La guerra naval en los siglos XVIII y XIX

 

 

 

NOTA: El presente artículo fue publicado en la revista de miniaturismo Wargames: Soldados y Estrategia, y se reproduce en la presente página con la autorización expresa de su autor, Raúl Matarranz del Amo. Queda prohibida su reproducción y la de las imágenes y contenidos de la presente página web sin la autorización de sus administradores.

CON DIEZ CAÑONES POR BANDA...

Desde que el hombre se lanzara a surcar los mares, ya fuera a lo largo del Mare Nostrum como a través de las peligrosas aguas del Atlántico o los cristalinos mares del Pacífico, surgió la idea de utilizar las artes de la navegación y los barcos para la guerra, ya fuera transportando ejércitos o creando flotas de combate. El desarrollo alcanzó su punto álgido en una época en la que Europa se convulsionaba por la guerra: Las campañas napoleónicas. Estas eran las formas de luchar en el mar, antes y entonces, ya fuera tanto en nombre del Emperador como en el de sus enemigos.

 

    Un aspecto de indiscutible y evidente importancia en el desarrollo tanto de la tecnología como de la expansión naval europea fue el avance en la construcción de los barcos, en especial los de guerra. Dicho desarrollo permitió que potencias como España, Francia, Inglaterra u Holanda, entre otras, extendieran sus dominios por todo el mundo, creando grandes imperios. Para la defensa, el mantenimiento y sobre todo el control de dichos imperios, y para garantizar el comercio con los nuevos territorios, se hizo indispensable disponer de flotas y de buques adaptados a los nuevos océanos, dando así paso de la inadecuada galera al galeón, y posteriormente, a los navíos de línea.

    Inicialmente, las baterías de cañones serían instaladas únicamente en las amuras de proa y popa, sobre ambos castillos, pero tras la invención de las cañoneras se pudo disponer de piezas a lo largo de toda la nave, en ambas badndas, de tal modo que se fue aumentando considerablemente el tamaño de los buques, a medida que nuevas baterías se agregaban al armamento de los mismos.

    En el siglo XVIII hicieron su aparición los enormes mastodontes de dos y hasta tres puentes, dotados en su caso con hasta más de 100 cañones (como en el caso del Santísima Trinidad, hundido en la batalla de Trafalgar, o de su homólogo británico, el Victory). Las tácticas navales apenas sufrieron grandes cambios en el aspecto técnico con respecto al siglo pasado, aunque bien es cierto que algunos aspectos de la táctica anterior evolucionaron a mejor. De hecho, una buena parte de las armadas de la época databa de entonces, como lo fuera el caso de la Flota Española que tan trágico destino sufrió a manos británicas en la Batalla de Trafalgar, una flota que había visto la luz durante el reinado de Carlos III.

    ARMAMENTO

    Los orígenes

    El arma principal de los buques de guerra varió según la época, aunque en general la artillería fue la gran estrella. Diseñada en un principio para atacar el velamen de los buques adversarios y batir su cubierta, se colocaba a ambos costados del barco, en todo el largo del entrepuente. Fue la aparición del galeón lo que favoreció su uso de una forma más masiva. Las baterías principales se emplazaban a babor y estribor, colocándose, a medida que avanzaba la tecnología, en puentes superpuestos uno sobre el otro, entre los dos castillos, proa y popa. Ello requería cada vez buques mayores en longitud y tonelaje, a medida que nuevas piezas se unían a las baterías del barco. Cañones de menor tamaño se colocaban a mayor altura, tanto en el castillo de proa como en el de popa, con el objeto de eliminar a la tripulación enemiga y favorecer así el abordaje. A ello se unió el hecho de que las cuestiones económicas obligaron a introducir desde el siglo XVI los cañones de hierro gris fundido, infinitamente más barato que los artesanales cañones de bronce que se fabricaban antes, lo que además permitió que se pudieran fabricar los suficientes a precios razonablemente económicos. En la segunda mitad del siglo XVIII, los cañones eran de fundición y se contaban por miles.

    Una lógica evolución

    El sistema de fabricación de los cañones de hierro fundido requería la creación de un modelo a tamaño natural de arcilla, un armazón con cuerda y un núcleo de madera, que ocupaba lo que posteriormente sería el tubo del ánima. Las secciones se unían por la parte baja, generando un cuenco que se llenaba de metal fundido, limpiándose bien toda la pieza mediante un sistema de lijado, de tal modo que desaparecieran las asperezas, y el interior fuera liso y uniforme. Los cañones se probaban tras su acabado con una carga de pólvora exagerada, de tal modo que se comprobara que no había fisuras o defectos en el proceso de fundición de la fabricación. En 1715 se perfeccionó la técnica y un suizo llamado Martiz logró realizar la fabricación de los cañones, haciéndolos girar sobre su eje, de tal modo que se obtenía una mayor uniformidad en los cañones de hierro fundido y se estandarizaban los calibres en la fabricación.

        No obstante, la táctica empleada obligaba a multitud de calibres distintos en las piezas de artillería, lo que creaba problemas de diversa consideración. Los capitanes de los buques, temerosos de encontrarse con situaciones que no pudieran manejar, fomentaban esta variedad de armamento, convencidos de que los combates se continuarían solventando a base de realizar abordarjes a las naves enemigas. Era esta una época en la que la artillería no era precisa en absoluto, no pudiendo contarse con ella como elemento decisivo en la batalla.

    A medida que se avanzaba tecnológicamente, se podían estandarizar los calibres de las armas, y se lograban obtener mejoras en la calidad de las mismas, aumentando por fin la precisión. Ello creó una nueva mentalidad que incluía el uso masivo de la artillería como arma definitiva para la guerra en el mar, aumentándose así las distancias y perfeccionándose al mismo tiempo la pólvora hasta lograr una más fiable, lo que terminó por completar el ciclo.

        La estandarización

        A comienzos del siglo XVII se comenzó a estandarizar definitivamente el armamento de los buques de guerra de las distintas marinas de los diferentes estados europeos. Tal fue así, que a finales del mismo siglo se generalizó el sistema del peso del proyectil disparado para definir el tipo de cañón, entrando en vigor el sistema de libras para establecer dicha medida. No sólo eso, sino que la introducción de la nueva nomenclatura supuso la desaparición del anterior método, que definía diversos tipos de cañones con nombres propios, como pudieran ser las culebrinas o los falconetes. A ello se unió la distribución de las baterías, de modo que las más pesadas se emplazaron definitivamente en los puentes que abarcaban los castillos de propa y popa, dejando los mismos para el armamento de menor tamaño. Ello daba una mayor estabilidad al buque, y mejoraba las condiciones marineras y las maniobras, al despejar ambos castillos de las piezas más pesadas. Asimismo, los cañones de más grueso calibre se instalaban en el puente inferior del barco, disminuyendo el tamaño de las piezas a medida que se subían puentes en determinados casos. Sin embargo, y a pesar de estos esfuerzos, el proceso de estandarización no concluiría sus últimos coletazos hasta el siglo XIX, en las Guerras Napoleónicas, donde se entablarían las mayores batallas navales de doctrina de navíos de línea de vela de la historia.

    El arma definitiva: la carronada

    Después de abrir fuego los cañones eran introducidos dentro del casco, para limpiarlos de residuos y recargarlos, lo que generaba que se perdiera la posición del blanco. Las mejoras tecnológicas introdujeron las palancas accionadas a mano, que permitían recuperar la anterior posición de fuego, y que combinadas con la pólvora "en grano" aumentaron la seguridad, precisión y velocidad de las armas. Sustituía esta a la anterior pólvora "de serpentina", muchas veces imprevisible,  y era introducida en cartuchos de tela gruesa, cartón o tejido, previamente confeccionados, que disparaban las balas esféricas de hierro que tiempo atrás habían sustituido a los proyectiles de piedra.

    Los avances tecnológicos fueron de tal magnitud que aumentaron considerablemente precisión y alcance de las armas. Así, un cañón datado en 1650 disparaba un proyectil a una distancia de alrededor de unos 1600 metros, en tanto que para el año 1800 las baterías habían logrado un alcance efectivo que casi alcanzaba los tres kilómetros (2900 metros), con lo que ello suponía para la mentalidad de combate de la época.

    En 1778, en la Carron Iron Founding and Shipping Company, hizo su aparición, por primera vez, un nuevo modelo de cañón, la carronada, que tomaba su nombre del nombre de la compañía que lo fabricó, y que revolucionaría por completo la lucha en el mar. Diseñada como arma de corto alcance, pesaba mucho menos que sus homólogas del mismo calibre, lo que facilitaba su distribución por todos los puentes del buque. De los 2820 kilogramos que pesaba una pieza de 32 libras, se lograba aligerar hasta 869 kilogramos con esta nueva arma revolucionaria, que fue distribuida rápidamente como armamento principal de las marinas de guerra europeas. Únicamente un defecto se generaba en este arma, como era el corto alcance de la misma, escasos 1087 metros, lo que reducía considerablemente su eficacia. Tal defecto sería superado con una solución de compromiso cuando William Congreve diseñó una mejora del anterior modelo, la cañonada, que aumentaba la distancia efectiva y calibre, haciendo su aparición el modelo de 32 libras anteriormente citado.

        MUNICIONES

       Existían básicamente cuatro tipos de proyectiles que se disparaban por acción de las baterías de artillería, cada una con su propia función unas consecuencias distintas para el blanco. La primera de todas, y la más simple, era la llamada Bala Redonda, el clásico proyectil que sin duda el lector ya conocerá. Una modificación a este tipo de munición era la denominada Bala Doble, consistente en introducir en el cañón dos balas redondas, de tal modo que a cortas distancias hiciera auténticos estragos en los navíos enemigos.

    Para tratar de destruir o inutilizar los aparejos de los buques adversarios, se utilizaba la llamada Bala Enramada, que consistía en la unión de dos proyectiles mediante una cadena, de tal modo que los daños se extendieran más y rasgaran el velamen. Era, sin embargo, inútil contra el casco del buque objetivo, siendo un tipo de munición especializada y enfocada a su objetivo concreto.

       Finalmente, para barrer las cubiertas y aniquilar o dejar fuera de combate a la tripulación enemiga, se hacía uso de la tradicional Metralla, utilizada en la artillería en tierra y consistente en introducir en el cañón decenas de trozos cortantes o punzantes, que al dispararse barrieran un área entera.

       TÁCTICAS

       Contrario a lo que debiera suponerse, lo cierto es que fue necesario el paso de siglos enteros antes de que se produjera una evolución en el concepto y evolución de las tácticas navales en el arte de la guerra. Mientras que en los primeros combates, en los que la mayoría de los enfrentamientos eran de un buque contra otro, se utilizaba el tradicional y arcaico sistema de abordaje. Una vez inutilizado el velamen de la nave enemiga, el buque atacante se colocaba al costado del desabarloado, aferrádose a él mediante cabos, cables y cualquier otro instrumento análogo, para pasar después a asaltarlo con la esperanza de capturarlo o incendiarlo para saquearlo y, finalmente, hundirlo. Las tripulaciones se divdían para el combate en Secciones, similares a las que operaban normalmente en el buque, pero adaptadas a la especial situación que implicaba un abordaje y un duro combate cuerpo a cuerpo. Cabe destacar sobre este punto el hecho de que armadas como la británica o la española, cuya Infantería de Marina es la más antigua del mundo, aprendieron pronto la importancia de los abordajes, embarcando esa Infantería de Marina en sus buques para que batieran con mosquetes la nave enemiga y posteriormente actuaran como baza decisiva en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, en el que los tripulantes solían equiparse con sables y pistolas.

       En lo que se refiere al uso de los cañones, a medida que se produjo la evolución técnica y el cambio de táctica, ello supuso también una lógica adaptación en el sistema de utilización de los mismos, más acorde a los nuevos objetivos que de ellos se esperaba. De ser un instrumento secundario, concebido para barrer principalmente las cubiertas enemigas, y facilitar así el abordaje, se ejerció un proceso evolutivo a través del cuál se enfocó el uso de las baterías hacia funciones bastante más específicas y significativamente importantes, como era el tratar de hundir el propio navío enemigo.

       Se seguían básicamente dos sistemas de combate con la artillería, además del gran clásico de barrer la cubierta de enemigos. El primero de ellos, de carácter bastante primitivo y simple, consistia en apuntar con las baterías contra el casco del buque enemigo, con la esperanza de hundirlo. Era esta una táctica costosa y lenta, ya que había que apostarse cerca del navío enemigo para lograr la mayor efectividad de los cañones, y estos difícilmente conseguían abrir vías de agua. Era más probable que generaran algún incendio al impactar contra fuentes combustibles que el hecho de lograr un boquete por el que entrara el mar. Por el contrario, el segundo sistema consistía en aprovechar el balanceo por las olas del propio buque, de tal modo que las piezas apuntaran hacia un ángulo superior, y descargar entonces una andanada contra el velamen de la nave enemiga, de modo que se la impidiera navegar o maniobrar. Si ello tenía éxito, el buque del adversario habría quedado totalmente inutilizado, y lo más probable es que se rindiese.

       FORMACIONES DE COMBATE

       Dado que en la mayoría de los primeros enfrentamientos navales los combates se producían entre navíos sueltos, el desarrollo de las tácticas navales se produjo como consecuencia de las primeras batallas, pero mucho tiempo después de que las naciones se cañonearan y abordasen en el mar. Como inicialmente las batallas consistían en cañoneos previos y posterior abordaje, los buques se colocaban paralelamente, buscando el costado del enemigo para abordarlo. La Royal Navy, en particular, aprendió pronto la lección de la efectividad de la artillería, y desde la segunda mitad del siglo XVII, se preocupó de aumentar el potencial de sus cañones. En la batalla de Kentish Knock, tales enseñanzas dieron su fruto y se venció a la flota holandesa, equipada para abordajes, con el fuego de sus baterías, estrenando los británicos el primer navío de tres puentes, el Sovereign of the Seas, que iba equipado con 66 cañones. Nótese que los navíos de tres puentes de las guerras napoleónicas solían superar los 100 cañones, comprobándose así la evolución naval y la importancia que se daría a la artillería en el futuro, cambiándose así las tácticas.

       Las flotas se dividían en grupos más pequeños, que formaban columnas paralelas de uno o dos navíos de frontal, en línea o en doble línea de batalla, según los objetivos, adoptando el grupo la forma de un rectángulo alargado o de una larga hilera.

    Se procuraba que estos grupos actuaran de forma más o menos coordinada, rompiendo la formación enemiga, y aislando así a los navíos adversarios. Esto fue particularmente cierto en la batalla de Trafalgar, donde la ruptura de la agrupación franco española fue triturada por la flota inglesa, pudiendo posteriormente apresar y destruir los barcos a placer.

    Una maniobra también clásica y que fomentó que las flotas se movieran en columnas paralelas fue la de "cruzar la T", esto es, operar de tal modo que la flota propia pasara por la proa del enemigo, donde este contaba con menos cañones, y soltara una descarga, inutilizando así al barco de cabeza y obligando a romper la línea de batalla.