Viajando por Bélgica

        Con motivo del bicentenario de la Batalla de Waterloo (18 de junio de 1815) y de los actos conmemorativos que se realizaron durante el mes de junio de 2015, la Unidad de Estrategia y Operaciones aprovechó la ocasión para realizar un viaje por toda Bélgica que permitiera visitar los campos de batalla de la campaña, y de paso los de otras épocas, como las dos Guerras Mundiales.

        NOTA: Queda prohibida la reproducción total o parcial del texto o de las imágenes expuestas en el siguiente artículo, sin la autorización expresa de la administración del presente espacio web.

        INTRODUCCIÓN

        Bélgica es uno de los países europeos en los que quizás más batallas se hayan producido, sino el que más, de las grandes guerras del Viejo Continente. En sus tierras han combatido ejércitos de prácticamente todas las grandes naciones, y desde luego, de los grandes imperios, muchas veces sobre viejos campos de batalla en los que lucharon sus propios antepasados. De los grandes enfrentamientos y de los que más destacan, se encuentran las Guerras Napoleónicas, así como las dos Guerras Mundiales, y todo el país está plagado de museos, monumentos y campos de batalla conservados para la historia. Así, aprovechando la circunstancia del bicentenario de la Batalla de Waterloo, se aprovechó la circunstancia para realizar un viaje que permitiera visitar estos lugares del pasado, intentando agrupar los días por temáticas históricas.

        Por supuesto, todo viaje a Bélgica debe incluir visitas que no están relacionadas solamente con el ámbito castrense, auténticas joyas y lugares del pasado, y serán incluidas en el presente espacio de forma resumida, a fin de que al lector le sirva de guía en caso de querer aprovechar la información para realizar un viaje similar. Cada uno de los museos que revierten especial importancia en el apartado militar serán además descritos con mayor detalle en su apartado correspondiente, con información sobre el material expuesto en ellos, al igual que el caso de la recreación de la Batalla de Waterloo, que por motivos evidentes es merecedora de un apartado propio.

        LA PLANIFICACIÓN

        Lo primero a la hora de planificar un viaje de estas características es decidir qué lugares se quieren visitar, ya que en un escenario con tantos sitios de interés, se corre el riesgo de que una mala planificación haga que el viajero se arrepienta posteriormente de no haber accedido a uno u otro lugar. El problema de Bélgica es que cuanto más se mira el mapa, mas emplazamientos inspiradores aparecen, por lo que en el caso en concreto de nuestro particular periplo, se decidió priorizar épocas. Por supuesto, la principal sería la napoleónica, en la campaña de los 100 días. Ello marcaba como puntos fijos de visita Waterloo, Ligny, Wavre y Quatre Bras, como mínimo.

        Además de la época napoleónica, las batallas de las dos Guerras Mundiales y los escenarios que se conservan intactos de aquellas épocas también son un punto fundamental para el visitante. Así, de la Gran Guerra, ninguna visita estará completa, por ejemplo, sin pasar por Mons, mientras que de la Segunda Guerra Mundial, hay lugares obligados, como son las Árdenas, o el Muro del Atlántico, en Ostende.

        Dado que los campos de batalla no suelen estar accesibles a las rutas turísticas, la primera recomendación es la de alquilar un vehículo con el que desplazarse. En el caso de este viaje, se hicieron unos 2.000 kilómetros en apenas ocho días, algo que sin un vehículo propio habría sido totalmente inviable. Por fortuna, aparte de ofrecer precios baratos en sus vuelos, la compañía Ryanair ofrece los servicios de la empresa de alquiler de vehículos Hertz, que además tiene sede en el aeropuerto de Charleroi, lugar donde se instaló la base de operaciones de nuestro viaje.

        El punto del alojamiento no fue casual, primeramente desde una cuestión práctica, ya que está más céntrico en el país que Bruselas, y si bien cuando se visita la zona de la costa obliga a una ruta más larga, lo cierto es que para la visita a la zona de las Árdenas, Lieja o Mons, acorta las distancias. Además, había un argumento fundamental para alojarse en Charleroi, y es que Napoleón penetró entre los ejércitos de Blücher y Wellington por esa localidad, lo que permitiría seguir la ruta que hizo el ejército francés, tanto hacia Ligny y Wavre como hacia Quatre Bras y Waterloo, siguiendo la N-5, que cruza el campo de batalla, con las granjas de Gemioncourt (Quatre Bras), La Haye Sainte y la posada de la Belle Alliance (Waterloo). El hotel elegido fue el Balladins, que se sitúa en la zona posterior del aeropuerto de Charleroi, en un área de sedes de empresas y hoteles, pero fuera de la propia localidad, lo que refuerza, en caso de seguir nuestros pasos, la necesidad de alquilar un coche.

        Normalmente cuando se organiza un viaje, en nuestro caso se suelen dividir los días en dos partes, mañana y tarde, colocándose un lugar para visitar en cada uno de esos espacios. Por supuesto, ello no debe constituir un elemento rígido, sino una simple guía orientativa, de tal modo que si una de las visitas se prolonga por ser especialmente interesante, simplemente absorba el espacio de la siguiente.

        EL PRIMER DÍA: 15 DE JUNIO

        Los horarios de vuelos que ofertaba Ryanair (compañía de bajo coste con la que si se quiere viajar sin lujos a costa de ahorrarse dinero es francamente práctica) al Aeropuerto de Charleroi dieron una hora de salida de las 14:30 y una hora de llegada de las 16:50, pero dado que el día de llegada se deben realizar las gestiones de recoger el vehículo alquilado (en este caso se hizo con la compañía Hertz, que tiene sede en el propio aeropuerto tanto para recoger como para devolver el coche, algo muy útil) y las relativas a la reserva del hotel, en la planificación del viaje la tarde del 15 no incluía ningún plan concreto, sino simplemente dar una vuelta por Charleroi.

        El hotel Ballandis tiene la gran ventaja de que se encuentra junto al aeropuerto, justo en su parte trasera, y que desde que se sale del parking, hay carteles indicando su localización. Toda una ventaja para quien desembarca en un país desconocido y para quien está poco acostumbrado a viajar. Además, a partir de una determinada hora de la tarde, más o menos las 19 ó las 20:00 horas, dejan de haber vuelos en Charleroi, por lo que el descanso está garantizado. Justo enlazada la carretera principal tiene además un polígono con todos los servicios, tanto de centros comerciales como de hostelería, lo que añade una nueva ventaja al emplazamiento.

        Una vez realizadas las oportunas gestiones, y sobrando todavía tiempo, una rápida vuelta por los alrededores nos permitió establecer rápidamente una idea aproximada de las poblaciones belgas. Lo primero que destaca es que los barrios de la periferia, al contrario que en España, que son barrios como tales, en Bélgica son como pequeños pueblos independientes, dando de inmediato la estupenda sensación de tranquilidad y de viaje en el tiempo. Una de las cosas que son especialmente llamativas es la ausencia de cercas o de verjas de seguridad en las casas y sus jardines, lo que transmite una gran sensación de seguridad. En lo que a la gente se refiere, según las zonas de Bélgica en las que nos movamos, se habla un idioma u otro, aunque con el inglés se sale muy bien del paso. La población está acostumbrada al turismo, es respetuosa con sus monumentos y en general es amable a la hora de indicarnos dónde ir, y su policía es especialmente colaboradora a la hora de orientarnos, por lo que desde aquí se recomienda dirigirnos a ellos ante el más mínimo problema.

        EL SEGUNDO DÍA: 16 DE JUNIO: MONS

        Como se había mencionado con anterioridad, la ventaja de establecer nuestra particular base de operaciones en Charleroi, es que ello nos permite tener más cerca varios de nuestros puntos de visita, entre los que se incluye la primera de las ciudades de nuestro viaje: Mons. La ruta desde Charleroi discurre totalmente por autovía, y como cabe esperar, está bien señalizada, por lo que no plantea problema ninguno a la hora de desplazarse. Se debe coger la A-15 o E-42 (las dos nomenclaturas que recibe), que enlaza Lieja con Mons y que cruza transversalmente el país, rondando la distancia entre Mons y Charleroi unos 30 kilómetros aproximadamente.

        La historia de la ciudad: La ciudad de Mons ronda los 100.000 habitantes aproximadamente, pero al igual que en la mayor parte de las poblaciones belgas (salvo Amberes y Bruselas) uno no tiene la sensación de andar por un núcleo urbano de esas dimensiones. Se encuentra situada entre los Canales de Condé-Mons y del Centro, cerca de las antiguas minas y yacimientos de hulla. Fue la capital de los Condes de Hainaut, y en la actualidad sigue siendo la capital administrativa de esa región, habiendo sido un importante núcleo comercial por su estratégica situación. Se eleva sobre una loma al pie de la cual discurrre el río Trouille, y el nombre en flamenco (aunque allí se defiende uno mejor con el francés) es Bergen.

        La ciudad, en la que se asentaron los calvinistas en 1572, fue ocupada por las tropas españolas, y fue escenario de cruentos combates a lo largo de los siglos. Así, en 1792 fue conquistada por Dumouriez, pasando a la Francia Revolucionaria en 1794. Derrotados los franceses, pasó a depender de los Países Bajos entre 1814 y 1830. Sin embargo, su verdadero paso por la historia y por la fama fue por la cruenta batalla que tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial, en la que las fuerzas británicas bajo el mando de French lucharon contra los atacantes germanos del Káiser, en 1914. Posteriormente, durante la Segunda Guerra Mundial, también se producirían enfrentamientos, como en casi toda Bélgica, tanto cuando fueron invadidos por el III Reich como cuando fueron liberados de nuevo por los aliados.

        El punto más emblemático e importante para iniciar la visita es, por supuesto, el Ayuntamiento, situado en la Grand Place y construido en el siglo XV. Cercano a él, subiendo por la Rue des Clers, se llega a la Collegiale Sainte-Waudru, otro punto fundamental en la visita de la ciudad, al que se une todo el parque de los Jardins du Beffroi y la torre del campanario. Ya en un aspecto más específico en la materia de la historia militar, nos adentraremos en el Mons Memorial Museum...

        El Mons Memorial Museum: Situado al Sur del centro histórico, en el Boulevard Dolez, en el momento de nuestra visita incluía por un lado la exposición permanente y por otro una exposición temporal, relacionada con el bicentenario de las guerras napoleónicas, en la que se trataba la participación ciudadana en la guerra. Será esta exposición temporal la que se aborde en primer lugar.

        La exposición temporal estaba enfocada a dar una visión más específica a la participación de la población belga y más específicamente la de la ciudad de Mons en las guerras napoleónicas que a relatar dichas guerras en sí. Así, entre el material expuesto, que incluía como complemento diversos uniformes y armamento original de las tropas desplegadas durante el conflicto, se encontraba gran cantidad de documentos, entre los que destacaban proclamas diversas y sobre todo normativas del reclutamiento de la época. Además, podía encontrarse también diarios rescatados de varios de aquellos ciudadanos que fueron obligados a alistarse en las filas, así como también documentos que servían de base legal para controlar la producción agraria y el porcentaje de confiscación que se obligaba a ceder al ejército. También se incluían diversos elementos de interacción con el visitante, muy comunes en los museos y exposiciones belgas, como material audiovisual o reproducciones de objetos diversos de la época para que el interesado pueda manejarlos, y que además se alternaban con óleos de la época.

        En lo que a la exposición permanente se refiere, se nos invita a recorrer la historia de la ciudad, desde sus orígenes con los calvinistas y la ocupación española del siglo XVI, para a continuación pasar rápidamente a las guerras napoleónicas, ofreciendo una vistosa vista documental y uniformológica de las unidades belgas desplegadas en la urbe, y su constante evolución.

        El bloque principal del museo, por supuesto, lo ocupa la Primera Guerra Mundial y los combates que tuvo que realizar la BEF (British Expedicionary Force), al mando de French, en 1914, contra las tropas invasoras alemanas. Entre el material expuesto destacan especialmente la colección de uniformes y armamento original de ambos bandos, auténticas reliquias de la historia, y que son combinadas con salas explicativas y audiovisuales, que a lo largo de varias películas y grabaciones nos cuentan los pormenores de la batalla. De entre las más curiosas piezas de esta época que se conservan hay que resaltar una pieza de artillería de campaña y una colección de tambores de los diferentes regimientos británicos que participaron en la acción, cada uno de ellos con los colores y emblemas de su propia unidad, incluyendo los pergaminos decorativos de las batallas en los que cada uno participó antes de su despliegue en Mons.

        Finalmente, el otro de los bloques del museo, es la parte que hace referencia a la II Guerra Mundial, y que incluye por un lado las tensiones de preguerra y cómo las vivió la población belga, para pasar a continuación a una exposición de material diverso que incluye bombas aéreas, armas y uniformes de los países contendientes y un precioso y estupendamente conservado jeep willys. Al igual que en el caso de la zona de la Gran Guerra, el área de la II Guerra Mundial también incluye diversas áreas audiovisuales que explican paso a paso las diversas fases del conflicto, y las consecuencias de las diferentes batallas que en él se produjeron.

        Como conjunto, el Museo de Historia de Mons (por cierto, destacar su reciente creación, apenas lleva unos pocos años de historia funcionando) permite conocer la historia de la ciudad de una forma amena y completa, en especial haciendo hincapié en los conflictos del siglo XX, esto es, las dos guerras mundiales. Ciertamente merece la pena una visita sólo por el esfuerzo audiovisual de sus películas, y en especial por la parte relativa a la Gran Guerra. En lo que a la parte de la exposición temporal se refiere, aunque reviste cierto interés, es un complemento a observar según el tiempo del que se disponga para la visita, ya que, aunque interesante, no resulta ni mucho menos tan completo y tan desarrollado como la parte permanente, que además es mucho más completa y general.

        EL TERCER DÍA: 17 DE JUNIO, LAS ÁRDENAS

        La visita a la región de las Árdenas requiere una mayor planificación de lo habitual, ya que se trata de visitar varias poblaciones, y no una sola ciudad. Por supuesto, ello plantea varios inconvenientes, máxime cuando algunas de ellas son pequeñas y están en zonas aisladas. Aunque el ideal es dedicar varios días a conocer esta zona, debido a la cantidad de museos que en ella se encuentran, acortando las visitas se pueden lograr grandes resultados, como se demostrará a continuación.

        La ruta hasta Bastogne, punto central de la visita en la región, tiene dos opciones. La primera de ellas, que es la que se optó en el caso del viaje que se relata, fue coger la E-42 hasta Namur, donde un poco después se enlaza con la E-411, que dirigiéndose hacia el Sur nos lleva hasta la zona de las Árdenas. La otra opción, que es la que se utilizó en el camino de vuelta, es llegar hasta Lieja y allí tomar el desvío de la E-25. Sin embargo, como la prioridad era Bastogne, se optó por la primera opción, y si sobrara tiempo, se podría volver por la E-25 y desviarse hacia Málmedy, Stavelot, Stoumont y otros lugares emblemáticos de la batalla.

        La ciudad de Bastogne: Si como ya se ha destacado antes, los servicios turísticos y policiales belgas son especialmente útiles a la hora de orientarse, ello adquiere una importancia vital cuando nos adentramos en Bastogne. La ciudad en si es un monumento continuo a la Segunda Guerra Mundial y a la Batalla de las Árdenas, de lo que el visitante se da rápidamente cuenta al llegar al punto central de la urbe, la Plaza Mc Auliffe, dedicada al general del mismo nombre que comandó la 101º División Aerotransportada durante los combates del invierno de finales de 1944 y principios de 1945. Por ello, si no se planifica adecuadamente, se corre un verdadero peligro de terminar la jornada sin haber visto todo.

        El primer punto de obligada visita es la propia Plaza Mc Auliffe, donde se encuentra situada la oficina de turismo, que nos proporcionará un plano de la localidad, con la situación de los principales museos, y nos orientará sobre qué ver. Es importante destacar que al igual que en el resto de Bélgica, toda la zona central tiene zonas de estacionamiento regulado (parquímetros, vamos), pero esas zonas se circunscriben sólo a las zonas inmediatamente aledañas al área más turística, por lo que merece la pena dar una pequeña vuelta en calles que estén a cinco minutos y aparcar de forma gratuita por todo el día. Esta recomendación es en toda Bélgica, pero es especialmente efectiva en Bastogne, en especial cuando algunos museos están distanciados unos de otros.

        Ya en la propia plaza nos encontraremos con la primera de las joyas, un magníficamente conservado carro M4 Sherman del U.S. Army, junto al busto del general norteamericano. Un elemento que nos llamará la atención por toda Bélgica es el profundo respeto que sus gentes tienen por su historia y sus monumentos, y será dificil que nos encontremos alguno de ellos deteriorados o con algún grafiti, pintada o similares. Ello, por supuesto, junto con las facilidades normativas, han permitido establecer gran cantidad de pequeños museos que en España serían imposibles, puesto que no cumplirían algún tipo de norma burocrática, mientras que en toda Bélgica se observa que todavía se conserva ese espíritu de que las normas están al servicio de los objetivos sociales y ciudadanos, y no a la inversa.

 

 

 

    

        El Museo de la 101º División Aerotransportada: Situado en una gran mansión en la Avda de la Gare, cerca de la Place Mc Auliffe, constituye el punto ideal para iniciar el recorrido por la historia de Bastogne en la II Guerra Mundial. La 101º División Aerotransportada y la ciudad de Bastogne son los dos elementos más conocidos de la Batalla de las Árdenas, por la resistencia que hizo la mencionada unidad de sus posiciones en la ciudad y las zonas anexas, contra fuerzas acorazadas alemanas muy superiores en número. Junto a ella habían elementos de otra División Acorazada americana, que también se encuentra representada en todos los museos de la ciudad, aunque su participación es mucho menos famosa que la de los paracaidistas.

        El museo en si se divide en varias plantas, en cierto modo, distribuido de tal modo que parece que se haya reconvertido una vivienda en un museo (reconozco que fue toda una inspiración para mi caso particular, y una demostración de que los sueños pueden cumplirse con perseverancia y a pesar de las trabas que ponen las administraciones, que obviamente son mucho menores en Bélgica, ya que por ejemplo no había acceso para movilidad reducida y ello no ha supuesto que no pueda crearse el proyecto), estando unidas dichas plantas por unas estrechas escaleras que incluyen gran cantidad de elementos de las unidades paracaidistas.

        Cada una de las habitaciones recrea escenas de la actuación de las fuerzas contendientes en la Batalla de las Árdenas, protegidas todas por una mampara de cristal o metacrilato, y totalmente ambientadas con escenarios nevados o de interior. Destacan especialmente algunas de ellas, como curiosidad, como son una patrulla alemana entregando a la Gestappo a un espía para su interrogatorio, diversas escenas de las trincheras custodiadas por los soldados en el frío y la oscuridad de la noche invernal o un policía belga fumando junto a un soldado americano, inspirado en una fotografía de la época.

        Es de justicia, por cierto, destacar el gran realismo con el que están hechos los maniquíes que portan los uniformes, ya que están totalmente caracterizados y no sólo parecen reales, sino que se ha logrado transmitirles la expresividad y la tonalidad de la piel de los auténticos hombres que tuvieron que soportar las duras condiciones del invierno de finales de 1944 y principios de 1945.

        Finalmente, antes de abandonar este pequeño (en comparación con los otros que hay en la ciudad) pero interesantísimo museo, es necesario destacar como gran curiosidad el sótano, donde se recrea una habitación como las usadas por la ciudadanía para refugiarse de los bombardeos alemanes. Junto a la sala en la que los visitantes se sientan, se ve otra estancia similar llena de refugiados, y en ambas de pronto la luz desaparece para dar lugar a los fogonazos de las armas, el retumbar del suelo ante los bombardeos, las sirenas de ataque aéreo e incluso el polvo que se cae por el temblor de las explosiones. Se destaca esta última recreación porque al estar en el sótano, es fácil que un visitante poco observador pase de largo sin visitarla, dado que se encuentra poco señalizada por las características del propio edificio sobre el que se asienta el museo, pero ciertamente merece la pena descender a las penalidades que debió pasar la población civil de Bastogne.

        Bastogne Barracks: Situado en la Route de la Roche, es sin duda alguna el elemento más importante para visitar sobre la II Guerra Mundial de todo Bastogne. Desde un punto de vista histórico, más incluso que el principal museo de la ciudad, ya que dentro de estas instalaciones se encuentra el que fue el cuartel general de la 101º, sin haber sido modificado por el paso del tiempo.

        Lo primero que debemos considerar si vamos a visitar Bastogne Barracks es el factor de los horarios. Los días de visita son muy concretos, y un factor que se tiene que tener en cuenta en toda Bélgica en general es que muchos museos abren días específicos. Es decir, que si en la página web pone que abren martes y jueves, es que sólo abren esos dos días, no que abren de martes a jueves. Esto, que puede parecer una tontería, es conveniente mirarlo bien, ya que puede inducir a error por comprobar solo por encima los horarios de visita de los museos.

        El segundo factor, que también es importantísimo, es que se debe considerar que Bastogne Barracks no es un simple museo, sino que es una base militar del Ejército Belga que tiene zonas abiertas al público. Ello determina los días y horarios de visita de los que hablábamos antes, y hay que considerar que al estar dentro de un cuartel, estaremos siempre acompañados de personal militar, no pudiendo deambular a nuestro antojo. Por suerte, los guías militares que nos acompañarán tienen una gran experiencia en la visita, y además de custodiarnos y darnos las pertinentes explicaciones históricas, nos darán tiempo en cada zona para recrearnos con el material histórico que nos encontremos. Es justo destacar especialmente su paciencia y su amabilidad con los visitantes, y su disponibilidad a aclararnos todo aquello que nos llame la atención.

        La visita nos llevará primeramente por una parte de las instalaciones que recrean con gran realismo escenas de la vida de la 101º División Aerotransportada norteamericana en el fatídico invierno de l944-45, y que incluyen escenas como el cuartel general de Mc Auliffe, la cena de Navidad que hicieron los oficiales ese año o el centro de mando y comunicaciones. Entre todas esas salas destacan por un lado una primera en la que se explica la organización de la 101º en aquella época, y otra especialmente emotiva que incluye una fotografía de cada uno de los veteranos de guerra que han visitado el museo, junto con otra fotografía de su época en el paso por la División. Resulta especialmente sorprendente el cuidado y la reverencia con la que el ejército y los militares belgas conservan el recuerdo de las fuerzas armadas de otro país, un elemento que les dignifica más si cabe en el desempeño de su labor.

        La segunda de las áreas incluye gran cantidad de material militar de la época, parte en buen estado y parte desgastada y deteriorada por el paso del tiempo y de su exposición a los elementos, sin que por ello pierda ni mucho menos el interés histórico de las piezas que se exponen por todo el recorrido. Así, encontraremos artillería de campaña y antiaérea de ambos bandos, uniformidad y armas menores, y hasta bombas aéreas y contenedores de suministros de los utilizados por los aliados para abastecer Bastogne.

        Sin embargo, el plato fuerte de la visita lo constituyen sin duda los vehículos, en la que sin duda es una de las colecciones de vehículos blindados más completa de Europa (y hemos dicho una de las más completas, no la más completa, que este es el típico momento en el que los puristas harán referencia a otros museos europeos), ya sean tanto de los bandos enfrentados en Bastogne, como de las otras potencias contendientes. En ese punto, destaca por ejemplo un T-34 soviético.

        Junto a la exposición de los varios hangares donde se encuentran los carros y vehículos de los dos bandos, destaca también el hangar de restauración, donde los visitantes tienen también la oportunidad de ver a los operarios en pleno proceso de trabajo, que también aclararán amablemente cualquier duda que se les pregunte.

        En definitiva, como se ha referido al principio de la reseña, Bastogne Barracks constituye sin duda el punto más importante de cualquier visita que realicemos a esta famosa ciudad belga si la hacemos en relación con la Batalla de las Árdenas.

        Bastogne War Museum: El Museo de Guerra de Bastogne se encuentra situado a las afueras de la ciudad, siguiendo la Colline du Mardasson, disponiendo de un amplio aparcamiento gratuito para las visitas. Todo el complejo se divide en tres zonas principales, la primera de las cuáles es el museo propiamente dicho, que incluyen exposición temporal y permanente. Junto al mismo, se encuentra el área de restauración y la tienda, y siguiendo el camino desde la cafetería principal, el Memorial.

        En lo que a la exposición permanente se refiere, la visita recorre la vida de varios personajes ficticios, para poder así tener el punto de vista de las tres partes implicadas: un oficial alemán, un paracaidista norteamericano y una ciudadana de Bastogne. Así, nos cuentan las distintas impresiones del comienzo de la guerra, de los avances de ambos bandos y finalmente de los combates en Bastogne propiamente dichos. Los relatos se entrelazan con varias salas acondicionadas y ambientadas en varias situaciones, como es las trincheras en los alrededores de la ciudad, un café y su sótano donde se refugia la población y otros, logrando que el visitante pueda hacerse una pequeña idea (porque por muy ambientada que esté una recreación jamás logrará transmitir la sensación real del miedo a la muerte) de lo que se vivió en aquellos días.

        Uniformes y vehículos de todos los bandos de la guerra completan la exposición, incluidos modelos tan curiosos como un Jadgpanther o varios carros Sherman alcanzados por proyectiles enemigos, que nos permite contemplar el interior por la zona destruida del tanque. Por supuesto, el museo incluye todo el complemento documental acorde al material expuesto, tanto a nivel explicativo como a nivel de documentos originales de la época, que se entremezclan con equipo de campaña y elementos diversos de la vida de los soldados de la época.

        Se completa el conjunto, que recorre toda la II Guerra Mundial, no sólo Bastogne y las Árdenas, con el área de restauración y las tiendas, donde podremos adquirir diversos libros y artículos relacionados con la temática. El problema general del museo, si se visita después de acceder a Bastogne Barracks, es que nos parecerá falto de mucho material, pero en justicia ello no debe llevarnos a desmerecer el conjunto del Bastogne War Museum.

        El elemento más característico y que más merece la pena de todo el conjunto es sin duda alguna el Memorial. Elevado sobre pilares de granito, en los que se encuentran grabados los nombres de las unidades y los estados norteamericanos a los que pertenecían los hombres de la 101º, se emplaza un mirador desde el que podemos contemplar toda la zona aledaña y el campo de batalla.

        Debajo de todo el conjunto del Memorial se encuentra una capilla con un osario, en el que están representadas las tres religiones de los componentes de la 101º Aerotransportada, y que en algunas ocasiones se ha utilizado para llevar a cabo un servicio religioso en fechas conmemorativas relacionadas con la Batalla de las Árdenas. Destaca la sensación de recogimiento y solemnidad que transmite todo el conjunto del Memorial, muy clásico de los monumentos norteamericanos.

        Málmedy: El nombre de Málmedy es tristemente uno de los más famosos de toda la Batalla de las Árdenas, por la matanza de prisioneros americanos que tuvo lugar el 17 de diciembre a manos de las tropas SS de Peiper.

        Las tropas de Peiper eran parte de la avanzada del ejército alemán, y coordinándose con los comandos de Otto Skorzeny, debían servir de punta de lanza. El 17 de diciembre, tras tomar un aeródromo y obligar al personal americano del mismo a repostar los tanques germanos, la columna blindada sorprendió a un convoy de observadores y artilleros del 285º Batallón de Obsevación de Artillería de Campaña, aplastándolo y haciendo gran cantidad de prisioneros. Tras la captura de unos 150 prisioneros, se les formó en 8 filas y se abrió fuego sobre ellos, dando lugar a la llamada "Matanza de Málmedy", que finalizada la guerra sería juzgada durante los Procesos de Nüremberg.

        El monumento que conmemora esos sucesos se encuentra dentro de la localidad de Málmedy, en un pequeño promontorio, coronado por la bandera americana, y bajo la cuál se alinean varios monolitos con placas que recuerdan uno por uno los nombres de los prisioneros fallecidos, en un silencioso homenaje en uno de los más crueles sucesos de la II Guerra Mundial.

        Stoutmont-La Gleize: Lugar de paso de las unidades acorazadas SS, la importancia de La Gleize radica en que delante de su museo se encuentra estacionado, donde quedó tras sus averías, un perfectamente conservado tanque Tiger II. Este monstruo, tal vez el más famoso de los tanques alemanes por su espectacularidad, llevaba un cañón de 88 milímetros, y un blindaje que directamente los carros norteamericanos eran incapaces de penetrar, causando el terror entre los tanques enemigos.

        El Tiger II en concreto que se encuentra a la disposición de los visitantes se encuentra totalmente restaurado, impecable, y pintado con los colores que se emplearon en la campaña, y tras haber visitado los lugares donde se han podido ver el resto de carros de la II Guerra Mundial, es fácil entender por qué la llegada de uno de estos pesados monstruos era el responsable de causar pavor entre las unidades acorazadas aliadas. Merece la pena dar un rodeo solamente para poder contemplar el modelo, que además no tiene horario de visitas, porque está estacionado fuera a la entrada del museo, pero fuera de él.

        EL CUARTO DÍA: 18 DE JUNIO: NAMUR Y LA RUTA PRUSIANA

        Namur: La ciudad, capital de la provincia del mismo nombre, se encuentra en la confluencia de los ríos Sambre y Mosa, lo que le proporciona un tremendo valor estratégico, ya que además es el principal punto de cruce del río Mosa en la ruta entre Bruselas y Luxemburgo. Ya desde la Edad Media tuvo una gran importancia, y fue la sede de un condado. A lo largo de los siglos, su gran ciudadela fue asaltada y cambió de manos varias veces, siendo modificada y reforzada a cada paso de los nuevos ocupantes. Así, fue ocupada por Luis XIV, por Vauban en 1692, y recuperada tres años después por Guillermo de Orange.

         Durante el siglo XVIII fue nuevamente objeto de nuevos combates, siendo ocupada por las fuerzas francesas primero en 1746 y luego en 1792, y durante las guerras napoleónicas constituyó el núcleo de los abastecimientos prusianos durante la Campaña de los 100 Días. De hecho, tras la batalla de Ligny, Napoleón pensó que Blücher se había retirado hacia Namur, y no hacia Wavre.

        Ligny: El 16 de junio de 1815 tuvo lugar en Ligny el primer gran enfrentamiento de la campaña entre tropas prusianas y francesas, mientras que más al Oeste, los británicos y sus aliados combatían a Ney en Quatre Bras. El despliegue prusiano se llevó a cabo a lo largo de un pequeño río, el Ligny, que da nombre a la población principal, cubriendo varias poblaciones y puentes.

        El río Dyle en si es fácilmente visible, aunque no se debe esperar una enorme corriente de agua, sino al contrario, un plácido discurrir de un arroyo que, no obstante, constituye un obstáculo insalvable para carromatos, armones y artillería, salvo que pueda cruzarse por un puente. La localidad es pequeña, y en la fecha en la que fue objeto de visita se estaban preparando también los festejos para celebrar el bicentenario, por lo que campamentos y piezas de artillería se encontraban desplegados (aunque no habitados todavía), aunque por supuesto se trataba de una recreación infinitamente más modesta que la de Waterloo.

        Fleurus: Aunque no entraba dentro del objeto del viaje, lo cierto es que la proximidad de Fleurus a la zona de operaciones del ejército prusiano era una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. Escenario de batallas en la época de los Tercios, por desgracia no se encuentra tan estudiada ni tan fomentada como las guerras napoleónicas o las dos guerras mundiales, pero merece la pena hacer un pequeño desvío y gastar un rato en visitar la localidad y poder contemplar las llanuras del campo de batalla, hoy en día utilizado en labores agrarias.

        Wavre: Al igual que sucede con el caso de Ligny, Wavre no se encuentra tan explotado como pueda ser la zona de Waterloo, ni tiene tantos monumentos ni está tan conservado como el teatro de operaciones anglo-aliado. Sin embargo, como sucede con el caso de Fleurus o de Ligny, merece la pena aproximarse al terreno y poder hacerse una idea de lo que fue el enfrentamiento entre prusianos y franceses.

        Al igual que en el caso de Ligny, llama la atención lo pequeño y lo tranquilo del río, que se encuentra totalmente canalizado y casi absorbido en su cruce por la población por los edificios. Sin embargo, si nos alejamos de la población siguiendo la carretera, nos veremos recompensados con varias vistas de lo que debió de ser el teatro de operaciones, y una vez más nos sentiremos como viajando en el tiempo.

        Otro de los elementos que destacan de Bélgica, por cierto, es la cantidad de tiendas de coleccionismo militar que abundan por las pequeñas poblaciones, en los lugares más insospechados, y cuando seguimos la carretera camino del campo de batalla, comprobaremos que el polígono que hay junto a Wavre no es una excepción.

        EL QUINTO DÍA: 19 DE JUNIO, EL ATAQUE FRANCÉS, WATERLOO

        El esperado día, dado que el objetivo del viaje era la asistencia a la recreación del 200º aniversario de la Batalla de Waterloo. Dado que en el día anterior se llevó a cabo la ruta del ejército prusiano, el primer día de la recreación se optó por imitar esa misma conducta, pero siguiendo la del ejército francés en su ruta a Waterloo. Esta decisión, aparte de meternos en situación, tenía un planteamiento también práctico, y es que siguiendo la N-5, por la que discurrieron las fuerzas francesas, no sólo se podría pasar y contemplar el campo de batalla de Quatre Bras, para continuar hasta la Belle Alliance y finalmente hasta La Haye Sainte, sino que además ello imposibilitaba cualquier posibilidad de perderse. Ello permitió, además, tener la suerte de cruzarse por la carretera con toda una progresión de tropas, algunas en formación y otras de forma dispersa, en su peregrinaje hacia el campo de batalla. Resulta indescriptible la sensación de cruzarse en la carretera con una columna de lanceros franceses...

        Quatre Bras: El campo de batalla de Quatre Bras se conserva en cierto modo tal y como era cuando se produjo el enfrentamiento hace 200 años. No existe ningún área temática, como en Waterloo, y la mejor referencia de que estamos en el sitio correcto es el monumento del Duque de Brünswick, que murió en la batalla al frente de sus "Húsares de la Calavera".

        En mi caso particular, resulta especialmente gratificante poder visitar este campo de batalla, ya que tuve el privilegio de publicar un libro sobre ella y por ello tengo la suerte de conocer los pormenores de la misma. Por supuesto, es diferente visitar un campo de batalla cuando se conocen los pormenores de la misma, y es una experiencia incomparable, se tiene la auténtica sensación de estar cruzándose con los fantasmas de los hombres que lucharon en él...

        El elemento principal de la batalla en lo que a edificaciones se refiere, la granja de Gemioncourt, todavía se conserva en pie, y de hecho sigue realizando las mismas funciones agrarias que antaño, pudiéndose contemplar caballos pastando en sus alrededores. Una observación superficial del edificio da una idea de la complejidad para tomar estas granjas, tanto la de Gemioncourt como las de la zona de Waterloo, y la facilidad que tuvieron los defensores para fortificarlas, ya que en cierto sentido son pequeños castillos en miniatura.

        Con respecto al resto del campo de batalla, el uso que se le da en la actualidad es el mismo que el de antaño, campos de cultivo, lo que ha permitido su conservación. La única excepción es el Bosque de Bossu, que se ha reducido considerablemente, al ir expandiéndose las zonas de labor a su alrededor. Ello, y por supuesto la carretera N-5, que en la actualidad está asfaltada.

        La batalla de Quatre Bras supuso un preludio de lo que sucedería en Waterloo, en especial en las bajas que sufrió la caballería francesa, cuando se la ordenó cargar contra las unidades aliadas formadas en cuadros, con el consiguiente número de bajas que sufrieron los coraceros de Kellerman. A ello se unió el rechazo de ataques en columna de la infantería azul contra la línea de fuego de las casacas rojas, que se reproduciría en el siguiente combate. Un preludio que costó en torno a 4.000 hombres a cada bando (algo más al francés que al aliado), y cuyo resultado final se decidiría en Waterloo, junto con el de la campaña entera.

        Waterloo: El campo de batalla: Una vez terminado el recorrido por el campo de batalla de Quatre Bras, el siguiente paso era el de Waterloo. Siguiendo la ruta de la N-5, se llega a La Belle Alliance, el lugar donde tras el enfrentamiento se reunieron los mariscales Blücher y Wellington, y desde donde el mando prusiano se ofreció a perseguir a las tropas francesas en retirada. El edificio se conserva en perfecto estado, si bien realiza funciones de hostelería, como tantos otros establecimientos que jalonan el camino, aunque de evidente menor importancia histórica.

        Resulta también de especial importancia un punto que hay un poco más adelante de la carretera, saliendo de la misma por la derecha, que es el lugar desde el que el Emperador contempló la batalla, estando marcado junto a la elevación, y mereciendo la pena hacer una parada al llegar a la misma.

        Un poco más adelante, el siguiente lugar es la granja de La Haye Sainte, uno de los dos puntos emblemáticos y de especial importancia en la batalla. A lo largo de todo el día fue escenario de cruentos enfrentamientos, primero entre las tropas de la Legión Real Alemana y la infantería francesa, después con el asalto que realizó el Mariscal Ney, en que logró ocupar la granja, y posteriormente entre los franceses y las tropas prusianas que la recuperaron para los aliados. Al igual que en el caso de granjas anteriores, en la actualidad La Haye Sainte se encuentra rodeada de campos cultivados, desarrollando labores agrícolas.

        El punto en el que se encuentra el desvío que lleva a la zona comercial de la zona de Waterloo y al propio museo del campo de batalla hace esquina con la granja, y de hecho, la intersección con la N-5 divide el área real del combate y la zona del mismo donde se llevó a cabo la reconstrucción histórica.

        Cuando se llega a la zona comercial, y ya visible desde gran distancia por la carretera, antes de llegar siquiera al campo, se encuentra el símbolo que quizás sea el más emblemático de todo el área: el León que marca el lugar en el que el Príncipe de Orange fue herido. Esta escultura se eleva con tierra extraída del propio terreno, sobre una colina artificial, desde cuyo alto se puede tener una panorámica de todo el campo de batalla.

        Por su parte, la calle que lleva hasta la entrada del monumento, y sobre la que se encuentran los restaurantes y las diversas tiendas, finalizando en el museo, es la zona en la que desplegaron los batallones y regimientos que formaban la fuerza principal del Duque de Wellington, a excepción de las avanzadas de La Haye Sainte y del Castillo de Hougomount, que en la actualidad se encuentra convertido en museo y que será descrito en su propio apartado un poco más adelante. Por supuesto, y volviendo al León, como en todo mirador que se precie, disponemos por un módico precio de equipos de amplificación de la visión, y la plataforma sobre la que se asienta el León hace las veces de banco para sentarse.

 

 

        Merece mucho la pena detenerse un buen rato desde lo alto del monumento, ya que se puede tener una vista casi aérea de todo el área. En el caso de la recreación del 200º aniversario, para guinda de la vista, se podía observar el área donde se encontraba el campamento aliado.

        Como quiera que en la recreación participaron alrededor de 6.000 "reenactors" (de hecho se superó esa cifra), se puede calcular que el campamento aliado rondaría los 3.000 ocupantes efectivos, más sus familias y acompañantes, que también se vistieron de época en muchos casos. Por ello, como ventaja añadida, el despliegue permitió hacerse una idea real de lo que un campamento de una sola brigada ocuparía en su momento, e imaginar lo que ocuparía un ejército completo.

        Otro aspecto llamativo del campo de batalla que llama la atención es el hecho de que aunque en apariencia es una planicie completa, lo cierto es que la zona en la que se encuentra Hougomount se encuentra en un leve valle que no es visible desde donde desplegaron las tropas aliadas. Esta perspectiva es una de las principales motivaciones por las que vale la pena visitar los campos de batalla, hacerse una idea real de lo que los generales podían ver y lo que no.

        En lo que al área de museo se refiere, se divide en dos partes principales, a la que se debe añadir la tienda. En el hall principal del museo se encontraba una maqueta que representaba en miniatura toda la batalla, lo que inevitablemente trajo recuerdos de las recreaciones que se realizan en la sede central de la Unidad de Estrategia y Operaciones. El área principal del museo se encuentra en una zona subterránea, e incluye la habitual colección uniformológica y documental.

        La otra zona del museo abarca una plataforma elevada, sobre la que se eleva una cúpula decorada como si fuera el cielo del campo de batalla, toda la cuál se encuentra representada alrededor de la plataforma, como si el visitante se encontrara en medio de la carga de caballería francesa contra los cuadros británicos.

        Todo el alrededor del punto de observación se encuentra decorado con maniquíes, reproducciones de cadáveres y caballos muertos, restos de piezas de artillería y armones y demás material de ambientación de un campo de batalla. Además, toda la pared se encuentra pintada con un mismo cuadro representando los propios cuadros de infantería, mientras tratan de mantener la formación, rodeados de lanceros, coraceros, dragones y demás caballería francesa.

        Todo el conjunto se encuentra ambientado también con ruido de la batalla: gritos de los heridos, órdenes de los oficiales, descargas de fusilería, fuego de artillería y galope de los caballos. En definitiva, un bloque que consigue hacer que el visitante se sienta dentro de la batalla, aunque por supuesto, nimio en comparación con la recreación.

        Waterloo: El Castillo de Hougomount: El otro punto emblemático de Waterloo fue el tradicionalmente denominado Castillo de Hougomount. Al contrario de lo que se pueda pensar por el nombre, no se trata ni mucho menos de un castillo, sino de otra de las tradicionales granjas fortificadas. Se compone de un patio alrededor del cuál se eleva una capilla en el centro del mismo, una serie de viviendas en un extremo, una capilla, una cuadra y varias construcciones menores.

        Todo el conjunto, junto al cuál se encontraba el campamento de los "reenactors" británicos y sus aliados, ha sido convertido en un museo, que permite entrar en todas y cada una de las edificaciones, incluyendo la capilla, que fue incendiada durante la batalla.

        El bloque principal del museo se encuentra emplazado en la mayor de las construcciones, la cuadra, donde se realiza una proyección relatando los pormenores de los combates que tuvieron lugar dentro y en los alrededores de Hougomount, que además son relatados mediante un equipo de audio que porta cada visitante y que permite escuchar el relato en varios idiomas.

        Waterloo: el campamento aliado: Cuando se adquirieron las entradas para asistir a la recreación del bicentenario, una de las opciones que se daba era pagar un poco más por cada una de ellas, de modo que ello diera acceso a los campamentos de ambos ejércitos. El primer día, el acceso era para el campamento aliado, mientras que el segundo lo era para el campamento francés.

        La organización planeó que los distintos grupos de "reenactors" vivieran durante varios días, por lo que se distribuyeron los campamentos por divisiones, a su vez por brigadas, y finalmente por unidades concretas, dentro de las cuáles se agrupaban en tiendas propias cada grupo de recreación histórica.

        Cada zona estaba totalmente organizada, procurándose ambientar cuanto fuera posible la vida de los campamentos en la época napoleónica. Ello, que por supuesto hace que sea mucho más llamativo e interesante para el visitante, no contribuye a facilitar las condiciones de vida de los propios recreadores, que fueron considerablemente más duras que las de una simple acampada.

        La parte interesante y positiva, por supuesto, era que el visitante tenía, en efecto, la oportunidad de viajar literalmente en el tiempo, ya que los utensilios utilizados eran originales o reproducciones de épocas pasadas, y la propia cocina se hacía con fuego y materiales de campaña, alrededor de los cuáles se agrupaban las tropas. En el orden organizativo, las unidades conseguían tal nivel de compromiso con la recreación, que distintos piquetes de guardia hacían turnos de vigilancia delante de la tienda del mando, haciéndose los pertinentes cambios de guardia, con estandartes incluidos.

        Además, las diferentes unidades representadas contaban con sus propias bandas de música, cuyos ensayos se convirtieron en auténticos espectáculos para los visitantes. Incomparable en concreto andar por los bosques que rodean Hougomount y el propio castillo, y que el viento traiga los compases de los Coldstream Guards mientras el regimiento ensaya sus marcha por los alrededores. O poder contemplar a los gaiteros de los Highlanders ensayar en grupo varias marchas escocesas, entre las cuáles, por supuesto, se unía la más tradicional y conocida de todas, el propio himno de Escocia.

        Por supuesto, el campamento no se limitaba a infantería, y en una zona apartada se encontraban, por motivos de seguridad, el ganado caballar de los regimientos de caballería que participarían en la recreación. Como puede suponerse, el número de jinetes, debido al alto coste de mantener y transportar caballos, era mucho menor, pero la presencia de los animales compensaba ellos con creces las cifras.

        Además, junto a las brigadas de infantería, se emplazaban también diversas piezas de artillería, con armones incluidos, que eran empujadas y tiradas por tropas a pie. Fue este quizás uno de los minúsculos malos sabores de boca que dejó el contemplar a la artillería a caballo empujar a pie un armón, pero todo se perdona a la espectacularidad del evento y al conjunto de sensaciones positivas e inolvidables que el visitante recibía durante su periplo por el campamento. Además, todo se debe perdonar a unos recreadores que sin duda se han dejado en el camino el alto coste monetario que puede tener un uniforme de la Royal Horse Artillery, así que más que como crítica, sirva este comentario como ánimo e impulso para mejorar en el futuro.

        También en este punto en el que se hace referencia a los recreadores, se debe destacar la amabilidad y la disponibilidad de los mismos de cara a los visitantes, no sólo en el aspecto de permitir hacerse fotografías con ellos, sino también en explicar los pormenores de la unidad a la que representaban, la uniformidad que vestían, la organización del ejército que recreaban y la participación que tuvo tanto en la Campaña de los 100 Días y en la Batalla de Waterloo, como en otros combates a lo largo de todas las Guerras Napoleónicas. Gracias, por ello, a todos los participantes.

        En referencia a los grupos de recreación histórica de nuestro país, destaca la presencia del grupo Imperial Service, que junto a otros grupos españoles participó en el bicentenario. En nuestro caso concreto se tuvo la oportunidad de tratar con los antes mencionados de Imperial, que amablemente nos mostraron todos los pormenores y detalles de la organización del evento, nos mostraron sus uniformes y armas, y nos explicaron cuestiones tan curiosas como la organización del campamento, o los problemas legales con el uso de la pólvora para las descargas de fusilería, que fue controlada por las autoridades belgas.

        Además, en lo que a este grupo y su amabilidad se refiere, su presencia nos permitió movernos por los campamentos no sólo antes de la recreación de la batalla, sino que pudimos pasarnos por los campamentos después, ya por la noche, lo que permitió otra visión de los mismos. Se aprovecha aquí para mostrarles la gratitud de la Unidad de Estrategia y Operaciones por sus explicaciones y por su entusiasmo, así como por la oportunidad que nos brindaron de compartir con ellos las experiencias de la recreación histórica en general y del bicentenario de Waterloo en particular. Les deseamos mucha suerte en sus próximos proyectos.

        En el caso de los "Imperial Service", la asociación representaba a uno de los más famosos regimientos del ejército británico, el 42º de infantería Highlander, o con el sobrenombre con el que se les conoce de Black Watch (Guardia Negra), que participó en multitud de campañas tanto antes como después de las Guerras Napoleónicas.

     Otras asociaciones participaron también como unidades aliadas o como tropas francesas, pero dado que no se entró en contacto con ellas, valga la referencia como breve reseña de su participación. No obstante, resultó curioso cuando se oían comentarios en español entre los varios miles de recreadores y, por qué no, una gran alegría de encontrarse con algo conocido entre tanto hablar en inglés y francés...

        Aunque supuestamente la recreación comenzaba a las 20:00 horas, lo cierto es que la distancia a recorrer desde los campamentos hasta el campo de batalla donde se llevaría a cabo el "reenactement" obligó a que las unidades comenzaran a formar a eso de las 18:00, lo que dio la oportunidad de estar presente en el momento en el que las tropas, en formación, abandonaban el campamento.

        La marcha de las diferentes unidades se hizo por Divisiones, en columnas de marcha, con las bandas de música al frente de las mismas. Al igual que en su día, las órdenes se daban mediante voz de mando por un lado (habiendo su complemento de oficiales y suboficiales), y por instrumentos, principalmente tambor, por el otro.

        Cada una de las diferentes Divisiones contaba con su propio Estado Mayor, que acompañaba al General al cargo. A su paso por delante de cada uno de sus mandos, los diferentes regimientos saludaban inclinando sus banderas, a modo de visto bueno o revista por parte de los generales de cada división

        Así, formados por Divisiones, cada una de las Brigadas y cada uno de los Regimientos se encaminaron a lo largo del camino que enlaza la zona de Hougomount con el área comercial, pasando por el Monumento del León, para a continuación dirigirse a la zona del "campo de batalla", que abarcaba el área de más allá de La Haye Sainte.

 

 

        Por su parte, la caballería siguió una ruta más corta y directa, pasando por los caminos que llevan a la zona Sur, y desde allí ya enlazando con el resto del ejército. Por su parte, las fuerzas francesas entraban a través de la N-5, pero la ruta y los campamentos franceses serán relatados en la visita del 20 de junio.

        Waterloo: El Ataque Francés: La zona en la que se llevó a cabo la recreación fue sobre el verdadero campo de batalla, pero fuera de las áreas en las que existen edificaciones históricas, a fin de que estas no sufrieran desperfectos. Así, la zona elegida fue el espacio situado entre La Haiye Sainte (con la N-5 en medio) y Papelotte.

        Para representar los edificios que históricamente fueron los puntos fundamentales en el desarrollo de la batalla, se crearon dos construcciones, una de color rojizo que representaba Hougomount, y un segundo de color blanco que representaba La Haiye Sainte, a fin de que se pudiera dar una imagen de conjunto a los espectadores.

        Alrededor de todo el campo de batalla, dada la cantidad de público asistente, se habían levantado gradas, con farolas, megafonía y todos los servicios, incluyendo hostelería. El acceso estaba controlado por la organización y por la policía belga, que comprobaron todas y cada una de las entradas de los asistentes, que además estaban numeradas, a través de un lector de códigos. Ello permitió colocar adecuadamente a las más de 500.000 personas que acudieron como público al evento, mientras las unidades entraban en formación por el campo de batalla para ocupar sus respectivas posiciones iniciales, con las bandas de música tocando sus diferentes marchas.

        La recreación se llevó a cabo a lo largo de dos días. En el primero de ellos, se reproducía los ataques franceses contra Hougomount, así como los combates contra las defensas de Wellington. El segundo, por su parte, representaba el ataque de Ney contra la granja de La Haiye Sainte, la captura de la misma, y la llegada de las tropas prusianas, con el desesperado ataque de la Guardia Imperial.

        Así, en la zona en la que se nos asignó, se encontraba en un primer plano las tropas de pantalla aliadas, la infantería ligera, con el particular "Castillo de Hougomount" detrás, y el centro aliado, con los Highlanders de "Imperial Service" en el centro, a media distancia. Aquí se contempla otro de los problemas que quedaron patentes por parte de la organización, y es que la zona de tribunas permitía ver con detalle una zona de la recreación, mientras que otras zonas de la batalla quedaban a demasiada distancia, a menos que se contara con prismáticos. Por desgracia, a través de los prismáticos no se pueden hacer fotografías, y las cámaras disponibles eran de las normales, sin equipos que permitieran ampliar las fotografías con el detalle que se merecen, por lo que las fotos colgadas no hacen justicia a lo que fue la recreación. Sin embargo, permiten hacerse una pequeña idea de lo que fue, aunque no den ese detalle del que hablamos y tampoco transmitan el sonido de las descargas de fusilería y el olor a pólvora...

        Antes de comenzar los combates, la figura más emblemática de todas las Guerras Napoleónicas, el Emperador Napoleón Bonaparte, recorrió todo el perímetro del campo de batalla, frente a todas las gradas, siendo ampliamente aplaudido y aclamado por todo el público, y dando comienzo a la recreación.

        Tal y como ocurriera 200 años antes, las baterías francesas se alinearon para preparar el avance de la infantería, formada en columna. El primer asalto francés se dirigiría contra Hougomount.

        Los primeros disparos de artillería inundaron de humo las zonas de las baterías, mientras el sonido de los cañones retumbaba por el campo de batalla, y las tropas francesas entablaban combate con las avanzadas aliadas, desplegadas en escaramuzas. Tras una serie de enfrentamientos, las columnas llegaron a los aledaños del Castillo de Hougomount, siendo rechazados por la Guardia Británica, que mantuvo su posición en los muros de la granja. A lo largo de toda la recreación, los ataques contra las posiciones británicas en la rojiza e improvisada fortaleza se repetirían, en vanos esfuerzos franceses por ocuparla.

        Una vez rechazado el primer ataque, mientras la megafonía iba relatando los acontecimientos, las distintas unidades de infantería francesa ocupaban sus posiciones para iniciar un nuevo asalto en otras zonas del frente. El humo poco a poco invadía toda la zona de la recreación, y permitía ver una nueva perspectiva de lo que debió de suponer una batalla de la época napoleónica.

        En especial, una cosa que no se suele tener en cuenta cuando se juega cómodamente en la comodidad de nuestra casa, es que esa humareda provocada por las descargas de fusilería y de artillería obstaculizan en gran medida la visión de los generales sobre el campo de batalla, y mentalmente se comenzó a abrir paso la idea de la necesidad de representarlo en sucesivas partidas que se jugaran en adelante.

        A continuación llegó el momento del ataque de la caballería británica, con los Scots Greys al frente de la misma, y que avanzó contra la línea francesa, hasta que fue rechazada, perseguida y aniquilada por los lanceros enemigos.

        Otro de los momentos especialmente famosos de la Batalla de Waterloo fue una segunda carga de caballería, pero esta vez ordenada por el Mariscal Ney, al creer que las fuerzas de Wellington se retiraban del campo de batalla, y pensando que iniciarían la persecución de un ejército en retirada. Sin embargo, lejos de ser así, las tropas aliadas formaron más de 30 cuadros, y rechazaron el ataque francés, con la consecuente cólera del Emperador contra Ney.

        Tras los últimos combates del día, la megafonía anunció la retirada del campo de batalla del Emperador, que a lo largo de la batalla había realizado algunas nuevas pasadas por delante de las gradas, siendo aclamado en cada una de las referidas ocasiones. Escoltado por los Cazadores de la Guardia y por su Estado Mayor, Napoleón Bonaparte se retiró galopando del campo de batalla.

        Una vez concluida la parte oficial de la recreación, se permitió a los recreadores agotar la pólvora que se les había asignado para el primer día, por lo que las diferentes unidades continuaron realizando descargas de fusilería unas contra otras mientras el público se iba retirando, proporcionando una estupenda posibilidad de recorrer otras zonas de las gradas y poder ver la recreación desde diferentes perspectivas.

        El primer día de la recreación había concluido, y las unidades comenzaron a replegarse en orden de marcha, hacia sus respectivos campamentos, dando una nueva oportunidad al público de poder contemplar a los regimientos en formación.

        Por desgracia, el tiempo, que había acompañado a lo largo de todo el día, comenzó a estropearse, y se inició una pertinaz llovizna que obligó tanto a recreadores como a visitantes a retirarse, unos a sus hoteles y otros, los más sufridos, a sus tiendas de campaña.

        Antes de abandonar definitivamente Waterloo, y dado que el colapso de la carretera iba a hacer que la salida fuera lenta, aprovechamos la oportunidad que se nos brindó por parte de "Imperial Service" de hacerles una visita al campamento por la noche, y tras hablar con su presidente sobre los pormenores del evento y del día, se inició el regreso a Charleroi y al hotel.

        EL SEXTO DÍA: 20 DE JUNIO, EL CONTRAATAQUE ALIADO, WATERLOO

        Bruselas: Aprovechando la proximidad de la capital de Bélgica con la zona de Waterloo, y que de hecho la N-5 une Charleroi con Bruselas, la mañana del día 20 se dedicó a visitar la ciudad.

        El resto del periplo por Bélgica que se realizaría después de la recreación de Waterloo llevaba a la zona Norte del país, y todas las rutas pasaban por la capital belga, por lo que ésta se visitó a lo largo de varios días.

        No obstante, dado que Bruselas es como cualquier otra gran ciudad europea, no tiene el encanto de otros lugares para visitar como el resto del país, aunque el aspecto monumental es digno de visitarse, mezclándose los palacios y construcciones clásicas con las nuevas que obliga el hecho de realizar las funciones de capital de Europa.

        Una gran parte de los edificios emblemáticos estaban, por desgracia, en obras, lo que también limitó en gran medida las posibilidades de visitarlos, en especial en su interior, pero lejos de dejarse llevar por la decepción, se aprovechó a visitar la ciudad en general, incluyendo la gran cantidad de monumentos que hay dedicados a las dos guerras mundiales.

        Waterloo: Los campamentos franceses: Al igual que en el caso del día anterior, en que se permitió visitar los campamentos aliados, el día 20 de junio permitía, a partir de las 18:00 horas, la visita de las zonas de acampada francesas.

        Al contrario que en el caso de la zona británica, las áreas francesas estaban divididas en varios campamentos, separados además entre sí, lo que por desgracia obligaba a que la visita fuera mucho más rápida que la del día anterior. Sin embargo, dado que en el caso de los grupos de recreación histórica del ejército francés no había conocidos, ello agilizó bastante la visita.

        Básicamente, los campamentos franceses seguían una distribución en lo que a la organización se refiere similar a la de sus homólogos británicos: las zonas de caballería estaban separadas a fin de que los equinos no fueran molestados, y las tiendas se agrupaban en zonas por unidades concretas.

        Aunque el ejército francés en la Campaña de los 100 Días fue mucho más homogéneo en lo que a su composición se refiere que el ejército aliado de Wellington, el hecho de que varias unidades de elite estuvieran presentes en la campaña le proporcionó una diversidad uniformológica similar.

        Así, entre las unidades más destacadas, resaltaba especialmente por su esplendor la Guardia Imperial, en sus tres modalidades, Joven, Media y Vieja, llamando también entre ellos la atención tanto los Granaderos de la Vieja Guardia como la banda de música de la misma, que al igual que en el caso del día anterior con los aliados, hicieron demostraciones y pequeños conciertos para el público.

        Las propias unidades estaban totalmente reproducidas, tanto en el caso de la infantería de línea como en el de la infantería ligera, al tiempo que las especialidades incluían tropas como ingenieros y demás.

        Además, varios de los cañones del ejército francés eran tirados por armones con caballos, cubriendo ese pequeño fallo que destacábamos del día anterior en la visita de los campamentos aliados, y dando mayor vistosidad al desfile que hicieron camino de la zona de recreación.

        Por su parte, la caballería francesa era mucho más numerosa que la aliada en lo que a número de "reenactors" se refiere, aunque destacaba también el hecho de que muchos recreadores vestirían uniformes de caballería, pero participarían en el evento unidos a regimientos de infantería, debido al alto coste que supone poseer y mantener una montura. No obstante, la organización los colocó a la cabeza de las unidades, como si fueran parte del Estado Mayor, por lo que no desentonaron de la visión general del ejército.

        Al igual que en el caso del día anterior, las unidades francesas partieron de sus campamentos en formación, agrupadas primero por brigadas y luego por divisiones, con sus Estados Mayores al frente, que revistaron a la tropa antes de partir hacia la batalla.

        La ruta seguida por el ejército francés era más complicada que la de las fuerzas de Wellington, debido a que los campamentos se encontraban emplazados a lo largo de la N-5, lo que obligó a la policía belga a cortar el tráfico cada vez que una unidad francesa cruzaba la carretera. Además, el hecho de desfilar junto a la carretera, hizo que los automóviles se movieran a una velocidad reducida, siguiendo criterios lógicos de seguridad vial.

        Al igual que en el caso aliado, la caballería fue agrupada antes de partir hacia la zona de la recreación, a fin de facilitar su tránsito y que los animales fueran controlados en su periplo, evitando moverse entre el público. La principal ventaja fue que la zona de despliegue del ejército francés era al Sur, y desde el Sur era desde donde venían desde sus campamentos las distintas unidades, lo que facilitó mucho su trayecto, en especial porque ello evitó que tuvieran que cruzar la zona de gradas, como les pasaba a las unidades de los ejércitos de Wellington y de Blücher.

        La batalla había quedado en su reconstrucción del día anterior en el rechazo de la caballería francesa y con el Mariscal Ney preparando un asalto contra el centro del ejército de Wellington. Ese ataque sería dirigido contra la granja fortificada de La Haye Sainte, con la intención de romper en dos al ejército aliado y ganar así la batalla antes de que las tropas prusianas pudieran intervenir.

        Al igual que en el día anterior, antes de dar comienzo la recreación, el Emperador, acompañado de su Estado Mayor y con una escolta de Cazadores a Caballo, recorrió frente al graderío todo el campo, siendo nuevamente aclamado y aplaudido por el entusiasta público, tras lo cual ocupó su puesto en el campo de batalla y se procedió a continuar con el evento.

        El ataque de Ney, que se convirtió en un ataque general al continuar los asaltos contra Hougomount al mismo tiempo que las columnas francesas luchaban por ocupar La Haye Sainte presionó con fuerza las defensas aliadas, y puso contra las cuerdas a Wellington. Mientras tanto, en el horizonte, se veían aparecer las primeras unidades prusianas.

        Por desgracia, nuestra posición en las tribunas, cercanas a Hougomount, no permitió ver en detalle la entrada de las tropas prusianas, por lo que no se puede relatar en detalle desde esta perspectiva cómo fue la recreación en ese lado.

        La ruptura del centro por Ney y la noticia de que el ejército de Blücher llegaban a la batalla, abrieron en la mente del Emperador la idea de que una intervención de la Guardia Imperial sería capaz de dar por terminada la batalla. Así, los tambores llamaron a formar a la elite del ejército francés, y los granaderos se alinearon, preparándose para el ataque.

        La impresionante visión de la Guardia avanzando hacia el enemigo al sonido de los tambores fue por desgracia empañada en parte por la humareda de los cañones y los mosquetes, pero incitaba a pensar en lo que debió de ser en la realidad ver avanzar en orden cerrado al terror de Europa, si solamente con unos cuantos cientos de recreadores la imagen ya era totalmente espectacular. Casi podía oirse a Wellington llamando a sus unidades a formar en el centro del frente para intentar contener el avance de unas unidades que con su mera presencia habían cambiado el curso de muchas batallas. Sin embargo, lo que sucedió es que las unidades británicas, con los Coldstream al frente, formaron en líneas de tiro, a fin de intentar romper mediante descargas de fusilería a las formaciones francesas.

 

        Al igual que ocurriera doscientos años antes, el desenlace fue fatal para las unidades de elite francesas, y las bajas alcanzaron proporciones astronómicas. Mientras tanto, la aparición de las tropas prusianas terminaban de derrotar un frente que de por si se iba desintegrando a medida que la noticia de que la Guardia Imperial había sido rechazada se iba propagando por las líneas azules. La recreación había concluido, y con ella el aniversario de la batalla.

        Como si hasta la climatología lo hubiera decidido así, tras haber respetado toda la recreación a lo largo de ambos días, la lluvia se abrió paso y comenzó a dispersar a los asistentes, que lentamente se fueron retirando hacia sus vehículos. Dada la circunstancia de que, al igual que el día anterior, el camino de vuelta iba a ser lento hasta que la multitud de vehículos del público fuera despejando la zona, se aprovechó, como en la jornada anterior, a aprovechar para ver a los ejércitos retornar a sus campamentos, cubiertos por la oscuridad.

        El principal interés residía en, dado que la zona prusiana en la recreación había quedado en el otro extremo del campo, poder ver al menos de pasada a las unidades de Blücher, que eran las que menos oportunidad se había tenido en los dos días de recreación. Al igual que en el caso francés o británico, la mayor parte de las unidades prusianas estaban representadas, principalmente en lo que a infantería se refiere. Así, se tuvo la oportunidad de ver pasar por la vía principal tanto a mosqueteros y fusileros de los doce "viejos regimientos", que eran la columna vertebral del ejército prusiano en Waterloo, junto con sus unidades agregadas de landwehr, que se mezclaron con las tropas más veteranas para de ese modo proporcionar a Blücher divisiones equilibradas en lo que a moral y disciplina se refiere. Por supuesto, al igual que en el caso de los otros dos ejércitos, la caballería y la artillería, aunque en mucha menor proporción, también estaba representada.

        En conjunto, la recreación del bicentenario de Waterloo fue un espectáculo inolvidable, que solo por su realización, hizo que mereciera la pena el viaje a Bélgica (sin contar con que encima en el caso de quien suscribe se aprovechó para además conocer el país). La imagen de más de 6.000 "reenactors" marchando por donde doscientos años antes lo hicieran los contendientes de ambos bandos, la conservación del campo de batalla tal cuál se encontraba entonces (con pequeñas modificaciones) y la magnífica actuación de los recreadores compensan sobradamente los posibles fallos que pudiera encontrarse el espectador.

        Por supuesto, cualquier evento es susceptible de mejorarse, pero ha de verse desde un punto de vista positivo y sobre todo con espíritu de indulgencia a una organización que tuvo que controlar a más de medio millón de espectadores, y atender durante un fin de semana (en algunos casos más) a más de 6000 recreadores, muchos de ellos con sus familias, con la infraestructura que todo ello representa, y más para un país como es Bélgica, que apenas cuenta con 11 millones de habitantes.

        Con estas reflexiones y con la mente llena de las imágenes y experiencias vividas en esos dos días inolvidables, se inició finalmente la ruta de retorno a Charleroi, a donde se llegó aproximadamente a la una de la madrugada, retirándose al hotel a descansar.

        EL SÉPTIMO DÍA: 21 DE JUNIO, OSTENDE Y BRUJAS

        Ostende: El puerto de Ostende es en la actualidad uno de los atractivos turísticos de Bélgica, con una amplia variedad de balnearios, un gran puerto deportivo y unas inmensas playas donde de hecho se establecieron defensas durante la II Guerra Mundial en previsión de un asalto anfibio por parte de las tropas aliadas.

        Fundado como pueblo de pescadores, obtuvo el estatuto de ciudad en 1627. Ya durante las Cruzadas se destacó su importancia como puerto, siendo uno de los tradicionales puntos de partida para dirigirse a Tierra Santa, pasando a depender del Emperador Carlos V en 1515. Durante las guerras en las que España se vio obligada a intervenir en los Países Bajos, fue objeto de asedio entre 1601 y 1604, y posteriormente, a lo largo del siglo XIX, fue punto de encuentro de diferentes e importantes eventos políticos. En 1854, por ejemplo, los Estados Unidos realizaron su primera oferta al Reino de España para comprar la isla de Cuba, en un encuentro que tuvo lugar en Ostende, como terreno neutral. Además, en 1866 se reuniría la primera coalición de progresistas y demócratas en contra del reinado de Isabel II.

        Existe también una fortificación cercana a la zona de la costa que data de la época napoleónica, denominada en los folletos turístiscos Fort Napoleón, pero sus escasas dimensiones y el hecho de que gran parte del mismo están dedicados a su uso como cafetería, ello elimina gran parte de su interés histórico fuera de la mera anéctoda.

        Durante la Gran Guerra, Ostende fue objeto de bombardeos navales, y el temor a una posible invasión para capturar el puerto hizo que los británicos hundieran en el canal de entrada al mismo el HMS "Vindictive", de tal modo que fuera inaccesible y se inutilizara para los enemigos de Gran Bretaña.

        En la actualidad, la zona cercana se encuentra en proceso de finalización de una nueva e inmensa dársena que ampliará considerablemente el puerto, y que lleva el nombre del buque británico, HMS "Vindictive", la proa del cuál se encuentra restaurada y colocada a la entrada del malecón principal del complejo.

        Sin embargo, el elemento principal desde el aspecto histórico de Ostende son las defensas alemanas de la II Guerra Mundial. Existe un museo fuera de la ciudad, el "Museo del Muro del Atlántico", que en el caso que nos atañe no pudo ser visitado por estar de obras. Pese a ello, el resto de búnkeres y fortificaciones que conforman la línea defensiva alemana se encuentran repartidos a lo largo del paseo marítimo, lo que permite hacerse una idea de lo que debió ser un hipotético desembarco. Imágenes de Normandía y de las películas del Día D o de Salvar al Soldado Ryan afluirán de inmediato en la mente del visitante, ya que el aspecto de la costa es muy parecido: largas y extensas playas sin la más mínima cobertura, un terraplén cubierto de vegetación baja y en lo alto del mismo las sólidas construcciones que dan cobertura a los defensores.

        Brujas: Sin duda, junto con Gante, el más conocido de los atractivos turísticos de Bélgica. Brujas es una ciudad de incomparable belleza e interés histórico que además cuenta con el aliciente de ser un puerto con gran cantidad de canales, al estilo de Venecia, pero con el toque personal belga. Sus orígenes se remontan al siglo VII, y ya en el siglo IX se erigió sobre el estuario del río Zwyn la residencia de Balduino I, Conde de Flandes.

        El puerto se tuvo un desarrollo especialmente importante a lo largo del siglo X, y al fusionarse con el resto de la ciudad unos doscientos años más tarde, todo el conjunto fue fortificado en el siglo XII, tanto zona portuaria como burgo. Además, en 1150 se construyó una esclusa a fin de regular las subidas de aguas producidas por las acumulaciones de aluviones en el río, destacando en importancia como ruta comercial entre Flandes, Italia, el Báltico y el Mar del Norte. Este desarrollo comercial marcó especialmente las construcciones alrededor de los canales, con gran cantidad de palacios, lonjas y casas de lujo, para alojar a aquellos que hicieron fortuna con el tránsito de mercancías.

        Por supuesto, su importancia comercial lo convirtió en un cruce importante de culturas, y de ese modo se pueden ver edificaciones de diversas influencias. La ruta entre Italia y Flandes, por ejemplo, se encontraba bajo control exclusivo de comerciantes italianos, y junto a la actividad comercial vino aparejada de forma inevitable el desarrollo de la actividad bancaria, cuyo crecimiento trajo consigo gran cantidad de riqueza.

        En el aspecto social, en Brujas se desarrolló también una importante industria de paños, que también vio su auge en Gante, y que trajo como consecuencia desigualdades sociales y revueltas de obreros. En 1300, Felipe el Hermoso aplastaba la primera revuelta, dirigida por Guy de Dampierre, Conde de Flandes, que fue seguida dos años más tarde por el tejedor Pierre de Conic. Durante esta segunda revuelta se produjeron los "Maitines de Brujas", en que fueron asesinados  muchos caballeros franceses, quedando el poder en manos de los artesanos unos 40 años, y formándose una república mercantil.

        El declive comercial de la ciudad se produjo al aumentar el progreso de Gante y de Amberes, en especial cuando Maximiliano de Austria dio la orden de que todos los comerciantes extranjeros debían trasladarse a esos dos puertos. Ello, unido a la acumulación de aluviones sobre la esclusa, inutilizándola, terminaron por sentenciar el apogeo de la ciudad.

        Resulta inevitable si se visita esta ciudad planificar un poco nuestro recorrido, ya que son infinitud de sitios los que se pueden visitar. Para obtener una visión de conjunto de la ciudad es altamente recomendable tomar uno de los viajes en barca que se realizan por los canales, ya que ello nos permitirán contemplar el conjunto de edificaciones que trajo el desarrollo comercial de la ciudad. Después del mismo, y de visitar las dos principales plazas de la urbe, se deberá priorizar el objeto del viaje (pintura, arquitectura, etc)

        También es importante tener en cuenta en Brujas que será un importante desembolso de dinero, ya que en cada uno de los lugares que se quiera visitar ha de pagarse entrada, y como ya se ha destacado, son muchos los que se pueden contemplar. Finalmente, es altamente recomendable, si se visita con buen tiempo, hacer noche en Brujas, ya que la iluminación de los edificios les da una perspectiva completamente diferente que hace aún más hermosa, si cabe, la belleza de la ciudad.

        EL OCTAVO DÍA: 22 DE JUNIO, GANTE Y AMBERES

        Gante: Al igual que Brujas, Gante es la segunda parada obligada en toda visita a Bélgica. El tamaño de Gante es mayor que el de Brujas, asentándose la ciudad entre la confluencia de los ríos Escalda y Lys. Respecto al origen de la ciudad, se remonta al siglo VII, con la fundación de los monasterios del Monte Blandin y de Ganda. Este último se desarrollaría como puerto, y en el siglo IX, el Conde de Flandes ordenó levantar una fortificación, desarrollándose a su alrededor, además de un nuevo puerto, una ciudad episcopal.

        La ciudad de Gante alcanzó una gran independencia a lo largo del siglo XII, obteniendo el derecho de elegir a sus concejales. Su desarrollo comercial le llevó a tratar directamente con potencias como Inglaterra, varios territorios alemanes y demás. Además, al igual que en el caso de Brujas, junto al comercio y al sector financiero y bancario, apareció una industria de paño, que en el caso de esta urbe, abarcó a aproximadamente la mitad de la población.

        A finales del siglo XIII, unos 60.000 habitantes formaban la población de Gante. De ellos, alrededor de 2000 eran los únicos con derecho a elegir concejales, y el choque de esta nueva burguesía con la nobleza, llevó a un enfrentamiento con los Condes de Gante. El declive económico y las revueltas trajeron de por si una ola de decadencia para la ciudad, hasta que los gremios lograron hacerse con un cierto grado de poder, pudiendo elegir a varios de los concejales. Además, cuando Maximiliano de Austria ordenó a los comerciantes extranjeros asentarse en Gante o en Amberes, la economía y la grandeza de la ciudad resurgieron.

        Una nueva sublevación, esta vez contra María de Austria (hermana de Carlos V) obligó al propio Emperador a intervenir y a imponer un duro castigo a la urbe tras aplastar la revuelta. Así, los habitantes perdieron todos sus privilegios y se determinó que los concejales serían en adelante elegidos por el Emperador, lo que ocasionaría nuevos levantamientos, primero contra Felipe II, y luego otro levantamiento en 1566, que sería aplastado por Alejandro Farnesio. Sería española hasta 1713, con la Paz de Utrech.

        Económicamente hablando, la ciudad volvió a desarrollar una gran importancia textil, que se unió a la creación del Canal de Gante a Terneuzen, en 1827, lo que le permitiría salida al mar, modernizando todo el conjunto urbanístico.

        La mayor parte de las cosas que visitar en Gante se encuentran seguidas unas detrás de otras si se inicia el recorrido a través de la calle y plazas principales, superponiéndose casas, iglesias y mansiones, que por supuesto incluyen el ayuntamiento y la universidad. Un callejeo más profundo, una vez visitada toda la zona principal, nos llevará hasta el espectacular castillo de los Condes de Gante, que además hizo las veces de Palacio de Justicia durante mucho tiempo.

        Este conjunto fortificado se encuentra maravillosamente bien conservado, y el recorrido permite visitar todas las estancias, torres y pasillos de ronda sobre el sólido muro, con varias exposiciones permanentes relacionadas con la vida en el interior del castillo. De ellas, son especialmente interesantes la sala de armas y armaduras y la parte que se utilizó como Palacio de Justicia, donde se exponen aparatos de tortura y ejecución de los condenados.

        Además, desde lo alto de la torre del homenaje, tendremos unas bonitas vistas del conjunto de la ciudad, desde una perspectiva que nos permite apreciar mejor todo el conjunto arquitectónico de los diferentes palacios que rodean la zona.

        Amberes: Aunque su desarrollo va en relación con la evolución económica de Brujas y sobre todo de Gante, lo cierto es que Amberes ha evolucionado de peor modo que sus dos competidoras, debido al gran desarrollo urbanístico que ha sufrido la ciudad. Si bien ello le ha permitido establecer gran cantidad de comercios, ello ha hecho que sea como cualquier gran ciudad europea, como le ha ocurrido a la propia Bruselas.

        Sin embargo, ello no debe llevarnos al error de pensar que carece de puntos importantes que visitar a parte de tiendas de moda. El principal y más espectacular elemento de Amberes lo constituye la estación de ferrocarril, que se conserva en todo su esplendor, siendo una de las más lujosas y hermosas del mundo.

        En lo que al resto de edificaciones históricas se refiere, estas se encuentran enclavadas en medio de construcciones más modernas, lo que elimina parte de su interés, aunque varias de las iglesias merecen ciertamente la pena.

        EL NOVENO DÍA: 23 DE JUNIO, CHARLEROI

        Dada la circunstancia del horario de los vuelos, se aprovechó el último día a dar un recorrido final por Charleroi. La ciudad que sirvió de base de operaciones para este viaje fue visitada a lo largo de varios días, después de terminar los viajes en cada uno de ellos, pero se agrupa todo ello en un mismo apartado, el presente, a fin de facilitar al lector su comprensión.

        Charleroi: Situada a orillas del río Sambre, la ciudad es la capital administrativa de la Región de Hanau. Su origen se remonta a un pueblo llamado Charnoy, en el que se levantó en 1666 una fortaleza con el actual nombre, en honor del Rey de España Carlos II.

        Su posición estratégica en la zona central de Bélgica la convirtió rápidamente en un importante enclave militar, ya que no sólo controlaba la zona del río Sambre, sino además también la ruta de Lieja a Mons, de modo que se convertía en el cruce de caminos entre las rutas Norte-Sur y Este-Oeste, tal y como sucede en la actualidad.

        Durante las guerras napoleónicas, Charleroi fue el punto por el que Napoleón Bonaparte dividió en dos a las fuerzas prusianas y angloaliadas sin disparar un solo tiro, permitiéndole enfrentarse a cada una de ellas por separado hasta la derrota final en la batalla de Waterloo.

        En lo que al desarrollo industrial se refiere, la siderurgia y la minería se convirtieron en importantes fuentes de ingresos para la economía de la ciudad, que se valía del río para exportar mercancías y materias primas. En especial, el carbón de hulla fue el elemento fundamental para la extracción, y se construyeron grandes canales y esclusas que hoy día se siguen utilizando, combinado ya no sólo con el aspecto industrial, sino con el turístico, que ha servido para desarrollar el aspecto de la ciudad.

        Museo de los Cazadores a Pie de Charleroi: Es este un museo de especial interés para el visitante por la importante colección uniformológica de la que dispone. Al igual que en casos anteriores, se debe comprobar con antelación los horarios de apertura, ya que sus escasos recursos económicos y su falta de personal, hacen que sólo abra dos días a la semana en horarios un tanto particulares.

        El museo se sitúa en "La Caserne Trésignies á Charleroi", un enclave que en la actualidad alberga parte de la universidad y varios edificios oficiales, y que en la antigüedad fue el cuartel de diversas unidades de Cazadores a Pie.

        Justo en el patio del parking de la universidad, dos carros de combate, ya más modernos, se erigen como indicador del museo, que se encuentra a la entrada del complejo.

        En lo que al nombre se refiere, lo toma de un miembro de las unidades, Trésignies, que fue un héroe durante la Gran Guerra, perteneciente a la milicia en el 2º de Chasseurs á Pied, adoptando el lema para la institución museística de "El Precio de la Libertad".

        La colección abarca uniformidad desde 1830 hasta las últimas intervenciones en la antigua Yugoslavia, bajo mandato de la ONU, e incluye armamento, uniformes, medallas y divisas, junto con abundante documentación, que se amontona en un espacio por desgracia reducido, por lo que el visitante no debe dejarse llevar a engaño por el pequeño tamaño del museo, su recorrido, si se quiere ver la gran cantidad de material de que dispone en detalle, llevará un tiempo considerable.

        El retorno: Una vez finalizada la última de las visitas, se procedió a las pertinentes gestiones de regreso, en especial la devolución del vehículo. Como ya se especificó, las ventajas de tener un hotel del nivel del Ballandis junto al Aeropuerto, y de poder devolver el coche en las propias instalaciones aeroportuarias, facilita mucho la movilidad y las condiciones de resolver toda incidencia que pueda surgir en el viaje, por lo que desde aquí se recomienda encarecidamente tomar esas pequeñas precauciones que luego facilitarán de sobremanera nuestro retorno.

        Como conclusión final, Bélgica es un país que todo estudioso de la historia debería visitar una vez en la vida como mínimo, no sólo por la riqueza que abarca, al haber sido choque de culturas a lo largo de muchos siglos (la mayor parte de las guerras en Europa se han producido allí), sino además por el nivel de conservación y respeto que se tiene en el país por todo ello, como si fueran conscientes de que el destino del continente se ha decidido más de una vez sobre el territorio en que se erigen sus casas. Además, en el aspecto turístico, fuera del elemento militar, la gran belleza del país tanto en sus palacios y ciudades como en el propio entorno rural, nos ofrecerán unas vistas y unos recuerdos que merecen la pena ser vividos.