El milagro de Empel

        En diciembre de 1585, las tropas del Tercio Viejo del Maestre de Campo don Francisco de Bobadilla fueron cercadas en la isla de Bommel por las fuerzas holandesas, que exigieron la rendición de los soldados españoles. Ante la respuesta negativa a la tentativa hereje, el Almirante Holak, tras abrir los diques e inundar la zona, aislando así a los soldados de Su Majestad Católica, se preparó para la batalla final, pero durante la noche estos encontraron un retablo de la Virgen de la Inmaculada Concepción, y tras rezarla y encomendarse a ella se produjo un milagro que cambiaría la historia de España...

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            NOTA (II): Las imágenes incluidas en el siguiente artículos corresponden a la Recreación Histórica realizada por la Asociación IMPERIAL SERVICE en la ciudad de Zamora, que tuvo lugar en diciembre de 2018. Se aprovecha desde aquí para agradecer su labor de difusión cultural sobre la historia militar.

        ANTECEDENTES DE LA CAMPAÑA

        Cuando Carlos I de España y V de Alemania subió al trono, las llamadas 17 Provincias, en la zona de los hoy en día Países Bajos, fueron incorporadas a la Corona. Carlos, que había nacido en la ciudad belga de Gante, fue sucedido por Felipe II, que al contrario que el anterior monarca, era visto por los habitantes de la región como un poder distante, hostil y, sobre todo, intolerante con otras variantes de la religión cristiana. En efecto, los problemas religiosos del catolicismo surgidos por la Reforma y la Contrarreforma llevaron a las llamadas Guerras de Religión, que convulsionarían el Imperio Español.

        Las gestiones de la Gobernadora doña Margarita de Parma dieron como resultado un intento de pacificación mediante el Compromiso de Breda, pero los disturbios hicieron que Felipe II enviara a sus tropas, que, lejos de aceptar compromisos, impusieron la fuerza, creándose el Tribunal de Sangre (o de Tumultos, según la versión), y aplicando de forma draconiana la justicia de la Corona también entre los nobles, siendo ejecutados mediante decapitación los Condes de Egmont y Horn. Cualquier posibilidad de reconciliación desapareció entonces.

        En 1568 daba comienzo la llamada "Guerra de los 80 Años", al lograr una victoria los rebeldes en Heiligerlet, pero duró poco su alegría cuando los Tercios del Duque de Alba restablecieron el orden en la batalla de Jemminson, aplicando de nuevo mano dura a la rebelión.

        La intervención de Guillermo de Orange dio a los rebeldes por fin un líder competente y un prestigio que les permitió reclutar tropas, financiados por ayuda inglesa, y en 1572 se comenzó a utilizar la estrategia de abrir los diques para inundar la región, pero por desgracia para la población, el agua no distingue a amigos de enemigos, y por ello se arruinaron los cultivos y parte de la economía de la región.

        En el lado católico, por su parte, las cosas tampoco marchaban como debían, ya que, al no recibir su paga, los Tercios se sublevaron, saqueando Amberes y enviándose don Juan de Austria a restablecer el orden entre las tropas, pero para entonces ya se había formado la alianza en todas las provincias contra la ocupación española tras la Pacificación de Gante.

        La proclamación del Edicto Perpetuo, en 1577, supuso una esperanza de finalización del conflicto, ya que, a cambio del cese de las hostilidades y el reconocimiento de la autoridad de la Corona, esta se comprometía a retirar a los Tercios y a dar una mayor libertad a las Provincias. Sin embargo, para muchos ya era tarde, y lo que buscaban ya no era la cuestión religiosa, sino la independencia del dominio español, por lo que don Juan de Austria fue cercado en la ciudad belga de Namur, donde moriría a causa de la enfermedad del tifus, mientras el desorden y las matanzas de católicos se expandían por toda la región. Inevitablemente, la respuesta española no se haría esperar, y los Tercios retornarían a la zona de operaciones.

        Sin embargo, para los rebeldes se había producido una importante fisura, ya que una parte de ellos estaba de acuerdo con las condiciones del Edicto Perpetuo, y temía las consecuencias de la guerra que, al fin y al cabo, defendía una independencia que no querían. Así, se dividieron en dos facciones, la Unión de Arrás, que aceptaba la paz y se sometía al gobierno español, y la Unión de Utrech, más radical, y que abarcaba sobre todo la franja costera, y que no aceptaba bajo ningún concepto el dominio ni la soberanía española, y mucho menos del monarca, en los Países Bajos, pretendiendo así lograr la independencia de lo que ellos consideraban el dominio de un gobierno extranjero e intolerante.

     

        La división de los rebeldes en estas facciones, unida a la llegada de Alejandro Farnesio, dieron un vuelco a la situación, ya que, por una parte, los llamados herejes se habían debilitado, y por la otra, se habían recibido nuevos refuerzos y se había impuesto de nuevo el orden y la disciplina. Dispuesto a terminar con el conflicto de una vez por todas, Farnesio ordenó cercar y asaltar la ciudad de Amberes, puerto y punto clave de la región, aplastando así a los rebeldes, que además perdieron a su líder, al morir asesinado Guillermo de Orange. Sin embargo, la guerra estaría lejos de terminar, ya que Inglaterra decidió intervenir de forma más decida en el conflicto, actuando a favor de las provincias rebeldes...

        EL TERCIO VIEJO DE ZAMORA

        De entre las unidades que la Corona envió a aplastar a los rebeldes y a sofocar la revuelta, una de ellas tendría una acción destacada en la campaña, que sería lo que daría lugar al llamado "Milagro de Empel". Sería el Tercio Viejo de Zamora, al mando del Maestre de Campo don Francisco de Bobadilla, que sumaba entre los diferentes tipos de tropa alrededor de 5.000 hombres.

        En el período que nos ocupa, los Tercios se componían principalmente de dos tipos de soldados, que se clasificaban según el armamento que usaban en campaña. Se trataba de los piqueros por un lado y los arcabuceros por el otro.

         En el primer caso, los piqueros constituían el grueso del Tercio, formando un bloque unido y sólido que presentaba al enemigo un orden cerrado y un muro de picas en los cuatro costados, de modo que se hacía infranqueable para un atacante que no usara un arma similar. Los piqueros bajaban sus armas al estilo de las sarissas de la antigua falange griega, hasta la altura del hombro, de modo que varias filas de soldados combatían por detrás de la primera, debido a las largas dimensiones de las picas.

        Por su parte, los arcabuceros formaban las llamadas mangas, esto es, agrupaciones de soldados equipados con armas de fuego que se colocaban en las esquinas del bloque central de piqueros, protegiendo así las aristas del cuadrado. Todo el conjunto, con los estandartes en el centro de la formación, daban al enemigo una visión de fortaleza, recibiendo el apodo en muchas ocasiones de "castillos andantes".

        Se debe destacar también, antes de abandonar esta breve reseña sobre los Tercios Españoles, que en la época no existía una uniformidad como en la actualidad, ya que los soldados se pagaban normalmente su vestuario, y tendían a adquirir lo que su condición social les permitía. Así, en ocasiones se colocaban cintas de colores concretos en la cintura (fajines) o en las mangas, a fin de distinguirse de los miembros de otras unidades o naciones.

        EL MILAGRO DE EMPEL

        El 5 de diciembre de 1585, bajo unas penosas condiciones climatológicas y un frío terrible, el Tercio Viejo de Zamora se encontraba situado en la isla de Bommel, en la unión de los ríos Waal y Mosa, cuando las fuerzas holandesas al mando de Felipe de Hohenhole-Nevenstein bloquearon la posición española, hasta el punto de conminar a los españoles a rendir las armas y entregarse a los rebeldes.

        La respuesta a la sugerencia de rendición holandesa desde el Tercio Viejo, empezando por su Comandante en Jefe, el Maestre de Campo don Francisco de Bobadilla, fue "Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos". La contestación, aunque heroica, no dejaba de ser un dramático análisis de la situación de los hombres de Bobadilla, pero ante la negativa, los holandeses decidieron abrir los diques e inundar la zona, haciendo entrar en acción además a sus 10 navíos, que con su artillería podrían arrasar las defensas del Tercio Viejo de Zamora con las primeras luces del 6 de diciembre.

     

        Agotados y exhaustos, los soldados de Bobadilla se preparaban para morir, comprobando cómo la crecida de las aguas les obligaba a retroceder cada vez más en su pequeño islote, en cuya cima y alrededores comenzaron a cavar las trincheras que podrían ser utilizadas como tumbas por los vencedores holandeses. Durante esa labor de zapa, fue encontrado en la excavación de una trinchera un retablo con la imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción, lo que fue considerado por algunos como una señal de encomendar sus espíritus y ponerse en paz con Dios.

        La imagen de la Virgen fue procesionada por todo el campamento, avanzando por una trinchera tras otra, mientras que a su paso, los soldados españoles se arrodillaban y rezaban. Poco después, durante la noche, se produciría el milagro.

        Los vientos helados hicieron bajar las temperaturas de modo espectacular, levantando corrientes gélidas de aire que terminaron por helar las aguas que rodeaban el islote de Bommel, e inmovilizando así a los buques holandeses, que perdieron su maniobrabilidad y su ventaja en el acto. Inmediatamente después, y a la vista de las circunstancias, Bobadilla mandó formar a sus hombres y los preparó para la batalla.

        A redoble de tambor, los soldados del Tercio Viejo de Zamora formaron rápidamente, sorprendidos y agradecidos del milagro que se acababa de producir, y se lanzaron a través del hielo, en una acción que no tuvo igual en la historia, a atacar a los buques holandeses, siendo destruida la flota hereje en una batalla terrestre. Se sabe que el sorprendido y aterrorizado almirante holandés dijo:

        "Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro".

        Unas palabras que pasarían a la posteridad, y que se convertiría en un verdadero icono de la historia militar. Desde ese mismo día, a medida que la noticia recorría el teatro de operaciones, la Virgen de la Inmaculada Concepción se convertiría en Patrona de los Tercios, aunque no fue hasta varios siglos después, el 8 de diciembre de 1854, en que la Iglesia Católica proclamó la Bula Ineffabilis Deus, por la que convertía oficialmente en milagro y en Dogma de la fe católica la Concepción Inmaculada de la Virgen, convirtiéndose el 12 de noviembre de 1892, por orden de la Reina Regente doña Cristina de Habsburgo (que reinaba en nombre de su hijo, el Príncipe Alfonso), en la Patrona de la Infantería Española.