La Guerra del Pacífico de 1866

        También llamada la "Guerra Hispano-sudamericana", el conflicto enfrentó a España con varias de sus antiguas posesiones en América del Sur: Perú, Chile, Ecuador y Bolivia, aunque serían los peruanos quienes llevarían el peso del conflicto. Los más famosos sucesos de la campaña, en la que la Armada Real Española brilló con todo su esplendor, fueron los bombardeos del Callao y de Valparaíso, y en especial la primera vuelta al mundo de un buque acorazado: la Fragata Blindada "Numancia".

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        ANTECEDENTES

        En 1862, parecía que el hundido prestigio de España comenzaba a resurgir, en especial por la espectacular victoria sobre Marruecos durante la llamada "Guerra Romántica" (1859-60), en que las fuerzas españolas habían aplastado a sus enemigos. A ello se unía la victoriosa Expedición a la Cochinchina (Vietnam), en 1857, donde la intervención de los batallones españoles, enviados desde las Filipinas, habían colaborado con los franceses, venciendo al Imperio de Annam. A ello se unía la Anexión de Santo Domingo, en 1861, y la intervención en México un año después, todo ello encuadrado dentro de la llamada "Política de Prestigio" iniciada por el Gobierno de O´Donnell, bajo el reinado de Isabel II, que buscaba devolver a España el perdido prestigio tras la independencia de Suramérica, ocurrida a raíz de la Campaña Peninsular contra los franceses (la Guerra de la Independencia) y los conflictos internos, en especial la Guerra Carlista.

        Por aquél entonces, las posesiones españolas cubrían Cuba y Puerto Rico en la zona del Caribe, al que se había añadido Santo Domingo, y las islas Filipinas, así como otras muchas en el Océano Pacífico, en lo que se refiere a posesiones remotas. Bastante más próximas se encontraban las islas Canarias, Ceuta y Melilla, con la expansión reciente a raíz de la Guerra Romántica, y diversos peñones e islas en la zona del Estrecho de Gibraltar. Un imperio pequeño con respecto a lo que había sido en su día, pero que luchaba por hacerse su espacio en la Europa de las potencias coloniales.

        Siguiendo la filosofía de la "Política de Prestigio", que buscaba colocar al Reino de España de nuevo como una de las potencias europeas, a las expediciones antes mencionadas se le añadió el desarrollo de la Armada Real, con avances tecnológicos como el submarino o los buques blindados, cuyo mayor éxito fue la Fragata "Numancia". Otros países habían comenzado también a blindar sus buques, pero en general las condiciones maniobreras de estos barcos eran más bien desastrosas, y servían para luchar en ámbitos fluviales o costeros, como el "Monitor" o el "Merrimac" norteamericanos, que lucharon entre sí durante la Guerra de Secesión. Además, se decidió realizar una nueva expedición, en esta ocasión científica, que recorriera la costa de América, marcando un nuevo hito para el prestigio español.

        La expedición científica, que salió de España el 10 de agosto de 1862, incluía buques militares como escolta, y quedaría al mando de un descendiente de los descubridores de América, el almirante don Luis Hernández-Pinzón Álvarez, y llegarían al continente americano en octubre, donde posteriormente se les unirían el resto de los barcos, quedando conformada con dos fragatas (Resolución y Triunfo), una corbeta (Vencedora) y una goleta (Covadonga), haciendo escalas en Chile, Perú y Panamá, mientras realizaban su proyecto científico, que concluiría al llegar a San Francisco (California).

        Sin embargo, en el camino de retorno, se tuvo noticia de que unos inmigrantes españoles, de origen vasco, habían sido agredidos en Talambo, siendo asesinado uno de ellos, el 4 de agosto de 1863. La flota española se dirigió de inmediato al Callao, donde exigió explicaciones y compensaciones. Al parecer, se había tratado de un altercado entre el colono vasco y un terrateniente local, y en la pelea había muerto también un ciudadano peruano, pero las noticias que don Eusebio Salazar y Mazarredo, personaje con atribuciones de la Corona Española, relató al almirante de la expedición, exigían la restitución del prestigio patrio, ya que le advirtió que la justicia peruana no actuaría y que además el país se estaba armando para un posible conflicto.

        UN INTENTO DE ARREGLO DIPLOMÁTICO

        El 14 de abril de 1864, la escuadra española ocupaba las Islas Chincha, estableciendo una base de operaciones e izando la bandera roja y gualda en una ceremonia que custodió la Infantería de Marina. El gesto buscaba demostrar al gobierno peruano que se haría cuanto fuera necesario para restablecer el orgullo nacional herido, gesto al que se unió la partida desde la Península de nuevas unidades navales, por si era necesario entrar en conflicto. Partieron así las fragatas Blanca, Berenguela y Villa de Madrid con rumbo al Pacífico. Sin embargo, en el plano diplomático, las cosas avanzaban.

        El entonces Presidente del Perú, don Juan Antonio Pezet, se reunió con su Junta de Guerra, y se determinó que la por entonces escasa Armada Peruana no sería capaz de batirse con la española, por lo que sería más prudente claudicar. Así, el 27 de enero de 1865 se firmaba el Tratado Vivanco-Pareja (el almirante Pareja fue el sustituto del almirante Pinzón, y el General Manuel Ignacio de Vivanco fue el representante de la República del Perú), a bordo de la fragata Villa de Madrid, por la que el Perú se comprometía a pagar al Reino de España 3 millones de pesos como compensación por la afrenta sufrida. A cambio, Eusebio Salazar sería reprendido por su mala actuación en el conflicto, y ambos países rendirían honores al pabellón contrario como símbolo de respeto mutuo, y las fuerzas españolas abandonarían las Islas Chincha.

        Sin embargo, ambas partes desconfiaron mutuamente, ya que, mientras que Perú compró sendos buques de guerra a los Estados Unidos, por parte española la fragata blindada Numancia partió hacia América del Sur el 4 de febrero de 1865, con el Capitán de Navío Casto Méndez Núñez, un nombre destinado a pasar en la historia debido al conflicto que terminaría por desencadenarse...

        El 28 de febrero de 1865, en Arequipa, se sublevó el Coronel Mariano Ignacio Prado, encabezando el descontento que el tratado con España ocasionó por todo el Perú. La sublevación concluyó con un golpe de estado cuando las fuerzas de Prado derrotaron a las unidades que defendían el Palacio Presidencial, y el Presidente de la República, Juan Antonio Pezet, se vio obligado a pedir asilo a Gran Bretaña, embarcando en un buque británico que le llevaría con su familia al exilio. El nuevo gobierno quedó al cargo del exitoso Coronel Prado, que pasó a ostentar el cargo de Jefe Supremo de la Nación.

        Por supuesto, lo primero que hizo el nuevo gobernante fue invalidar el acuerdo con España, buscando el apoyo de otras repúblicas suramericanas. La primera en pronunciarse fue Chile, que rápidamente declaró la actitud española de colonialista, y tanto la prensa como la opinión pública chilena comenzaron a hostigar a los residentes españoles en el país y sus posesiones, enviando además armas, municiones y voluntarios a Perú, buscando enfrentarse con los "imperialistas españoles", y negándose a abastecer a los buques con la bandera roja y gualda. La respuesta española fue declarar el bloqueo naval de Chile, y el 25 de septiembre de 1865, Chile declaraba la guerra a España.

        EL INICIO DE LAS HOSTILIDADES

        Diferentes encuentros de pequeño orden tuvieron lugar a lo largo de toda la costa chilena, la más importante de las cuáles fue la captura de la goleta Covadonga, que pasó inmediatamente a pasar parte de la flota de Chile, al mando del capitán de navío Williams Rebolledo, compuesta ahora por tres barcos. Este hecho terminó por desencadenar que el almirante español Pareja se suicidara, que sería sustituido en el mando por Méndez Núñez, quien por fin llegó al teatro de operaciones con la Numancia.

        El 13 de enero de 1866, el nuevo Comandante en Jefe de la Flota del Pacífico de la Armada Real Española ordenó la concentración de fuerzas, abandonando los bloqueos. Los buques españoles incendiaron a las unidades mercantes chilenas, de modo que se eliminara así la posibilidad de comercio de aquél país, estrangulando así su economía y haciendo que no fuera necesario continuar con ese bloqueo. Por su parte, Chile y Perú firmaron el Tratado de Alianza Ofensiva y Defensiva, al que se unirían posteriormente Ecuador y Bolivia. La alianza sudamericana quedaba asentada.

        La flota aliada de Perú y Chile se concentró en la base de Abtao, un lugar totalmente inadecuado en lo que a infraestructura se refiere, pero que estaba libre de bloqueos de la flota española. Quedó bajo el mando de Rebolledo, quien determinó atacar con las unidades menores los buques de abastecimiento españoles, mientras que el resto de unidades navales esperarían la llegada de los nuevos refuerzos que se habían comprado a los Estados Unidos.

        Por su parte, las fuerzas de Méndez Núñez iniciaron la exploración del teatro de operaciones, en un intento de localizar a la flota aliada. Las órdenes recibidas desde Madrid incluían no abandonar la región sin obtener una paz honrosa "ya fuera a través de la negociación o por la fuerza de las armas", y a tal efecto, las fragatas Villa de Madrid y Blanca entablaron combate en Abtao contra la escuadra enemiga, sin que ninguno de los dos bandos lograran hundir o dañar gravemente buques enemigos. Con este resultado, las fragatas españolas se reunieron con el resto de la flota, mientras que la aliada se desplegaba en Huito, en un juego del gato y del ratón que concluyó cuando Méndez Núñez decidió pasar a acciones más contundentes y se dirigió a Valparaíso.

        El 24 de marzo de 1866, la escuadra española, desplegada ante el puerto de Valparaíso, presentó sus reclamaciones. Se exigía la devolución de la goleta Covadonga, así como el saludo a la bandera española, o la Armada Real abriría fuego contra la ciudad y las instalaciones portuarias. El comandante español dio a las autoridades un plazo para que se evacuara la ciudad, y se señalizaran los hospitales, ya que el objetivo de la escuadra eran los edificios gubernamentales. Por su parte, desde los buques extranjeros se intentó evitar el ataque, amenazando incluso con intervenir si los españoles bombardeaban el puerto, pero la respuesta de Núñez fue que se consideraría como enemigo cualquier buque que interfiriera en las operaciones. Ninguno de ellos se atrevió a participar. El 31 de marzo, siete días después del ultimátum, se abrió fuego contra el puerto, causando graves daños a las instalaciones.

        EL BOMBARDEO DEL CALLAO

        El 26 de abril de 1866 se desplegaba la flota española ante el puerto más fortificado de Suramérica, el Callao. El gobierno peruano, conocedor de su importancia, había reforzado la guarnición, fortificado las baterías y añadidos nuevos cañones, hasta un total de 69 cañones, entre ellos los Amstrong de 300 libras, orgullo de las defensas de la República del Perú. Por parte española, toda la flota del teatro de operaciones se concentró para el bombardeo. A la fragata blindada Numancia se le unieron la Blanca y la Resolución, conformando la I División, la más fuerte, mientras que la Berenguela y la Villa de Madrid formaban la segunda. Finalmente, la Almansa y la Vencedora (esta última corbeta) formaban la III, mientras que el resto de buques se mantendrían a retaguardia, custodiando las unidades de aprovisionamiento.

        El plan era que la I División atacara la zona Sur del puerto, mientras que las otras dos Divisiones se dedicarían a la zona Norte y a los buques enemigos anclados en el mismo. La Armada Real Española puso proa al enemigo a las 11:30, entrando en la bahía 20 minutos después e iniciándose el bombardeo contra las posiciones enemigas, que duró hasta las 17:30 horas, dándose por concluidas las operaciones. Como resultado de las mismas, resultaron dañados la Villa de Madrid, la Berenguela y la Almansa, y resultando herido el propio Méndez Núñez, que no obstante siguió al mando de la flota hasta que se desmayó por la pérdida de sangre. Por su parte, de las baterías enemigas, la mayor parte fueron silenciadas, resultando destruidas la de la Torre de La Merced, la de la Torre de Junín y un cañón de 500 libras, el mayor de las defensas peruanas, que quedó inutilizado al descarrilar en su posición. Al final del combate, solo tres cañones de todas las defensas del Callao devolvían el fuego contra los dañados buques españoles.

        Tras concluir el bombardeo, la fragata Numancia puso rumbo a Filipinas, y desde allí, de nuevo a España, siguiendo con la línea de la "política del prestigio", al ser el primer buque blindado que lograba dar la vuelta al mundo. En el teatro de operaciones, se produjeron diversos combates menores de apresar mercantes y corsarios, hasta que se intentó poner la flota aliada al mando de un oficial norteamericano, contratado para la ocasión, lo que provocó la dimisión de gran parte de la oficialidad chileno-peruana. Finalmente, en 1871 se firmaría un alto el fuego, que pondría fin a la guerra, hasta que fuera ratificado por el Tratado de Paz de 1879.

        Las consecuencias económicas para Perú y Chile fueron desastrosas. Por un lado, el enorme gasto en armamento que ambos países tuvieron que realizar, desangró a ambos países, y en el caso de Chile, se vio especialmente agravado con el hundimiento de su flota mercante en Valparaíso, pagando un fuerte tributo por su ayuda a Perú, con el que posteriormente terminaría enfrentado. Por su parte, en el lado español, el bombardeo supuso un nuevo gesto de la "política del prestigio" de O´Donnell, pero sería la última de sus grandes operaciones, ya que la reina Isabel II le sustituiría en mosmo año del bombardeo por el General Narváez. Los años de esplendor de España comenzaba de nuevo su descenso, y unos años después los españoles iniciarían una nueva guerra civil, la Tercera Guerra Carlista.