El ejército gubernamental en la III Guerra Carlista

        La abdicación de Fernando VII y su sucesión en la Reina Isabel II, trajo como consecuencia una serie de conflictos que pasaron a denominarse Guerras Carlistas, cuyo nombre proviene del nombre del pretendiente al trono en contra de la reina, don Carlos. La tercera de esas guerras tuvo lugar en un período especialmente convulso, con sucesiones de gobiernos, formas de estado diferentes y revoluciones, pero con un ejército que siempre permaneció fiel a la patria que conocían.

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            NOTA (II): Las imágenes incluidas en el siguiente artículo se realizaron en la recreación de la Batalla de Monte Muro que realizó la Asociación Imperial Service en 2018, y como un lector experto podrá comprobar, son sólo a efectos ilustrativos, no exactas, ya que buscan transmitir ideas generales y que se ajusten a la legislación vigente.

        LAS GUERRAS CARLISTAS

        Cuando Fernando VII abdicó del trono en Isabel II, "la Reina Castiza", ello generó una serie de conflictos que convulsionarían España durante el siglo XIX, y que pasarían a la historia como las Guerras Carlistas. En efecto, de acuerdo con la Ley Sálica, el papel de la mujer en la línea sucesoria quedaba en un segundo plano, y debía ser el Infante don Carlos el heredero al trono. Sin embargo, a través de la Pragmática Sanción se declaraba que la Ley Sálica quedaba fuera de vigencia y se proclamaba a la Reina Isabel II al trono de España, reaccionando los partidarios del Pretendiente con revoluciones y operaciones militares, que por dos veces trataron de derrocar a la monarca.

        La Reina Isabel II no fue por desgracia la reina que esperaba y que necesitaba el pueblo español, y aunque durante su reinado España volvió a recuperar una parte de la gloria perdida a través de diversas expediciones y operaciones militares, lo cierto es que la economía y la sociedad no fueron capaces de modernizarse a tiempo, y por ello el país iba a remolque del progreso europeo, en especial con influencia francesa. Sin embargo, la estabilidad de la corona dependía del gobierno de turno, y las revueltas generaban tremendas inestabilidades, a las que se sumaban los escándalos de cama de la reina.

        El colapso del sistema se produjo con el fallecimiento del General Narváez, el hombre fuerte del momento, que había logrado subir al poder mediante la disolución de las Cortes, saltando a la palestra todos los grupos que querían el cambio de la Corona. Así, el 28 de septiembre de 1868, en el Puente de Alcolea, las últimas tropas a favor de la reina eran derrotadas, e Isabel II perdía definitivamente el trono, y se producía un vacío de poder que había que suplir.

        De las diferentes opciones, la encabezada por el General Prim, héroe de la Guerra de África y organizador de la revuelta conocida como "La Gloriosa", era la más estable, al estar amparada por el propio general. Buscaba subir al trono a don Amadeo de Saboya, quien llegó a España a tiempo de comprobar que su principal valedor, Prim, había sido asesinado, y que no gozaba de los apoyos apropiados para sostenerse.

        En 1873, después de que se hubieran producido ya las primeras intervenciones de los partidarios de Carlos VII, se producía en Cuba una nueva revolución, la del llamado "Grito de Yara", mientras que en la Península la caída de Amadeo de Saboya daba como resultado la proclamación de la República, con las revueltas cantonales en las que Cartagena se declaró independiente del resto del aparato del estado. Los acontecimientos se precipitaban a medida que el desorden se abría paso por todo el país.

        A medida que avanzaban las cosas, los rebeldes de la zona de Cartagena comenzaban a tomar la iniciativa, ya que los sucesivos cambios de gobierno impedían una acción contundente por parte del ejército desde Madrid. Columnas cantonalistas lanzaron diversas incursiones contra las provincias limítrofes, así como de las poblaciones cercanas, creando un estado dentro del estado, y ganando cada vez más poder. Finalmente, se ordenó el envío de un fuerte contingente que pusiera sitio a la ciudad de Cartagena y se aplastara la revuelta.

     

        En medio de esta situación, en la confusión reinante, los cambios de gobiernos y de regímenes, que terminarían con la vuelta a la monarquía de Alfonso XII como colofón final de la Tercera Guerra Carlista, el ejército se mantuvo fiel al gobierno de la capital, más allá de otras causas e ideologías, luchando por los valores tradicionales, la defensa de la unidad nacional y la bandera española, frente a los defensores del Pretendiente, don Carlos, cuyos partidarios lograron triunfar principalmente en su alzamiento en las Provincias Vascongadas y en Cataluña, así como en menor medida en otros puntos de la geografía, como Castilla La Mancha, entre otros. Es este ejército, que más allá de las ideas luchó por el concepto de España y su bandera, el que será objeto del presente estudio.

        LA ORGANIZACIÓN DEL EJÉRCITO ESPAÑOL

        La reglamentación de 1860 era directamente heredera de la experiencia adquirida en la Guerra Romántica (1859-60), y dividía al soldado de a pie en Regimientos de Infantería de Línea y en Batallones de Cazadores. Durante la Guerra Romántica, el ejército se componía de 40 Regimientos de Línea, 20 Batallones de Cazadores y 80 Regimientos de Infantería Provinciales (estos últimos en teoría estaban pensados sólo para la defensa del territorio, mientras que los otros eran los encargados de operaciones ofensivas en el extranjero), además de las unidades de la Guardia Civil y las Milicias Nacionales, que se ocupaban del Orden Público. A modo de comparativa, el ejército británico de entonces (una gran potencia del momento) se componía de 109 Regimientos de Infantería.

        Los Regimientos de Infantería de Línea se componían de 2 Batallones de Infantería, estando cada uno de ellos formado de 6 Compañías de Fusileros, dando como resultado hasta un total del 12 Compañías en el Regimiento. Siempre en teoría, 2 Regimientos (es decir, 4 Batallones y 24 Compañías) se agruparían para formar una Brigada, que podría ser reforzada por un Batallón de Cazadores, dando como resultado la unidad operativa en campaña. Por supuesto, esto era un plano totalmente teórico, y nunca las unidades estaban al completo, ya que las labores de guarnición, las bajas y las enfermedades reducían enormemente las cifras en el campo de operaciones.

        Dos Brigadas de Infantería se agruparían para formar una División, que era la unidad de combate por excelencia, ya que suponía una inclusión de fuerzas mixtas de todas las armas, al ser reforzada por un contingente de Caballería (teóricamente un Regimiento, en la práctica apenas un centenar de jinetes) y por sendas baterías de artillería (las baterías de la época se conformaban con sólo 4 piezas, en lugar de las 6 de otros países). Finalmente, las Divisiones se agrupaban en Cuerpos de Ejército, en las que las diferentes armas formaban Divisiones propias completas (esto es, Divisiones de Infantería por un lado y de Caballería por otro, con Artillería de Cuerpo de Ejército a parte).

        En lo que se refiere a los Cazadores, este tipo de tropa se creó en 1847, y en teoría realizaban la tradicional misión de la Infantería Ligera, los Rifles o los Voltigeurs de otros ejércitos, avanzando por delante de los grupos compactos de infantería a fin de dar cobertura y hostigar al enemigo, aunque en la Tercera Guerra Carlista combatirían como sus compañeros de línea, aunque actuando como unidades de choque en las cargas. Su equipamiento con el tiempo se convertiría en el "standard" de las unidades de infantería, y sus entrenamientos se expandirían con el tiempo al resto de tropas. En lugar de agruparse por Regimientos, los Cazadores se agrupaban en Batallones de 8 Compañías, y cada uno de ellos tenía el mismo rango que un Regimiento de Infantería.

        Por su parte, la caballería se dividía en diferentes estamentos, a saber, Coraceros, Lanceros, Húsares y Cazadores. De ellos, los Lanceros y los Coraceros realizaban la tradicional labor de tropas de choque, cargando contra el enemigo y buscando cuerpo a cuerpo, aunque lo cierto es que el terreno en las zonas de operaciones dieron como resultado que se produjeran pocas cargas durante la guerra, destacando la de la Batalla de Treviño. Los Coraceros ya hacía algunos años que habían dejado de llevar la coraza en la batalla, y completaban su equipamiento con revólveres.

     

        Con respecto a los Cazadores, realizarían labores de reconocimiento, exploración y persecución del enemigo, por lo que estarían poco presentes en la batalla, ya que normalmente se contrarían a varios kilómetros realizando dichas misiones y las de protección de los convoyes de suministros, aunque también portaban carabinas para combatir como infantería montada en caso de participar en combate. Finalmente, los Húsares realizarían labores parecidas a las de los Cazadores, aunque su labor en caso de combate estaba más enfocada también a cargar contra el enemigo a sable, como ocurrió en la Batalla de Piedrabuena).

        Al contrario que en el caso de los Regimientos de Infantería, los de Caballería, por su parte, no contaban con el escalón intermedio del Batallón, agrupándose en 4 escuadrones de algo más de un centenar de efectivos, dando un total de unos 400 hombres en campaña. En teoría, se asignaba un regimiento a cada División, mientras que al unirse las Divisiones para formar Cuerpos, la caballería se agrupaba de forma autónoma, dejando simples escuadrones de reconocimiento a la infantería. Era además el estamento más cuidado del ejército gubernamental, en especial por la atención que los gobiernos isabelinos le habían dedicado, y la nobleza social pertenecía a ella, conforme a sus tradiciones.

        Finalmente, la artillería se agrupaba en baterías de 4 piezas, que eran similares a las Compañías de Infantería. Estas baterías se agrupaban en Batallones, y a su vez estos en Regimientos, aunque lo cierto es que la artillería se encontraba en sus horas bajas, debido a la disolución del Arma que realizó don Amadeo de Saboya y a su integración en las Divisiones y Cuerpos de Ejército.

        LA UNIFORMIDAD

        El reglamento de uniformidad que vestían las fuerzas gubernamentales era el de 1856, aunque había sufrido modificaciones con respecto a su uso en la Guerra de África.

        Se componía de casaca azul, con una fila de botones y correajes de cuero negro. Se completaba con pantalón rojo, sin franjas, que era heredero de los Batallones de Cazadores de la Guerra Romántica (los Regimientos de Infantería en África llevaron pantalones azules claro, y se estandarizó el rojo en 1864), y con polainas negras o azules oscuro, usándose como calzado botas bajas o bien alpargatas (estas últimas sobre todo en campaña). El famoso poncho marrón utilizado también en campaña en 1859-60 era sustituido en la Península por un pesado capote de lana, con doble abotonadura, a partir de 1863, aunque algunos veteranos siguieron utilizándolo.

        Con respecto a la prenda de cabeza, el ejército español utilizaba un diseño propio, el llamado ros, cuya procedencia venía del General Ros de Olano. En campaña se llevaba una versión de charol negro, que en verano podía cubrirse con una cogotera de tela blanca para protegerse del sol, y el equipamiento del soldado se completaba con manta, cantimplora (que podía ser sustituida por una bota o una calabaza) y una bolsa cruzada sobre el pecho, además de una pesada mochila cuadrada de lona, que compensaba su incomodidad con el hecho de ser impermeable, algo muy útil en campaña.

        Por supuesto, como en cualquier otro ejército esta reseña se refiere a la uniformidad según la reglamentación, pero huelga decir que el aspecto del soldado en campaña dejaría mucho que desear con respecto a lo descrito en estas líneas.

        La caballería, por su parte, contaba con sus propios uniformes en función del estamento al que pertenecieran. El uniforme de Húsares y Cazadores era propio de cada Regimiento, que le distinguía de los demás. Los Húsares de la Princesa, por ejemplo, vestían el mismo uniforme que portaron en África, con sus pantalones azules con línea dorada y su espléndido dólman de color blanco, con entorchados dorados, mientras que los Cazadores vestían pantalón rojo, con dólman azul. Los oficiales portaban los galones en las mangas del uniforme, combinando franjas y estrellas según el empleo de los mismos.

     

        En otro orden, los Lanceros sí que sufrieron variaciones en sus uniformes, manteniendo la misma casaca azul galoneada, pero sustituyendo los pantalones por unos de color rojo, con el distintivo regimental en el cuello. El casco seguía siendo el mismo que el de la reglamentación de 1856, con la cola de caballo como decoración, que se sustituía por una punta dorada en campaña, con barboquejo también dorado. La banderola de la lanza, por su parte, portaba los colores nacionales, rojo, amarillo y rojo, y completaba el uniforme correajes de cuero de color blanco, con el número regimental en las hebillas.

        Aunque el arma de artillería fue disuelta por Amadeo de Saboya, conservó su propia uniformidad, con una levita similar a la de la infantería, pero cambiando el pantalón de la infantería por uno del mismo color que la guerrera, que se completaba con franjas rojas. De características similares era el uniforme del Estado Mayor o de los Cuerpos especiales, aunque se distinguían de los de la artillería en los colores de la franja del pantalón, cuello y puños.

        EL ARMAMENTO

        En el año 1871 se declaró reglamentario en el Ejército español el fusil modelo Remington del mismo año, que teóricamente debería sustituir en todas las unidades al antiguo Berdan rayado de 1859. Como cabe esperar, el cambio no se produjo inmediatamente en todas las unidades, ya que los motivos presupuestarios restringían las opciones, y aunque según la Real Orden de 26 de enero de 1875 debería haberse realizado el cambio, lo cierto es que en los Regimeitnos Provinciales, Milicias Nacionales y otras unidades de retaguardia, en la época en que se produjo el retorno del Pretendiente don Carlos, seguía en uso, no digamos ya entre las tropas rebeldes.

        Sin embargo, en las unidades que participaron en campaña y que se encontraban en la primera línea de frente, en especial en el Ejército de Operaciones del Norte, los Batallones de Cazadores y los Regimientos de Infantería de Línea contaban ya con estas modernas armas, que se mantuvieron en servicio hasta su sustitución por el modelo Mauser de 1893, que entró en servicio en las operaciones en Melilla de aquél año.

        Con respecto a la artillería, como ya se ha mencionado anteriormente, la disolución del Arma el 8 de febrero de 1873 por parte de don Amadeo de Saboya supuso que los suboficiales debieran hacerse cargo de las baterias, con los consiguientes problemas que ello supuso. En efecto, si bien eran más que capaces de controlar el manejo de las piezas, otra cosa era realizar los cálculos parabólicos y de física que requiere el uso de los cañones para que los proyectiles sean efectivos. Por fortuna, el terreno donde se llevaron a cabo muchas de las batallas no era el propenso para las grandes masas de artillería, y ello, unido a la escasez de cañones entre los carlistas, suplió las deficiencias.

        Las baterías españolas de la época estaban dotadas de una amalgama de cañones que incluían modernas piezas Krupp, que superaban en casi un kilómetro el alcance de sus homólogas de avancarga que aún seguían en servicio, herederas todavía de la Guerra de África.

        LAS BANDERAS

        Finalmente, antes de terminar esta breve reseña sobre el soldado y las unidades gubernamentales de la Tercera Guerra Carlista, se debe destacar la cuestión de los estandartes. Como ya se ha mencionado, el siglo XIX español fue un período convulso de cambio de regímenes, gobiernos e ideas sobre la patria, y es natural que ello afectara a los símbolos nacionales. Curiosamente, la bandera que se empleó durante todo el conflicto mantuvo los mismos colores, el rojo y amarillo que introdujo Carlos III para su Armada (1785) y que aún hoy sigue representando al Reino de España. Esta bandera se convirtió en la oficial del estado en 1843, bajo el reinado de Isabel II.

        Los principales cambios que se produjeron en la simbología nacional fueron los del escudo que completa la bandera, y que se basa en la composición de los diferentes Reinos que conforman la Monarquía Española. Por ejemplo, en el caso de don Amadeo de Saboya, el escudo era el mismo que el actual, pero en lugar de las flores de lys borbónicas, se colocaba el emblema de la Casa de Saboya, esto es, la Cruz de San Jorge en blanco sobre fondo rojo. Con la llegada de la República, se suprimió la corona y el escusón real, pero se mantuvieron los cuarteles del escudo y los colores de la bandera, que recuperó su corona y las flores de lys al llegar al trono don Alfonso XII.

     

        Para complicar aún más las cuestiones de las banderas, existía también un modelo "abreviado" del escudo de la bandera, sólo con las armas de Castilla y León, cuarteadas, y cerradas por las del antiguo Reino de Granada, que se incorporó a los títulos de la Corona al ser conquistado en 1492 por los Reyes Católicos. También, a raíz de su uso en las instalaciones y fortificaciones de la Armada, la bandera de 1785 se comenzó a utilizar en los edificios oficiales, y fue oficial durante todo el período, con la salvedad de que en los meses que duró la República se le retiró la corona, manteniendo sólo el círculo con el Castillo y el León, que volvió a restablecerse con el golpe de Serrano y la posterior vuelta de Alfonso XII, pero ello requiere ya un estudio mucho más profundo que el que aquí se realiza.

        En lo que respecta a las unidades en campaña, las banderas regimentales (Coronelas), normalmente se usaba el modelo "abreviado" del escudo, con las aspas de San Andrés en rojo de fondo y con una leyenda bordada en negro que refería el nombre y número del Regimiento (esta tradición se ha mantenido en la actualidad, no así las aspas o el uso del modelo "abreviado" del escudo), con la eliminación de los símbolos reales en el período republicano. Sin embargo, como cabe suponer, en un período en el que los gobiernos y los modelos de regímenes duraban meses, las normativas y las teorías no era raro que se incumplieran, y de hecho, como quiera que ambos bandos usaban los mismos colores en sus banderas, la confusión en combate hacía recomendable la ausencia de las mismas o la confección de símbolos propios, en especial en el bando carlista.

        Esta breve reseña puede servir al lector como mera introducción a un apartado de nuestra historia nacional pocas veces estudiado con una mínima profundidad, siendo como fue un período decisivo para comprender la España en la que actualmente se vive. Sólo se suele hablar de una Guerra Civil, la de 1936, cuando lo cierto es que a lo largo del siglo XIX la nación española vivió otras tres, que enfrentaron a hermanos contra hermanos, también por lo que cada uno de ellos creía que era lo correcto para su patria, defendiendo un régimen u otro, más aún en la Tercera Guerra Carlista, en cuyo período ya se trató de establecer por primera vez la República en España. Son hechos pasados que impusieron a la sociedad de su tiempo grandes y heroicos sacrificios que es nuestra obligación que no caigan en el olvido...