La batalla de Waterloo

        El 18 de junio de 1815 tendría lugar en la localidad belga de Waterloo el último de los enfrentamientos que pondría fin al Imperio de Napoleón Bonaparte, terminando con uno de los períodos más convulsos de la historia europea, la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, que enfrentaron a todo el viejo continente a lo largo de más de 20 años y que marcarían las fronteras y muchas de las naciones que hoy en día persisten en Europa.

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        EL IMPERIO DE LOS CIEN DÍAS

        La derrota de Napoleón Bonaparte y su posterior exilio en la isla de Elba supusieron la vuelta del Absolutismo a Francia. Sin embargo, después de haber sido dueño y señor de gran parte de Europa, el exilio, aunque incluía privilegios como una escolta personal de 1.000 hombres, era evidente que tarde o temprano se quedaría pequeño para el Emperador, y en marzo de 1815 volvía a pisar suelo patrio, dispuesto a recuperar el trono.

        La reacción del pueblo francés fue ciertamente colaboradora, y poco después, el rey volvía a huir de Paris, siendo de nuevo proclamado Napoleón Bonaparte Emperador, y reuniendo apresuradamente a sus tropas para la defensa. Era evidente que el resto de potencias no aceptarían de buen grado el retorno bonapartista y así, en el Congreso de Viena, le declararon la guerra. Curiosamente se especificaba que se le declaraba la guerra a él, no al pueblo francés, como tratando de achacarle las consecuencias de todo lo que ocurriera en adelante.

        De la nueva coalición, dos frentes se abrían al mando francés. Por un lado, en Bélgica, se encontraban las fuerzas de Reino Unido, bajo la dirección de Wellington, y de Prusia, a cargo de Blücher. Era esta la amenaza más cercana, ya que en el otro extremo, al Este, rusos y austriacos tenían que reunir a sus propias tropas e iniciar lentamente su propia ofensiva.

        Las intenciones del Emperador, por su parte, eran las de derrotar primero un frente y luego el otro. Si lograba vencer en una batalla decisiva a las fuerzas divididas de prusianos y británicos, lograría, por un lado, forzar la paz con Londres, que además tenía parte de su ejército en Norteamérica, por la Guerra de 1812 contra los Estados Unidos, y por otro, eliminar la amenaza prusiana con una rendición bastante más severa. Una vez desembarazado de dos contendientes, podría girarse y hacer frente a la otra parte de la coalición, el Zar de Rusia y el Emperador de Austria. Así pues, la primera parte de la campaña se desarrollaría en Bélgica.

        EL EJÉRCITO FRANCÉS

        El ejército francés que el Emperador lograría reunir para la campaña sería uno de los más efectivos de los que tuvo a sus órdenes. Primeramente, la moral de las tropas era muy alta, después del resurgimiento de su líder y de la mentalidad de la defensa patria, ya que eran los aliados los que habían declarado la guerra a Francia. Además, como quiera que las naciones que antaño lucharan con ellos ya no eran aliadas, era un ejército estrictamente francés, formado sólo por nacionales de aquél país, lo que le daba un alto grado de homogeneidad.

        En lo que a la bisoñez de algunos de los reclutas se refiere, Napoleón se ocupó de distribuir a los veteranos de otras campañas entre los nuevos regimientos, de tal modo que adiestraran sobre la marcha a los nuevos reclutas que conformarían su nueva fuerza. Quizás una de las pocas cosas que hiciera bien el exiliado rey francés fuera reconstruir la mermada caballería gala, de modo que el Emperador pudo beneficiarse de contar con una fuerza montada bien equipada y formada, elemento crucial para el éxito de la empresa. No sólo eso, sino que además, el hecho de que la doctrina empleada no hubiera cambiado, le permitió también contar con un fuerte contingente de artillería.

     

        Así pues, las tropas reunidas por Bonaparte para la defensa de la patria y de lo que quedaba del Imperio, eran unas fuerzas con un elevado espíritu de moral, que combinaban el amor patrio por el amor a su Emperador, bien adiestradas y armadas, aunque en algunos casos pobremente equipadas. Sin embargo, dado que los combates al principio de la campaña no serían lejos de Francia, el abastecimiento del ejército era más que aceptable, y el hecho de recorrer territorio que antaño formara parte del Imperio también ofrecía ciertas ventajas.

        EL EJÉRCITO ALIADO

        Al contrario que sus adversarios franceses, las tropas al mando del Duque de Wellington constituían una amalgama de fuerzas de varias naciones, que incluían contingentes belga-holandeses, de Brünswick y británicos, con una fuerza heterogénea al mando de sus propios líderes y cada una de ellas con su propia doctrina de lucha. El núcleo duro lo formaban las unidades de infantería británica, en especial la Guardia y los Highlanders, aunque eran escasos en número, y las fuerzas de la KGL (King´s German Legion, adiestradas y formadas por los propios ingleses), así como algunos pequeños contingentes aliados, como las tropas de Nassau o de Brünswick.

        Sin embargo, la mayoría de fuerzas belgas y holandesas, combatían al estilo francés, ya que habían formado parte en su día de las tropas napoleónicas, y su formación no era todo lo deseable que cabría esperar. Uno de los problemas de Wellington era el temor de que estas tropas, hasta un tercio de su ejército, no combatieran con toda la ferocidad que debieran, por un lado por los sentimientos profranceses y por otro por su falta de adiestramiento y moral en batalla.

        Por su parte, las fuerzas prusianas de Blücher constituían una fuerza estable, profesional y adiestrada, basada en los 12 regimientos tradicionales, que habían sido reforzados por milicias o landwher, entremezclándose las unidades en los Cuerpos de Ejército para dar homogeneidad.

        Al igual que en el caso de las fuerzas belgas y holandesas, las tropas prusianas tenían también su propia forma de combatir, y además el estado mayor de Blücher era especialmente receloso del mando de Wellington. Sin embargo, el Mariscal Blücher, que comenzó su carrera como húsar, en caballería, había empeñado su palabra y su orgullo personal en apoyar a las tropas británicas, y a la larga ello resultó fundamental para el feliz desenlace de la campaña.

        LA RUPTURA DE CHARLEROI

        Las tropas aliadas se encontraban dispersas por el territorio belga cuando Napoleón inició uno de sus espectaculares avances. Así, antes de que Wellington y Blücher pudieran reaccionar y unir sus fuerzas, el ejército francés se colocó entre ambos contingentes, avanzando hacia Bruselas por Charleroi.

        El plan del Emperador era derrotar a cada uno de los ejércitos por separado, por lo que su propia fuerza se dividió en dos, con una reserva entre ambos, bajo su propio control.

        Así, el mismo día, el 16 de junio de 1815, las tropas bajo el mando del mariscal Ney entablaban combate contra Wellington en Quatre Bras, mientras que las fuerzas al mando de Grouchy hacían lo propio en Ligny. Una serie de órdenes y contraórdenes, convirtieron lo que podría haber sido una victoria de Ney en un empate, que además costó muy cara a la caballería francesa, mientras que contra los prusianos la victoria fue bastante más contundente. No obstante, al enterarse de que las tropas prusianas se retiraban hacia Wavre, Wellington decidió imitarlos para intentar unir ambos ejércitos, y se retiró hacia un pequeño pueblo en el camino de Bruselas: Waterloo.

     

        El objetivo principal del Emperador era que ambos ejércitos no llegaran nunca a juntarse, por lo que Grouchy, al mando de 30.000 hombres, fue enviado tras los prusianos con orden de acosarlos y perseguirlos a toda velocidad, pero esta orden no se cumplió con la debida premura. Así, cuando el Mariscal francés entabló combate en la población de Wavre con las tropas de Blücher, el anciano prusiano pudo escabullir dos Cuerpos de Ejército en dirección a Waterloo, donde el propio Emperador enfrentaba al grueso de sus propias tropas contra Wellington.

        LA BATALLA DE WATERLOO

        -El ataque de Reille: Comienza la batalla: Eran las 11:30 del 18 de junio de 1815 cuando la artillería francesa abría fuego para cubrir el avance del Cuerpo de Ejército francés de Reille y del Príncipe Jérome, que avanzaban sobre las posiciones avanzadas de Wellington. El Mariscal inglés había planeado una serie de puestos fortificados por delante de sus líneas, que se desplegaban a lo largo de la Carretera de Bruselas, y sobre el Monte Saint Jean, y que consistían en el Castillo de Hougomount (castillo sólo por el nombre) y las granjas de La Haye Sainte y Papelotte, siendo defendido el primero de ellos por tropas de la Guardia. Sería contra ellos contra quienes Napoleón lanzaría una abrumadora cantidad de fuerzas, pero la resistencia de los Coldstream británicos fue mucho más eficaz de lo que el Emperador había previsto, lo que permitió a Wellington no tener que utilizar sus reservas, algo que sería crucial para el posterior desarrollo de la batalla.

        Dos horas después de iniciado el combate, a las 13:30, se decidió realizar el ataque principal, y alrededor de 16.000 hombres avanzaron sobre Papelotte y La Haye Sainte, tomando la primera de ellas y aplastando varias unidades holandesas en los alrededores de la segunda. La reacción de Wellington no se hizo esperar, y ordenó a Sir Thomas Picton, héroe de la Península, avanzar a sus tropas, con los Highlanders en cabeza, frenando el avance francés y cerrando la brecha que se había creado.

        -La carga de los Scot Greys: Era un buen momento para realizar un contraataque que rechazar al enemigo, y Wellington decidió enviar a la cara y preciada caballería británica en pos del enemigo, pensando triturar una gran parte de las fuerzas que habían sido rechazadas. Las cornetas sonaron, y el General Ponsoby encabezó a la elite montada del ejército de Su Majestad, los Scot Greys, que fueron seguidos inmediatamente por el resto de sus hermanos, la Guardia de Dragones del Rey y los Inniskilling, mientras que otras unidades de la Household Cavalry, al mando de lord Uxbridge, rechazaban a las tropas montadas francesas de los alrededores de la Haye Sainte.

        El ataque de la caballería de Wellington atravesó diversas posiciones francesas, hasta que finalmente perdieron la cohesión de carga. Se ordenó reagruparse a las unidades, pero los jinetes, una vez lanzados al ataque, se dejaron llevar por el entusiasmo, y terminaron siendo aplastados por el enemigo tras un feroz combate cuerpo a cuerpo, en el que los lanceros franceses acabaron por rematarlos.

        Por su parte, tras dejar una parte de su fuerza combatiendo en Wavre, Bücher había iniciado el camino hacia Waterloo, y sus primeras unidades habían aparecido en el flanco francés, pero se habían vuelto a replegar tras los árboles mientras esperaban la llegada del resto de tropas prusianas y al propio Mariscal. Sin embargo, la alarma ya había sido dada, y Napoleón había enviado a una parte de la Guardia para mantener la moral del flanco, antes de reincorporarla de nuevo a la reserva.

        -El ataque de Ney: Como quiera que el Emperador se viera afectado por su enfermedad, el médico ordenó que reposara, y el mando del ejército francés terminó en manos del impetuoso y agresivo Mariscal Ney. Este ordenó abrir fuego de artillería para preparar un nuevo asalto cuando Napoleón se recuperara de su crisis, pero el fuego de los cañones tuvo un efecto imprevisto.

     

        En efecto, las bajas producidas por los certeros disparos franceses, hicieron que Wellington ordenara al ejército replegarse hasta detrás de las lomas, de tal modo que quedara protegido de los impactos enemigos, y obedeciendo el mandato, las tropas angloaliadas dieron la vuelta y se replegaron en desorden. Ello era todo lo que el fantasioso Ney necesitaba para creer que había vencido al enemigo, y rápidamente ordenó concentrar a toda la caballería para asestar el golpe final al que creía un ejército en retirada.

        Pronto la maniobra de Ney fue descubierta por los observadores británicos, y estupefacto, Wellington observó cómo los regimientos de caballería enemigos comenzaban a agruparse para formar una gran masa de caballería cuya intención no podía ser otra que la de cargar. Rápidamente, se ordenó formar en cuadro antes de que el avance francés cumpliera sus objetivos de destruyera al ejército aliado, pero la distancia permitió a las unidades de infantería agruparse tranquilamente.

        La carga de caballería de Ney fue una de las más espectaculares acciones de la Batalla de Waterloo, con más de 5.000 jinetes implicados entre todas las modalidades de tropa. Coraceros, dragones, lanceros, húsares y todo tipo de caballería se lanzaron en una masa compacta para descubrir, cruzada la loma, a las tropas aliadas formadas en una veintena de cuadros, en los que se refugiaron los artilleros, que habían estado disparando metralla hasta el último momento, a fin de aumentar las bajas enemigas.

        Formados con una línea de férreas bayonetas en todos sus extremos, lanzando descargas de fusilería cerradas, a corta distancia, los hombres de Wellington ocasionaron pérdidas espantosas a los jinetes franceses, que trataban inútilmente de penetrar sin éxito en los cuadros. A retaguardia, Napoleón, despertado de su letargo, se desesperaba, al ver que la acción de Ney le había privado de toda su caballería. Rápidamente se intentó que varios regimientos de infantería de línea avanzaran para apoyar la acción del Mariscal francés, pero la larga distancia hizo inútil el movimiento, y los jinetes franceses, al no contar con apoyo, fueron rechazados humillantemente.

        -La llegada de los prusianos y la Guardia Imperial: Para terminar de rematar el dramatismo de la situación, los prusianos de Blücher avanzaron decididamente contra el flanco francés, hacia Papelotte, poniendo en serios apuros a las cuatro divisiones francesas que trataban de frenar su avance. Sólo la llegada de la Joven Guardia logró estabilizar la situación, dando un respiro al Emperador. En el centro, en los alrededores de La Haye Sainte, las fuerzas francesas habían conseguido abrir una brecha en el centro de las posiciones de Wellington, al ocupar la granja, y mientras los prusianos avanzaban lentamente por el flanco ganando posiciones, Napoleón decidió lanzar una última tentativa que destruiría a Wellington y le permitiría ganar la batalla antes de que Blücher enlazara con él.

        La última de las reservas francesas y el orgullo personal del propio Napoleón era la Guardia Imperial, que nunca había retrocedido en combate, y el Emperador decidió utilizar a su elite para realizar una acción que le permitiría salvar el trono. Así, los tambores tocaron avance, y el propio Emperador encabezó el avance de sus hombres durante un trecho, hasta que su Estado Mayor logró apartarle de primera línea, debiendo conformarse con ver el avance de la Guardia desde atrás.

        La batalla se encontraba en un punto crucial, ya que de romper las tropas de la Guardia Imperial el centro británico, el ejército de Wellington se desmoronaría y las fuerzas de Blücher tendrían que enfrentarse solas a Napoleón. Así, el Mariscal inglés ordenó reforzar el centro con cuantas unidades pudo, entre las cuáles fue desplegada la propia Guardia británica, con el resto de regimientos bajo el mando del General Maitland, desplegándose en una larga línea de fusilería a la que se le ordenó permanecer oculta de la vista del enemigo, de modo que el efecto de la descarga de fuego fuera mayor al ir acompañado de la sorpresa. Por su parte, los batallones de la Guardia avanzaban en las tradicionales columnas francesas, a fin de aprovechar la profundidad de su formación para romper las líneas enemigas.

     

        Cuando determinó que había llegado el momento, el propio Wellington se giró sobre sus hombres, y dirigiéndose a su general, gritó "¡Ahora, Maitland, os toca a vos!", y seguidamente la larga línea de fusileros comenzó a hacer un nutrido fuego que fulminó a la vanguardia francesa, ocasionando un terrible número de bajas. Bajo el mando de sus generales, los granaderos franceses trataron de recomponer filas, pero la propia formación en columna se volvía ahora contra sus atacantes, al no poder devolver el fuego con la misma intensidad. Observados por la incrédula mirada del resto del ejército, y sobre todo de su Emperador, la Guardia comenzó a retroceder.

        Fue el fin de la moral francesa. Con los prusianos envolviendo desde el flanco, y la Guardia Imperial en retirada, las escasas unidades que permanecían en sus puestos comenzaron a replegarse, hasta que la retirada se convirtió en desbandada. Sólo los granaderos de la Vieja Guardia permanecieron en sus puestos, formando en cuadro y negándose a rendirse. La respuesta no se hizo esperar, y fueron aplastados tras su heroica resistencia.

        Eran las nueve de la noche cuando, finalmente, los dos mariscales aliados, Wellington y Blücher, se reunían en la posada de La Belle Alliance, desde donde Napoleón Bonaparte, Emperador de Francia, y en su día dueño y señor de Europa, había iniciado la batalla. Un gesto más que simbólico.

        La batalla de Waterloo supuso la derrota definitiva de la Francia Napoleónica, y las tropas aliadas ocuparon y patrullaron Paris, firmándose la rendición del Emperador, que esta vez fue exiliado en la remota isla de Santa Elena. Había costado 22.000 hombres a los aliados, y otros 30.000 a los franceses, a los que había que sumar las bajas de las batallas de Quatre Bras, Ligny y Wavre, un sangriento precio por dar el toque final a un apasionante período histórico que marcaría muchas de las modernas fronteras de la actual Europa.

        Para Inglaterra, en particular, la victoria proporcionó una influencia y unos territorios que serían clave en su desarrollo como Imperio a lo largo del siglo XIX y que duraría hasta después de la II Guerra Mundial.