El Tratado de Washington

    La finalización de la I Guerra Mundial supuso un cambio de mentalidad en el mundo entero. El alto número de víctimas del conflicto creó una ola de pacifismo a lo largo del Viejo Continente que se expandiría a América y al resto del mundo, y se crearon una serie de conferencias, justo al acabar la guerra, con el fin de evitar una posible carrera de armamentos. En el ámbito naval, la primera de ellas fue la Conferencia de Washington, en 1921.

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        INTRODUCCIÓN

        Cuando en 1918 se firmó el Armisticio, se decidió que una guerra como la que acababa de terminar no debería volver a repetirse, y se comenzaron a pensar en formas de limitar la carrera de armamentos. Una ola de pacifismo invadía Europa, en especial en las democracias Occidentales, que no obstante, no supieron, a la larga, favorecer unas condiciones que impidieran la llegada de los fascismos a determinados países. En efecto, las duras condiciones en las que se trató a los países vencidos, el revanchismo de algunos de los vencedores por la sangre obligada a verterse por la guerra iniciada por los Centrales y el rencor que fue creciendo en los vencidos, fue un perfecto caldo de cultivo para que nacionalismos y regímenes de línea radical se fueran haciendo fuertes en Alemania, Italia y Japón, entre otros, logrando mediante medidas autoritarias e intervencionistas, una espectacular recuperación económica en sus respectivos territorios, recuperando al mismo tiempo un prestigio internacional que habían perdido tras el último conflicto.

        Tanto en el teatro europeo como en el Sureste Asiático, las potencias marítimas comenzaron a observar la actitud de sus hipotéticos adversarios, y las necesidades de expansión de algunos países, iniciaron una nueva carrera de armamentos en el ámbito naval. A fin de tratar de frenar esa carrera, de modo que se mantuviera un equilibrio sin un aumento masivo de gastos militares en una época de recesión y de reconstrucción, se convocó la Conferencia de Washington en 1921.

        LA CONFERENCIA DE WASHINGTON EN 1921

        En la época del período de entreguerras, las lecciones aprendidas de la I Guerra Mundial no habían variado en lo que a doctrina se refiere, y el acorazado seguía siendo el rey de los mares en los planes de las potencias marítimas. Sin embargo, pequeños coletazos innovadores habían introducido y fomentado un nuevo concepto de maquinaria naval, los portaaviones, en especial en la Rengo Katai, la Armada Japonesa, que bajo los auspicios del almirante Isoroku Yamamoto planeaba utilizar esta nueva arma como elemento ofensivo independiente, y no complementario de los acorazados.

        Sin embargo, y a pesar de estos pequeños cambios de mentalidad, lo cierto es que cuando se reunió la Conferencia en Washington en 1921, dos eran los grandes temas a abordar: los acorazados y los portaaviones. De las armadas que constituían potencias navales en la época, Gran Bretaña tenía una visión global, debido a que debía abastecer flotas por todo el planeta, mientras que los Estados Unidos y el Japón contemplaban con recelo los progresos del otro, elemento que se repetía en el caso de Francia con Italia. Así, Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón desarrollaron en mayor medida el manejo y la construcción de portaaviones, mientras que Francia e Italia se aferraban a una filosofía conservadora sobre el manejo de acorazados. Alemania, por su parte, no se regía por lo acordado en Washington, sino por el Tratado de Versalles, que no permitía el desarrollo de una marina más allá de una mera fuerza disuasoria de defensa costera.

       

         La moratoria de los acorazados

        Las dificultades presupuestarias incitaron a los firmantes a acordar la que se llamaría la "Moratoria de los Acorazados", es decir, un acuerdo por el cuál no se pondrían nuevas quillas de acorazados en los siguientes 10 años. Ello supuso como inmediata consecuencia una renovación de las unidades que habían servido durante la I Guerra Mundial, en especial en la retirada de casamatas de la artillería secundaria, que fue sustituida por torres de doble propósito, así como en el aumento de elevación de las piezas principales, normalmente aumentadas de 15º a 30º.

        Además, a fin de mantener el statu quo de la situación naval cuando se firmó el tratado, se establecieron unos criterios de relación entre las principales armadas, el famoso 5-5-3. Ello implicaba que por cada 5 buques de línea que mantuvieran Gran Bretaña y los Estados Unidos, el Japón podría mantener 3, de modo que se mantuviera una preponderancia entre las dos primeras. Francia e Italia quedaban muy por debajo incluso de esas cifras, dado que el valor relativo que se les otorgaba era de 1,75, mientras que Alemania, conforme al Tratado de Versalles, en 1919, sólo podría mantener buques con un máximo de 10.000 toneladas.

        Las fuerzas navales de la época mantenían buques con artillados de un calibre que oscilaba de los 280 mm hasta los 381 mm. Así, la Royal Navy se inclinaba en general por la artillería de 381 mm de la clase Queen Elizabeth, por ejemplo, alcanzando sus mayores cañones de 406 mm con la puesta a punto de los acorazados Nelson y Rodney, autorizados a construirse dentro de los límites del Tratado. Debe destacarse que el Tratado prohibía nuevas quillas, pero no completar las existentes. Por su parte, cuando los alemanes crearon sus "Acorazados de Bolsillo", gracias a una genialidad en el diseño, estos portaban piezas de 280 mm, que no obstante, superaban en calibre a los cruceros de las distintas armadas. La reacción francesa fue la clase Dunkerque, con calibres de 340 mm, y que se unían a los viejos Provence de calibre similar. Inmediatamente enterados de la puesta a punto de nuevos buques franceses, los italianos iniciaron la contrarréplica con los Littorio y Vittorio Venetto, que subían el calibre de los cañones italianos de 320 mm de los Caio Duilio o de los Conte di Cavour a los 381 mm. Se trataba de buques que rozaban los límites del Tratado, y Francia respondió con los Richelieu, también con cañones del mismo calibre que los nuevos buques italianos.

        En el otro extremo del mundo, la Flota Norteamericana había pasado de los 305 mm de la clase Arkansas a los 406 mm de los Maryland, con la artillería de mayor tamaño que se incluyó en los buques de dentro del Tratado, aunque la mayor parte de los acorazados americanos (Clases New York, Nevada, Pennsylvania y California) montaban artillería de 356 mm, siendo modernizados en la década de los años 20 en que estuvo vigente la "Moratoria de los Acorazados". Por su parte, su rival, la Rengo Katai, montaba en general artillería de 356 mm, conforme se diseñaban las diferentes clases para enfrentarse a sus homólogos americanos, alcanzando el calibre de 406 mm con la clase Nagato. Tanto los planes japoneses como los americanos establecían un combate naval decisivo entre acorazados que tendría lugar en la zona de las islas Marianas, por lo que cada vez que uno de los dos países creaba una nueva clase de acorazado, su rival creaba otra para hacerle frente.

        Los portaaviones

        Al igual que en el caso de los acorazados, se trató de limitar el número de "capital ship" de la nueva clase que estaba surgiendo: el portaaviones. Sin embargo, y dado que se trataba de un arma nueva y no probada, los criterios que se usaron para limitar la construcción de estos buques fue muy diferente. En lugar de utilizar número de unidades para mantener la proporción, se concedió a cada país un número de toneladas que podrían utilizarse para invertir en plataforma aeronavales, saliendo favorecidas, una vez más, las armadas de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Así, se concedía a estas dos fuerzas navales hasta 135.000 toneladas, mientras que Japón podría construir 81.000 toneladas, e Italia y Francia solamente 60.000. El Tratado limitaba además el tamaño máximo por buque en 27.000 toneladas.

        Sin embargo, los Estados Unidos solicitaron una cláusula que les permitiera convertir dos quillas de cruceros de batalla en portaaviones, y se autorizó a los signatarios del Tratado a construir dos buques de hasta 33.000 toneladas. Además, haciendo un uso interpretativo más que dudoso del acuerdo, la US Navy hizo uso de una cláusula que permitía añadir 3.000 toneladas más en concepto de mejoras de protección antisubmarina, y de ese modo, el Lexington y el Saratoga vieron la luz. Es este el motivo por el que en algunas fuentes navales se podrá leer que ambos portaaviones desplazaban 27.000, 33.000 o 36.000 toneladas, según la fuente, siendo el desplazamiento real el último de ellos, esto es, 36.000 toneladas.

        Por su parte, la flota nipona hizo uso de sus 81.000 toneladas y de la misma cláusula del acuerdo que la flota norteamericana, y falsificaron los datos del Akagi y del Kaga, siendo sus verdaderos desplazamientos los de 36.500 y 38.200 toneladas. Estos buques, también provenientes de utilizar cascos de proyectos de acorazados, se convirtieron en todo un símbolo de orgullo nacional para el Japón, y se unieron al Hosho, el primer portaaviones diseñado por los japoneses.

        En el caso de los franceses, italianos y alemanes, lo cierto es que la parte de tonelaje que se les permitió no supuso un problema, ya que ninguna de esas armadas demostró mucho interés por esta nueva arma. Los franceses botaron el Béarn, que resultó ser un buque muy lento como para operar en las mismas condiciones que sus homólogos de otras marinas. Desplazaba 22.146 toneladas, y apenas alcanzaba los 21,5 nudos, pudiendo operar, pero sólo en teoría, 40 aviones. Tanto italianos como alemanes sólo vieron proyectos inacabados, en el caso italiano, la clase Sparviero, y en el caso de la Kriegsmarine, el Graf Zeppelin, pero no llegaron a operar.

        Los años 30

        Cuando la "moratoria de los acorazados" llegó a su fin, se produjo una nueva conferencia, esta vez en Londres, pero al contrario que en la de Washington, en la del Viejo Continente no se llegó a nada útil. Las armadas de los distintos países diseñaban buques que superaban con creces cualquier tipo de freno previo, superacorazados armados con artillería de 406 mm, con una coraza protectora acorde al tamaño de los nuevos cañones, velocidades rondando o superiores a 30 nudos y tonelajes totalmente fantasiosos, como los North Carolina o South Dakota, que casi alcanzaban las 50.000 toneladas, o el inmenso Yamato, que alcanzó las 63.000. Este último excedió toda posibilidad de acuerdo, ya que terminó por montar "cañones de 40,6", como se les denominaba para disimular, pero que en realidad eran piezas de 460 mm.

        Hubo un vano intento por parte de Gran Bretaña de limitar las flotas, tratando ella de dar ejemplo y botando buques como el Prince of Wales, con artillería de sólo 356 mm, pero la US Navy y la Rengo Katai, obsesionadas la una con la conducta de la otra, no respetaron ese espíritu de moderación, y mientras que la primera puso en grada los South Dakota, North Carolina y posteriormente la clase Iowa, con montajes de 406 mm, el Japón preparaba el Yamato y el Mushashi, de 460 mm. Los años de la guerra se acercaban, y las oleadas de paz habían desaparecido.

        El Tratado de Washington expiró definitivamente en 1936, aunque hacía tiempo que sus signatarios no lo respetaban cuando llegó esa fecha.