La Batalla de Quatre Bras

16 de junio de 1815

La batalla de Quatre Bras supuso un preludio de lo que poco después decidiría el destino de Europa: Waterloo. Fue un enfrentamiento entre las tropas francesas al mando del Mariscal Ney y los aliadas bajo el mando del Duque de Wellington, y aunque no fue el elemento decisivo de la campaña, si que tendría una importancia significativa para los acontecimientos que decidirían el llamado Imperio los 100 días, en especial en lo que a las pérdidas en caballería se refiere, y al elemento de moral que dio a las tropas aliadas de Wellington.

NOTA: El presente artículo es una parte de la publicación del libro Quatre Bras, y ha sido reproducido con el permiso expreso de su autor, Raúl Matarranz del Amo. Las fotografías son  de la colección particular de Quico Cerdá (28 mm). El autor quiere agradecer a Quico Cerdá, Antonio Rico, J. Sánchez Arcilla y Benito Díaz de la Cebosa su colaboración en la recreación con miniaturas de la batalla de Quatre Bras. Finalmente, informar de que la reproducción de las presentes fotografías o del texto del artículo queda prohibida salvo autorización expresa de la administración del presente espacio web.

    LA CAMPAÑA

     “Puedo perder una batalla, pero no debo perder un minuto”

                                                                                               Napoleón Bonaparte

 

    Al amparo de la oscuridad, las fuerzas francesas se dispusieron a cruzar la frontera. Enfrente suyo descansaban las tropas británicas y el resto de aliados por un lado, y cuatro cuerpos de ejército prusianos dispersos entre sí por el otro. Los aliados no reaccionaron a tiempo, y con una marcha forzada, Napoleón logró cruzar por entre ambas fuerzas por Charleroi, colocándose en mitad de los dos ejércitos e impidiendo que se pudieran coordinar.

     Una serie de amagos hacia Mons y Namur causaron una mayor confusión cuando se informó a Wellington, quien asistía a un baile ofrecido por la Duquesa de Richmond, de las maniobras francesas. Ante esas noticias, el mariscal inglés derivó fuerzas en la dirección de Mons, alejándose de Blücher. Los aliados se habían tragado el anzuelo. La concentración del ejército británico en Nivelles dio a Napoleón la entrada que esperaba, mientras que Blücher, más agresivo, se disponía a marchar al encuentro del enemigo, sin considerar la posibilidad de quedar aislado de los británicos.

     Por su parte, las fuerzas de Ney avanzaban a lo largo de la Carretera de Bruselas, amenazando con lograr el objetivo de romper a los aliados, pero se detuvo cerca de Gosselies a esperar refuerzos del Cuerpo de D’Erlon. Ordenó avanzadas de caballería en la zona de Quatre Brass, encontrándose con fuego de artillería de los aliados, tropas de Nassau de Perponcher, por lo que decidió acampar y esperar para combatir al día siguiente, el 16 de junio de 1.815.

     Mientras tanto, recibidas las noticias de lo que ocurría cerca de Quatre Brass, Wellington cambió rápidamente sus órdenes, dándose cuenta de lo que ocurría, y ordenó la concentración de tropas en esa dirección, encabezadas por la División del General Picton, que marchaba al son de las gaitas. Los ejércitos se aproximaban a la batalla.

     LA BATALLA DE QUATRE BRASS

     Primeros movimientos

        “Las grandes batallas las gana la artillería”

                                                                Napoleón Bonaparte.

     A las 14:00 horas daba comienzo la batalla. Desplegadas en formación cerrada, las fuerzas bajo el mando de Reille iniciaban el avance. Al cargo del General Bachelu, la 5º División francesa desplegaba una descubierta de tiradores y convergía sobre las posiciones enemigas, haciendo retroceder a los batallones aliados, hasta que estos alcanzaron la granja de Gemioncourt en su camino, y el avance francés encontró más resistencia. Mientras todo ello tenía lugar, las unidades bajo el mando del Príncipe de Orange, esperaban en el Bosque de Bossu, listas para la acción. Un delgado frente, compuesto por el 27º Regimiento de Cazadores, protegía el despliegue, organizado según el plan del General Perponcher.

     Por el Oeste del camino hizo su aparición la 6º División francesa, bajo el mando de Jérôme, quien al comprobar que la batalla había comenzado ordenó desplegar, a su vez, una pantalla de hostigadores de cada regimiento. Jérôme analizó mentalmente la situación y, comprobando los acontecimientos que tenían lugar, decidió atacar directamente contra las fuerzas aliadas estacionadas en el Bosque de Bossu.

    Los cañones se desplegaron y comenzó un fuego de artillería que apoyó el avance francés, y una hora después caían tanto Gemioncourt como Pireaumont en manos francesas, mientras que las fuerzas de Jèrôme avanzaban a través del verde bosque, chocando con las tropas del General Bylandt. Éste, poco dispuesto a aguantar la acometida él solo con su despliegue en línea, retiró el frente, esperando alargar el encuentro hasta que acudieran refuerzos. Sin embargo, se presionó a las fuerzas holandesas, y una carga decidida rompió al 17º de infantería ligera de aquél país, iniciando una desbandada. Los lanceros del General Piré se lanzaron como posesos y aplastaron a los grupos de holandeses que huían por doquier, así como a la caballería de aquél país, que había acudido a intentar frenar la interpenetración, mientras otra parte del regimiento de infantería trataba de formar y mantener la posición. Esta segunda parte del 17º Ligero Holandés, en particular, resistió con valor y luchó con gran heroísmo, pero fueron finalmente aplastados por la superioridad numérica. Entretanto, el General Bylandt rezaba a todos los dioses imaginables, tratando de recomponer la situación. El milagro se produjo cuando se oyó el sonido de las gaitas y de la banda de música de los hombres de Picton, quienes entraron en escena justo en el momento oportuno para taponar la brecha.

 La reacción de Wellington

 “Una vez roto el equilibrio del oponente, lo demás no importa”

                                                                                               Napoleón Bonaparte

     La llegada de fuerzas británicas de refresco consternó a los mandos franceses. Ney, en especial, había sido especialmente aleccionado sobre la costumbre de Wellington de ocultar a la mayor parte de sus tropas siempre que le fuera posible, tendiendo trampas al ejército enemigo. Así lo había hecho repetidas veces en la Península, y así se lo había recalcado Reille a Ney. Ahora, al parecer, estaba ocurriendo de nuevo.

     Sin embargo, lejos de ser así, lo cierto es que la situación era bastante diferente, y el ataque francés había sorprendido a Wellington, quien había ordenado a todos sus mandos converger en los cruces de Quatre Brass, llegando estos paulatinamente. Sin embargo, el mando inglés había logrado que la concentración llegase a tiempo, y ahora podría estabilizar la situación.

     A lo largo de la carretera de Namur fueron emplazándose las casacas rojas, y los hombres del 95º de Rifles ocuparon el bosque hasta el Lago Materne, donde su fuego de fusilería detuvo a las fuerzas de Bachelu. Mientras eso tenía lugar, el 92 aseguró el cruce y ocupó los edificios en el mismo, mientras que las tropas de Hannover y las de Brünswick hacían lo propio y completaban la línea, taponando las brechas, en el ala Oeste.

     Retirados y rotos, los hombres de Bylandt recordarían el resto de sus vidas la teatral y organizada aparición de un ejército que significaba que estaban salvados. La mayoría de ellos, ocultos en el Bosque de Bossu, esperaron acontecimientos, pero ahora cubiertos por la llegada de sus propios refuerzos.

     Ney decidió concentrar el fuego sobre los recién llegados, y el fuego de artillería francés obligó a las tropas de Picton echarse a tierra para evitar las explosiones. Mientras ello ocurría, el pelirrojo mariscal francés recorría sus propias líneas, preparando un nuevo ataque, con cuatro columnas de infantería que marcharían en orden cerrado contra el enemigo. Formadas en masa de batallón, estas cuatro brigadas avanzarían contra las posiciones inglesas, aplastándolas gracias a la fuerza de la profundidad. O eso era lo que esperaba que pasara según sus planes el Mariscal Ney.

     El avance de las fuerzas de infantería redujo el fuego de las baterías francesas, y el propio Wellington contemplaba la escena desde su privilegiada posición. Enviando un correo, ordenó a las unidades de Picton volver a sus posiciones originales, abandonando sus coberturas, y desplegándose en línea de fuego para frenar el ordenado avance francés. Este se oía en la distancia con el retumbar de los tambores que marcaba el paso de avance de las cuatro brigadas formadas en columnas. La llegada de nuevo de los hombres de rojo tranquilizó a las unidades de Brünswick, quienes cubrían el flanco hasta llegar al bosque, y que se habían quedado en sus posiciones al buscar la cobertura los de Picton.

    Bajo el son de los tambores y de su propio paso, los regimientos franceses entraron en escena, gritando vítores y entusiasmados por la que creían que sería una victoria segura. Pronto la silenciosa formación de color rojo, emplazada en doble línea de tiro, recibió la orden de abrir fuego, y una masa de humo se elevó de entre la larga fila de mosquetes, desintegrando la parte frontal de la carga azul. Las formaciones en profundidad francesas pronto se colapsaron a medida que nuevas descargas de fusilería barrían las columnas, cayendo los hombres según ocupaban el lugar de sus camaradas caídos. Varios oficiales trataron de organizar sus unidades para devolver el fuego, pero el frente de una columna nunca fue el de una línea, y los disparos de las tropas británicas tuvieron un efecto devastador. Viendo el colapso del ataque enemigo, Picton lanzó a sus highlanders para rematar la faena, pero los franceses no pudieron aguantar más y se produjo la desbandada. Los hombres de Escocia pronto fueron llamados de nuevo a sus propias filas, permitiendo así un respiro en su huida a los diezmados batallones de Ney. El ataque fracasó estrepitosamente.

 Ataque de flanco: Los lanceros de Piré

 “Los lanceros y los coraceros enemigos son los mejores hombres que he visto”

                                                                                               Sir Augustus Frazer, Coronel del Ejército Británico.

     Por su parte, Jérôme había continuado su avance a través del Bosque de Bossu, enfrentándose a la parte de ejércitos aliados de Wellington. Constituían estas fuerzas regimientos holandeses, de Brünswick y belgas, que aunque valientes carecían de la disciplina y profesionalidad de las tropas británicas. Así, cuando Jérôme lanzó una decidida carga a través del bosque contra la línea defensiva del Duque de Brünswick rompió sus posiciones y se abrió una brecha.

     Era el momento de aprovechar la ruptura, y mientras los hombres de Brünswick se retiraban en desorden perseguidos a corta distancia por las fuerzas de Jérôme, Ney ordenó a Piré avanzar con su caballería. Lanceros y cazadores se lanzaron al punto a cumplir la orden, con el propio Piré en cabeza, ensartando enemigos y vengándose en ellos de todas sus desgracias. La situación se tornaba grave para los aliados de Wellington y el propio Duque de Brünswick trató de salvar el día, agrupando a sus “húsares de la calavera”, su mejor caballería, a la que encabezó para tratar de contrarrestar la carga francesa. Una descarga de fusilería de las tropas francesas diezmó a los húsares, aunque sin lograr rechazarles, por lo que la carga continuó. Lanzas chocaron con sables, pero el ímpetu de los hombres de Piré fue demasiado y los húsares estaban debilitados por el fuego enemigo, por lo que fueron aplastados. El Duque de Brünswick cayó al frente de sus hombres momentos antes de que los húsares se dispersaran por el campo, perseguidos de cerca por los lanceros.

     Eran las 16:00 horas cuando Ney recibió la orden de tomar el cruce, de modo que se redirigió la carga de caballería de Piré contra esa posición. Realizando un nuevo asalto, los jinetes franceses continuaron aplastando regimientos del Ejército de Wellington, mientras este, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, se protegió con los hombres del 92º de infantería, mientras la caballería desbordaba el regimiento y continuaba su carga.

     Tras el 92º, los hombres de Piré encontraron el 42º de Highlanders y el 44º formados sorprendentemente en línea en lugar de en los esperados cuadros. Atacando a ambas unidades desde la retaguardia, cubiertos por el ondulante terreno, cogieron a los infantes de rojo totalmente desprevenidos. Rápidamente, el comandante del 42º de Highlanders intentó formar en cuadro al ver la que se venía encima, pero el ataque de retaguardia de la caballería napoleónica costó un alto precio en oficiales del regimiento, y ello dificultó la maniobra. Afortunadamente, los highlanders reaccionaron casi por instinto y apenas hubo que dar órdenes para formar el tan deseado cuadro, atrapando a varios lanceros dentro a los que se eliminó una vez fueron aislados de sus propios camaradas.

     Por su parte, el 44º tampoco lo había pasado muy bien, puesto que su coronel se dio cuenta de que les sería imposible formar en cuadro en tan poco tiempo. Rápidamente, decididos a vender caras sus vidas, los hombres del 44º mantuvieron la línea y se ordenó fuego por secciones, realizándose descargas cerradas a corta distancia que terminaron por rechazar el ataque, aunque las bajas en ambos regimientos fueron cuantiosas.

     Desordenada por el fuego de fusilería, la caballería francesa, que tan buenos éxitos había logrado, comenzó a retirarse hacia sus propias líneas para poder reorganizarse. Wellington respiró aliviado y al instante comenzó, a su vez, a reagrupar a sus propias fuerzas, antes de que los franceses volvieran a atacar. Fue justo a tiempo, pues nuevas cargas a caballo aplastaron otro batallón hannoveriano, hasta que fueron finalmente rechazados por el fuego de los británicos, vueltos a formar en cuadro. Si la infantería francesa hubiera apoyado el asalto, Wellington sabía que habría perdido la batalla. Sin embargo, en el ejército de Ney faltaba precisamente el cuerpo encargado de esa tarea, el Cuerpo de D’Erlon.

     D’Erlon, el hombre que nunca llegó

     “El destino de Francia depende de tomar ese cruce”

                                                                Napoleón Bonaparte.

 

    Al dividir sus fuerzas, Napoleón había dejado el Cuerpo de D’Erlon como reserva para ambas batallas. Peor que eso, cuando Ney abandonó Charleroi para preparar las operaciones contra Quatre Brass, el Emperador le había asegurado que el ataque principal sería contra los británicos, y que por ello las fuerzas de D’Erlon apoyarían a las unidades de Ney.

     Sin embargo, pasada la madrugada, Napoleón decidió cambiar el curso de las operaciones y dirigirlas contra los prusianos. El agotamiento de días anteriores y la incompetencia de ciertos oficiales de enlace provocaron que este cambio de órdenes no fuera comunicado a Ney hasta mucho más tarde. Así, el mariscal francés se encontró falto de lo que él consideraba en sus planes una fuerza decisiva en la batalla.

     Por su parte, D’Erlon recibió las órdenes verbales del General de la Beyodere de dirigirse a Ligny a apoyar a Napoleón. Por ello, no estaba, como esperaba Ney, cerca de Quatre Brass, sino que se encontraba a medio camino de ambas batallas. Para colmo de males, nadie había informado al pelirrojo mariscal francés de esta circunstancia, puesto que ningún mensajero había acudido a darle cuentas. D’Erlon, por su parte, lejos de preocuparse por informar, siguió las órdenes tal y como las recibió, y emprendió camino. 

    Ante lo dramático de la situación, encolerizado por el trato del que era objeto, Ney envió un mensaje a D’Erlon ordenándole volver inmediatamente, apartándole así de ambas batallas. A las cinco de la tarde, se recibía un mensaje de Napoleón en el que ordenaba a Ney “apresurarse” para envolver a las tropas prusianas, lo que da una idea de lo ajeno que estaba el Emperador a lo que ocurría en Quatre Bras.

 El ataque de Kellerman

 “Cargue con lo que tiene ahora. Aplástelos, desmóntelos. ¡Vaya!¡Vaya ahora!”

                                                                                               Mariscal Ney al General Kellerman

     Para cuando el General Kellerman y una de sus brigadas de coraceros llegaron a la zona, la batalla de Quatre Brass se encontraba en un momento dramático para los franceses, pues la ausencia de D’Erlon eliminaba de la ecuación de Ney nada menos que un Cuerpo de Ejército, dejando un hueco en sus planes que nada podría suplir. La llegada de Kellerman supuso para el mariscal la posibilidad de alargar la agonía o de conseguir tiempo para que D’Erlon tuviera una revelación de genialidad y llegara a tiempo de salvar la situación.

     Kellerman, por su parte, llegó hasta la posición elevada desde la que Ney dirigía la batalla y contempló la magnitud del ejército enemigo. Protestó cuando el mariscal francés le informó de los planes que tenía para sus coraceros, cargar contra el inmenso ejército aliado, de modo que lograra darles más tiempo a las fuerzas azules. El general de caballería apenas podía creer lo que se le estaba ordenando, pero Ney no estaba abierto al diálogo. Los acontecimientos y lo sucedido con los comunicados del Emperador le habían enfurecido más allá de la racionalidad, y cortó las protestas de Kellerman con un seco “¡Vaya! ¡Vaya ahora!”

     El general francés, viendo que las órdenes de su superior eran totalmente irrevocables, picó espuelas y se dirigió a donde los dos regimientos de coraceros aguardaban sus órdenes. Para Kellerman, aquello era absurdo, pero esclavo de la disciplina formó la brigada. Ney incluso le había negado la posibilidad de esperar a que llegara el resto de su caballería, de modo que dos regimientos cargarían contra todo el ejército británico. El desenlace, pues, para estos valerosos hombres, estaba claro de antemano.

     Los dos regimientos se lanzaron en pos de su comandante, acelerando de forma bastante más acrecentada de lo habitual. El motivo de esto era que su general no quería dar la opción a que nadie detuviera su montura cuando se viera el objetivo de la carga. Seguido primero por su estado mayor y luego por el resto de la brigada, los coraceros de Kellerman salieron de la altura que les impedía ver al enemigo y los hombres comprobaron la magnitud de su misión. Sin embargo, lejos de acobardarse, ambos regimientos espolearon a sus monturas mientras los cornetas ordenaban carga. No había apoyo, no había remedio: debían vencer o morir.

     El 69º Regimiento fue el primero en recibir la carga. Su coronel trató de formar en cuadro, pero el Príncipe de Orange, que no comprendía lo que ocurría, se enfureció al ver que una de las unidades a su cargo cambiaba la formación sin recibir la orden, por lo que exigió mantener la línea. Cogido en desorden, sin saber qué órdenes ejecutar, el 69º de infantería fue pronto arrollado por los jinetes de brillante armadura, y perdió los colores y estandartes regimentales. La carga continuó, abalanzándose sobre el 33º de línea, que también cayó víctima de la caballería francesa antes de poder formar en cuadro. Desde las alturas, Ney observaba esperanzado el demoledor avance de Kellerman, viendo cómo arrasaba una posición tras otra, hasta que alcanzó el propio cruce de Quatre Brass, tomando su objetivo. Si D’Erlon apareciera ahora, la victoria sería para Ney. Pero como ya se ha explicado, D’Erlon estaba lejos de aparecer, ajeno a lo que ocurría en estos momentos en Quatre Brass y a caballo entre ambas batallas. La carga de Kellerman fue perdiendo empuje a medida que se adentraba en las líneas enemigas. Otro batallón de infantería, esta vez de las fuerzas de Brünswick, fue desbaratado, pero finalmente el avance terminó contra el 2º batallón del 30º regimiento de infantería.

     Los coraceros de Kellerman comenzaron a acusar la falta de apoyo, y los regimientos de infantería británicos se lanzaron al ataque contra ellos. Defendiendo una posición en lugar de cargar contra ella, los caballos y el pesado equipo de los coraceros pronto se demostró ineficaz para esta tarea. Era necesario que recibieran ayuda. 

    Finalmente, la luz de la cordura se abrió paso en la mente de Ney, y este comprendió que D’Erlon aparecería el día que los burros aprendieran álgebra, decidiendo entonces moverse para apoyar a Kellerman, y lanzando un ataque con infantería, el cuál sería apoyado por la artillería, que avanzaría sus cañones al ritmo de los regimientos a pie. No obstante, la resistencia británica fue demasiado fuerte para los agotados franceses, y no consiguieron romper el frente enemigo. Kellerman estaba solo. 

    Ante la gravedad de la situación, la desesperación comenzó a abrirse paso entre los coraceros franceses. Una batería de la KGL fue emplazada y abrió fuego contra ellos, causando bajas a ritmo espantoso, y el general francés decidió que había que salir de allí. El 30º de infantería se unió al fuego de fusilería del 73º, vengándose ambos regimientos de la osadía y las penurias que los coraceros habían creado en las filas británicas. Formando ambas unidades, Kellerman se dispuso a encabezar una carga para romper el cerco y volver hacia las posiciones azules cuando su caballo fue muerto a mitad de avance. Apenas pudo aferrarse a las bridas de sendos jinetes que acudieron en su ayuda para lograr escapar de aquel infierno, siendo perseguidos de cerca por los highlanders.

     El ataque había fracasado, y los restos de la brigada volvía en grupos o de uno en uno hasta las líneas francesas. En ellas, Ney galopaba de un punto a otro reorganizándoles y haciéndoles volver a formar, mientras que la artillería del cuerpo disparaba contra los cuadros británicos en un intento de romperlos.       

    Las brillantes casacas rojas

     “Si no hubiera sido por ustedes los ingleses, habría logrado ser Emperador de Oriente”

                                                                                                               Napoleón Bonaparte.

     Creyendo que la artillería estaba destrozando las formaciones cerradas británicas, Ney preparó una última tentativa. Reorganizadas sus exhaustas unidades de caballería, ordenó realizar una nueva carga con los coraceros de Kellerman y los lanceros de Piré, reforzados por un nuevo regimiento de estos últimos procedente de la reserva. Ney, testarudo e irascible, seguía decidido a romper las defensas enemigas y abrir el camino hacia Bruselas, pero hacía ya tiempo que había perdido la noción de la realidad.

     Batallones británicos cerraban el frente, y la caballería francesa ya había demostrado sobradamente que no sería capaz de romper las formaciones enemigas. Ordenó hacer avanzar a la artillería para desorganizar los cuadros, de modo que los hombres a caballo tuvieran una oportunidad, pero trataba de lograr un milagro.

     Resignados, jinetes y animales comenzaron un nuevo trote hacia el enemigo, ganando velocidad a medida que recorrían terreno. Las cornetas volvieron a anunciar la carga, y de nuevo los lanceros y coraceros se abalanzaron contra los cuadros ingleses. Una vez más, un solitario y desorganizado batallón de Hannover sería su víctima propiciatoria. Los hannoverianos apenas fueron capaces de encajar el golpe y fueron dispersados y aplastados, huyendo los supervivientes hacia las líneas inglesas.

     Lejos de seguir el ejemplo de sus camaradas de Hannover, los casacas rojas cerraron filas y se enfrentaron a los franceses con férreas líneas de bayonetas, determinados a no ceder terreno. Y de nuevo una vez más lograron desbaratar el ataque.

     Fue como ver a las olas rompiéndose contra las rocas. Una marea de azul se demostraba incapaz de entrar en las islas de color rojo que salpicaban el terreno, mientras la segunda línea de los cuadros ingleses disparaba sobre la caballería enemiga a placer. Finalmente, tras rechazar la carga, Wellington contó cifras y calculó que tenía sobre el terreno unos 36.000 hombres. Era hora de concluir la batalla.

     Contraataque británico

     “En la guerra, tres cuartas partes dependen del carácter y las relaciones personales. Los recursos humanos y materiales sólo corresponden al otro cuarto.”

                                                                                                                              Napoleón Bonaparte.

     Para las 18:30, estaba claro que la batalla se declinaba claramente a favor de los británicos, y Wellington decidió utilizar esa ventaja. La llegada de nuevas tropas, entre ellas la División de Guardias Británicos, con unos 5.000 hombres, le convenció de iniciar un contraataque y recuperar el terreno perdido.

     El ataque aliado se produjo en toda la longitud del frente. En el área del Bosque de Bossu, los recién llegados regimientos de la Guardia Británica, que habían aparecido a tiempo de ver la desbandada de la caballería francesa, se internaron entre la vegetación y los ancianos árboles, adentrándose en la espesura y tomando la totalidad del bosque una hora más tarde, sobre las 19:30.

     Mientras tanto, Picton avanzaba por el centro del despliegue británico, al frente de sus hombres, tomando la Granja de Gemioncourt, y desfilando por un campo de batalla que tanta sangre y sacrificio había costado tomar a las tropas del Mariscal Ney y, en especial, a la caballería de Kellerman.

     Sin embargo, lejos de mostrarse totalmente derrotados, los soldados azules comenzaron a ofrecer una feroz resistencia al avance de las casacas rojas. El avance se detuvo, hasta volver a reanudarse pero a un paso bastante más vacilante. La furia de Ney y su orgullo personal le incitaban a no perder terreno, a arañar algo más que una derrota, y su esfuerzo se vio recompensado cuando logró alargar la acción hasta la noche, logrando una situación de empate.

     La llegada de nuevos refuerzos para el ejército aliado se produjo ya casi al amparo de la oscuridad, y tanto la caballería británica como la Real Artillería Montada, que llegaban en esos instantes, aparecieron demasiado tarde para participar en la acción. La batalla había terminado.

     Resultado final

     “Elevado al trono por elección vuestra, todo lo que se ha hecho sin vosotros es ilegítimo”

                                                                                                                                              Napoleón Bonaparte.

     Ninguno de los dos bandos consiguió una victoria plena. Por el lado francés, Ney no consiguió derrotar al ejército de Wellington, y las pérdidas sufridas, sobre todo en términos de caballería, pesarían largo tiempo en la mente del mariscal francés. La ausencia de D’Erlon significó una amarga derrota en el mismo momento en que la batalla se pudo haber tornado en victoria aplastante, pero desde el momento en que se vio abrumando por la llegada de refuerzos británicos a la batalla, quedó claro que no podría ganarla. Para colmo de males, no había podido cumplir el objetivo asignado, la toma de los cruces de Quatre Brass. Las órdenes de su Emperador no habían podido ser cumplidas, al menos en su totalidad, y Ney fue reprendido gravemente por el mismo Napoleón, sin que este tuviera en cuenta la dificultad de la misión que había exigido cumplir.

     Sin embargo, por el lado aliado, Wellington tampoco podía estar demasiado satisfecho. En efecto, se había mantenido el cruce y sus heterogéneas fuerzas, amalgama y mezcla de un amplio abanico de ejércitos y países, había presentado cara a su adversario, pero no había podido acudir en ayuda de Blücher como ambos generales aliados hubieran deseado. En ese punto, puede decirse que Ney cumplió con su misión. No sólo eso, sino que la resistencia y el valor de sus oponentes había causado numerosas bajas a sus fuerzas, más de hecho que las inflingidas a su enemigo. La actuación final, con una superioridad de fuerzas bastante holgada, no pudo ser aprovechada como hubiera gustado al general inglés, debido a la férrea resistencia de Ney, quien se aferró al terreno y logró conseguir el empate al amparo de la oscuridad.

    En total, el ejército británico perdió 2.275 hombres, a los que se deben añadir otros 369 hannoverianos y otros 819 de Brünswick, sin contar con la pérdida del propio Duque. Si sólo se hubieran tenido en cuenta estas cifras, el número de bajas hubiera podido favorecer a los aliados, pero a ello se deben añadir las bajas y deserciones que se produjeron en las unidades belgas y sobre todo holandesas, puesto que muchas de estas últimas habían sido aplastadas durante la batalla, incluyendo regimientos completos que no volvieron a estar en condiciones de combate por el resto de la campaña. Diversas fuentes calculan las bajas aliadas en cifras estimadas entre 4.800 y 5.000.

     Por su parte, al ejército napoleónico francés la batalla le costó la pérdida de unos 4.300 hombres, pero entre esas pérdidas se encontraba una buena parte de la valiosa caballería de Piré y de Kellerman, así como gran cantidad de sus monturas. El valor de estas pérdidas pasaría factura en la batalla que decidiría la campaña.

 

    LAS CONSECUENCIAS

     “Será difícil hacerme desaparecer de la memoria popular”

                                                                                               Napoleón Bonaparte.

     Anochecía cuando ambos generales dieron por finalizada la batalla. Eran sobre las 21:30 aproximadamente. Ney fue severamente reprendido por Napoleón por no haber “cumplido su misión”, aunque lo cierto es que el mariscal francés, aunque no había tomado el cruce, si que había impedido que Wellington pudiera ayudar a su aliado prusiano en Ligny ese mismo día, permitiendo sin duda de ese modo que el Emperador ganara la batalla. 

    Por su parte, Wellington retiró a su ejército a lo largo del día siguiente hacia el pueblo de Waterloo, donde buscaría la siguiente y definitiva batalla que pondría fin a la campaña, ya fuera con una victoria decisiva o con una derrota igual de decisiva.

     Mientras tanto, el Armée du Nord, tras derrotar al ejército prusiano de Blücher en Ligny el mismo día que tenía lugar la batalla de Quatre Brass continuó sus maniobras para impedir que ambos ejércitos aliados se uniesen. A tal efecto, destacó efectivos bajo el mando de Grouchy para que persiguieran a los prusianos, pero estos no lograrían su objetivo de impedir que el viejo general ayudara a Wellington en la siguiente batalla. En ese aspecto, la promesa de ambos generales aliados de mantenerse en sus puestos y de ayudarse mutuamente fue decisiva en la campaña, así como la confianza que demostraron el uno en el otro.

     Sea como fuere, la batalla de Quatre Brass, aunque no fue ni mucho menos la más decisiva para la Campaña de los 100 Días, lo cierto es que si que tuvo importantes consecuencias para el enfrentamiento que tendría lugar el 18 de junio de 1.815 en Waterloo. Por el lado aliado, el ejército de Wellington se había demostrado muy capaz de presentar batalla, y los contingentes de otros países que formaban parte de él habían aprendido a confiar en su nuevo mariscal, máxime este factor cuando se trataba de un mando extranjero. Además, el heterogéneo ejército se había demostrado así mismo que sería capaz de luchar de forma coordinada contra un enemigo común, lo que siempre era un factor importante. Elementos inestables como el Príncipe de Orange fomentaban que ello no fuera así, por lo que resultó muy importante que los soldados aprendieran esa cooperación tan necesaria en batalla.

     En el lado francés, la pérdida de una parte importante de la fuerza de caballería de Kellerman y de Piré resultarían de importancia en la batalla que estaba por venir. No sólo eso, sino que la actitud de su Emperador crispó los nervios del siempre irascible Ney, en especial por lo ocurrido con el Cuerpo de D’Erlon. En lugar de aprender de lo sucedido en Quatre Brass, Napoleón volvió a permitir que otra importante fuerza, la de Grouchy, estuviera ausente en Waterloo. Por su parte, Ney tampoco aprendió la lección de lo que podía hacer el ejército británico formado en cuadro y repitió los mismos errores en la siguiente batalla, lanzando cargas de caballería que serían aplastadas como en Quatre Brass.

     Desde el punto de vista de la táctica militar de la época, Quatre Brass se demostró como un enfrentamiento de las mejores unidades de aquél entonces enfrentándose entre sí. La infantería británica, la más disciplinada del mundo en aquél momento, había demostrado que la temible caballería francesa, que había aplastado al ejército español en Somosierra y derrotado a austriacos, rusos y prusianos, no era tan indestructible si se actuaba adecuadamente. Ahora sólo quedaba ver lo que ocurriría en la batalla decisiva de la campaña, Waterloo.