde a los climas de las islas, dejándose cascos y schaskas para ceremonias y labores de guarnición en lugares emblemáticos (por ejemplo, cuando coincidían con la Guardia de Alabarderos de la Guardia del Real Sello), en combinación con una gorra cuartelera estilo quepis.

        En 1860, el Regimiento de Lanceros de Luzón sería disuelto, formándose en lugar del mismo dos escuadrones sueltos, con 170 hombres cada uno (120 montados por escuadrón, el resto, los servicios de la unidad), siendo denominados Escuadrón de Filipinas 1º de Cazadores y Escuadrón de España 2º de Lanceros, hasta que en 1866 volvieron a unificarse en Lanceros de Filipinas, adoptando la organización peninsular.

        LA EXPEDICIÓN A COCHINCHINA

        Antes de finalizar el presente artículo, conviene dejar una pequeña reseña sobre la participación española en las operaciones de castigo realizadas por las potencias europeas contra el Imperio de Annam en 1858. El 28 de mayo de 1787, el Emperador de Annam permitía a los franceses entrar en su territorio.

        Esta apertura significó inmediatamente la entrada de misioneros al país, algo que no gustó con el tiempo a la Corte Imperial de Hue, prodediendo a la persecución de los religiosos, con el fin de eliminar la influencia europea en el país. Por supuesto, la respuesta francesa no se hizo esperar, y en 1856 envió una expedición de castigo, que no obstante, pronto se demostró demasiado pequeña para las operaciones que se le exigían.

        Por su parte, en el caso español, el 20 de julio de 1857 fue encarcelado, torturado y decapitado un religioso español, fray Jose María Díaz Sanjurjo, Obispo de Platea y Vicario Apostólico del Tonkín Central, por lo que a finales del mismo año, fracasadas las exigencias de compensación a la corte de Hue por el bárbaro comportamiento de sus súbditos, se iniciaban las gestiones para enviar un contingente español en apoyo de las tropas francesas.

        El 31 de agosto de 1858 se presentaba el contingente europeo, bajo mando francés, y que incluía, además de las fuerzas galas, el Regimiento de Infantería Fernando VII, nº 3, junto con una compañía de Cazadores del Regimiento del Rey, nº 1, y otra, también de Cazadores, del Regimiento de la Reina, nº 2, así como dos Secciones de Artillería, estando las tropas españolas al mando del Coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote, y con el apoyo de un buque de guerra.

        El plan original era la toma de la propia capital imperial, Hue, pero la fortaleza de sus murallas hizo que se replanteara la estrategia, procediendo a sitiarla una parte del contingente, mientras el resto de fuerzas europeas asaltaban y ocupaban Saigón el 17 de febrero de 1859. Posteriormente, la mayor parte de las tropas españolas, a excepción de 200 hombres, regresaría a Filipinas.

        El 23 de marzo de 1862 se lograba una victoria decisiva en Vin-Lon, a orillas del Mekong, firmándose una ventajosa paz para Francia por la que el Imperio de Annam reconocía al gobierno galo sus conquistas, junto con una serie de condiciones y privilegios comerciales. Por su parte, las autoridades españolas se conformarían con el reconocimiento de su participación, sin obtener beneficios concretos...