El día de la infamia: el ataque a Pearl Harbour

        El 7 de diciembre de 1941, 357 aviones se lanzaban contra la principal base norteamericana en el Pacífico, en un espectacular ataque que dejó tras de sí 2.403 muertos, más de 1.000 heridos y 188 aviones destruidos. Además, 21 buques quedaban hundidos o seriamente averiados, entre ellos todos los acorazados presentes en la base, eliminando la principal fuerza de la Flota del Pacífico y metiendo a los Estados Unidos en la II Guerra Mundial...

            NOTA: Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos incluidos en el siguiente artículo, tanto en el aspecto escrito como de las imágenes contenidas en él, sin el consentimiento expreso de la administración del presente espacio web.

        INTRODUCCIÓN

        Desde la expansión del Japón por las islas del Pacífico, era inevitable que tanto ellos como sus adversarios al otro lado del océano, los Estados Unidos, terminasen chocando. El desarrollo industrial sufrido por las islas niponas vino inmediatamente acompañado de la necesidad de expandirse con el fin de obtener materias primas, y el gobierno japonés decidió obtenerlas en Manchuria y en China, lo que alarmó a las potencias occidentales, que además veían el enorme crecimiento del potencial militar de esa hasta hace poco desconocida nación.

        Los acontecimientos se precipitaron, y el gobierno norteamericano decidió tomar una serie de medidas de presión encaminadas a forzar la retirada del Japón del continente, y tras una larga serie de gestiones diplomáticas, se terminó por trasladar la Flota del Pacífico desde San Diego a Pearl Harbour, con la intención de hacer ver al gobierno japonés que la amenaza de una posible guerra se tomaba en serio. Sin embargo, el verdadero y decisivo factor que aceleró el camino hacia la guerra fue el embargo de petróleo que se ordenó sobre las islas japonesas, de modo que se estrangulara a su economía y de ese modo se obligara a claudicar al gobierno de Tokyo. La política expansionista japonesa y la agresiva actitud de los Estados Unidos para frenarla, paso a paso, fueron desarrollando una serie de circunstancias que hacía que la diferencia de opiniones entre los dos países sólamente tuviera un posible desenlace: la guerra.

        EL IMPERIO DEL SOL NACIENTE

        Desde las derrotas sufridas por el ejército del Shogún Hideyoshi en las campañas en Manchuria, el afligido dirigente japonés emitió un edicto de aislamiento, con el fin de no derramar más sangre de sus compatriotas fuera del sagrado suelo del Japón. Durante varios siglos, los japoneses vivieron aislados del mundo, anclados en sus tradiciones, y muy pocos extranjeros fueron autorizados a tratar con ellos. Todo ello cambió el Día de los Barcos Negros.

        En 1853, el Comodoro Perry, al mando de una escuadra norteamericana, arribó a las costas del Japón, con la misión de establecer relaciones comerciales con el aislado país. Impresionados por el tamaño de los buques y de su armamento, los japoneses autorizaron de nuevo la apertura del comercio, y diversos asesores de todas las potencias coloniales se introdujeron a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX en la Corte Imperial, modernizándose el país durante la época Meijii, aunque conservando en su aspecto militar el estricto Código del Bushido.

        Para principios del siglo XX, los japoneses contaban con un modernizado ejército y con una impresionante marina, que sorprendieron al mundo aplastando a la flota rusa primero en Port Arthur, mediante un ataque por sorpresa, y luego en Tsushima. Una nueva potencia a tener en cuenta surgía en el desconocido Extremo Oriente.

        Durante la Gran Guerra, los japoneses se aliaron con las tropas de la Entente Cordial, y fueron recompensados con la cesión de las islas que el Imperio Alemán tenía en el Pacífico, orientando así la política expansionista hacia el Este. Asesorados por los aliados, desarrollaron su tecnología militar, y de hecho, el primer portaaviones de la historia fue el japonés "Hosho", bajo la influencia británica. El rápido desarrollo industrial y las ansias expansionistas llevaron aparejado el aumento de la Rengo Katai, la Flota Imperial Japonesa, que muy pronto amenazó con superar a la de los Estados Unidos y a la Flota Británica de Extremo Oriente. Diversos acuerdos, como la Conferencia de Londres o la de Washington, trataron de limitar los tamaños y número de buques de importancia de todo el mundo, pero como quiera que estos tratados daban una clara supremacía a las flotas norteamericana y británicas, llegó un punto en el que el gobierno japonés anunció que no los respetaría y que haría uso soberano de su independencia para construir los buques de guerra que considerase oportuno.

        La necesidad de obtener nuevos recursos y materias primas llevó a la invasión por parte de tropas japonesas del continente, desembarcando tropas en Manchuria y en China, en una campaña que se iniciaría en 1931 y que duraría hasta el final de la II Guerra Mundial. A ello se unió, al estallar la guerra en Europa, la anexión de territorios coloniales franceses, como la Indochina, y la influencia nipona pasó a llamarse "Esfera de Coprosperidad", en realidad un auténtico Imperio del Sol Naciente, cuyo lema era "Asia para los asiáticos".

        EL ALMIRANTE YAMAMOTO, LA RENGO KATAI Y EL CAMINO HACIA LA GUERRA

        La persona elegida para planificar el ataque sería el almirante Isoroku Yamamoto, uno de los personajes más prestigiosos que entrarían a formar parte de la historia japonesa. Yamamoto fue educado en el estricto código del Bushido, en la lealtad al Emperador y en la dedicación a servir a su país. Durante su juventud estuvo destinado como agregado militar en la embajada en Washington, y durante ese período estudió profundamente el que sabía que algún día podría convertirse en su adversario, contemplando el poderío industrial norteamericano y su capacidad de producir material de guerra, así como la idiosincrasia y los ideales de su población.

        Cuando la facción militarista del gobierno nipón decidió optar por el camino de la guerra, Yamamoto trató de oponerse a ello, advirtiendo ante el Primer Ministro que el Japón podría garantizar la victoria en el primer año de guerra, pero que más allá de ese plazo, no podría asegurar un resultado apetecible. Por ello, cuando se le ordenó seguir dando los pasos para el conflicto, aun a pesar de sus reticencias se entregó en cuerpo y alma al proyecto de Pearl Harbour, convencido de que únicamente un golpe demoledor podría dar la ventaja a los japoneses para lograr sus conquistas e imponer una paz negociada, ya que una victoria a largo plazo era inviable desde el campo de las armas.

        Yamamoto había seguido con gran interés y había patrocinado hasta donde había podido el desarrollo de los portaaviones en la Armada Imperial Japonesa, enfrentándose a los defensores del acorazado como arma principal de la flota. Por supuesto, ello le había granjeado numerosos enemigos, pero lo cierto es que era muy respetado, sobre todo por los oficiales más jóvenes. Había estado al mando del portaaviones Akagi, uno de los más importantes de la Flota Combinada, y estaba seguro de lograr, junto con el cerebro que desarrolló los detalles del ataque, el Comandante Minoru Genda, demostrar la supremacía de la aviación naval sobre los acorazados, en contra de la doctrina de la época, llegando incluso a jugarse su carrera para imponer su criterio en caso de guerra.

        Cuando en el otro extremo del mundo, en el año 1940, los británicos atacaron el puerto de Tarento, hundiendo tres acorazados italianos, quedó claro para Yamamoto que su teoría era correcta.

        Ya nada pudo detenerle. Sin embargo, Tarento tenía una mayor profundidad que Pearl Harbour, por lo que los pilotos japoneses tuvieron que enfrentarse a nuevos inconvenientes. Finalmente, se modificaron los torpedos, añadiéndoles estabilizadores de madera, de modo que se sumergieran menos, combinando las acciones con vuelos aún más rasantes de los habituales en aviones torpederos.

        Otra de las grandes preocupaciones de Yamamoto era la información sobre la Flota del Pacífico, por lo que se montó una red de espionaje que incluía un agregado del consulado japonés en Oahu e incluso un oficial alemán retirado. El secreto era vital en las operaciones, y se ordenó a la flota concentrarse poco a poco en las islas Kuriles, a fin de seguir el rumbo que un buque de pasajeros japonés realizó por la ruta del Norte del Pacífico, sin encontrarse con ningún otro barco durante todo el trayecto. Finalmente, la última idea que atormentaba al almirante japonés era la cuestión diplomática de la declaración de guerra. Al haber vivido en los Estados Unidos, Yamamoto tenía claro que el ataque tenía que producirse justo después de la propia declaración, con un margen de como mucho una hora, de modo que por un lado el ataque no pudiera considerarse como una infamia (término que después se utilizaría...) y por otro, que las defensas no tuvieran tiempo de estar alertadas. Además, todavía con la esperanza en la paz, había ordenado que en caso de que incluso en el último momento las gestiones diplomáticas alcanzaran el acuerdo, la flota de ataque pudiera suspender la operación.

        La fuerza principal de ataque la constituirían los 6 principales portaaviones de escuadra. De ellos, el Akagi y el Kaga provenían de utilizar los cascos de antiguos acorazados, creando así algunos de los mayores portaaviones del mundo. Originalmente contaban con tres cubiertas superpuestas, y con artillería de grueso calibre, pero antes del ataque, durante los años 30, sufrieron una serie de modificaciones importantes, convirtiendo las tres cubiertas en una sola, y aumentando así el número de aviones. Desplazaban más de 35.000 toneladas. De menor tamaño, pero de igual eficiencia, eran el Soryu y el Hiryu, que no llegaban a las 20.000 toneladas, pero que habían sido construidos aprovechando las experiencias en los dos anteriores, de modo que operaban cifras parecidas de aviones. Finalmente, el Zuikaku y el Shokaku, de algo más de 25.000 toneladas, eran las unidades más modernas. Se trataba de buques diseñados específicamente y desde su proyecto para su función de portaaviones, y contaban con cubiertas reforzadas y con hangares blindados en algunos puntos del casco, dotándoles de una resistencia con la que no contaban sus predecesores.

        Junto con el resto de la escuadra, o mejor dicho, precediendo a la misma, se encontraban varios de los enormes submarinos clase I, que a su vez transportaban otros cinco submarinos enanos, cuya función era entrar en el puerto durante el ataque y, haciendo uso de sus torpedos, alcanzar blancos principales, como acorazados y portaaviones. Cada uno de los escuadrones y cada capitán de submarinos recibió un plano en detalle del puerto, con la distribución de los buques y fotografías de los mismos, imágenes muchas de ellas obtenidas de postales que se podían comprar en la base.

        Finalmente, antes de abandonar a la Flota Combinada en su camino hacia Pearl Habour, conviene analizar el arma aeronaval de que disponía. El más famoso y efectivo de sus aviones era el llamado Zero, un caza versátil y bien armado cuyo secreto para su gran maniobrabilidad era su ligereza de blindaje. Hasta que los norteamericanos lograron descubrirlo, por un modelo estrellado que lograron capturar, fue el dueño de los cielos en el Pacífico. En lo que a las unidades de ataque se refiere, se empleaba el bombardero en picado Val y el torpedero Kate, ambos anticuados para la época (en especial el torpedero), pero que no obstante se encontraban en manos de los mejores pilotos navales del mundo, con una efectividad sin parangón en otras armadas del planeta.

        LAS DEFENSAS DE PEARL HARBOUR

        La negligencia por parte de las autoridades norteamericanas debido a encontrarse en un profundo período de paz difícilmente puede justificar la ausencia de las más elementales medidas que exige la prudencia. Cuando el jefe del escuadrón de ataque japonés, el Comandante Fuchida, sobrevoló Pearl, escribió "debajo de mi se encuentra la Flota del Pacífico norteamericana en una formación que no habría acertado a imaginar ni en mis sueños más osados".

        Hacía ya varios años que los criptógrafos estadounidenses habían descifrado los códigos de comunicaciones japoneses, bajo las denominaciones de "Mágico" y "Púrpura", por lo que el Servicio de Inteligencia sabía de las actitudes agresivas de las autoridades niponas. Sin embargo, la dispersión en el mando, la retrógrada mentalidad de la época respecto de esas nuevas tecnologías y el completo menosprecio del enemigo fueron factores decisivos para el resultado de la base naval.

        La falta de coordinación entre los mandos era tal que la información sobre mensajes cifrados seguía una estricta cadena de mando, en la que no estaban incluidos los oficiales en ultramar, como era el caso de Pearl. No sólo eso, sino que de hecho, debido a imprudencias, se terminó por eliminar incluso al propio presidente de dicha cadena de información. En Pearl, por su parte, las patrullas de alerta correspondían a la Armada, pero la defensa aérea pertenecía al Ejército.

        La conclusión fue que diversas piezas de puzzle, que unidas y bien analizadas hubieran podido proporcionar un acertado plano de lo que estaba sucediendo, simplemente sirvieron para saber que probablemente los japoneses iniciarían la senda de la guerra, pero no se pensó en Hawai, sino en Filipinas.

        La propia actitud de la época en muchas ocasiones convertía al Servicio de Inteligencia en gente despreciable y de pocos escrúpulos, sin que se apreciara en su justa medida su labor. Se dice que cuando a mediados de los años 20 se le mostró por primera vez un mensaje cifrado, Stimson, el Secretario de Marina, lo consideró una falta de educación, diciendo que "un caballero no lee la correspondencia ajena." Años después, la situación había mejorado, pero no lo suficiente.

        Con respecto a la mentalidad, la US Navy adolecía de la mentalidad retrasada de la Flota Combinada, ya que se consideraba que el arma fundamental no eran los portaaviones, sino los acorazados, quedando los primeros relegados a proporcionar cobertura aérea a los segundos hasta que se aproximaran al enemigo y se entablara una batalla tradicional, que ambos bandos planificaban en las proximidades de las islas Marshall en sus juegos de guerra.

        Así, cuando se decidió enviar al Enterprise a Wake, a transportar aviones para la guarnición, y al Lexington a Midway, a una misión parecida, quedó claro para el almirante Kimmel, al mando de la Flota del Pacífico, que sus acorazados debían permanecer en el puerto. Las prioridades se centraban en Alemania, y gran parte de las unidades de escolta habían sido transferidas al Atlántico o cedidas a los británicos, mediante la Ley de Préstamo y Arriendo. Donde sí estaban mejor repartidas las unidades navales era en lo que a los acorazados se refiere, ya que en Pearl se encontraban las mejores unidades disponibles en el momento, los acorazados Maryland y West Virginia, que montaban artillería de 406 mm (el resto de acorazados de la flota, salvo el Colorado, de la misma clase, la montaban de 356 mm). Del resto de la Flota del Pacífico, se encontraban, por un lado, el Nevada y el Oklahoma, que fueron botados durante la Gran Guerra y modernizados a finales de los años 20, siendo los primeros acorazados del mundo en introducir el sistema de protección "todo o nada" que posteriormente se utilizaría en todas las marinas de guerra del planeta. Junto a ellos se alineaban el Arizona y el Pennsylvania, este último el buque insignia de la flota, y que eran una evolución de los clase Nevada, con mejor blindaje y mayor número de cañones, así como el California y el Tennessee, mejoras de la clase New México (desplegada en el Atlántico). En general, los acorazados norteamericanos habían sido modernizados a lo largo de los años 20 y 30, aumentando sus baterías antiaéreas y el ángulo de disparo de las baterías principales, y cada clase se diseñaba para enfrentarse a una homóloga japonesa, en una verdadera carrera de armamentos que, no obstante, logró vencer el Japón a base de sacrificios y tecnología.

        EL SENDERO DE LA GUERRA

        Al amanecer del 26 de noviembre de 1941, la flota japonesa abandonó su secreto fondeadero en Tankan Bay, en las islas Kuriles, e inició el largo y duro camino del Norte hacia las islas Hawai, a través de tormentas y de la mar gruesa que obligaba a cabecear a los buques y ocasionaba un grave riesgo de colisión en una escuadra que tenía estrictas órdenes de mantener el silencio en las comunciaciones.

        La fuerza la mandaba el almirante Chiuchi Nagumo, un duro y veterano oficial naval, pero que tenía una mentalidad basada en el pasado, en la supremacía del acorazado, y que carecía de la imaginación necesaria para comprender el verdadero significado del poder aeronaval. La misión no era de su agrado, pero estaba dispuesto a cumplirla estricta y profesionalmente, ni más, ni menos.

        Fue necesario a lo largo del recorrido reabastecer a los buques, lo que demostró de por sí la pericia de las tripulaciones niponas, que lograron hacerlo en las extremas condiciones del Pacífico Norte, mientras que los pilotos seguían estudiando y revisando sus aviones y el plan de ataque, memorizando cada más mínimo detalle. A las 05:30 horas del 2 de diciembre de 1941, se recibió a bordo un mensaje de Yamamoto que decía "Niitaka Yama Nabore" (escalar el Monte Niitaka). Era la confirmación del fracaso de la diplomacia y la confirmación del ataque.

        Las últimas esperanzas diplomáticas se habían frustrado a finales de noviembre, mediante la presentación de respectivas propuestas nipona y norteamericana, pero las condiciones impuestas por Cordel Hull, Secretario de Estado, eran inaceptables para la economía y la mentalidad japonesa. Cualquier intento por parte de los diplomáticos japoneses o norteamericanos posterior fue desechada por el General Tojo, ahora al cargo del gobierno, que ya había elegido la senda de la guerra.

        Por parte norteamericana, la actitud de negligencia había variado poco. A pesar de la noticia de las agresivas actitudes japonesas, lo único que se hizo para reforzar Pearl Habour fue enviar una docena de B-17 para reforzar a los escasos aviones de largo alcance de las islas y de ese modo establecer una tenue red de patrulla lejana. Se esperaba su llegada para el 7 de diciembre, y estaban bajo el mando del  Major Landon. Los aviones de caza norteamericanos se alineaban en el centro de las pistas por orden directa del General Short, que consideraba nula la posibilidad de un ataque aéreo, pero temía mucho más una acción de sabotaje, por lo que los refugios para los aviones quedaron inservibles antes incluso del ataque. La mañana de un plácido domingo en una isla paradisíaca como Hawai era el mejor momento para dormir.

        Eran las 06:30 de la mañana del 7 de diciembre, y a una distancia de 250 millas al Norte de Oahu, los aviones japoneses, al mando del Comandante Fuchida, adoptaban formación en V tras haber despegado de las balanceantes cubiertas de los portaaviones. Eran 183 aviones en la primera oleada, y pusieron rumbo Sur. 200 millas al Oeste de Oahu, 18 bombarderos del USS "Enterprise" despegaban rumbo a Pearl, con la esperanza de llegar a tiempo de desayunar en la base, tras un vuelo de entrenamiento. Las cartas comenzaban a caer sobre la mesa.

        Los primeros disparos de la Guerra del Pacífico no fueron, curiosamente, realizados por los japoneses. Justo en el momento en el que los aviones de Fuchida despegaban de sus portaaviones, las unidades que patrullaban cerca de la entrada de Pearl Harbour (el dragaminas Cóndor, el auxiliar Antares y el destructor Ward) avistaron lo que podía ser la torre de un submarino que intentaba penetrar en el puerto, aprovechando que la red se encontraba abierta para dejar pasar al propio Antares, que remolcaba una balsa blanco.

        Observando a través de sus prismáticos, el oficial del Ward decidió que se trataba de un buque hostil y ordenó zafarrancho de combate, informando a las autoridades de Pearl que había avistado un submarino enemigo y que iba a atacar. Una actitud que, irónicamente, contrasta con la actitud previa de sus superiores, ya que el inexperto oficial siguió los procedimientos al pie de la letra, sin más consideraciones, y si su enérgica actitud la hubieran tenido otros, el resultado del ataque a Pearl Harbour habría podido ser muy diferente... Mientras el Ward viraba y fijaba su blanco, un hidroavión PBY-Catalina que regresaba de una patrulla, coordinó su acción con el destructor y procedió a lanzar una bomba fumígena para marcar el blanco. Pronto una mancha de aceite indicó que el submarino había sido hundido, y la primera acción naval de la Guerra del Pacífico había finalizado.

        Por su parte, los aviones de Fuchida se dirigían al Sur, seguros de la sorpresa sobre el enemigo. Sin embargo, en el Punto Opana, dos soldados norteamericanos, Lockard y Elliot, detectaron con su radar la formación enemiga, y decidieron que la aparición de un grupo de aviones en esa zona era motivo de importancia para comunicarlo al mando, por lo que telefonearon a Fort Shafter. Allí, el telefonista informó que todos los oficiales estaban desayunando, y que no tenía instrucciones, por lo que los dos soldados siguieron registrando el rumbo de los aviones de Fuchida. Finalmente, un oficial, el teniente Tyler, se puso en contacto con Opana Ridge e informó a Lockard y Elliot que no se preocuparan, asumiendo que la señal eran los B-17 procedentes del Continente. Era la última oportunidad de dar la alerta, y se había perdido.

        LA PRIMERA OLEADA

        Eran las 07:49 cuando los primeros aviones japoneses se desplegaron sobre la dormida base de Pearl Harbour. Observando desde su cabina, el Comandante Fuchida comprobó que se había logrado la sorpresa, y emitió la señal convenida "To-To-To" para informar a la flota, para a continuación lanzar una bengala para dar la señal de iniciar el ataque. Sin embargo, uno de los escuadrones al que ocultó una nube no pudo ver la señal, y Fuchida lanzó una segunda bengala, para alertar al jefe de los cazas, dando lugar a una pequeña confusión, ya que el resto de la fuerza de ataque interpretó que se habían lanzado dos bengalas y que no se había logrado la sorpresa. Una mera anécdota sin consecuencias, ya que el hecho de que atacaran primero los bombarderos en picado o los torpederos era un detalle indiferente. Poco después se iniciaba el ataque y enviaba el famoso "Tora, Tora, Tora", que indicaba que se había logrado la sorpresa.

        A las 07:55, a bordo de los buques norteamericanos, se procedía al izado de bandera cuando aviones pintados de extraños colores en lugar del azul de la US Navy comenzaron a sobrevolar las instalaciones. El almirante Ramsey contempló indignado las evoluciones de algunos de ellos, pensando en dar parte inmediatamente de la temeraria actitud de los pilotos, cuando uno de los aviones le sobrevoló insolentemente para dejar caer una bomba justo delante del muelle. Las alarmas comenzaron a sonar, mientras las bandas de música interrumpían el izado de bandera y los hombres de la guardia de honor se precipitaban sobre los cañones antiaéreos. Ramsey se apresuró a llegar al puesto más cercano y ordenó emitir su famoso mensaje: "Incursión aérea sobre Pearl Harbour. Esto no es un ejercicio."

        Como los aviones de Fuchida pensaron que no se había logrado la sorpresa, el aeródromo de Wheeler fue uno de los primeros puntos en ser atacados, donde se alienaban la mayor parte de los cazas P-36 y P-40 del US Army. Tan pronto como uno de ellos era alcanzado, la explosión y el combustible en llamas alcanzaba al siguiente, y así sucesivamente, hasta que toda la pista se convirtió en un infierno en llamas del que los hombres trataban de salvar algunos aviones, aunque con poco éxito. La misma escena se repitió en Hickam Field, junto al puerto, donde la mayor parte de los bombarderos allí estacionados, entre ellos otros doce B-17, fueron destruidos.

        Por su parte, los aviones torpederos, divididos en dos grupos, se lanzaron contra la línea de acorazados (Battleship Row), en la que los principales buques de combate de la Flota del Pacífico se encontraban abarloados unos a otros. En una primera pasada fueron alcanzados el California, el Oklahoma y el West Virginia, mientras que en posteriores pasadas eran alcanzados el crucero Helena y el minador Oglala, siendo hundido este último. Una parte del segundo grupo de aviones también ataco el buque blanco, antiguo acorazado, Utah, mientras los Val iniciaban su vuelo en picado para dejar caer sus bombas.

        Mientras tanto, a miles de millas de distancia, el mensaje de Ramsay era recibido en Washington, donde el Secretario de Estado Cordell Hull aguardaba al embajador del Japón, Nomura, quien debía entregarle un importante documento. El plan japonés era que la declaración de guerra se hubiera presentado media hora antes del ataque, a fin de cumplir con la legalidad, pero al mismo tiempo no dar tiempo a alertar a las defensas de Pearl. Sin embargo, un problema en la embajada nipona a la hora de descifrar el mensaje en cuestión supuso un retardo, y el embajador japonés esperaba ante el Secretario de Estado mientras las bombas caían sobre los buques norteamericanos. Ese suceso valió al ataque el sobrenombre del "Día de la Infamia" para los norteamericanos.

        El ataque de los bombarderos en picado se centró en los buques que no habían podido ser alcanzados por los torpederos, al encontrarse amarrados entre sus buques hermanos y la costa de Ford Island. El Arizona fue sin duda el peor parado, alcanzado en la sala de calderas y en el pañol de municiones, que hicieron saltar al buque por los aires, matando a toda su dotación. 1.177 hombres fallecieron en el acto, atrapados en su casco, sin poder rescatar sus cuerpos, que hoy en día permanecen en su interior en el monumento que se erigió sobre el hundido casco del buque.

        LA SEGUNDA OLEADA

        Los 170 aviones de la segunda oleada de ataque llegaron a Pearl mientras Fuchida todavía estaba sobre el puerto, ya que el comandante japonés esperaba dar instrucciones a los recién llegados. Sin embargo, el propio Fuchida comprobó que sobraban las indicaciones, ya que la mayoría de los buques principales se encontraban en llamas, y los restantes eran blancos evidentes. El USS Nevada había conseguido soltar sus amarres, y lentamente, rodeaba los restos del Arizona y conseguía levantar presión y maniobrar hacia la salida del puerto.

        Los pilotos japoneses se dieron cuenta rápidamente de lo que supondría hundir una masa de 29.000 toneladas en la entrada del puerto, y gran cantidad de aviones picaron sobre el acorazado, recibiendo cinco impactos directos, por lo que los mandos del buque decidieron embarrancarlo en uno de los lados del canal, con ayuda de varios remolcadores.

        Aunque la segunda oleada estaba pensada para atacar a los portaaviones norteamericanos, la ausencia de estos no desanimó a los pilotos japoneses, que se ocuparon de rematar la faena de la primera oleada y de acabar con los buques que hubieran escapado del primer ataque. El acorazado insignia de la flota, el Pennsylvania, que se encontraba en dique seco, fue atacado, junto con los destructores Cassin y Downes, que sufrieron daños de gravedad. Peor suerte corrió el destructor Shaw, que voló por los aires al ser alcanzada su santabárbara.

        Algunos aviones norteamericanos lograron despegar para enfrentarse a los atacantes, siendo los más destacados los P-40 de los tenientes Welch y Taylor, que derribaron tres aviones japoneses. Por su parte, los B-17 del mayor Landon, que llegaron del continente durante el ataque, se encontraron que tras su largo vuelo, su destino era un infierno en llamas, y que eran perseguidos por un enjambre de cazas enemigos. Landon ordenó a sus aviones dispersarse y aterrizar en otros aeródromos de la isla, lo que consiguieron los pilotos de los bombarderos no sin grandes dificultades.

        El fuego antiaéreo aumentaba a medida que los hombres ocupaban sus puestos, alcanzando a algunos de los aviones del Enterprise, y los que no municionaban los cañones, trataban de apagar los incendios y rescatar a los heridos. Sin embargo, en Ford Island, el agua de las mangueras no funcionaba, debido a que el Arizona al hundirse había roto las tuberías. La buena noticia fue que el petrolero Neosho, amarrado cerca, logró escapar, al darse cuenta su capitán de la amenaza que suponía su buque cargado de combustible, y logró ser el primer barco en salir a alta mar, recibiendo su oficial al mando una Cruz Naval.

        Cuando los aviones de la segunda oleada comenzaron a retirarse, dejaban sobre Hawai 2.403 muertos y más de 1.000 heridos. Cuatro acorazados descansaban sobre el fondo (Arizona, totalmente destruido, Oklahoma, volcado y atrapando a 400 hombres en su interior, West Virginia y California, con el agua hasta la toldilla), otro quedaba embarrancado (Nevada) y otros tres más habían sido gravemente averiados (Pennsylvania, Tennessee y Maryland). Junto a ellos, diversos cruceros y destructores habían sido hundidos o habían sufrido daños de consideración, y 188 aviones habían sido destruidos. El precio a pagar fueron 29 aviones japoneses y los submarinos enanos.

        LAS CONSECUENCIAS

        Tan pronto como aterrizó en su portaaviones, Fuchida tuvo la desagradable noticia de que no habría una tercera oleada. Nagumo había decidido reemprender el regreso a casa. Las protestas de sus aviadores no fueron escuchadas, y el almirante indicó que había cumplido su misión hasta donde el deber le exigía, y que su prioridad era salvaguardar la flota de los contraataques enemigos.

        La decisión sorprendió tanto a japoneses como a norteamericanos, ya que en Pearl Habour se estaba seguro de que habría un nuevo ataque. Diversos escuadrones de bombarderos partieron en varias direcciones en busca de la flota japonesa, pero no la encontraron. En el arsenal, los hombres armaban y municionaban el armamento antiaéreo, mientras otros luchaban contra los incendios y se trataba de salvar a los hombres atrapados en el Oklahoma, aunque sin poco éxito. La mayor parte de los 400 hombres allí aprisionados murieron ahogados.

        En las islas se decretó el estado de excepción, y las tropas de tierra, bajo el mando del General Short, fueron desplegadas por todo el territorio a la espera de una invasión que nunca se produjo. Poco después, en los alrededores de Pearl, se hacía el primer prisionero de guerra, un oficial japonés que tripulaba uno de los submarinos enanos, que había embarrancado.

        Sin embargo, de entre los objetivos japoneses, no se había logrado alcanzar ningún portaaviones norteamericano, y el hundimiento de su elemento principal de combate, los acorazados, obligó a la US Navy a cambiar de doctrina y a organizar grupos operativos cuyo centro eran el Ennterprise, el Lexington o el Saratoga. Para colmo de males, el hecho de no lanzarse esa solicitada tercera oleada permitió que sobrevivieran los depósitos de combustible que abastecían a la flota y al mismo tiempo se salvaron el arsenal y los astilleros, fundamentales para la reparación de los buques dañados durante el ataque. Si la destrucción de esos dos elementos se hubiera llevado a cabo, es probable que la Flota del Pacífico hubiera vuelto a San Diego.

        El 8 de diciembre, el presidente Roosevelt se dirigió al congreso para hablar del "...no provocado ataque..." que tuvo lugar ..."en un día que vivirá en la infamia...", para a continuación recalcar que era evidente que el ataque se había planificado durante mucho tiempo, tiempo durante el cuál la diplomacia japonesa había simulado que existían posibilidades de una paz negociada. A continuación pidió al Congreso que declarara el estado de guerra. Poco después, eran la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini las que declaraban la guerra a Norteamérica, en virtud del Pacto Tripartito, y los Estados Unidos entraban de lleno en la II Guerra Mundial.