Al servicio de la Corona

El Ejército Español en el Siglo XVIII

        Tras un período de decadencia que abarcó decenas de años, en el siglo XVIII, bajo el reinado de Felipe V y sobre todo de Carlos III, el Imperio Español tuvo un espectacular repunte antes de su caída durante las guerras napoleónicas y los años posteriores a las mismas. El Ejército de la época fue un reflejo del crecimiento patrio, en especial con la publicación de las Reales Ordenanzas.

            NOTA: Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos expuestos en el siguiente artículo, tanto en su aspecto escrito como de las imágenes contenidas en él, sin el consentimiento expreso de la administración del presente espacio web. Las imágenes utilizadas para ilustrar el artículo fueron realizadas con la colaboración del Grupo de Reconstrucción Histórica Imperial Service en La Granja de San Ildefonso en 2018. Se quiera aprovechar para agradecer su colaboración.

        LAS GUERRAS AL FINAL DE LA EDAD MODERNA

        El siglo XVIII resultó un período muy convulso para Europa, y muy especialmente para España. Los diferentes Pactos de Familia y alianzas a través de lazos entre las monarquías dieron como resultado el estallido de diferentes guerras y alianzas, la mayoría enfocadas a reclamar derechos hereditarios sobre las suculentas coronas y sus territorios.

        A ello se unían los intereses económicos del nuevo modelo colonial que tanto sedujo a las naciones europeas. En un espectacular avance, se crearon inmensos y poderosos imperios, primero comerciales, y después territoriales, que poco a poco se extendían por todo el planeta, expandiendo el modelo occidental y extrayendo los recursos naturales de las colonias. No es necesario destacar que la resistencia de los habitantes autóctonos fue por supuesto aplastada.

        Inevitablemente, ello daría como resultado el estallido de múltiples guerras que sacudieron el globo durante todo el siglo, ya que cuando un país declaraba un conflicto contra otro, no sólo se atacaban las fronteras nacionales, sino también las colonias. Tal fue el caso, por ejemplo de la famosa Guerra de los Siete Años, en que además de los combates en Europa, se unían las luchas, principalmente entre Francia e Inglaterra, por la posesión del Continente Americano.

        EL EJÉRCITO ESPAÑOL EN EL SIGLO XVIII

        Al igual que en el caso del resto de naciones, el ejército español evolucionó conforme lo hacían las tácticas militares de la época. Dado que la potencia hegemónica en el continente europeo en el aspecto terrestre era Francia, la influencia gala era patente por muchas de las naciones, siendo la española una de ellas. En efecto, debe tenerse en cuenta que la monarquía española era borbónica, por tanto francesa, y sus costumbres se exportaron a la Península Ibérica. Inevitablemente, ello transformaría el aparato militar español de la época.

        Tres fueron los principales períodos, que podrían establecerse en los tiempos de la Batalla de Almansa, a principios de siglo, como primera fase. En aquella época se establecerían una serie de bases que permanecerían a lo largo de todo el período, sirviendo de prueba en múltiples opciones. Todavía con algunas reminiscencias de la época de los tercios, en especial en los estandartes, no obstante las picas, armaduras y arcabuces,  y doctrinas cuerpo a cuerpo ya habían sido superadas por las líneas de fusilería. La potencia de fuego era ya capaz de detener cualquier carga, y en caso de llegar al choque o ser cargados por caballería, se calaban las bayonetas, sustituyendo así las viejas picas, y presentando igualmente un sólido y afilado muro. Las maniobras de los grandes bloques de infantería se realizaban mediante toques de tambor, que anunciaban la marcha y transmitían las órdenes de los oficiales.

        En  el año 1703 hasta doce nuevos tercios de infantería, cada uno de ellos con 12 compañías, así como 16 regimientos de infantería, al tiempo que se homogeneizaban las unidades y se organizaban las milicias provinciales. Las compañías de granaderos, una por regimiento, incluidas en las doce antes mencionadas, se componían de 3 oficiales, 2 sargentos, 6 cabos y 39 soldados. Además, para 1706, los regimientos, que hasta la fecha se componían de un solo batallón, fueron reforzados cada uno por un segundo batallón, y en 1707 las unidades recibieron nombres propios junto a sus numerales. Todavía se mantuvieron reminiscencias del período anterior, como la licencia de los mandos para poner libreas de sus propias casas a las bandas de tambores y pífanos de los regimientos, aunque ello sería superado a lo largo del siglo.

     

        Una segunda fase, la de las imágenes del artículo, fue la de la época de la Guerra de Asiento o de la Oreja de Jenkins, justo en la mitad del siglo, bajo el reinado de Felipe V. Los uniformes en este período mantuvieron una imagen similar al anterior, pero adaptándose a los nuevos tiempos, por lo que las casacas sufrieron modificaciones, añadiéndoles distintivos y adornos que marcaban especialidades (infantería de marina, granaderos, etc), y al mismo tiempo añadían esplendor al uniforme. En el combate, los oficiales destacaban entre la tropa, pero estaba mal visto, e incluso era sancionable por la disciplina militar, el dispararles.

        La normativa de 1732 cambió las prendas de cabeza de los granaderos, y dispuso las caídas de los delanteros de las casacas se recogieran hacia atrás, una costumbre que se mantendría en el tercer período y en las Guerras Napoleónicas. El forro del uniforme marcaba un color específico como distintivo del regimiento, y en el caso de las bandas de música, en 1736 se terminó con la costumbre anterior de las libreas, ordenándose que se homogeneizaran los uniformes con los del resto de la tropa del regimiento. También fue en esa normativa donde se empezaron a incluir casos de emblemas heráldicos para cada regimiento.

        El armamento, por supuesto, ya había evolucionado desde los antiguos arcabuces y los primeros mosquetes, y las armas ya eran de cañón rayado, que proporcionaba una mayor potencia y precisión para los soldados. Esta segunda fase de siglo terminó por rematar la importancia de la fusilería sobre otros métodos de combate, y el orden cerrado de las formaciones y las largas líneas de fuego sentaron las bases para las posteriores luchas de las Guerras Napoleónicas. Antes de terminar de analizar esta segunda fase, conviene no obstante añadir un pequeño punto de cierta importancia que suele dar lugar a confusión sobre la forma de hacer la guerra en este período. Muchos no iniciados en la época objeto del estudio se sorprenden de lo aparentemente absurdo de las técnicas de combate de la época, en la que los ejércitos formaban uno frente a otro y simplemente se fusilaban entre sí. Como de costumbre, el cine ha hecho mucho daño, y las cosas nunca fueron tan sencillas como se han contado.

        Primeramente, debe tenerse en cuenta el espacio ocupado por una masa de hombres, y las dificultades de transmitir las órdenes y más aún de ejecutarlas (hay que recordar que los equipos de comunicaciones son inventos muy modernos), conservando las formaciones. Una formación en orden cerrado era la única forma de mantener ese mismo orden, y sin él, las tropas se transformaban en masas confusas en las que el instinto de supervivencia de cada soldado podía convertir a todo un ejército en una chusma en desbandada. Por ello, y para mantener las filas, se desplegaban suboficiales armados con alabardas o picas, que por una parte servían para alinear la formación, y por el otro, para disciplinar a posible desertores.

        Una vez aclarado el aspecto de la necesidad de las formaciones cerradas, se debe observar el espacio ocupado por ellas. Las necesidades de mantener las formaciones obligaban a escoger grandes llanuras en las que desplegar a las tropas, ya que en zonas boscosas o irregulares, las formaciones cerradas se desordenan. Ello no significa, por supuesto, que estas tropas no fueran capaces de realizar escaramuzas o de adaptarse al terreno en caso de necesidad, pero entonces se perdía la potencia de fuego del regimiento, cuya descarga de fusilería tenía por objeto barrer el frente. Se debe tener en cuenta que un enemigo que huye es un enemigo al que habrá que enfrentarse al día siguiente, por lo que el objetivo era destruir la formación cerrada enemiga, para a continuación, perseguirlo con el apoyo de la caballería y destruirlo en la posterior persecución.

        Finalmente, el tercer período correspondería al reinado de Carlos III, cuyo elemento fundamental fue la publicación de las Reales Ordenanzas. La evolución de esta época desembocaría directamente en las Guerras Napoleónicas, y de hecho militarmente hablando, la esencia de las mismas se hizo presente al final del período. La doctrina imperante, por ejemplo, en la Campaña de Puerto Rico de 1797, es un claro ejemplo de transición de una etapa a otra, ya que se encuentra dentro de la etapa revolucionaria, si bien la uniformidad todavía no incluía el chacó, sino que aún mantenía el tricornio. En España, este sería sustituido por el bicornio y posteriormente por el propio chacó.

     

        Antes de abandonar esta breve reseña sobre el ejército español en esta apasionante época, es una cuestión de justicia hacer mención a los estandarte usados tradicionalmente por las armas españolas. Existían dos modelos de banderas principalmente, llamadas Capitana o Batallona y Coronela o Regimental. Las primeras, asignadas como su nombre indica al Batallón, incluían las Aspas de Borgoña o Cruz de San Andrés, en color rojo, y en la época en que hacían las funciones de Coronela (cuando sólo existía un batallón por regimiento), incluían las armas de la unidad en los extremos o en los vértices del estandarte.

        Por su parte, la Coronela era la bandera con el escudo de armas de Su Majestad sobre fondo blanco, salvo unidades específicas que por honores o tradición estaban autorizadas a portar un fondo de color diferente (algunos ejemplos sería el Regimiento Inmemorial o la Infantería de Marina). Por supuesto, al igual que ocurre en la actualidad, el Estandarte Real variaba según los territorios que conformaran el reino en cada momento, y ese es el motivo por el que la heráldica del escudo de España varía con el paso del tiempo.

        Los mástiles de las banderas tenían una altura de casi dos metros y medio, para poder soportar un estandarte en sí que medía 1,5 x 1,5, con forma, por tanto, cuadrada. La evolución de los regimientos, que tomaban también nombres de localidades, sería la de incluir en los vértices o bien heráldica de la ciudad o bien en algunos casos honores de batalla, aunque nunca tan recargado como el estilo o el sistema británico. En el modelo español, era más propia la tradición de reconocer los honores de batalla mediante la concesión de condecoraciones colectivas, cuyas cintas se añadían al estandarte.