La policía de la Segunda República

Cuando se proclamó la Segunda República en 1931, el Gobierno Provisional fue muy pronto consciente de que sería necesaria una reestructuración de la fuerza de orden público que diera estabilidad al nuevo régimen de gobierno. Así, el Cuerpo de Seguridad y el Cuerpo de Vigilancia fueron sometidos a modificaciones y vio la luz la unidad más emblemática de la República: la Guardia de Asalto.

NOTA: El presente artículo ha sido seleccionado del libro "Historia del Cuerpo Nacional de Policía", siendo publicado con el consentimiento expreso de su autor, Raúl Matarranz del Amo, y sus imágenes son una combinación de láminas publicadas en la revista "Policía", así como de material que fue expuesto por la UEO durante la exposición sobre la Historia de la Policía Gubernativa. Queda prohibida su distribución sin el consentimiento de la administración del presente espacio web.

        LA POLICÍA DE LA REPÚBLICA

         LA GUARDIA DE ASALTO

         El 14 de abril de 1931 era proclamada la Segunda República, con la abdicación y exilio de don Alfonso XIII, estableciéndose el llamado Gobierno Provisional. En medio de continuos tumultos, matanzas entre las derechas y las izquierdas, y hasta un intento de golpe de estado en Asturias en 1934, se crearían en agosto de 1932 una serie de unidades dentro del Cuerpo de Seguridad, los llamados Guardias de Asalto, bajo el mando del Teniente Coronel don Agustín Muñoz Grandes. Sus funciones principales eran las represivas, encargados de enfrentarse a facciones rebeldes al gobierno, disolver manifestaciones y desórdenes públicos y acabar con los motines donde quiera que se produjesen. Su primera intervención fue la disolución, en el mismo agosto, de una manifestación de verduleras en la Plaza de la Cebada, que fue descrita por el Ministro de Gobernación del Gobierno Provisional, Don Gabriel Maura Gamazo, quien en su obra "Así cayó Alfonso XIII", relató:

         "Su primera salida fue, según creo recordar, en el mes de agosto, en Madrid, con ocasión de un motín de verduleras en la Plaza de la Cebada. Salieron las camionetas de bancos con los flamantes guardias perfectamente uniformados y armados con matracas de caucho, además de las pistolas que llevaban al cinto. Llegaron al lugar de la refriega con el mayor estrépito posible de las sirenas de sus coches, echaron pie a tierra y, matracas en mano, en dos minutos disolvieron la manifestación, dispersaron a los contendientes y volvieron a saltar a sus camionetas, desapareciendo del lugar. El éxito fue rotundo, y la popularidad del Cuerpo ganada definitivamente desde entonces."                                                                           

         El gobierno de la República quedó muy satisfecho con los éxitos de estas nuevas unidades policiales, y se les dotó de armamento de gran poder, como ametralladoras, morteros y bombas de mano, además de vehículos blindados. A ello se sumaban los tradicionales medios de que se proporcionaba a las fuerzas policiales, bastante más próximos a su función, como pistolas y revólveres, así como defensas, que sustituían a los sables. El prestigio de la Guardia de Asalto creció de tal modo que pasaron a ampliar su plantilla con 2 comandantes, 30 capitanes, 40 tenientes, 80 suboficiales, 70 cabos y 2500 guardias de primera, así como 60 camiones y 40 automóviles, y un buen número de tanquetas con agua a presión. La cesión de tales medios, por supuesto, implicó un aumento de su poder y competencias, convirtiéndose en una unidad muy politizada.

         LA GUARDIA CÍVICA

         Donde la República no logró el éxito deseado fue con la creación de la llamada Guardia Cívico Republicana, que se formó a base de ciudadanos voluntarios, bajo los auspicios del Director General de Seguridad, don Ángel Galarza, mediante el Reglamento que se publicó el 28 de mayo de 1931. Se buscaba voluntarios que fueran "republicanos acreditados" (es decir, afiliados a partidos republicanos desde antes del 15 de diciembre de 1930), que portaban armas sólo de servicio, sin tener poder para detener ni hacer registros, pudiendo solo denunciar. Esa ausencia de poderes y privilegios, unido a la gratuidad del servicio, hizo que los propios guardias abandonaran sus funciones, siendo disuelto tras un breve plazo de existencia.