La Policía Montada del Canadá

        De entre las más famosas unidades británicas que defendieron el inmenso Imperio de la Reina Victoria, una que destaca por su eficacia, profesionalidad y conducta honorable es, sin duda alguna, la Patrulla Montada del Noroeste, que posteriormente pasaría a convertirse, ya en el siglo XX, en la Real Policía Montada del Canadá, todo un símbolo icónico hoy en día no sólo de las fuerzas de la ley de aquél país, sino de la propia nación en sí.

            NOTA: Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos incluidos en el siguiente artículo, tanto en su aspecto escrito como de las imágenes contenidas en él, sin el consentimiento expreso de la administración del presente espacio web.

        EL LEJANO NOROESTE

        Cuando estalló la Guerra de los Siete Años en Europa, y de allí saltó al resto del mundo, todos se dieron cuenta de que el resultado del conflicto podía determinar el destino del continente americano. Y así fue, en efecto.

        Una vez finalizado el conflicto, la región francesa de Norteamérica, el Canadá, acabó bajo dominio británico, y los antiguos colonos y los mestizos tuvieron que aprender a convivir con una nueva autoridad, la de Londres, y aprender a usar un nuevo idioma, el inglés. Lo mismo pasó con las tribus indias.

        La política británica para las colonias, en especial a lo largo del siglo XIX, era conseguir el máximo resultado con el mínimo de recursos, y ello implicaba un limitado despliegue de tropas para mantener el orden en la región.

        La rebelión del Río Rojo en 1869 obligó al envío de un fuerte contingente que incluyó unidades del 60º de Rifles, bajo el mando del afamado general británico lord Wolseley, que por aquél entonces todavía se estaba haciendo un nombre y una carrera militar, y una vez terminada, se planteó la necesidad de crear una fuerza permanente para que guarneciera el Canadá.

        LA PATRULLA MONTADA DEL NOROESTE

        Las largas distancias a cubrir y el terreno virgen del Canadá pronto determinaron las necesidades que tendría que cubrir la nueva fuerza a crearse. La ausencia de caminos y de áreas despejadas descartaba el uso de artillería como elemento principal, mientras que las enormes distancias a cubrir apartaban a la infantería como fuerza prioritaria. Así pues, sería la tercera de las armas tradicionales de los ejércitos, la caballería, la encargada de mantener el orden en el territorio.

        Siguiendo los principios básicos de la dominación británica antes expuestos, la nueva fuerza debería tener un tamaño reducido, más si cabe por el alto coste que suponen las unidades de caballería, y sus funciones deberían incluir tanto la defensa del territorio como el mantenimiento del orden. Dado que gran parte de la población canadiense era de ámbito rural, y convivían muchos mestizos y varias tribus indias, la conducta de los miembros de la nueva fuerza debía ser ejemplarizante, para que el ejercicio del mantenimiento del orden se llevara a cabo mediante una autoridad moral que incitara por instinto a ser respetada.

        A parte de Príncipe Alberto, donde se estableció el nuevo Cuartel General, eran pocas las ciudades que merecían ese nombre, por lo que las guarniciones se distribuirían en pequeños puntos del país, de las que partirían patrullas reducidas de incluso dos efectivos, que cubrirían las grandes distancias. El proyecto era que dichas patrullas, con ayuda de voluntarios civiles y exploradores nativos, ya fueran blancos, mestizos e incluso indios (estos últimos fueron la gran excepción, al contrario que su uso en campaña en las batallas del vecino del Sur, Estados Unidos), informaran de cualquier novedad o intento de rebelión, en cuyo caso, una vez investigado, se haría una concentración de tropas y de restablecería el gobierno británico.

        Junto con poblaciones como Montreal u otras más pequeñas como Batoche, los segundos habitantes de la región eran los indios, muchos de ellos exiliados de las campañas del gobierno de los Estados Unidos, destacando la presencia de los Cree o de los Pies Negros, cuyos intereses, aunque distintos de los mestizos o los colonos, convergían en ser contrarios a la dominación británica (o cualquier otra que se les tratara de imponer, por otra parte). No obstante, estas tribus que huían de la Caballería de los Estados Unidos y buscaban refugio en Canadá, habían aprendido a temer la fuerza del hombre blanco, y por ello eran reacios a alzarse. Más aún, el trato humano dispensado por la Patrulla del Noroeste les granjeó el respeto de las tribus indias.

     

        La nueva fuerza vio la luz en el año 1873, y se compuso en sus orígenes de apenas 300 hombres, una cifra milagrosa si se tiene en cuenta la extensión del territorio a cubrir, lo que también es un tributo al valor de estas tropas. Se realizó una marcha a fin de impresionar a las tribus, con las vistosas casacas rojas, que en efecto atrajeron la atención de la población, hasta que finalmente los diferentes destacamentos acabaron desplegados en los diferentes fuertes, como en el caso de Fort Carlton, de infausto recuerdo en posteriores campañas.

        Su uniformidad incluía la tradicional guerrera de color rojo, con cuello y puños con colores regimentales, que era utilizada por la caballería británica de la época. El pantalón, de montar o bombacho, incluía también la tradicional franja amarilla de los regimientos de dragones (dada su función de infantería montada, la Patrulla del Noroeste entraría dentro de esa definición) y, en sus orígenes, ceñidores normales de caballería, hasta que posteriormente se les incluiría el cinturón Sam Browne, que se convirtió en icónico del ejército británico. Se completaba la uniformidad con capotes invernales, guantes de montar y el indispensable gorro de piel, fundamental para la lucha contra el frío en las regiones del Gran Norte. El famoso sombrero no se introduciría hasta mucho después.

        LA REVUELTA DE LOUIS RIEL

        La gran prueba de fuego a la que tuvo que enfrentarse la Patrulla Montada del Noroeste fue a la sublevación de los llamados "mestizos", que por segunda vez, bajo la dirección del político Louis Riel (que había vuelto de los Estados Unidos tras su exilio después de la Rebelión de Río Rojo), se alzaron contra la dominación británica, intentando crear una república independiente con capital en Batoche.

        Hubo algunos enfrentamientos en los alrededores de Fort Carlton, el puesto militar más cercano, de los que destacó la pequeña batalla de Duck Lake, pero el desarrollo de las infraestructuras permitió que las tropas británicas acudieran a sofocar la revuelta gracias al ferrocarril, y pronto Batoche acabó de nuevo bajo mando británico.

        Una vez aplastada la revuelta, y sometidos tanto los rebeldes como los conatos de rebelión india, se procedió rápidamente a juzgar a los principales líderes de la misma, siendo Riel condenado a muerte y ejecutada la sentencia posteriormente, y terminando así con uno de los principales iconos de la resistencia a la dominación de las casacas rojas.

        LA REAL POLICÍA MONTADA DEL CANADÁ

        La finalización de la Gran Guerra en 1918 cambió en gran medida el panorama político del Imperio Británico con respecto a la administración victoriana, y las circunstancias sociales fueron transformando las antiguas colonias en Protectorados, Dominios, y otras terminologías que trataban de seguir manteniendo el control de la metrópoli londinense sobre el antiguo Imperio, aun a costa de que los territorios fueran adquiriendo mayores competencias e independencia.

        Así, el Territorio del Noroeste había evolucionado desde sus orígenes, y la Patrulla Montada del Noroeste pasó a ser la Real Policía Montada del Canadá en el año 1920, siendo un claro reflejo de que la situación administrativa de aquéllas tierras había cambiado.

        Lo que sin embargo no cambió ni el paso del tiempo ni la situación administrativa fueron los ejemplarizantes principios rectores de esta fuerza policial que han perdurado hasta nuestros días...