La Rebelión de los Boxers: 55 días en Pekín

        En 1900 una secta secreta, conocida como los Boxers, que odiaba a los extranjeros, se alzó contra el Gobierno Imperial y contra la ocupación de las potencias internacionales. Tras una serie de ataques contra las concesiones, finalmente, con el apoyo del gobierno, los chinos pusieron sitio a las legaciones extranjeras, y las potencias enviaron una expedición de rescate, que rompió el cerco y finalmente ocupó el país, hasta que se cumplieran las exigencias para firmar la paz.

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        INTRODUCCIÓN

        En el año 1900, la tensión acumulada a lo largo de los procesos coloniales de las potencias occidentales cristalizó en el auge de una secta china que comenzó a actuar contra los intereses extranjeros. Se llamaban a sí mismos los Boxers, se adiestraban en secreto en las ancestrales artes marciales, y entre sus objetivos figuraban la defensa de la cultura china y la liberación del país frente a los abusos y la injerencia occidental en los asuntos del estado.

          A lo largo del siglo XIX, las naciones europeas, junto con Japón y los Estados Unidos de América, se habían introducido en todas las provincias, instituciones y en la propia economía china, hasta el punto de controlar gran parte del país. Era la época en la que sólo importaba traer riquezas desde las colonias y territorios a la metrópoli, y de la "superioridad de la raza blanca", desprestigiando cualquier otra cultura que no fuera la occidental, independientemente de su ancestral existencia, y por supuesto, anteponiendo los intereses de los imperios coloniales por encima de los derechos de los territorios ocupados.

          Para el Imperio Celestial, la derrota en la Guerra del Opio sirvió para que los británicos se establecieran en Hong Kong, y fue una dolorosa lección sobre cómo actuaban las potencias. Los sobornos fueron el precedente de los abusos, una vez sometidas las autoridades, y los casos en los que la corte china trató de presentar batalla, desembocaron en guerras desastrosas para el país. A la campaña de 1860 de los europeos siguió la guerra con Japón, y las arbitrariedades cometidas por los "demonios extranjeros" terminaron por crispar a la humilde sociedad china, que comenzó a atacar a los intereses occidentales.

          Todo ello terminó por desembocar en una rebelión generalizada a la que terminaron uniéndose las autoridades chinas, desde la corte de la Emperatriz Tzu Hsi, que sería la última de la dinastía Manchú, a las fuerzas armadas del país, uniéndose gran parte del país contra los invasores del exterior.

          En el verano de 1900, las revueltas estallaron por todo el territorio, y las legaciones extranjeras, situadas junto a la Ciudad Prohibida, fueron atacadas por el pueblo, encabezado por los Boxers, hasta el punto de que las potencias tuvieron que fortificarse en Pekín y en Tientsin, a la espera de la llegada de refuerzos. Dos autoridades diplomáticas, japonesa y alemana, fueron asesinadas, y el miedo cundió por las concesiones. Previamente, cuando las revueltas habían empezado a expandirse por el país, se enviaron pequeños contingentes de tropas a defender el recinto internacional, hasta alcanzar los 400 hombres y 4 ametralladoras, que tendrían que proteger al millar de habitantes, las legaciones, la catedral y a los refugiados chinos que acudieron a la protección de la llamada "guardia de invierno". A los pequeños contingentes de marinería se añadieron grupos de "marines" de Gran Bretaña, Francia, Rusia, Austria, Estados Unidos, Japón, Italia y Austria, que resistirían el asedio de miles de rebeldes chinos, mas adelante apoyados por las propias tropas imperiales. La suerte y la genialidad de los asediados les permitió fabricar también un pequeño cañón, al que llamaron "Internacional" o "Betsy", y que estaba formado por piezas encontradas en diferentes legaciones.

        LA EXPEDICIÓN DEL ALMIRANTE SEYMOUR

          La primera expedición de socorro fue organizada por el Almirante Seymour, quien ante las noticias del asedio, formó un contingente de más de 2000 hombres, en un convoy de más de 100 vagones y 5 trenes, apoyados por 7 cañones y 10 ametralladoras. Las tropas desembarcaron en la noche del 9 de junio, subieron a los trenes y partieron hacia Tientsin, donde llegaron al día siguiente. Sin embargo, el avance sería detenido poco después en Anping y Langfang, donde el General Nieh Shih-ch'eng, al mando de tropas imperiales, rechazó el avance de Seymour el 11 de junio en una batalla que obligó a los extranjeros a retroceder hacia el río Peiho, al cortar los Bóxers el trazado ferroviario. Los hombres de Seymour se atrincheraron en Langfang por un lado y en el Arsenal de Hsiku por el otro, a la espera de refuerzos, ante la demostración de fuerza china y la conclusión de que la campaña había aumentado necesariamente de tamaño.

     

          El fracaso de la expedición del almirante Seymour dio una nueva dimensión a las operaciones, y los países occidentales decidieron enviar una fuerza expedicionaria de tamaño mucho mayor. Casi 20.000 hombres procedentes de Estados Unidos, Francia, Rusia, Alemania, Japón, Italia, Austria y Gran Bretaña, con 70 cañones, desembarcaron en los recién ocupados fuertes de Taku, en la desembocadura del río Peiho, y comenzaron la ruta hacia Tientsin y más adelante hacia Pekín. La humillada expedición de Seymour fue rescatada el 25 de junio por los cosacos rusos, siendo escoltada hasta Tientsin, donde se reunió con el resto de tropas aliadas.

          El 13 de julio, las tropas extranjeras atacaban las posiciones chinas en Tientsin, sufriendo un alto coste por la fuerte resistencia de los defensores al asaltar la muralla de la ciudad. El propio General Nieh Shih-ch'eng, uno de los mejores oficiales del ejército de la Emperatriz, murió en Tientsin, y un falso rumor de que las legaciones en Pekín habían sido ocupadas y asesinados sus defensores, aireado además por la prensa amarilla en Europa, ocasionó que las tropas extranjeras cometieran un elevado número de atrocidades como venganza, hasta que los oficiales lograron restablecer el orden entre las filas.

          Por su parte, los asediados aguardaban con ansiedad la noticia de su liberación. Hubo varios ataques en fuerza de los asediantes chinos, pero estuvieron mal coordinados, en especial porque los propios Boxers, aunque entrenados en combate individual, no estaban adiestrados en el concepto de lucha por unidades y tácticas militares. Así, sus ataques fueron rechazados desde las fortificadas legaciones, hasta que los mandos del Ejército Imperial entraron en acción e impusieron un asedio en condiciones.

        SE REANUDAN LOS ATAQUES

          Los infantiles planes iniciales de los extranjeros de proteger todas y cada una de las embajadas pronto fueron superados por la realidad de las circunstancias, y para el 22 de junio ya se habían abandonado los edificios de las legaciones holandesa, austriaca e italiana, estableciéndose el cuartel general en la embajada británica, cuya fachada todavía existe hoy en día, y reduciéndose de ese modo el perímetro a defender.

          Un asalto bien planeado, debido ya a la guía de los soldados profesionales del Ejército Imperial, ocupó parte de la Muralla Tártara, que dominaba todo el área, pero se les consiguió detener en su avance gracias al uso de las ametralladoras, que eliminaron la ventaja de la superioridad numérica de los chinos. La legación alemana y el propio Banco de Hong Kong eran ahora líneas de frente, y muchos edificios ancestrales en la zona del Palacio del Príncipe Su (también llamado popularmente "el Fú") fueron destruidos, primero por los extranjeros para obtener campos de tiro, y luego por la artillería china, en operaciones de apoyo.

          Sin embargo, no todos los miembros de la corte apoyaban la política de ataque a los extranjeros. Mientras que la facción partidaria de colaborar con los Boxers estaba encabezada por el Príncipe Tuan, quien además coordinó el ataque contra la Catedral de Peitang, un segundo grupo de servidores de la Emperatriz, encabezada por el prudente General Jung-Lu, consideraba las consecuencias que traería para el país y la propia dinastía enfrentarse a las potencias extranjeras. Esta división también estaba presente entre las tropas asediantes, y a lo largo del mes de julio, hubo intercambio de cigarrillos por fruta y otras mercancías, algunos autorizados desde la corte y otros por iniciativa propia.

          En la madrugada del 14 de agosto del año 1900, divididos en 4 columnas, las tropas aliadas rompieron el asedio de las legaciones, retirándose las fuerzas chinas. Por el Norte, los japoneses atacaron la puerta Tung Chih y la Chih Hua, mientras los rusos hacían lo propio por la puerta de Tung Pien, seguidos de las tropas norteamericanas. Estos últimos, en concreto, treparon por la muralla siguiendo el ejemplo del corneta Calvin P. Titus, del 14º de infantería, que logró subir a las almenas usando sólo sus manos. Finalmente, las tropas británicas penetraron por la zona Sur, a través de la puerta Hsia Kuo, cruzando después el Canal Imperial y entrando en el Recinto Internacional por la Muralla Tártara.

     

          Inmediatamente después de la liberación de las legaciones, las tropas americanas se dirigieron a la Ciudad Prohibida, pero antes de entrar en ella, el General Chaffee recibió la orden de detener el avance. La ocupación del emblemático palacio de la corte no tendría lugar hasta el 28 de agosto, pero casi dos semanas antes, la Emperatriz, vestida como una campesina, escapó de Pekín. No volvería a pisar la ciudad hasta dos años después.

        EL PROTOCOLO BOXER

          Con la Emperatriz exiliada, las negociaciones de paz fueron llevadas por el honorable Li Hung-Chang, un hombre anciano y de gran sabiduría, que fue investido de plenos poderes. Acompañando al Príncipe Ch'ing, fueron escoltados por los lanceros bengalíes con todos los honores, hasta el lugar donde tuvo lugar la conferencia de paz.

          El 7 de septiembre de 1901 se firmó definitivamente el Tratado de Paz, compuesto por 11 puntos, en unas circunstancias en que las relaciones estaban enraizadas. Por una parte, los excesos de las tropas de ocupación de la llamada Alianza de las 8 Naciones despertaron de nuevo tensiones con el pueblo chino, mientras que los intereses económicos enfrentaron a las potencias entre sí, por lo que finalmente intervino el embajador del Reino de España, don Bernardo de Cólogan y Cólogan, cuya decisiva diplomacia fue fundamental para alcanzar el acuerdo. Una de las condiciones fue la ejecución de los cabecillas Boxers y el exilio del Príncipe Tuan.

          El tratado autorizaba, por imposición, el despliegue de tropas extranjeras por todo el país, a través de la Alianza de las 8 Naciones, que desplegaron hasta casi 70.000 soldados para exigir el cumplimiento de las indemnizaciones de guerra (hasta un total de 333 millones de dólares) y los intereses extranjeros, haciendo realidad los mayores temores de los chinos. Se impuso el embargo de armas en el país, y también se exigió el control de 12 plazas fuertes en la ruta hacia Pekín, de modo que no pudiera volver a repetirse una nueva revuelta contra las legaciones.

          La ocupación internacional estuvo dirigida por el Conde von Waldersee, quien impuso el dominio de las potencias occidentales de manera implacable, cruel y draconiana, con la filosofía de que la mejor forma de evitar nuevos levantamientos era aplastando el orgullo chino y aplicando mano dura, por lo que se produjeron muchos abusos y ejecuciones por parte de las tropas de ocupación, al tiempo que las potencias extranjeras volvían a tener tensiones entre sí por el reparto de la riqueza del país.

          Por supuesto, ello fue generando un rencor por toda China, no sólo contra la ocupación de la Alianza de las 8 Naciones, sino contra la propia Corte Imperial, ya que la dinastía de los Manchúes también era considerada como extranjera por muchos chinos, dando como resultado que, en 1911, estudiantes, disidentes y otros ciudadanos se alzasen contra ellos, instaurando la República en febrero de 1912 con la Asamblea de Nanking. La ocupación extranjera duraría poco más, y de ese modo China se convertiría de nuevo en la importante potencia que ocupa hoy en día en el mundo.